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lunes, 19 de diciembre de 2011

Atapuerca, factoría de especies


El sentido común tiene mucho de estadístico, clasificando las situaciones entre comunes, raras e imposibles según la cantidad de veces que se suelan dar. Cuando trasladamos este principio al mundo de la Paleoantropología, nos damos cuenta inmediatamente de la trascendencia y excepcionalidad que supone el descubrimiento de una nueva especie humana. La reciente propuesta de los atapuercos, es decir, la presencia de nada menos que tres especies inéditas en sus yacimientos, sobrepasa de largo la categoría de “situación rara” para entrar de lleno en el mundo de los imposibles. Dicha actitud, que ya comienza a ser mal vista por la comunidad científica internacional, podría llegar a afectar la reputación general de las investigaciones españolas en este campo.

La compulsividad nomenclatora no es una novedad en el mundillo de los fósiles humanos. De hecho, provenimos de una tradición que consideraba estas denominaciones de una forma bastante diferente a la actual. Todos recordamos al Sinanthropus pekinensis, al Homo rhodesiensis, al bodoensis, al cepranensis, al soloensis y a todos los -ensis que se puedan imaginar. Incluso se hablaba de Homo sapiens grimaldensis o natufensis distintos del Cromañón porque, en la mayoría de los casos, estas denominaciones tenían más que ver con la identificación que con la clasificación: cada yacimiento tenía su “Hombre de” pero aún no se habían cerrado las categorías genealógicas que los relacionaban. Conforme fue madurando la disciplina los investigadores adoptaron una perspectiva inclusiva, esforzándose por ubicar los distintos restos que encontraban dentro de categorías género-especie-subespecie previamente establecidas. Supongo que al descubridor del Sinanthropus pekinensis le fastidiaría ver su hallazgo rebautizado como “Homo erectus asiático”, y estoy seguro de que envejeció afirmando por esos pasillos que sus queridos huesos no eran exactamente iguales a aquellos de Indonesia o África con los que compartía clado. En realidad no hay dos fósiles de humano iguales, no existe (más allá de la mnemotécnica de manual) uniformidad entre los cráneos de neandertal, de moderno o de erectus. Aquellos rasgos que consideramos “propios de” lo son de forma meramente estadística, es decir, elementos o valores que se suelen dar más entre ciertas “especies” que en otras. Por eso no es raro encontrar neandertales con un 10 o un 20% de rasgos “impropios”, o sapiens modernos con la misma proporción en rasgos neandertales o arcaicos, pero no por ello se los mueve de sus clasificaciones. Si, por ejemplo, sólo aceptáramos como neandertal al ejemplar que presentase todos los elementos somáticos neandertales, sólo los neandertales y con los índices y medidas del neandertal prototipo, vaciaríamos del todo (no es metáfora) la especie neandertal.

Dmanisi, en Georgia, es una buena comparación con el caso burgalés. Allí tenemos los restos humanos reconocidos como más antiguos de Europa (sólo hasta que Orce supere el boicot), y además les han adjudicado su especie propia: Homo georgicus. Como los antecessor, aún no ha encontrado parangón fuera de su yacimiento, pero aquí acaban las similitudes. Los investigadores georgianos reconocen que sus H. georgicus pueden englobarse sin mayores problemas dentro de la crono-especie ergaster, africana, más abundante y, como los de Dmanisi, también a caballo entre habilis y erectus. Por el contrario, la principal cruzada de los atapuercos es la especificidad de su H. antecessor, del cual, y esto es lo verdaderamente importante, nos hacen descender a todos los humanos actuales. Lo curioso es que los humanos de Dmanisi muestran en numerosos aspectos diferencias más marcadas con respecto al ergaster que el antecessor burgalés. Por ejemplo, siempre podemos contemplar al antecessor como uno más de esos ergaster-erectus progresivos o proto-sapiens, mientras que los georgianos nos muestran lo que ahora llaman morfologías “en mosaico”: de un lado, algunos rasgos de Homo habilis que ni siquiera presenta el ergaster, por otra parte los elementos que sí son comunes a ambos, y finalmente aparecen una tercera serie rasgos que podíamos denominar progresivos, lo cuales en ocasiones superan en modernidad a los de Atapuerca. Más aún, la especie H. georgicus posee un grado de variabilidad interna que realmente produjo un shock académico cuando salió a la luz, aunque parece que el dimorfismo sexual explicaría parte de la cuestión. Dicho a las claras, con las diferencias detectadas únicamente entre miembros de la especie H. georgicus los atapuercos te fabricarían cinco o seis de sus especies. Desde mi punto de vista, en Georgia existe un responsable y cooperativo afán por tener la fiesta evolutiva en paz, mientras que en Burgos tienen demasiadas ansias de protagonismo. Tantas que podrían volvérseles muy en contra.

Centrémonos ahora en la noticia que ha motivado este artículo. ¿Recuerdan los H. heidelbergensis de la Sima de los Huesos? Los descubrieron antes incluso del antecessor de Gran Dolina, allá por 1992… Pues, ¡abracadabra!, tras 20 años resulta que no, que no eran heidelbergensis, sino una novísima e irrepetible especie. Lo primero que nos planteamos es si dichos huesos habrán estado aburridos en las estanterías de un sótano, ocultos a todos,  pero inmediatamente reconocemos en ellos a “Miguelón” el del flemón, la “foto de familia” de Mauricio Antón, “Elvis la pelvis”, “excalibur” y demás parafernalia. Es evidente que sobre esos restos se ha puesto más atención y estudio que sobre cualquier otro del territorio nacional pero, sorprendentemente, durante esas dos décadas nadie había reparado en especificidades morfológicas de tal calibre. No es menos chocante que esta nueva especie suponga nada menos que la tercera forma de humano exclusiva para Atapuerca y alrededores. Para los despistados habrá que decir que al famoso antecessor se sumó recientemente una especie nueva, anterior a aquel y dicen que sin relación, hallada en la Sima del Elefante. Por tanto tres, 3, especies del género Homo sin parangón fuera de Burgos, un caso verdaderamente inédito en la paleoantropología mundial. “Inédito”, por no decir imposible.

Se constata además cierta tozudez suicida, que trasciende por supuesto lo meramente científico, y que paso a exponer cronológicamente. El equipo de Atapuerca fue sacando a la luz su teoría del H. antecessor entre 1994 y 1997, y la comunidad internacional respondió con bastante condescendencia desde mi punto de vista. Sin embargo, hubo un aspecto en el que esta permaneció firme: el antecessor no es antecesor nuestro mientras no aparezcan ejemplares en África, o al menos en otra parte del planeta. Han pasado 18 años y esta condición no se ha cumplido, y los paleoantropólogos o expertos en Hominización comienzan a dudar, no sólo de que sea nuestro ancestro, sino también de que el antecessor sea una especie distinta a la de los erectus progresivos europeos de Ceprano o Arago (y, como vimos, Dmanisi invita a esta interpretación centrípeta o integradora). No hay ensañamiento: Atapuerca es un yacimiento excepcional, muy antiguo y con ejemplares muy bien conservados y valiosísimos, desde luego un referente a nivel mundial. Pero de especie inédita poco, y de abuelo exclusivo menos aún. Después de 15 años en plan “pim-pam-toma-lacasitos”, emperadores absolutos en la mafia académica y en los medios de comunicación, a los atapuercos se les acaba el chollo. Y no sólo a nivel académico, pues reconozcamos que al quinceavo dvd en los kioskos y tras publicar un almanaque con los becarios de la brocha en bañador, los simples espectadores también nos hartamos del plato único. Bajo estas condiciones resulta sorprendente, inquietante incluso, que ahora se atrevan a proclamar otras dos nuevas especies humanas para el mismo yacimiento. Recordemos además que la especie de la Sima del Elefante se compone de un único “individuo” representado por un trozo deformado de mandíbula, mientras que estos que hoy tratamos no son sino los antiguos heidelbergs de la Sima de los Huesos, con 20 años a sus espaldas y con menos réplicas internacionales que el propio antecessor.


Espero que aún les quede espacio para la sorpresa, porque esta reinterpretación que proponen de los restos de la Sima de los Huesos supone un añadido giro de tuerca. Para ello hemos de referirnos a la cuestión neandertal ligada a Atapuerca. Desde el principio fue paradójico que una estación arqueológica tan rica como Atapuerca no arrojara restos humanos neandertales, tan europeos ellos y por cierto bastante comunes en la Península Ibérica, más aún cuando sus excavadores sostenían que del antecessor proveníamos, indistintamente, humanos modernos y neandertales. El verano pasado los atapuercos decretaron que la cuestión neandertal debía quedar solucionada sí o sí, comenzando una exhaustiva campaña en la Cueva de las Estatuas, aunque no han debido tener mucho éxito a juzgar por del silencio mediático. Con esta frustración de fondo los hombres de la Sima de los Huesos, antaño heidelbergensis y ahora inédita especie, comienzan a adquirir providencialmente cualidades neandertales, si bien con ese grado de protagonismo y originalidad que sólo se pueden permitir los descubrimientos atapuercos. En definitiva sostienen que los rasgos de la mandíbula de esta nueva especie indican que es “más neandertal que el neandertal clásico”. Por si creen que no leyeron bien o que torcí las citas, aquí tenemos a la sra. Martinón-Torres para sacarnos de dudas:
“Podría ser que la población de la Sima de los Huesos represente la madre de todos los neandertales y que por un cuello de botella, a  partir de este grupo, y no de otras poblaciones del Pleistoceno Medio, haya surgido la especie H. neanderthalensis”
Este entusiasmo de los capos burgaleses no parece tener eco internacional. Así, desde Gibraltar ya ha respondido Clive Finlayson, con más razón que un santo:
“Probablemente existieron muchas atapuercas desde la península Ibérica hasta China, pero la mayoría se perdieron. Por tanto, estoy de acuerdo con los autores en que los heidelbergensis eran muchos heidelbergensis y que esta población es indicativa de la gran variedad que existió. Pero es demasiado arriesgado sugerir que hemos tenido la gran suerte de encontrar la madre de todos los neandertales”
No olvidemos, tal y como vimos en su artículo correspondiente y por boca del pope Stringer, que la comunidad científica internacional ya había dado avisos muy parecidos en relación con el humano de la Sima del Elefante. Entre una noticia y otra, no han pasado siquiera siete meses… ¿alguien puede concebir esto como científicamente serio?

La desquiciada evolución de los atapuercos recuerda a aquellos famosillos que, a medida que pierden fuelle mediático, montan escándalos para “seguir en el candelabro”, o a los cantantes que tienen la mala suerte de estrenarse con un hit de verano y ya no saben salir de ese soniquete. En el fondo, también subsisten causas de índole eurocéntrica y academicista. Por ejemplo, nadie ha urgido a los atapuercos a extender las prospecciones más allá de su patria chica. Creo que lo mejor para el antecessor hubiera sido encontrarle multitud de hermanitos repartidos por la Península, no digamos si se hubieran estirado con cuatro prospecciones por el norte de África. Más aún, Atapuerca debió ser lo que inicialmente nos pareció a muchos: una confirmación a lo ya encontrado en Orce y alrededores. Los humanos llevan más de un millón de años cruzando por Gibraltar en ambos sentidos, y la antigüedad de los yacimientos granadinos y burgaleses, haciendo causa común, habrían logrado demostrarlo sin problemas. Nuestra Península dejaría entonces de ser considerada un fondo de saco al que los africanos sólo pueden acceder tras atravesar toda Europa. Por el contrario, sería aceptada como una de las vías de comunicación humana más importantes del planeta, una doble confluencia entre continentes y mares que debería hacernos replantear toda la tradición prehistoriográfica sobre la que rodamos activa o pasivamente. Desgraciadamente tal alianza con el sur fue despreciada por los atapuercos para tirarse en brazos de los Lumley y demás comparsas, pues no olvidemos que H. antecessor sería especie nueva y padre de todos, pero obedientemente había llegado a la Península vía pirenaica. Sumando el mimo etnocéntrico de la comunidad occidental, la franca adicción a las portadas y entrevistas, así como la puerta que todo autobombo supone de cara a subvenciones y mamoneos institucionales, los atapuercos perdieron sin darse cuenta el norte y el sentido del ridículo.

Habíamos mencionado el academicismo, y en este sentido conviene resaltar el protagonismo que tanto para la especie de la S. del Elefante como para esta que nos ocupa ha tenido María Martinón-Torres. Llamativamente, Arsuaga y el del sombrero están ausentes en todo este novedoso revuelo de especies, y son Bermúdez de Castro y ella los que llevan la voz cantante. Esta señora es además experta en dentición y no por casualidad las dos nuevas especies de Atapuerca son defendidas en base a peculiaridades exclusivamente dentarias. Existe un sector académico que se resiste a abandonar sus disquisiciones bizantinas, su metodología hueca y, sobre todo, el único pretexto que les permite seguir figurando y cobrando. Necesitan atomizar la realidad humana hasta que nada en ella tenga sentido, pues han llegado a un grado de especialización (robótica o soviética, escojan símil) que les impide las valoraciones de conjunto: “No me chilles que no te veo”. María Martinón-Torres encarna este papel a la perfección: coquito ultra-especializado en dientes de homo prehistóricos, ha llegado a la absurda pretensión de vender una historia de la humanidad en base exclusiva a las formas y texturas de los piños. Si de rasgos dentales se trata, y creo que ya lo comenté en otra entrada, los australopitecos podrían ser catalogados más cerca del orangután que del chimpancé, cosa que la genética niega rotundamente. Pero más allá de la imposibilidad de diagnosticar cualquier “especie” humana a partir de un solo rasgo óseo, que de por sí invalida como pueriles las investigaciones que comentamos, hay otros elementos que nos llevan a sopechar. Uno, ya lo hemos tratado, es cómo han tardado 20 años (Martinón-Torres o sus exhaustivos equivalentes) en descubrir esos supuestos rasgos tan característicamente neandertales de la Sima de los Huesos. También es significativa la mencionada ausencia del equipo titular atapuerco. Pero sobre todo me ha sorprendido que en este caso y en el de la Sima del Elefante no hayan bautizado aún a las nuevas especies humanas, con lo cumplidos que son los atapuercos para estas cosas. Me huele a “kale borroka”, a amagar sin tirar, a tantear el ambiente, ganarse unos titulares, pero no llegar al punto de enfrentarse con la ya mosqueada comunidad científica internacional. Lo justo para acabar de pagar el coche y subvencionarse el brocheo hasta la Sima del Cacahuete.

Conclusión – Solución

Como tantas veces he dicho, la única salida razonable es establecer una sola especie humana desde Homo ergaster (por lo menos) hasta hoy. Nuestro género no es Homo, sino un linaje que compartimos con australopitecinos y parantropos, tan estrecho que según recientes estudios genéticos permitía hibridaciones fértiles hace apenas 3 millones de años. Homo es nuestra especie, plenamente compatible en todos los niveles, desde el genético al cultural. El genoma neandertal ya lo ha demostrado, por más que quieran denostar como “escasas” y “superficiales” las evidencias de su mestizaje con nosotros. Y si así de posibles eran los cruces genéticos con “primos divergentes” (pues así se consideraba a los neandertales), imaginemos qué fertilidad no tendrían nuestras hibridaciones con “ancestros directos” (caso de erectus progresivos y/o sapiens arcaicos). Pero no nos dejemos atrapar por el lenguaje de los clasificadores o nos apartaremos de la especie humana única. Por ejemplo, hablamos de un “sapiens moderno” que tiene descendencia sana y fértil con un “neandertal”, sin darnos cuenta de que ello nos obliga a plantearnos la propia realidad objetiva de los términos entrecomillados. Porque si aceptamos cruces moderno-neandertal también podemos, y debemos, concebir al neandertal como cruce entre los heidelberg y los burgaleses de la Sima de los huesos, o entre erectus chino y sapiens arcaicos norteafricanos, pero una mezcla al fin y al cabo, que remite a infinitas mezclas anteriores. Volvemos a nuestra frase anterior, “un moderno y un neandertal se cruzan”, pero ahora no podemos evitar plantearnos: ¿qué clase de moderno y qué clase de neandertal, fruto de cuántos y cuáles cruces sería cada uno? Si llevamos este concubinato al paroxismo las fronteras acaban por diluirse y, por fin, comenzamos a disfrutar de la luna sin distraernos por el dedo que la señala. Considerar a Homo como una especie y no como un género es la única solución a nuestro antes complicado y hoy ridículo árbol evolutivo.

Señores de Atapuerca, ¿tres especies Homo nuevas y exclusivas en su cadena de yacimientos?, ¿de verdad pretenden llevarse la cuna de toda humanidad imaginable a la adusta Castilla del Cid Campeador? Si ya fue una desgracia que paralizaran todas las prospecciones en Afroiberia para dar bombo a sus mamarrachadas, ahora nos vemos arrastrados por ustedes (autoimpuestos representantes patrios) al ridículo internacional. Ante su señoritismo académico y su centralismo castellano, al Sur peninsular sólo le queda el consuelo de evidenciar cómo algo se mueve a nivel internacional para devolvernos la cordura. Es hora de, como vulgar Don Julián, entregarnos a los guiris (preferentemente estadounidenses) para que esclarezcan nuestro Pasado Remoto. Gente que, aunque sea por simple racismo blanco, jamás ha renunciado a aquello de que “África comienza en los Pirineos”, y que poco le importa si los humanos de Cádiz son idénticos a los de Tánger, porque hace medio moros hasta a los vascos. Quién sabe si quizás, por la crisis presupuestaria que padece y padecerá nuestro Estado y  sus Comunidades, el futuro de las subvenciones a este tipo de estudios dependa de nuevos patrocinadores. Hablo de entidades extranjeras y/o privadas, lo cual sin duda afectará a la composición de sus equipos investigadores, a sus premisas de partida, a su metodología, y sobre todo a su productividad y exigencia. Frente al yo-mi-me-conmigo atapuerco que llevamos padeciendo más de veinte años, ¿Qué mal nos pueden traer propuestas como las de Luis Gibert, por muy “yanquis” y “privadas” que sean?

Por supuesto, gracias Javier por el soplo y gracias a Terrantiquae  por el dossier de prensa.

sábado, 15 de mayo de 2010

La tita X y el primo neandertal

Desde jovencito tuve claro que existían grandes similitudes entre los humanos prehistóricos y ciertas criaturas legendarias, y así veía al Yeti como un Homo erectus exagerado de pelos, o a los ogros de los cuentos como caricaturas de los neandertales. Desafortunadamente contamos con los desmitificadores oficiales para destrozar cualquier atrevida elucubración al respecto, pues para ellos la convivencia de humanos modernos con homínidos y otros humanos es sencillamente aberrante. Por comodidad metodológica, pero como veremos también por prejuicios ideológicos, los académicos prefieren trabajar bajo una ley que podemos denominar “1especie-1región-1período”, es decir, que no pueden existir dos especies humanas en el mismo tiempo y lugar, de tal modo que con la aparición del Homo sapiens moderno y su posterior expansión global la supervivencia de otros humanos estuvo rápidamente condenada al fracaso.

Descubrimientos recientes… y no tanto

Todo este planteamiento oficialista se vio gravemente amenazado con la publicación, en 2004, de los restos humanos aparecidos en la Isla de Flores (Indonesia), de los que ya he hablado y sobre los que internet está hasta la bandera de información. En resumen se trata de unos humanos diminutos que se parecen a una mezcla de erectus y habilis y que, ahí está lo sorprendente, vivió hace tan sólo 12.000 años. Este descubrimiento no caía en saco roto. En 1996 se dataron mediante uranio los restos del “hombre de Solo” de Ngandong (Java), conocido ya desde 1932, proporcionando edades entre 54 y 27.000 años de antigüedad. Lo llamativo aquí es que pese a su alta capacidad craneal y otros elementos modernos, aparte de las fechas, el hombre de Solo muestra otra gran cantidad de elementos propios del erectus asiático, siendo diagnosticado por unos como sapiens muy arcaico, como erectus progresivo por otros, mientras que para unos pocos se trataría de un mestizaje entre ambas especies. Por otra parte es también conocida la cadena de hallazgos de “neandertales tardíos” en el sur europeo, y sus repercusiones para el paradigma evolutivo. De una teórica extinción neandertal nada más pisar los modernos Europa (hace unos 40.000 años) acabamos pasando a aceptar, muchos a regañadientes, multitud de ejemplos de neandertales que, como en la Península Ibérica, habían sobrevivido cómodamente hasta hace 25.000 años. El mes pasado supimos de una nueva “incongruencia” entre especies, regiones y fechas, a partir del estudio de unos restos humanos provenientes de la cueva de Denisova (Montes Altai, Siberia Meridional). La noticia va de genes prehistóricos y se resume más o menos así: en dicha localización apareció una falange humana datada hace unos 48 ó 30.000 años, llamada “mujer x”. Su ADN mitocondrial ha sido analizado, y el resultado ha demostrado que pertenece a un linaje genético emparentado pero a la vez distinto respecto al neandertal o al humano moderno. Se trata además de un linaje cuyo origen ha sido remontado hasta el millón de años, si bien se ha hecho mediante los chapuceros “relojes moleculares”, lo que unido a su parentesco con nosotros y neandertalienses permitiría retratarlo como una especie progresiva de Homo antecessor. Sin darnos cuenta, hemos recopilado cuatro ejemplos unánime y académicamente aceptados (aunque no publicitados), que demuestran que hace tan sólo 30.000 años los humanos modernos compartíamos Eurasia, a veces en estrecha vecindad, con otros cuatro tipos más de humano: los habilinos de Flores, los erectinos de Ngandong, los antecessors de Siberia y los propios neandertales.

Evolucionismo y mestizaje.

Contrariamente a lo que se podría suponer, los académicos no se han rendido ante estas evidencias proclamando la invalidez de su paradigma “1especie-1región-1período”. Están tan cegados, y a la vez se saben tan dueños de nuestras opiniones, como para creer que estos cuatro casos (Flores, Ngandong, Denisova, Neandertal ibérico) podrán ser tenidos por excepcionales durante mucho más tiempo. Cuando encontramos este tipo de comportamiento obcecado entre los especialistas, debemos sospechar con fuerza la presencia de intereses ideológicos solapados.

Uno de las razones para aferrarse al viejo paradigma contra viento y marea es el evolucionismo llevado, como suele suceder, hasta el grado de dogma. Bajo esta ideología, porque eso es y no una forma de método científico, la hominización ha de ser representada como un proyecto casi mesiánico que nos habría sacado de la animalidad hasta llevarnos a la luna en cohete. Las especies homínidas y humanas hubieron de sucederse en ordenado turno, pues las formas nuevas son siempre consideradas evoluciones, adaptaciones, mejoras en definitiva respecto a las poblaciones “atrasadas”, las cuales son condenadas a su rápida extinción en un contexto de feroz competencia por los recursos. Es evidente que la convivencia prolongada de subespecies humanas impugna todo este planteamiento, porque evidencia que la aparición de subespecies nuevas no implica su total hegemonía en la región mediante una rápida victoria sobre otros humanos “rivales”. Si tenemos en cuenta que los humanos modernos comenzamos la andadura como especie hace unos 300.000 años, pero que hasta hace 30.000 aún coleaban poblaciones de habilis y erectus, deducimos que durante el 90% de su existencia la especie moderna ha convivido con otros Homo. ¿Podemos entonces seguir defendiendo el viejo esquema de un reemplazo biológico inmediato debido a nuestro éxito evolutivo?

El otro gran prejuicio que impide aceptar la convivencia de humanos modernos con otras subespecies afines atañe a los posibles mestizajes entre ellos, pues son entendidos como una amenaza a nivel tanto metodológico como ideológico. Si ya es difícil sostener la linealidad evolutiva que tanto desean los expertos en hominización haciendo uso de sus infinitas etiquetas y compartimentos estancos, qué decir si incorporásemos al cuadro posibles mezclas genéticas como quien aplica un difuminador sobre un mosaico de colores. Pero es aún más importante subrayar que los mestizajes también soliviantan al racismo que tan a menudo se embosca tras la investigación occidental. Haber compartido lecho con “yetis” y “ogras” es algo que nos resulta insoportable pues, en virtud al evolucionismo radical, los humanos modernos nos creemos hechos de la materia de los ángeles, culminación perfecta del proceso evolutivo, superiores en todos los aspectos a cualquiera de nuestros primos genéticos, y vencedores absolutos bajo la “ley del más apto”. Nuestra renuencia a aceptar las mezclas afecta a un humano tan próximo, en fechas, geografía y morfología, como es el neandertal. Sabemos desde hace tiempo de la existencia de humanos con anatomías intermedias entre ellos y nosotros (Moravia, Palestina, Portugal), pero esta información ha sido concienzudamente minimizada por los académicos. En concreto, el supuesto niño híbrido de Lagar Velho sufrió tremendo vapuleo desde los “papers” con una evidente intención de aviso para díscolos. Pero como los huesos seguían mostrando “incongruencias” indeseables, se decidió zanjar la cuestión derivándola hacia otro campo de investigación. Así, acometieron un proyecto “genoma neandertal” con el declarado propósito de demostrar de una vez por todas la incompatibilidad genética entre modernos y neandertales, aunque si damos crédito al notición de estos días, podemos decir aquello de que montaron el circo y les crecieron los enanos. La cosa es que el sr. Pääbo, máxima eminencia en estas lides, acaba de declarar que al menos un 1% de los genes modernos provienen de los neandertales, herencia que se eleva a un 4% en los euroasiáticos actuales, lo cual demuestra empíricamente que nos mestizamos con ellos.

La alternativa

Como suelo recomendar, lo mejor en estos casos de incertidumbre teórica es someterse a los criterios de plausibilidad, es decir, buscar la posibilidad más probable y no cerrarse a otras posibilidades tan o algo menos probables que las nuestras. Un rápido diagnóstico de la situación describe un viejo paradigma (1especie-1geografía-1período) que está siendo cuestionado básicamente por cuatro fenómenos (Flores, Solo, X y Neandertal). En los cuatro se demuestra la coexistencia en el tiempo de varios tipos de humano; en Siberia y Europa se demuestra además que dicha coexistencia fue muy estrecha geográficamente; y finalmente en el caso de los neandertales incluso está demostrada la hibridación. Es un inmejorable momento para reconocer que no sabemos ni la hora que es y que todas las cábalas que nos hicimos eran puro humo, lo cual no significa que renunciemos a ir apuntalando verdades genéricas al tiempo que abandonamos por fin posturas insostenibles. Para lograrlo debemos ponderar los datos disponibles en su justo valor. Hasta ahora nos hemos limitado a citar unos artículos y descubrimientos que cuestionaban el statu quo, pero incluso así corremos el riesgo de estar sometidos a un enfoque oficialista que se cree trasgresor. Por eso, aunque parezca contradictorio, hay que ser crítico incluso con las fuentes que nos han permitido desafiar el paradigma. Si lo hacemos descubriremos que la información proporcionada, aún siendo útil, está sesgada o infrautilizada.

Para empezar debemos abandonar la idea de que son cuatro casos aislados y excepcionales, para convertirlos en una pauta. Los académicos practican con ellos un positivismo atroz donde sólo pueden ser reconocidos, y con mil reparos, los cuatro hallazgos que han tenido el infortunio de descubrir. Tampoco se acepta para esas especies una localización distinta del yacimiento donde aparecieron sus restos ni una datación más reciente que la que estos aportaron. La pregunta es cuánto tiempo van a poder seguir manteniendo esta actitud de negación, cuando los casos se eleven a cinco, a siete, a diez más… Nosotros no debemos esperar, pues tanto ética como científicamente sabemos que con los casos hasta ahora disponibles ya es insostenible creer que a cada tiempo y región le ha de corresponder un solo humano y que, en caso de coincidir varias subespecies, una de las dos ha de resultar extinta en un plazo de tiempo breve. No sabemos cuál será el esquema definitivo, pero al menos sabemos que el tradicional ha de ser abandonado de inmediato por tendencioso y falto de empirismo. Sólo con esto habremos dado un gran paso en el terreno de las certezas.

Lo siguiente que podemos acometer es una especie de juego basado en la proporción entre cronología y morfología de las especies humanas, con especial atención a estos especimenes “anacrónicos”. La regla fundamental de este juego establece que si encontramos un tipo de humano en una fecha determinada, las subespecies humanas que evolutivamente le siguieron se han de dar por supuestas (aún sin yacimientos que lo corroboren) al menos hasta la misma fecha. Para entenderlo usaremos un caso tan exagerado como el del Homo floresiensis, que siendo tan reciente como de hace 12.000 años tenía una morfología afín al Homo habilis, un humano que “típicamente” se remonta más allá de los dos millones de años. Así pues, si en Flores sobrevivieron “habilis” hasta las puertas del Holoceno, no podemos negar el mismo destino para ergaster, erectus, antecessor, broken hill, heidelberg, georgicus, neandertal y cuanta especie humana le sucediera en orden de aparición. Más aún, la misma lógica nos permite defender la supervivencia de especies que, si bien eran muy distintas morfológicamente, fueron coetáneas al habilis (caso de los parantropos) y, por qué no, también la supervivencia (aunque no fuera hasta fechas tan recientes) de sus inmediatos ancestros australopitecinos. También nos es lícito suponer que si un habilis sobrevivió hasta hace 12.000 años, un erectus pudiera hacerlo hasta hace 5.000 y los sapiens primitivos hasta épocas plenamente históricas. Puede que alguno se pregunte qué relación guarda la morfología con la supervivencia, y en principio yo no me muestro especialmente favorable a que exista tal vínculo. Es a los oficialistas a los que les gusta sobremanera plantear la existencia como un reto a superar donde sólo sobreviven los fuertes, al tiempo que consideran a cada prototipo humano como superior de necesidad respecto a los anteriores. Siguiéndoles el cuento, debemos establecer que un individuo con una morfología tan arcaica como el floresiensis no pudo ser rival serio para los humanos posteriores, con mayor capacidad craneal, mayor corpulencia, mejor organización social y mejor desarrollo tecnológico. Por así decirlo, el evolucionismo radical concibe la vida como una larga partida de ruleta rusa, y cualquiera puede entender que no es igual de arriesgado jugar con la pistolita diez segundos que diez horas. Si el “debilucho” y “anticuado” sobrevive, ¿qué podemos esperar de las posteriores versiones mejoradas? Por añadidura, a medida que las especies humanas eran más parecidas a la actual aumentaban las posibilidades de mestizaje con nosotros por razones tanto genéticas como estéticas, lo cual les permitiría incorporarse a nuestro imparable stock, que a su vez no es sino otra forma más de supervivencia biológica.

En cuanto a las publicaciones concretas que nos han permitido desafiar el esquema oficial vigente, todas ellas comparten una serie de errores originados siempre por confundir los datos con su interpretación. Para ello nos detendremos en el modo en que obtienen muestreos de las distintas poblaciones, en cómo establecen parentescos entre ellos y en cómo finalmente asignan fechas en razón a los puntos anteriores. La principal limitación de la genómica prehistórica es la pobreza del muestreo disponible, carencia que en ningún caso está justificada por la inexistencia de candidatos a nuevos análisis. Para hacernos una idea, la totalidad de artículos que conozco que abordan el “genoma neandertal” en realidad se refieren a un ridículo muestreo compuesto por seis individuos: tres de Croacia y otros tres de Asturias, Rusia y Alemania respectivamente. Aunque suene a chufla, los “muestreos” de genes del hombre moderno paleolítico suelen ser aún más raquíticas. Como muestra propongo el caso de la “tita X”, pues es un estudio genético del más alto nivel que ha sido deducida, agárrense, a partir de los seis consabidos neandertales, de un (¡1!) moderno del paleolítico ruso, y de cinco individuos actuales. Hay decenas de neandertales y cientos de modernos paleolíticos a la espera de que les tomen el ADN, las pruebas ya no son ni tan difíciles ni tan caras, así que nada impediría triplicar por lo menos esta vergonzosa representación. Por razones tan mezquinas como siniestras los especialistas prefieren negarse a este deber y precipitarse a elucubrar parentescos y fechas. Pero están condenados al fracaso no sólo por su pobre muestreo sino por la incorrecta interpretación que hacen de los datos. Estos, en estado puro, no fabrican árboles genealógicos ni tablas temporales, sino que sólo constatan saltos diferenciales en el stock genético, las mutaciones, que coinciden o no entre las especies analizadas. Así sabemos que según las mitocondrias los saltos evolutivos entre nosotros y el neandertal son 202, respecto a la Tita X de Siberia hay 385 saltos, y si nos remontamos al chimpancé, nuestras divergencias contabilizan 1461 saltos. Aquí termina la ciencia y comienza la aberración, pues los ultras del evolucionismo han llegado a convertir en eje de su metodología algo diametralmente opuesto a la esencia misma del darwinismo: suponer plazos de tiempo fijos para cada salto diferencial, es decir, la regularidad de algo tan casual como una mutación. A partir de aquí crean “relojes moleculares” para ponerles fecha a la aparición de las subespecies humanas, de lo cual ya he hablado en otra ocasión. En todo caso, ningún método puede proporcionarnos la fecha de aparición de una especie, porque se ha demostrado (precisamente mediante genética) que no se trata de procesos puntuales sino muy dilatados en el tiempo, y no siempre graduales ni unidireccionales. Con este breve análisis parece demostrado que esta bibliografía sobre humanos “anacrónicos”, pese a sernos sustancialmente útil, demuestra graves carencias tanto de seriedad empírica como de imaginación deductiva, y esto sin duda perjudica el potencial de los datos que maneja.

Conclusión

¡Qué cómodo era aquello de “Habilis-África-2millones/años-Olduvayense”, “Erectus-África-1m.a.-Achelense”, “Neandertal-Europa/Oriente-500.000años-Musteriense”, y “Cromañón-Europa-40.000años-Auriñaciense”! Qué armónico todo, qué profiláctico, y a la vez qué falso. Esta obsesión crono-clasificatoria llegaba al extremo de imponerse incluso entre los humanos de inicios del Pleistoceno. Confieso que era ya adulto cuando descubrí que hace millón y pico de años, en las riberas del lago Turkana, convivían los Homo erectus, habilis y rudolfensis con sus parientes los parantropos, que allí cazaban y abrevaban a metros de distancia sin necesidad de aniquilarse, y que esta idílica situación se sostuvo durante decenas de miles de años. Como vemos se trata de una estampa muy temprana evolutivamente hablando, que en nada debería dañar nuestra preconcepción del humano moderno como humano “superior” y jamás sometido a mestizajes “zoofílicos”, y sin embargo es evidente que los académicos se esfuerzan por silenciarlo. Este conocimiento sólo se consigue digiriendo auténticos ladrillos bibliográficos y/o después de haber interiorizado perfectamente todas las fechas relacionadas con todos los tipos de homínidos a lo largo de los cinco continentes. Pero no se divulga, no se pone a todos estos humanos juntos en las maquetas, documentales y recreaciones de museos y manuales, no vaya a ser que el gran público establezca por su cuenta que esta convivencia entre humanos, lejos de ser excepcional, hubo de ser la norma incluso cuando nuestra subespecie, los modernos, habíamos hecho aparición.

Por supuesto mi postura no es la del cripto-zoólogo (en este caso más bien cripto-antropólogo): me sobran los bigfoots y los hobbits para defender todo lo dicho hasta ahora. Pero una mente no contaminada de prejuicios debe sentirse inquieta ante algunos fenómenos que sí parecen enlazados. El ejemplo más claro es la leyenda sobre el orang pendek, un humanoide peludo y enano en el folclore de la misma isla de Flores donde apareció un erectino/habilino de iguales características. Calculadora en mano, si una especie demuestra estar presente en fósiles desde hace más de dos millones de años hasta hace sólo 12.000, ¿no una cuestión de ínfimos detalles estimar su extinción 10.000 años arriba o abajo?, ¿no es acaso posible que este orang pendek sea una adaptación legendaria de un ser que hasta tiempos históricos sobrevivió en lo más recóndito del bosque? Del mismo modo, y ahora que sabemos que nuestro ADN es en un 1-4% de origen neandertal, es plausible considerar que algunas poblaciones de modernos, sobre todo europeos, retuvieran algunos de los más marcados fenotipos de esta subespecie, incluso en una cantidad mayor que los actuales, y que por esto hubieran sido arrinconados también a zonas de difícil acceso. ¿Pudieron estas comunidades alimentar el mito de los ogros, gigantes, orcos, etc.? Es evidente que no contamos, aún, con el esqueleto de un neandertaloide para fechas históricas, pero sí contamos con un Homo habilis indonesio a las puertas del Holoceno, en las mismas fechas en que los natufienses palestinos ensayaban la agricultura y los japoneses jomon modelaban la primera cerámica. A algunos eso nos basta para dejar entornada la puerta de la duda.

lunes, 15 de febrero de 2010

Murcia: ¿Neandertal esteta o HAM prematuro?

Hace un mes publicitaron el hallazgo de conchas decorativas y pigmentos de hace unos 50.000 años en unos yacimientos de Murcia (Cuevas Antón y de los Aviones). Se trata de un descubrimiento inesperado para los académicos porque tales capacidades estéticas son, según ellos, privativas del Hombre Anatómicamente Moderno (HAM), y porque a éste no le permiten, esos mismos académicos, una presencia en Europa de más de 40.000 años. Su conclusión es que estos objetos tuvieron que ser necesariamente obra de los neandertales, a los cuales se los ha tenido injustamente por más brutos que nosotros. La tradicional cadena asociativa “Esteticismo-Humano Moderno-Hace 40.000 años” se ha roto con estos hallazgos, eso es evidente, pero no entiendo por qué la única explicación es abogar por la opción neandertal. Con las mismas razones podríamos reivindicar esas conchas y pigmentos como prueba de la presencia en Iberia de humanos modernos en fechas muy anteriores a los 40.000 años. Veamos a continuación por qué esta opción es mucho más probable de lo que se quiere reconocer.

- Ambos yacimientos carecen de restos humanos, así que no podemos determinar sin asomo de duda a qué especie adscribirlos. Resulta cómico ver a los autores del artículo emplear los mismos prejuicios que pretenden combatir, pues si querían que lo ornamental y artístico dejara de ser un “fósil guía” de la presencia moderna, ¿por qué entonces han de sostenerse otras asociaciones “especie-cultura” como sea el musteriense o los 50.000 años de antigüedad?

- En Marruecos había ya humanos modernos (Jebel Irhoud) hace 150-200.000 años. Es muy extraño que durante tantísimo tiempo a ninguno de ellos le diera por pasar a Iberia, así que la presunta inexistencia de huesos de HAM en nuestra Península debería ser puesta a examen. En este sentido es muy significativo que Jebel Irhoud haya sido considerado un neandertal (en consonancia además con su industria musteriense) hasta el mismísimo final del siglo XX, momento en que se determinó por unanimidad que era un tipo arcaico de nuestra especie. Añadamos que en el yacimiento marroquí aparecieron varios individuos, uno de ellos un cráneo completo (sin mandíbula), así que el error no está justificado por la escasez o poca calidad de los materiales. También es necesario apuntar que la hipótesis tradicional no dudaba en hacer venir a ese neandertal (a su linaje se entiende) de Europa y, más asombroso aún, que la vía marítima no estaba descartada. No deja de ser llamativo que una especie a la que se le negaba la capacidad de pintarse el cuerpo o de hablar articuladamente fuera capaz de conquistar África. Y es que el europeo, incluso si es pre-, proto-, o infra-humano, debe ser de una madera especial.

- En la Península Ibérica encontramos, para esas fechas, restos óseos que han sido adscritos a la especie neandertal, pero en casi todos los casos es imposible decir de ellos que sean neandertales sin atisbo de duda. En ocasiones son restos infantiles, en la mayoría son demasiado fragmentarios como para establecer diagnósticos incuestionables, y finalmente hay huesos con rasgos propios de moderno o de mestizo. Por ejemplo, el frontal de Piñar (Granada) es también de hace unos 50.000 años, pero tiene bien poco de neandertal (por muy “juvenil-femenino” que lo etiqueten), incluso menos que la propia serie de Jebel Irhoud. La mayoría de los “neandertales” peninsulares lo son desgraciadamente en función de su antigüedad y del uso de industrias musterienses.

- Mención especial merece el yacimiento de la Sima de las Palomas de Cabezo Gordo (Murcia). A su proximidad geográfica con los yacimientos que nos ocupan hay que añadir la cronológica, pues está datado entre hace 45.000 y 50.000 años. Sus restos óseos son numerosos aunque muchos estén hechos añicos y en ocasiones adheridos a la concreción de la cueva. Pues bien, aunque entre ellos haya rasgos neandertales también aparecen rasgos modernos, algo que no puede dejarnos de sonar a Jebel Irhoud, Pestera cu Oase (Rumanía), o al “mestizo” de Lagar Velho (Portugal). Algunos académicos se han apresurado a indicar que esto no implica elementos modernos entre esos grupos de cazadores-recolectores, sino que se trata de una gracilización por nuevos hábitos de vida, o que los neandertales eran así de variados. Excusatio non petita…

Entiendo que puedo ser malinterpretado, que algunos me tomarán por un enemigo de lo neandertal, de esos que siempre los han visto animalescos y que necesitan marcar distancias con las subespecies “inferiores” (¿por qué no reconocen que eso es un desahogo más del viejo racismo?). Muy por el contrario y como lo demostraré en futuras entradas, para mi el neandertal no puede ser nuestro inferior porque ni siquiera es anterior a nosotros. Puede ser incluso “sobrino” o “hijo” nuestro, si es que la fecha estimada para el origen del HAM, hace 300.000 años, sigue aumentando como todos los estudios parecen vaticinar. Aunque no tuviéramos en cuenta su capacidad craneal superior a la nuestra, aunque pusiéramos en duda los restos europeos que indican sus habilidades sociales, simbólicas y artísticas, nuestro parentesco biológico bastaría para zanjar cualquier duda sobre su humanidad plena. Podemos remitirnos a la serie dedicada a la Hominización para comprender que la distancia genética que se da entre neandertales y modernos es ínfima si la comparamos con la que media entre el proto-chimpancé y el proto-humano, los cuales se siguieron mestizando durante millones de años. Así pues, soy de los que acepta encantado tener sangre de neandertal entre otras muchas y que espera que un día se vierta más ciencia y menos prejuicios en ese debate. Por eso estoy libre de sospecha, no puedo querer limitar las capacidades culturales de quienes considero bien mis hermanos, bien parte de mis antepasados. Suscribo punto por punto la tesis de que el hombre de neandertal estaba capacitado para preparar complejos tintes en los que intervenían diversos minerales, huesos pulverizados y grasas, y por supuesto que lo hacía con la clara intención de adornar su cuerpo, sus objetos, su territorio, sus ritos, etc. Lo único que defiendo aquí es que estos yacimientos murcianos son tan adjudicables a los neandertales como a los modernos, que no hay pruebas definitivas en uno u otro sentido, y que tan necesario es reconocer las habilidades neandertales como la presencia temprana de modernos en nuestra Península, provenientes de África vía Gibraltar. Exactamente igual, aunque en sentido contrario, a la ruta que defendían para J. Irhoud cuando lo consideraban un neandertal.