martes, 6 de diciembre de 2011
El porquero reticente
martes, 18 de octubre de 2011
Trienio
miércoles, 6 de octubre de 2010
Van dos años

Una tarde de verano mi mujer me emplazó seriamente a que pusiera por escrito en la web todas aquellas conclusiones que había ido acumulando acerca de Afroiberia. Le parecía una lástima y una pérdida de tiempo que estas continuaran ocultas en el cajón de nuestra intimidad y de pocos amigos más, a la espera de que los canales tradicionales de difusión estuvieran maduros como para acogerlas. Me dio como plazo un mes o dos para publicar y a mi se me vino el mundo encima. Pero, como siempre, le hice caso porque, como siempre, era y es mi mejor consejero.
Dos años después de aquel excitante comienzo me sorprendo pegado a la tecla con la misma fuerza e ilusión del primer día. Este segundo año que ahora se culmina no ha cumplido todos los objetivos que me propuse en el primer aniversario, pero sí su mayoría. En contrapartida, he incorporado elementos no planificados que han resultado ser herramientas excepcionales. Hablo por ejemplo del contador de visitas que puse en marcha en marzo y que a fecha de hoy arroja un testimonio de nada menos que 3.474 consultas. De nuevo fue mi pareja la que me “obligó” a instalarlo ante mi renuencia. Francamente no me apetecía comprobar que sólo cuatro gatos consultaban mi trabajo, y no sabía si aquello me desanimaría hasta el punto de abandonar. Los resultados me han demostrado que no podía estar más equivocado. Otra herramienta que me ha servido de mucho es la sección de estadísticas que facilita Blogger. A través de ella sé en cada momento qué entradas tienen más éxito o bajo qué búsqueda acceden a mi blog, cuestión esta última que me ha permitido descubrir, con placer y agradecimiento, que muchos son lectores habituales. Pero sin duda lo que más me gusta es ver de qué países provienen mis usuarios. He comprobado con sorpresa que España no sólo no es el único país desde el que se me consulta, sino que a menudo no es ni siquiera el mayoritario. México en particular, y América Latina en general, son importantísimos focos de consulta y de nuevo me siento obligado a expresar mi gratitud. Desde que soy consciente de su presencia algo ha cambiado en mi trabajo, escribo algo más para ellos y algo menos para los españoles, y prometo que en su día publicaré entradas que sin abandonar su neta raíz afroibérica toquen de lleno al continente americano. Por otra parte, no deja de ser divertido que alguien que fue tan reacio a publicar como yo, y que de hecho aún se escuda bajo un seudónimo, descubra cada día que es leído desde Japón, Sudáfrica o Letonia. Cosas de la vida.
Permítanme suponer que si dispongo de más de 3.400 consultas en seis meses largos, en dos años con el contador activado nadie me habría quitado las 5.000. Desde una perspectiva tradicional, la que me marcaba antes de publicar el blog y que consistía en esperar a ser publicado por imprenta, ser invitado a charlas, etc., jamás habría soñado con este éxito. Si entonces me hubieran vaticinado que dentro de dos años vendería 5.000 copias de un libro, o que la suma del público de mis charlas rondaría las 5.000 personas, los vecinos denunciarían mis carcajadas a la policía o al psiquiátrico. Ya se que muchos abrirán mi blog para de inmediato abandonarlo por considerarlo aburrido o disparatado, pero del mismo modo sabemos que muchos libros se regalan por navidad para adornar estanterías y que muchos acuden a charlas y simposios para echar siestas. Prefiero pensar en las personas que se toman la molestia de leer mis ideas, y sobre todo en aquellos a los que he podido ayudar, bien con datos, bien con ánimos, y que hacen suyas mis conclusiones. Y poco me importa si son 5.000 o 500, pues aún siendo 50 han colmado expectativas que antes ni me atrevía a soñar. Por eso no es retórica cuando digo que no se cómo agradecerles tan fabuloso regalo. Quizás les ayude saber que escribo para ellos tanto como para mí, y que necesito de ellos mucho más que ellos de mí.
Hasta el próximo aniversario, si D´´s quiere. Abercan.
viernes, 26 de marzo de 2010
El universo tartésico
Para conocer el Pasado Remoto no basta la mera acumulación de datos, y aún menos si se realiza desde la excluyente especialización que hoy se practica. Su verdadera razón de ser es proporcionar piezas de verdad, ladrillos con los que poder construir hipótesis más ambiciosas y, como destino último, intentar llegar a una visión de conjunto asequible al gran público. Debemos invocar conclusiones provenientes de diferentes campos del saber hasta hacerlas confluir en un discurso unitario, mutuamente equilibrado y fácil de divulgar entre el gran público. No es una utopía, se trata de un proceso aplicado desde hace años a las consideradas “grandes civilizaciones”, pero también a otras culturas que han sido tradicionalmente apadrinadas por el eurocentrismo. De hecho, existe todo un sub-género dentro de la divulgación histórica con títulos del tipo “Vida cotidiana de los hititas”, “Un día cualquiera en la Grecia de Pericles”, “En tiempos de los faraones”, etc. que consiguen transportarnos literalmente al ruido de aquellas calles, a las manías de sus habitantes, al menor de sus artilugios o al sabor de sus guisos. Con ese propósito se editan multitud de obras al año, desde el ensayo universitario a la guía infantil troquelada, aunque para aquellos que no leen basta y sobra con la iconografía audiovisual que hemos mamado desde Los Diez Mandamientos hasta Gladiator pasando por Yo Claudio. Por el contrario, existen otros pueblos del pasado que por ser considerados menores, periféricos o de conflictivo papel en la Historia, han carecido de tales mimos divulgativos y siguen confinados al fondo de un laberíntico montón de artículos académicos.
Tartessos es un caso paradigmático de pueblo sin rostro. Los intentos de retratarlo fueron pocos, han quedado obsoletos, y son muchos los que hoy aprovechan este vacío para poner en duda siquiera su existencia. Tarsis es abiertamente considerada por los especialistas, incluso por los que reniegan del difusionismo, una civilización “menor” por ubicarse en el extremo Occidente, lejos de la cocina greco-egipcio-mesopotámica. Este punto, sin embargo, no justifica la ausencia total de obras tipo “Vida cotidiana de los tartesios”, y muy especialmente a escala nacional o regional, donde el patrioterismo inclina a cualquier pueblo a proclamar con orgullo su acervo por muy secundario, parcial y mitológico que este sea. El verdadero e inconfeso motivo sigue siendo geográfico, pero en este caso se centra en el para muchos peligroso puente que la Península Ibérica tiende entre lo africano y lo europeo. Recrear cinematográficamente la Gadir tartesio-cananea, con todos los datos a nuestra disposición sobre arquitectura, tejidos, gastronomía, división del trabajo, roles de género, genética, climatología, biomasa, lengua, creencias, etc. puede ser una bomba de relojería para el paradigma eurocentrista, así que mejor no hurgar en esa herida. A veces esta amenaza no se debe a unos resultados plásticos inequívocamente africanos, sino a la mera evidencia de una alteridad, de un exotismo en lo propio que nos hace dudar seria y consecuentemente de nuestra “esencia europea”, sea lo que sea que esto signifique. En lugar de proporcionarnos la película del Tarteso que merecemos, de ayudarnos a viajar con la mente a sus mercados y mansiones, tal y como nos ocurre apenas nos mencionan Roma o Grecia, los académicos se dedican a darle vueltas a la margarita del si-no tartésico. Que si Tartessos llegaba o no hasta Málaga o Badajoz, que si duró más allá o menos del siglo V aC., que si los ibero-cananeos eran algo distinto que los tartesios mentados por los primeros historiadores, etc., la cuestión es promover diatribas estériles que permitan posponer sine die la tan esperada reconstrucción divulgativa. Y de paso, desnudar a Tarsis de toda capacidad social, cultural y técnica, de toda magnitud espacial y temporal, hasta reducirla a la categoría de fraude, un mero malentendido historiográfico fruto de mezclar mitos con arqueología, ganas con realidad. El statu quo no sólo requiere desidia en la divulgación, sino que la hace extensiva a la propia investigación, y de paso la adereza con estimaciones siempre a la baja respecto a lo africano y/o exótico en nuestras tierras. Sin embargo abundan los datos para poder trazar un retrato fiable de Afroiberia durante los dos o tres últimos milenios a.C., y el resultado es tan inesperado y admirable que ocultarlo por más tiempo resulta sospechoso. A menudo esta renovación copernicana de nuestro imaginario tartesio proviene de disciplinas ajenas al estéril debate arqueo-historiográfico, (niveles marinos, clima, biomasa, etc.) y por tanto debería haber sido incorporada ya a la cultura popular. Desgraciadamente, su coordinación y puesta en divulgación sigue siendo algo que esperamos haga el historiador, y ya vimos el poco interés que el aparato eurocentrista tiene en que esto suceda. Este post se propone abrir el camino hacia ese nuevo Tartessos, un universo tan inaudito que para asimilarlo necesitaremos antes borrar todo lo que hemos aprendido y creemos saber sobre él.
En principio no hay “Tartessos” ni concepto parecido, sino sólo una tierra, una época y unas gentes, siendo nosotros, seres del futuro, los que nos empecinamos en poner etiquetas. Para este blog Tarsis o Tarteso define a Afroiberia entre el 3000aC y la romanización, siendo esto último lo que realmente importa y no el nombre con que la bauticemos. La Arqueología demuestra que algo antes del tercer milenio aparecen sociedades proto-estatales que incorporan la minería a sus explotaciones, y que esta situación no va a variar sustancialmente hasta nuestra entrada en la Historia: estado, estado, lo que se dice un estado con todos sus avíos, no tuvimos hasta Roma. Por su parte la Geografía nos recuerda que por su alto grado de comunicabilidad y por su solidez territorial frente a otras estructuras (manchega, rifeña, levantina, etc.), se hace muy difícil creer que sólo una comarca afroibérica desarrollara una civilización sin contagiar masiva e instantáneamente a sus hermanas. Si creemos en la existencia de Tartessos, y en mi caso el convencimiento es firme, estamos necesariamente ante algo que es tan gaditano como algarveño o granadino, y tan remontable al año 600 como al 1600 e incluso el 2600 antes de la Era Cristiana. Otra cosa son las variedades regionales y las modas de época, que tanto confunden los arqueólogos con la presencia de nuevas culturas. Pero es que si aplicáramos la dialéctica arqueológica actual sobre nosotros mismos, deberíamos definirnos como una cultura y civilización diferente, posiblemente también una etnia nueva, respecto a los afroibéricos que lucharon contra Napoleón.
Ubicados espacio-temporalmente, es preciso ambientar la escena comenzando por el paisaje. El clima no fue uniforme durante este largo período. La fase Atlántica, más cálida y lluviosa que la actual y con el nivel del mar unos 3.5m más alto que hoy, es la que vio surgir esas sociedades afroibéricas que llamaremos tartesias. Hacia el 2.300aC es sustituida por una breve fase Subboreal (unos 1500 años) al menos tan calurosa como la Atlántica pero más seca, para luego dar paso a nuestro clima actual o fase Subatlántica. Aún en época de la colonización fenicia el nivel de las aguas estaba 1.5m por encima del actual. La traducción en la biomasa tuvo de ser espectacular, pues los 4500 años de calurosas lluvias atlánticas hubieron de dotar de un aspecto bastante selvático a nuestro entorno, lo que unido al cambio en las líneas de costa, esteros, así como en el caudal y navegabilidad de nuestros ríos nos proporcionan una estampa totalmente exótica. Imaginemos este horrible invierno de aguas del que aún no hemos salido, pero repetido sin cesar durante miles de años, con más calor y el mar casi cuatro metros por encima: manglares en Coria del Río. Esta fuerte impronta atlántica sobrevivirá los rigores subboreales hasta invadir el primer Subatlántico, coincidiendo con las mal llamadas “colonizaciones” cananea y griega. De ese modo, con sus lógicos altibajos, cualquier época o rincón de lo tartésico presentó un paisaje mucho más boscoso, unos ríos más anchos y navegables y una fauna inesperadamente variada y numerosa respecto a la actual. La razón es que el elemento que más contribuyó a la devastación de ese mundo, o que en todo caso precipitó exponencialmente el proceso, fue el hombre y su civilización, no el clima ni el nivel de los mares.
Pero todo este panorama geofísico no se limitaba al papel de mero decorado fantástico, que también, sino que tanta agua, tanto verde y tanto bicho significaron también grandes posibilidades de explotación a manos del ser humano, las cuales no hicieron sino aumentar al incorporar nuestros entonces incalculables recursos mineros. Cuando el Homo sapiens disfruta una bicoca como esta tiende inexorablemente a multiplicar su demografía, lo que necesariamente complica el modo de administrar muchedumbres, es decir, el modelo social. Sin esfuerzo ni réplica posible, tenemos que deducir por el clima que Afroiberia contó durante toda la fase tartésica, y aún antes, con sociedades densamente pobladas y complejas en su organización. Más aún, la natural interconexión de las distintas comarcas afroibéricas, sumada al florecimiento de las comunicaciones marino-fluviales de esa época hacen inevitable y permanente el encuentro entre dichas sociedades complejas, que por otra parte no entrarían en competencia dada la cantidad y variedad de recursos a explotar. Debemos plantearnos entonces el mestizaje, la vinculación, o la asociación entre estos proto-estados hasta el grado de formar una realidad cultural mayor, no necesariamente estatal, pero sí cultural, religiosa, comercial o étnica. Algo que muy bien podría ser llamado Tarsis o Tarteso. En cualquier caso esta red de proto-estados no supuso la desaparición de formas sociales más básicas, coincidentes con las zonas peor comunicadas, con las que interactuaban también estrechamente y con las que tampoco entraba en competencia, pues les proporcionaban caza, miel, frutos, leña, medicinas, carbón, pastores, chamanes y “griots” entre otros productos y servicios.
Tecnológicamente también los hemos infravalorado, o al menos no solemos aplicarles gráficamente lo que sesudos artículos ya le conceden. Tardarían en navegar de Gadir a Orán más o menos una semana, mientras que empleando el transporte fluvial podían comunicar en apenas dos días el litoral con cualquier comarca del interior. Aquellos que vivieron en la costa y desembocaduras fluviales se vieron abocados al desarrollo de soluciones palafíticas, así como al aprovechamiento de las mareas con fines productivos (salinas y esteros de pesca). En cuanto a lo agropecuario es lógico que una región ubérrima como Afroiberia permitiese el “descubrimiento” autóctono de la ganadería y la agricultura ya desde el Neolítico, por lo que durante los tiempos tartésicos ambas actividades estarían sobradamente desarrolladas, sin nada que envidiar a prácticas equivalente en el resto del Mediterráneo. Las minas se explotaban en profundas y complejas galerías, no sólo en canteras a cielo abierto, y los métodos metalúrgicos habían alcanzado un alto desarrollo. Arquitectónicamente eran capaces de compaginar ciclópeas murallas, de seis metros de altura y tres de base, con suelos domésticos primorosamente decorados usando conchas de mar. No era extraño ver edificios rectangulares de dos plantas junto a cabañas circulares del más puro estilo africano, siendo en ambos casos decoradas con cal, azulete, ocre o almagra, relieves con arcilla, postes y doseles tallados, tarimas, etc. Se tejían paños a partir de fibras vegetales y animales, los cuales eran tintados vivamente para vestir personas pero también eran utilizados como mantas, cortinas, toldos, etc. Fabricaban en definitiva todo tipo de comodidades, desde puertas con cerradura a cosméticos, desde fresqueras a pozos ciegos.
Sólo nos quedaría hacer una aproximación al habitante, su aspecto y su psicología. Por supuesto, el tartesio era bastante más oscuro de piel y tropical en sus rasgos que los actuales españoles, incluso que los andaluces, siendo mejor imaginarlo como un cruce entre gitano y moro, pero este no sería su único hecho diferencial. Una esperanza de vida inferior a los cuarenta años, el consumo desde edad temprana de fuertes drogas (la adormidera es endémica y quizás originaria de nuestras tierras), así como una fuerte espiritualidad, forjaban sin duda un carácter muy distinto al actual, una ansiedad vital y un fatalismo que hoy sólo podemos equiparar, en nuestro Occidente, al de ciertas tribus juveniles. Y como en estas, también llama la atención lo mucho que cuidaron la estética, algo absolutamente alejado de las aburridas reconstrucciones (túnica corta beige o gris, pelo a lo jipi, etc.) que nos suele proporcionar la oficialidad en museos y libros de texto. Basta darse un paseo por la denominada escultura ibérica para encontrar los más llamativos peinados y las joyas más barrocas en ambos sexos, pero también camisetas repegadas, barbas antigravitatorias, infinitas superposiciones de mantos y túnicas, expansores de oreja, piercings nasales y mil cucadas más. Su idioma también nos resultaría cautivador, aunque hasta hoy no sepamos gran cosa de él. Sonaría como una mezcla de vasco, bereber y caucásico (sólo por citar los parentescos más a menudo adjudicados), pero al mismo tiempo contendría algunas voces que aún empleamos, y no precisamente como residuos minoritarios y especializados. Así, en mitad de ese galimatías vocal distinguiríamos con claridad palabras como barro, perro, charco, gordo, manteca o barranco. Volviendo a la psicología, para los autores clásicos el tartésico compartía con el resto de los peninsulares la fama de tipos austeros y duros de roer, así como su proverbial lealtad a los líderes, pero a la vez era matizado por un carácter más civilizado y pacífico, sin duda consecuencia de esa mayor solera cultural que frente a otras regiones se le ha supuesto desde la antigüedad.
Cada párrafo anterior ha intentado ocuparse de una faceta diferente de ese gran tríptico de Tarteso que queremos montar, y en cada caso nos hemos topado con lo inesperado. Pero cuando pasamos a ensamblar armónica y consecuentemente todas estas ideas el resultado es sencillamente espectacular, algo así como Avatar en versión casera. Tomemos un clon del baliaor Farruquito (todo un madurito para la época) y rapémosle la frente dejando caer unos mechones rizados desde la nuca, mientras que le ponemos una larguísima perilla a la manera faraónica, vestido de púrpura y añil y con los lóbulos de las orejas triplicados en su tamaño por unos discos de caliza incrustados. A continuación proporcionémosle una discreta dosis de vino y opiáceos, y hagamos que su lengua pronuncie cosas como “askuzean porratu sagarranko balce netain”. Lo podemos imaginar durante lo que él consideraría un mes de marzo normal, es decir, como nuestro actual junio en lo caluroso y a menudo con lluvias como las que hoy mismo padecemos. Cabalga un extraño caballo con rayas de cebra, quizás un encebro o tal vez un mero caballo sorraia, sorteando un bosque con encinas de hasta treinta metros de alto y riachuelos omnipresentes, habitado por osos, linces, lobos, castores, nutrias, urogallos y hasta macacos de berbería. Se dirige hacia una ciudad de unos mil habitantes, un puerto de mar hoy sepultado por los limos del Guadalquivir. Desde allí se ven zarpar barcos rumbo hacia el norte, remontando el Guadalquivir y el Genil, y hacia el sur, donde el Atlántico, el Mediterráneo, y por supuesto África hacían infinitos sus destinos comerciales. A lo lejos, una especie de pingüinos extintos, los alca, contemplan la escena desde un acantilado. La ciudad se ubica en una pequeña y estratégica península, está fuertemente amurallada, y en su interior se dispone una mezcolanza de estilos urbanísticos donde no faltan los templos, palacios, plazas, pozos, y baños de cualquier urbe de la época. Las casas pueden tener varias plantas, azoteas, patios, depósitos de agua, despensas subterráneas, locales comerciales adjuntos, etc. y suelen alternar la blanca cal con adornos en rojo, negro, azul o marrón. Al estar tan cerca de Gibraltar, en su mercado se dan habitualmente gentes y mercancías de casi todo el mundo por ellos conocido, comprendido aproximadamente entre Irlanda, Fenicia y Senegal. Cuando nuestro jinete llegue a esa capital, pues es también cabeza de partido de su región, se pondrá a disposición del jefe local de su fratría. He querido que la ciudad esté gobernada por una asamblea de portavoces de distintas cofradías, algunas pervivencia de estructuras tribales o de minorías étnicas, otras gremios profesionales, otras hermandades iniciáticas, etc., en lugar de recurrir al consabido reyezuelo-sacerdote-amo-del-granero. Nuestro farruquito tartesio vuelve al hogar después de informarse de los precios de la verde “piedra de Tarsis” obtenida en la Serranía de Ronda, pues su suegro es un comerciante del Mediterráneo oriental que puede darle muy buena salida por esos mercados. Su travesía ha transcurrido sin percances, pues Tarteso es una región que durante siglos ha vivido en paz, si descontamos esporádicas razzias de pueblos vecinos, incapaces por otra parte de invasiones o usurpaciones permanentes. Los caminos son por lo general seguros, transitados y con multitud de aldeas y cortijadas a cada paso, aunque esto es más cierto en el litoral y cerca de los ríos navegables. En fin, la narración se podría extender capítulos y capítulos, pero creo que se ha captado la idea fundamental: Tartessos no es sólo una época pasada sino un universo absolutamente diferente al nuestro, con una carga evocadora y estética muy intensa, que no podemos disfrutar por culpa de prejuicios eurocentristas. Será por tanto un deber y un placer dedicar muchas de las futuras entradas de este blog a describir y defender, punto por punto, este Tartessos tan fascinante como políticamente incorrecto que acabo de dibujar. Pero también hay que comprender que ante tanta belleza (y ante tanta injusticia) era imprescindible una descripción general como esta, aunque se anticipara a los argumentos pormenorizados.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Un voto de confianza
Antes de comenzar, quiero advertir a los que detesten el tono confesional que harían bien en saltarse este post porque lo que viene a continuación es bloguerío puro y duro, tipo “querido diario:”. Hecha esta aclaración, no por mantener un tono informal y cercano me pienso alejar de la temática afroibérica, de hecho la abordo en su sentido más profundo, así que estas líneas pueden ser de gran utilidad para entender el propósito y el humilde valor del blog Afroiberia.
Ni toda una generación de sabios sería capaz de desmontar el actual paradigma de autolegitimación eurocentrista, racista, machista, presentista, materialista, y miles de –istas más que se proyecta sobre nuestro pasado remoto. Esta hidra intelectual cuenta con una cabeza en cada sub-despacho de cada especialidad académica, así que lo justo sería reclamar una imposible paridad que contara con un mismo número de especialistas, pero esta vez con una clara vocación pro-africana. Aún así, y seguimos en el territorio de lo utópico, su trabajo se centraría durante años en la deconstrucción del paradigma eurocéntrico, no en la construcción del suyo propio. Es más, las ideas oficialistas cuentan con una obvia ventaja gubernamental, mediática, simbólica, etc. que conduce inexorablemente a que el más débil de sus argumentos requiera titánicas y extensas refutaciones para ser mínimamente cuestionado. Investigar a contra pelo de las asunciones vigentes requiere centuplicar la cantidad y calidad de datos a nuestro favor. Por si fuera poco, estas vicisitudes repercuten sin remedio en la actitud psicológica de los investigadores anti-eurocentrismo, pues vivir sólo para perseguir embustes y acalorarse desmintiéndolos no lleva precisamente a la felicidad. En España no se si dicha generación de sabios africanistas ha nacido, si la encarna ya algún adolescente hispano-senegalés o alguna barcelonesa recién matriculada en Historia, pero por el momento su voz es nula en el escenario historiográfico. Cuando florezca y de frutos, ojalá sea pronto, el stress antes descrito nos conducirá a un largo proceso constatado en otros países más avanzados en estas cuestiones, una criba con muchas bajas en el camino. Algunos de estos contestatarios acabarán condenados a actitudes agrias y desconfiadas, otros por el contrario se rendirán ante la dulzura de ficciones más o menos consoladoras, y paradójicamente ambos grupos coincidirán en restar méritos a la verdad intelectual que pretenden defender. Con todo, y a pesar de que el tiempo acaba equilibrando dichos extremos, en naciones con una dilatada tradición africanista se sigue constatando la necesidad de esa doble vía de acción ideológica: la de la lucha y la de la autocomplacencia. Sin alguna de las mitades la investigación pierde sentido.
Si todas estas dificultades son las vaticinadas para un hipotético batallón de futuros afroiberistas, algo parecido pero agravado es lo que se puede esperar para una iniciativa particular (y fuera de su tiempo) como es el blog Afroiberia. En mi despacho se apilan fichas y recortes, y en mi cerebro se acumulan lecturas e interconexiones, que me permiten tener una visión de la antigüedad afroibérica muy distinta de la que oficialmente se postula. Otra cosa bien distinta es contar con los medios, tiempo y talento suficientes para plasmarla en el blog. Se cosas que no puedo explicar, pues para hacerlo necesitaría millones de palabras y con ellas irremediablemente mataría al lector de puro aburrimiento. Además, si dedico todos mis esfuerzos a refutar punto por punto el paradigma vigente, tarea imposible por otro lado, ¿qué queda del disfrutar y expandir mi propia vivencia del universo afroibérico? Mi deseo y mi obligación es el dedicarme por igual a una y a otra tarea, así que los ácidos artículos desmontando teorías oficialistas se tienen que compensar con otro tipo de post, introductorio, visual, coreográfico y divulgativo, que necesariamente tiene más empeño en la descripción de elementos que en su farragosa justificación. Se que vuelvo a este asunto recurrentemente y que muchos de los usuarios del blog lo podrán interpretar como una ya innecesaria auto-exculpación. Me propongo una y otra vez que voy a pasar de todo, que saltaré de una temática a otra, de un formato a otro y de un tono a otro, pero lo cierto es que al final tiendo a abusar de los sesudos artículos refutando doctrinas oficiales. Y lo hago porque siento la invisible presión de un tipo de lector que, para qué engañarnos, jamás podrá sacar provecho de mi Afroiberia: aquel que se encastilla con orgullo en el eurocentrismo dominante y que me exige infalibilidad papal para no considerarme un pirado más de la web. Esta confesión o queja no es gratuita. A menudo esa presión es la causante de ciertos parones en el ritmo de publicación de posts, pues la perspectiva de justificarlo todo, ya, y hasta sus últimas consecuencias, paraliza cualquier proyecto, más aún uno tan personal, extraacadémico y con las limitaciones heredadas de su autor como el que representa este blog.
Me encuentro por consiguiente en el mismo dilema que los africanistas, y tercermundialistas en general, de cualquier cultura y continente: necesito transmitir mi particular “película” de lo que fue nuestro pasado remoto, y no puedo esperar a justificar cada uno de los elementos que considero imprescindibles en la escena. La única manera que concibo de resolver tal dilema consiste en establecer complicidades con mis lectores, conseguir que capten mi personalidad e intenciones y se identifiquen hasta cierto punto con ellas. Si logro transmitir la mecánica de mis razonamientos, si publico una considerable cantidad de entradas cuyos argumentos son considerados al menos decentes, puede inducirse que otras afirmaciones defendidas en el blog tengan el mismo fundamento, independientemente de si su defensa ha sido ya publicada, si lo será en el futuro, o si francamente no existe posibilidad material de hacerlo nunca. Para lograrlo necesito de mis lectores un voto de confianza, algo traducible a: “si este tipo lo dice por algo será, porque cuando escribe sobre temas que sí domino me demuestra seriedad en sus hipótesis”. También apelo a mi propia realización y felicidad. No olvidemos que ni percibo un sueldo por mis estudios, ni dependo de jerarquías de ningún tipo, ni pertenezco a cofradía, ni cuento aún con un club de fans que me obligue a mantenerme en el candelero. Trabajo literalmente por placer, y tanta crítica cascarrabias no me lo acaba de proporcionar.
domingo, 4 de octubre de 2009
Afroiberia cumple un año
Gracias. Es lo primero que se me ocurre cuando veo que he logrado durar tanto tiempo entretenido con el blog, cuando releo mi entrada-presentación (4/10/2008) y veo cumplidas la mayoría de las aspiraciones que entonces me propuse. Los agradecimientos están igualmente destinados al círculo íntimo que tanto me ha apoyado para seguir esta quimera (especialmente Cristina y Javier), a los lectores por supuesto (que incluso ya empiezan a dejar sus alentadoras notas, como en el homenaje a Gibert), y finalmente al blog en si mismo. Este último me ha enseñado la gran diferencia que existe entre hilar cuatro ideas ingeniosas frente un café, o decidirse a ponerlas por escrito y ante una audiencia potencialmente planetaria. El blog te pone ante el abismo de tus posibilidades como divulgador, te obliga a refinar el poco estilo periodístico que tengas, llevándote a unas cotas de exigencia y de disciplina que revierten positivamente en las siguientes entradas, y así sucesivamente.
Tengo que reconocer que lo mío no está resultando un blog en toda regla, pues por lo general este formato exige entradas mucho más cortas, de estrecha periodicidad, y bastante más informales. Durante este primer año Afroiberia ha parecido más bien una webpage temática travestida de blog y no niego que algo de eso hay, a causa principalmente de mis limitaciones técnicas. Pero no todo es oportunismo. Me gusta el formato por entregas porque hace la página más viva, porque asegura al usuario que, más tarde o más temprano, aparecerá una nueva entrada que complete el cuadro principal. Como reverso, recuerdo muchas páginas estupendas, impresionantes de hecho… salvo por la pega de no haber sido actualizadas en cinco años. También prefiero el blog porque ejerce, junto a los foros, el papel de la “opinión” para el periodismo tradicional, siendo las páginas web temáticas más proclives a informar, aunque de todo haya. En cuanto al tamaño de los artículos, no tengo una especial intención por acortarlos, como tampoco me planteo la obligación de respetar unos plazos fijos de entrega. Francamente no valoro el esfuerzo de aquellos blogueros que se proponen, fieles a la etimología de “diario”, no faltar ninguna jornada a su cita con los lectores. Al final acaban con insufribles entradas del tipo: “Hoy estoy de bajón y no se me ocurre nada que contaros, mañana será otro día”. Sí, puede que al autor le parezca un signo de fidelidad con sus lectores, pero dudo que estos disfruten perdiendo el tiempo con una quincena seguida de entradas rellenadas por compromiso.
A pesar de ello, este segundo año va a marcar ciertas diferencias. Desde antes de publicar Afroiberia sabía muy bien que si quería ser medianamente comprendido por el público general necesitaría de unos artículos introductorios y de mucho contenido ideológico, una suerte de diccionario bilingüe “Afroibérico – Español”. Proponiendo ideas tan contrarias al paradigma oficial vigente esto es totalmente imprescindible o te arriesgas a pasar por loco o pagado de ti mismo. Si hubiera abierto fuego proponiendo por ejemplo que los tartessos eran hombres “de color”, herederos de una tradición sociocultural que hundía sus raíces en el Pleistoceno, navegantes por ríos que hoy no son ni su sombra, que vivían rodeados por encinas de 30m de altura, por uros y encebros, nadie me hubiera seguido leyendo ni un párrafo más. Por eso he dedicado este primer año de Afroiberia a sentar unas bases teóricas irrenunciables, y que a la vez puedan ser seguidas por cualquiera aunque no tenga formación (más bien deformación) académica. Abandonada esta etapa introductoria, el contenido y el estilo de mis artículos va a ser mucho más variado. Abundarán las notas breves, sobre todo comentarios a noticias de actualidad y presentación/crítica de otras publicaciones impresas o digitales, pero no por ello van a desaparecer los artículos largos, ni tampoco las series temáticas que comprendan varias entradas. Asimismo, me permitiré algunos artículos muy irreverentes, ya sea por lo cachondo o por lo sarcástico, pero por supuesto no desaparecerán los artículos más formales. Más importante, al fin podré escribirles de un tema sin necesitar “remontarme a los reyes godos” ni ponerme excesivamente argumentativo, confiado en los conocimientos básicos que, gracias a este primer año de artículos, comparto ya con mis lectores habituales. En definitiva no pretendo cambiar el tono que ha tenido el blog hasta ahora, sino añadirle otros muchos formatos y enfoques igualmente legítimos.
“El año que viene en Jerusalem” es una frase que se dicen entre sí los hebreos la noche de Pascua, significando el deseo de que el Mesías llegue pronto y acabe con el exilio. Del mismo modo, deseo fuertemente que para dentro de un año este blog sea totalmente inútil porque el stablishment académico haya reconocido en bloque el protagonismo de África en la Historia de la Península Ibérica. Mientras esto llega, espero que algún lector disfrute mis artículos al menos la décima parte de lo que yo hago escribiéndolos.
sábado, 13 de junio de 2009
Un millón de generaciones
El pasado es una dimensión existencial demasiado poderosa para dejarla en manos de terceros, una energía y una riqueza que cada uno debe mimar por si mismo si quiere sentirse pleno. Nuestra cultura occidental lleva siglos padeciendo una extraña manía progresista-evolucionista que sólo valora el avance, el futuro, la meta y no el punto de partida o el recorrido, y por eso manipula el pasado sin pudor para que este le arroje confirmaciones que jamás estuvo dispuesto a dar. Tenemos por “retrógradas” y “primitivas” a aquellas sociedades que no han querido o no han tenido la oportunidad de subirse a nuestro tren de progreso, del mismo modo que consideramos inferiores de necesidad a todas las culturas anteriores, aunque sean las de nuestros ancestros. De este desprecio hacia el no-occidental (geográfico o temporal) nacen disciplinas tales como la Historia, la Arqueología o la Antropología. Quiero decir que no sólo aparecen en la misma época en que estos prejuicios tenían más virulencia, y que por tanto padecieron su influjo, sino que precisamente nacieron para ser sus portavoces y paladines, basándose en materiales obtenidos del expolio y colonización que justificaban. A menudo olvidamos que cuando expresamos “soy aficionado a la Historia” realmente queremos decir “soy aficionado a la interpretación occidental del pasado”. Un chino actual que estudie el pasado chino en base a testimonios exclusivamente chinos y sin ningún tipo de formación occidental reglada no nos parece, seamos sinceros, un historiador “científico”.
Si el estudioso del pasado necesariamente lo desprecia, forzado por el paradigma evolucionista que equipara lo anterior a lo inferior, ¿cómo podemos esperar un análisis serio de nuestro ayer? De nada vale enarbolar cientificismos, pues bien sabemos que occidentales y soviéticos, colonialistas franceses y británicos, españoles franquistas y republicanos, Villa Arriba vs. Villa Abajo en definitiva, han fabricado “memorias históricas” incompatibles entre sí desde perspectivas todas ellas tenidas por empíricas. El pasado no es más que un blanco lienzo sobre el que proyectar nuestras justificaciones políticas y sociales, un modo de legitimarse y deslegitimar al vecino, y todo esto aprovechándonos cobardemente de que el ayer no puede volver ante nosotros para defenderse y mostrar en qué consistió realmente. Perder nuestro pasado, o asumir uno que es falso, debería dolernos como perder la riqueza medioambiental o el prestigio social, pero difícilmente podemos amar lo que el dogma evolucionista nos inculca como inferior, animalesco, salvaje, o inmoral. Nuestro pasado sólo tiene entonces valor en la medida en que corrobore nuestro actual estatus, sea porque demuestre que fuimos “los primeros” o “lo más poderosos y cultos”, sea porque nos vincula cultural o antropológicamente a regiones poderosas en la actualidad.
Existe un drama aún mayor que el que no se narren los acontecimientos tal cual sucedieron, y es el de despreciar la propia dimensión Tiempo. Si el progresismo-evolucionismo considera a lo anterior como inferior, lo muy anterior ha de ser por fuerza muy inferior, por lo que no debe extrañarnos que ese desdén por la dimensión temporal se acentúe a medida que remontamos nuestro pasado. Así, la Edad Contemporánea no supone ni la mitad de la Edad Media, ni el Neolítico la centésima parte del Paleolítico, etc. Por supuesto existe un motivo racional para hacer que cada vuelta de la espiral del tiempo sea más grande y es nuestra limitación para la memoria. Recordamos mucho mejor lo de hace un rato que lo de hace años, archivamos testimonios explícitos de hace siglos, quizás algo de hace milenios, pero más allá se impone lo indirecto e implícito, viéndonos obligados a esquematizar. Hemos de entender sin embargo que lo único que se ha reducido es nuestra capacidad para percibir detalles del ayer, no la propia existencia de dichos detalles. A medida que el pasado se hace más remoto permitimos que el estereotipo sustituya a la realidad, hasta el punto de llegar a una Prehistoria que diríamos de tebeo si no fuera porque con ello se denigra al noveno arte. Directos a la yugular, tomemos el caso de la célebre “Sima de los Huesos”, yacimiento burgalés y muy oficialista en que se han encontrado los huesos de al menos 32 individuos datados en “unos 300.000 años”. Tenemos por tanto un pozo natural o sima por el que han caído 32 tipos en un lapso que podríamos traducir, muy por lo bajo, entre hace 320.000 y 280.000 años. Esto supone una caída al pozo cada 1.250 años, lo cual equivale a uno cayendo hoy, el anterior en 750dc (primer Al-Andalus), el de antes en 500ac (ocaso de Tartessos), etc. ¿Cómo aducir para estos casos otro argumento que el de la casualidad, cómo interconectarlos? Sin embargo, los investigadores nos cuentan sin sonrojo que seguramente estamos ante uno de los primeros testimonios de enterramiento social, aventurando la existencia de un solo grupo “con una unidad geográfica, temporal y, posiblemente, hasta familiar” (Cela Conde, 2001).
Con una correcta percepción temporal podríamos evitar esta y otras sandeces que el aficionado lee y a menudo acaba creyendo, pues como acabamos de comprobar no son necesarios grandes alardes empíricos para desenmascararlas. Pero hay que practicarlos como gimnasia, considerando que no sólo se hace Prehistoria memorizando industrias líticas, sino también por ejemplo meditando que:
Una persona puede conocer personalmente un arco de 7 generaciones (desde su bisabuelo hasta su bisnieto).
Desde nosotros a la culminación de la “Reconquista” y “descubrimiento” de América median unas 25 generaciones, casi cuatro veces mi “arco generacional”
De hoy al fin de las glaciaciones son unas 500 generaciones, unas 20 veces el tramo desde 1492, unas 72 veces mi “arco generacional”.
De nosotros a los primeros Homo hay unas 300.000 generaciones.
Desde el momento en que divergimos de chimpancés y bonobos han transcurrido algo más de un millón de generaciones.
Por eso he escogido este título para mi entrada, reivindicando que el pasado remoto tuvo un peso efectivo más allá de lo que sepamos o podamos obtener rastreándolo. Trabajamos con poquísimos testimonios que a su vez están muy pobremente interconectados, pero sobre los que se construyen detalladas quimeras que esconden desde rivalidades territoriales a egocentrismos académicos, en lugar de imponer la humildad y admiración ante tan colosales dimensiones cronológicas, que son en sí la mayor lección de Historia. Debemos tener la certeza de que más allá de lo que sepamos o no, lo que aceptemos o no, lo que estemos en condiciones de argumentar y secuenciar o no, durante la remota antigüedad algo ocurrió, y ocurrió segundo a segundo durante más del 99.9% de la existencia de eso que concebimos como humano.
Un caso práctico
En mi juventud fui un fanático de los años 60, hasta el punto de tener una pormenorizada visión de lo que supuso a nivel histórico, social, y estético cada uno de los años de esa década. Por eso, y por la tiranía propia de adolescentes, me indignaba ver que no sólo la televisión y otros focos culturales, sino también la propia gente que vivió esa época, preferían confundir sus elementos como si de un simple veraneo se hubiera tratado. Al crecer tuve que retractarme con humildad, pues comprobé que yo hacía lo mismo con las décadas que mi edad iba acumulando. Comprendí que existen limitaciones en la percepción temporal, y que realmente supone un esfuerzo continuado el superarlas. Cuando idolatraba los 60s corrían los años 80s, y ya la cultura popular los había estereotipado comprimiéndolos en una sola estampa. Por supuesto, mis padres recordaban si en 1965 estaban estudiando o trabajando, si vivían en Málaga o en Granada; pero si les enseñabas una foto de gente de los 60s ajenos a su círculo socio-familiar ya no podían especificar siquiera si se ubicaban en la primera o segunda mitad de la década. Afortunadamente, al mediar sólo veinte años entre mis tiempos y los de mis ídolos, unos años además repletos de fotos, vídeos y documentos textuales, tuve la oportunidad de recabar un buen lote de información sobre la “década prodigiosa”.
¿Qué relación tienen mis gustos juveniles con la temática de este blog? En primer lugar nos permiten establecer una ratio de memoria histórica para aplicarla al Pasado Remoto. Si en veinte años ya hemos reducido iconográficamente una década, vivida en primera persona, a digamos un “año-estampa”, ¿quién puede creerse a esos académicos que discuten si una cerámica fue más típica del 1000aC. que del 1200 o del 800aC.? En la entrada anterior vimos que el pasado se caracteriza por mostrarse más fragmentario y oculto a cada siglo que lo remontemos, y esto es algo que podemos comprobar fijándonos en algo tan cercano como las ambientaciones cinematográficas. Ya hemos visto que las décadas más cercanas y documentadas son reducidas a un único “ambiente”: un vestir de los 60s, un mobiliario de los 60s, una psicología, etc. Mas atrás en las fechas aparecen ambientaciones válidas para períodos de unos cincuenta años, de modo que para una película ambientada en 1810 se usará el mismo atrezzo y decorados que se usaron para otra cuya acción discurría en 1853. El público y la crítica las aceptaremos como “bien documentadas”, a pesar de que con tiempo y esfuerzo podrían haberse afinado diferencias entre décadas. Avancemos por ejemplo al Medioevo, y ya entramos en ambientaciones que en cine no requieren más que una estampa por siglo, y eso si vamos de rigurosos. Al llegar a la antigüedad, sobre todo al ambientar al pueblo llano, parece como si toda ella fuera un escenario fijo, como cuando comprobamos que la misma casa y la misma túnica empleada para una biografía de Moisés se recicla para recrear las enseñanzas de Jesús, aunque haya más de 1.000 años por medio. Lo mismo debería ocurrir en Arqueología. Si no distinguimos 10 años de hace 30, y eso que están exhaustivamente documentados, es porque existe una incapacidad humana para tomarle al tiempo su justa medida. Propongo pues establecer una proporcionalidad muy sencilla: 10 años de 30, 100 años de 300, 1000 años de 3000, etc.
Pero es importante no confundir entre información histórica y arqueológica. Se trata de algo muy similar a lo que conté de mis padres: la información histórica se corresponde a sus recuerdos biográficos, mientras que la arqueológica es equivalente a la foto de extraños que les mostraba. La primera puede ser explícita, aunque también falseada, mientras que la segunda es como vemos muy difusa, más cuanto más nos adentramos en el pasado. Además, todos sabemos que llegado un punto la Arqueología pierde la ayuda, o la distracción, de su prima la Historia, momento en que nos sumergimos en lo prehistórico. Y si hemos comprobado cómo el humano prefiere reducir iconográficamente largos períodos que podría ampliar con la documentación disponible, qué decir cuando carecemos de testimonio explícito o documento. Por eso reafirmo que los 1700s (hace 300 años) sólo pueden ser caracterizados arqueológicamente por elementos comunes a todo el siglo (100 años), es decir que escarbando un cortijo de la época mal podemos establecer si se construyó en 1710 o en 1770, por muchos objetos o papelotes asociados al hallazgo que encontremos. De la misma manera, pero en proporción, el registro arqueológico de hace 3.000 años se muestra indistinguible del datado en el 1500 o en el 500aC. Por supuesto soy consciente, muy a mi pesar, de toda una serie de ítems que los arqueólogos usan para hacer dataciones más específicas, los mal llamados “fósiles guía”, pero no los tengo en cuenta por varias razones. La primera es que no existen dataciones absolutas sobre estos materiales, pues de hecho las tenidas por tal son realmente horquillas temporales de calibración muy controvertida. La segunda es que la mayoría de las veces son objetos sacados artificialmente de un contexto indistiguible del de otros períodos y culturas: por ejemplo estudiamos una cultura en la que nada ha cambiado durante siglos, salvo que un tipo de cerámica foránea aparece en cierto período, aunque su presencia no suponga ni un 5% respecto al 95% restante de formas y materiales genéricos, que tanto podríamos datarlos en el neolítico que en época protohistórica. Finalmente hemos de comprender que vivimos en una época especialmente trepidante en los cambios, que probablemente nos impide calibrar el peso de la tradición hasta ayer mismo. Todavía en mi niñez abundaban en Andalucía chozos playeros idénticos a los de hace 5.000 años, y algo antes eran comunes velámenes y arados latinos, por no mencionar al suegro de mi amigo Javier improvisándose una navaja de sílex para cortar una soga. Por eso cuando por ejemplo me dicen que el “Bronce medio 1” de la cultura argárica va del 1640 al 1580aC. me suena igual que si un tipo (soberbio, loco o ingnorante) pretendiera escribir una biografía de los Beatles donde detallara cada minuto de sus vidas. Dejemos de “historizar” la Prehistoria y devolvamos ya al Tiempo su justa dimensión.
domingo, 8 de marzo de 2009
Aberraciones académicas IV. Esencialismo vs. reemplazo poblacional
No acabamos de reflexionar sobre el debate “determinismo ambiental vs. impacto antrópico” y ya tenemos entre manos una nueva dicotomía teórico-filosófica. Aquel que esté algo familiarizado con el mundillo arqueológico sabrá que esto de polarizar las posturas hasta lo bochornoso es algo demasiado habitual entre los académicos. Las razones que entreveo van desde el abuso del cartesiano “si esto entonces no lo otro” hasta la propia necesidad de cada facción de dotarse de una marca de la casa, pasando por el temperamento caliente de los españoles o por la férrea disciplina, casi servilismo, dentro de los departamentos universitarios. Como tantas veces digo, esto es para otra entrada monográfica, y baste por ahora saber que supone un problema más allá de lo anecdótico, y que realmente dificulta, paraliza e incluso pervierte el natural curso de la investigación. En muchos sentidos, estos falsos debates están emparentados entre sí, y de hecho dejamos la entrada anterior inacabada hasta la llegada de esta que escribo. Es como en política, donde encontramos que los que suelen estar en contra de las corridas de toros también abominan de la energía nuclear y votan izquierda, o que los que abogan por una enseñanza religiosa obligatoria y combaten el aborto votan derechas mayoritariamente. Por esa misma ley o costumbre, en los ambientes académicos solemos encontrar que la misma persona que defiende el peso de lo antrópico se decanta por los reemplazos poblacionales, mientras que el medioambientalista tiende más al esencialismo, con sus lógicas excepciones. Aquel que basa sus teorías en individuos o clanes ilustres y superiores que son los que hacen la Historia, será propenso a creer que en ausencia de estos el motor histórico se para hasta devenir en decadencia, invasión o apocalipsis. Por el contrario, aquel que viene a decir que es el paisaje el que moldea sus habitantes no tiene el más mínimo interés ni miedo ante la prueba arqueológica de reemplazamientos, colapsos, mestizajes, etc., porque en su teoría el entorno volverá a doblegar a ese nuevo producto antropológico hasta volverlo “su” humano, exactamente igual a como fue antaño.
Aunque hayamos apuntado algunos datos, conviene detenernos un poco más en cada una de las posturas que ahora nos conciernen. Por “esencialismo” debemos entender aquella postura historiográfica que defiende la continuidad/eternidad antropológica de determinadas poblaciones, mientras que por “reemplazo poblacional” me refiero al argumento académico que sostiene la existencia periódica e inevitable de aportaciones masivas de sangre extranjera, cuando no la total desaparición de la población anterior para que los nuevos ocupen su solar. Para el que hile fino puedo dar una errónea imagen de simpleza o ambigüedad, pues parece que confundo reemplazos poblacionales, algo que suena a holocausto, con el mero mestizaje, que suena a Pedro Guerra. Y es que en este debate, como en el anterior, existen “buenos” y “malos” y, qué casualidad, vuelven a ganar los mismos. Sólo por la temática de mi blog espero estar libre de sospecha de anti-mestizaje, xenófobia o algo peor, pero de todas formas habrá quien quiera malinterpretar mis palabras. Para mí mestizaje y reemplazamiento, tal como se suelen entender, descansan en la creencia compartida de que cada elemento cultural que sea innovador ha de proceder de una población distinta. Yo no me opongo al mestizaje, de hecho soy su más evidente producto, sino que cuestiono metodológicamente el uso de una visión simplista e interesada del mismo.
Lo mejor será un ejemplo para ilustrarlo, y para ello vamos a centrarnos en el capítulo más espinoso de nuestra historia reciente: ¿Quedó “depurada” España de judíos y moros con los edictos de expulsión de la Edad Moderna? Cualquiera sabe de la famosa confrontación entre Sánchez Albornoz y Américo Castro, que en cierto modo podemos equiparar respectivamente con esencialismo y mestizaje-reemplazamiento, y de nuevo soy muy dueño de los términos que uso. Es algo sabido que los progresistas solemos sentir más simpatía por A. Castro, que hacemos mucha gala de su teoría de las tres culturas, y que tiramos mucho de ella para equipararla con la situación de mestizaje actual. Pero una persona que como yo rastrea lo africano por la Península tiene tantos problemas con los seguidores de Castro que con los de Albornoz, si no más. Porque la teoría de Américo Castro postula por necesidad un mestizaje a lo británico, con guetos estancos que conviven sin mezclarse. ¿Por qué digo esto? Porque basta plantear lo contrario, que el señor Castro abogara por la mezcla total y temprana de judíos, moros y cristianos peninsulares en un totum revolutum, y se le desmonta toda su teoría de las tres culturas, las cuales conviven pacífica y fructíferamente… en su diferencia y aislamiento mutuo. Bien, aceptado que se trata de un “mestizaje con preservativo”, queda expedito el camino para defender que tras las expulsiones de moriscos y marranos España quedó poblada exclusivamente, o casi, por sangre ibérica y por ende europea. Que sí, que fue nuestro mayor error histórico, que qué graciosos los sefardíes y los discos del Lebrijano, pero que de Tarifa a Irún todos de la pata del Cid o del mismo Pelayo. Ese falso lamento por los “hermanos perdidos” es el bálsamo perfecto no sólo para no seguir investigando qué de esos hermanos quedó por aquí o circula por nuestras venas, sino para llegar a vetar a quien quiere hacerlo bajo la desgarradora acusación de ser poco científico (La nueva biblia se llama libros de repartimiento). Paradójicamente los esencialistas, por su natural inclinados hacia el conservadurismo, ofrecen para mis estudios bien un oponente más dibujado y de ataque frontal, bien una inesperada ayuda. Los autores de la vieja guardia se muestran más predispuestos para aceptar, o al menos más impotentes para negar un componente africano en la Península, más intenso cuanto más al sur. Para los esencialistas, coincidiendo con los ambientalistas, Iberia es una especie de batidora radioactiva que todo lo traga para “hispanizarlo”, incluido lo africano. No olvidemos que estas posturas respaldan en España un nacionalismo (por fuerza esencialista) muy peculiar pues no acababa de expulsar lo moro y lo judío y se tuvo que enzarzar con lo latinoamericano hasta las puertas del sXX, con lo que su “día de la raza” era más lingüístico y religioso que racial. Esto, sumado al desdén europeo (“África empieza tras los Pirineos”), hacían que aún al académico de los años 60s le resultara absurda una negación absoluta de nuestro componente africano. Compartir ruta con estos carcamales puede llegar a repugnar, como me ocurre con el nazi de Santaolalla, pero en cualquier caso conviene desempolvar estos autores periódicamente para comprobar como todos estamos condenados, no importa cuán respetables seamos en nuestro tiempo, a provocar risa y vergüenza ajena entre las generaciones por venir.
Otra cuestión importante es la relación que existe entre el positivismo arqueológico y el abuso de las tesis de reemplazo poblacional. Por positivismo arqueológico (término que aprendí de Martin Bernal) me refiero al reduccionismo que supone negar como realidad histórica latente o potencial aquello que no ha sido ya excavado por los especialistas. Es decir, si no existe en el registro arqueológico no existió en ningún sentido. Al que provenga de fuera del mundillo histórico-arqueológico esta situación le debe parecer increíble, pero esa y no otra es la actitud de la mayoría de arqueólogos actuales. Cada vacío de información no cubierto por su red de prospecciones equivale a un vacío poblacional que precisaba necesariamente de reemplazos y exterminios para explicar la presencia de yacimientos posteriores o anteriores en la misma zona. Así, no había mesolíticos en el Alto Ebro, hasta que les dio por buscar y ahora es una macrorregión de primera fila en los estudios peninsulares de dicho período. Tampoco había bronce medio en Málaga o Cádiz, y asimismo se defendía una suerte de cortafuegos génico entre lo argárico y lo orientalizante mediterráneo, todo lo cual ha quedado demostrado como falso. En su paroxismo, cada nuevo “fósil director” o panoplia de objetos materiales, que según ellos caracterizaban culturas, precisaba de la llegada de una población ad hoc. Talmente como decir que hace poco hemos sido invadidos por el pueblo del ipod, el rap y las playstation.
Mi postura ante el debate, como en el artículo anterior, pasa por un término medio. Soy partidario de lo que denomino esencialismo dinámico, que a su vez pasa por la aceptación de innumerables y continuos mestizajes, quedando lo del “vacío poblacional” como un recurso extremo que al que apenas deberíamos recurrir. Por esencialismo dinámico me refiero a un complejo proceso que ahora no podemos sino sintetizar, y que consiste en primer lugar en cambiar nuestra perspectiva ante la composición de los pueblos, a los que en adelante hemos de considerar mezclas y no elementos. Si tenemos a los pueblos por elementos, es obviamente insostenible que tras un mestizaje sigamos siendo lo mismo de antes. Pero imaginemos que un pueblo es como un vaso de chocolate, compuesto por leche, cacao en polvo y azúcar. Imaginemos además que hay dos personas que absorben el vaso por sendas pajitas, mientras otras dos se encargan de rellenar continuamente lo vaciado. Si los mestizajes que se producen son los de siempre, como son los de los vecinos inmediatos, y en unas proporciones mínimamente estables, el producto resultante viene a ser el mismo “colacao” y pervivirá una esencia, aunque dinámica. Esa es la razón por la cual se pueden escribir memorias tan diferentes de nuestra Península antigua, según tengamos en cuenta unos elementos u otros. Si sólo queremos resaltar la “leche” obtenemos eso que tanto gusta al stablishment: que fuimos ibéricos, luego galo-ibéricos, luego godo-galo-ibérico, etc. En sentido opuesto, yo podría volcar el “cacao” hacia una transición ibero-mauritana, ibero-maura-cananea, ibero-maura-cananea-islámica, etc. Pero lo cierto es que a cada chorreón de leche europea hay que añadir una cucharada nueva de cacao africano y una pizca de azúcar oriental. Por supuesto hubo momentos de nuestro pasado en que el colacao estuvo más claro o más oscuro, más soso o más empalagoso, pero en líneas generales la proporción fue similar. Para apoyar esta línea conviene tener en cuenta los ritmos y circunstancias en que se produce un mestizaje. En el mestizaje puro ambas partes concurren en igualdad de condiciones, y todo lo que sea alterar esta equiparación actúa a favor de la asimilación por parte del ventajoso. Mestizaje puro es que dos poblaciones muy diferenciadas con igual cantidad de elementos fértiles se encuentren en un paraje demográficamente desierto, se establezcan allí y hagan brotar una nueva etnia, suma de ambos pero producto irrepetible a la vez. Pero ese no pudo ser jamás el caso de Afroiberia, de la que ya sabemos que hubo de estar densamente poblada desde prácticamente siempre a causa de su excelencia en recursos y comunicabilidad, y que además siempre ha sido una encrucijada marítima y continental. Cualquier elemento foráneo se encontraba no con una minoría pura sino con una multitud mestiza, muy superior desde luego a la que representara tal barco fenicio o tal elite celta, y además la mezcla se producía en terreno de los ibéricos. Eso no es mezclar azul y amarillo, sino echar una gota de amarillo sobre una piscina de verde pardo. Además cuenta mucho la dosificación con que se produce el mestizaje, pues cuanto más masivo e instantáneo es más huellas deja. Me sigue chocando el modo en que la gente reacciona cuando les participo esta idea, porque se resisten con una virulencia que no muestran al aceptar el mismo fenómeno con recetas médicas y culinarias. Mientras no se demuestre puntualmente lo contrario, alegando por ejemplo catástrofes climáticas o geológicas en una región vecina, la llegada de elementos externos a cualquier lugar (aunque esté tan comunicado como Afroiberia) se produce de forma muy prorrateada, dando la oportunidad al “residente” de absorber la aportación hasta casi ocultarla. Recuerda la forma en la que la harina se debe echar sobre la leche para que la bechamel no te salga grumosa o el modo en que nos administramos antibióticos sin intoxicarnos. Por si fuera poco, los ya tratados fenómenos de selección sexual-social son muy fuertes en regiones de raigambre histórica, bien comunicadas y densamente pobladas, caminos todos ineludibles hacia la complejidad social. Quiero decir que Afroiberia, perfecto ejemplo de todo lo anterior, tendría sus propios y muy definidos tipos “nacionales”, sean estos anatómicos, antropológicos, culturales, lingüísticos, etc., aunque por supuesto contaran con varios modelos para cada caso. Cualquier mestizaje estaría condicionado por esos criterios de selección sexual-social, desde el mismo momento de la fusión pero también después, al acomodarla al modelo o modelos locales. Si nos cuesta trabajo aceptar lo anterior es en gran medida por nuestro presentismo, porque estamos educados en los valores y métodos de la colonización e imperialismo occidentales, aunque seamos de una ideología que cree combatir su memoria y funestos resultados. Bajo ese esquema es muy fácil imaginar a un puñado de belgas “evangelizando” y “educando” negritos congoleses, pero obviamos las condiciones de desequilibrio tecnológico que posibilitaban tal sinsentido. Hablamos de pistolas contra flechas, aviones contra pinturas de camuflaje, penicilina contra la maraca del brujo, imprentas contra cortezas de acacia. Nadie podría sostener semejante desfase logístico entre tartésicos y fenicios o megalíticos y millarienses, así que cuando vuelven una y otra vez al tema de las elites foráneas que se imponen a los locales sólo me puedo preguntar una cosa: ¿cómo lograban imponerse si la coerción pura era entonces del todo impracticable? Sobre todo esto volveremos más extensamente en las entradas dedicadas a la aparición y desarrollo de sociedades primigenias.
Tratemos ahora la cuestión del vacío poblacional, ante la que no oculto mi desagrado. Como ya dije la emparento con el mestizaje mal entendido, con esa hipocresía eurocentrista que nos hace llorar con medio ojo la “pérdida” de andalusíes y sefardíes mientras nos frotamos las manos pensando que al fin somos netamente europeos. Todo parece explicarse mediante un baile étnico donde unos vienen para echar o aniquilar a los anteriores, por mucho que hoy resulte simplista reconocerlo con tales palabras. Ahora se pretende ir de abierto y “mestizólogo”, pero a la postre todo se vuelve a reordenar según el esquema tradicional, que no olvidemos tiene vértigo si mira al sur. Ya somos modernos y aceptamos la riqueza cultural que nos aportaron los otrora pérfidos cananeos, bereberes, omeyas y ladinos, pero siempre y cuando nuestra teoría de los vacíos y reemplazos poblacionales nos permita cortar profilácticamente toda relación genética con ellos mediante los salvíficos celtas, romanos, godos, etc. Sin embargo, el vacío poblacional me merece un desprecio añadido pues a menudo es simple fruto de la pereza e insolvencia profesional de los académicos. La próxima vez que lean a un especialista pontificar que en tal región y durante tal periodo hubo un vacío poblacional tradúzcanlo por alguna de las siguientes expresiones: “no hemos ido siquiera a mirar”, “fuimos, pero somos tan ratones de despacho que en el campo no distinguimos un bifaz de una lata de pepsi”, “fuimos, y algo sabemos, pero prospectando sólo un mes al año no damos abasto con los yacimientos pendientes” o “fuimos, sabíamos y tuvimos tiempo, pero decidimos no destapar el hallazgo porque se opone frontalmente a las tesis del catedrático que tengo que pelotear vilmente hasta que se jubile y yo herede su silla”. Esta pereza, esta incompetencia y este cinismo conllevan que determinadas regiones vivan su pasado como carente de interés, protagonismo o memoria, y ya se imaginaran a qué regiones les suele caer ese sambenito. Por supuesto, Afroiberia es víctima de frecuentes acusaciones de vaciar sus respectivas poblaciones, en un grado infinitamente mayor de lo que se permite a los territorios norteños (cumbres pirenaicas incluidas). Pero también es común que, independientemente de la latitud, los grandes yacimientos estén circunscritos a la provincia donde reside una gran universidad, aunque su jurisdicción afecte a varias provincias, a las cuales, casualidad de casualidades, sí que le escasean los yacimientos hasta poder hablar de los dichosos vacíos poblacionales. En esto ayuda un fenómeno imitativo o borreguil entre los profesionales de la arqueología, indudablemente exacerbado por la meticulosidad de la que hacen hoy gala. Buscar lo que nadie antes ha buscado parece, a ojos de este ultraburocratizado mundillo, una osadía que bien merece el más rotundo fracaso, y por tanto los arqueólogos no se atreven a desafiar fácilmente un diagnóstico de “vacío poblacional”. En su reverso, basta que un pontífice del ramo bendiga un yacimiento y de inmediato todos los cachorros desearán abundar hasta el vómito en la misma cuarta de terreno catado o, si acaso y en plan rebelde, en una loma colindante. Si pasamos esta situación ante la lente del positivismo arqueológico, las zonas muy prospectadas son automáticamente consideradas zonas de fuerte y continuada población, mientras que las comarcas arqueológicamente abandonadas (porque no tienen padrino o porque podrían dar problemas a la versión oficialista) pasan por despobladas en la antigüedad, esto es, carentes de historia. Por otra parte, el vacío poblacional suena más absurdo en unas regiones (Afroiberia, Canaan, Mesopotamia) que en otras (Sahara, Polinesia o Mongolia) y para ello nos apoyamos en mis primeras blog-entradas sobre geografía. Bajo mi esquema geográfico, “determinista” para algunos, es imposible que niegues a Afroiberia entera, o casi, lo que ya ha aparecido en un yacimiento dentro de sus fronteras. Si hay pongamos Bronce Medio en Alcalá del Río, ¿dónde están si puede saberse las barreras orográficas, climáticas u oceánicas que nos impidan extender un mismo panorama hasta Antequera, Linares o Chipiona? Afroiberia es una región de clima excelente, protagonista geoestratégica a nivel planetario y con unas excelentes condiciones de comunicabilidad costera y de interior, fluvial y terrestre, que daba acceso a comarcas preñadas de recursos compatibles con las necesidades humanas desde el Paleolítico hasta la actualidad. ¿Vacíos poblacionales en Afroiberia? Más bien vacíos neuronales o, peor, vacíos éticos entre quienes los pretenden detectar.
Sólo nos queda retomar la anterior entrada, pues la dejamos inconclusa hasta abordar esta de ahora. Recordemos que nos quedamos en la cuestión de si podíamos aplicar el mismo modelo regional para distintos momentos de la prehistoria afroibérica. Desde un punto de vista esencialista dinámico hay que aceptar que en este caso efectivamente nos basta con un mismo mapa de regiones para todos los períodos, acaso matizado en lo superficial. ¿Podía provenir entonces una ruta del metal de las antiguas sendas de los cazadores-recolectores? Si hay continuidad (dinámica) en las gentes por supuesto que sí, aunque la ruta minera habrá añadido los tramos que le son privativos para cumplir sus nuevas necesidades. La continuidad genera inercias históricas, modelos que se heredan y que cuesta mucho trabajo cambiar de forma drástica, aunque no se oponen a la aportación de añadidos según surgen nuevas necesidades. Además, sucede por ejemplo que el Neolítico no representa aún cambios en las rutas y regiones, por cuanto el mismo terreno o las mismas especies óptimas para la caza lo son luego para el ganado, y lo mismo ocurre entre recolección y agricultura. En cuanto a las Edades de los metales sí vimos cómo supusieron un añadido, que no un cambio, para las rutas ancestrales. Así un señor actual que conduce por una autovía de Badajoz probablemente sabe que su camino coincide con tal vía romana, pero lo que ni sospechará es que es la misma ruta empleada por los ganaderos neolíticos para alimentar a sus vacadas en pastos que por cierto servían ya en el Paleolítico como cazaderos. Entonces, ya no es sólo que la pervivencia cultural-génica deviene en inercias y tradicionalismos, sino que no existen razones ecológicas para alterar las primitivas rutas, aunque sí para ampliarlas con tramos nuevos (minería) o dotarlas de nuevos usos (de caza a ganadería).
jueves, 26 de febrero de 2009
Aberraciones académicas III. Determinismo ambiental vs. impacto antrópico
A lo largo de las últimas entradas de tema geográfico me he dedicado a delimitar identidades afroibéricas a partir de la geografía, y con ello nos hemos metido de lleno en un debate que creo necesario afrontar. De un lado tenemos el determinismo ambiental, doctrina que postula que es el medio físico el que nos condiciona como sociedades, mientras que en su contra están aquellos que defienden que desde que el hombre es hombre ha cumplido por sí solo sus objetivos pasándose el medio ambiente por el arco triunfal, y que suelen usar en sus artículos expresiones como “acción antrópica”, “impacto antrópico”, etc. Como curiosidad, y no se por qué, aquellos académicos influenciados por el método marxista abominan con furia de la influencia ambiental siquiera sobre el homo erectus. Mi teoría se coloca en medio de ambas, porque creo que lo ambiental pesa más a medida que nos adentramos en el pasado y lo antrópico lo propio según nos acercamos al presente. Hoy todo es hombre machacando a la naturaleza pero hemos de suponer que para el australopiteco fue totalmente diferente y no creo que hagan falta muchas demostraciones para aceptarlo. Además, esto es crucial, siempre ha existido un diálogo y no un monólogo. Quiero decir que aunque hoy podamos envanecernos de dominar el entorno no se nos ocurre criar armiños polares en el Sahara. Del mismo modo, la naturaleza maltrataba al homínido pero este se defendía a base de cooperación social y avances técnicos. Ninguna de las partes ha disfrutado jamás una victoria total y duradera.
Sin embargo, dado que argumento mucho en base a los elementos geográficos, que casi equiparo identidad prehistórica con comarca natural, pudiera parecer que estoy más del lado de los medioambientalistas. Lo cierto es que mis mapas han pretendido reflejar tendencias antropológicas durante una época en la que el humano es ya tal, pero aún no se ha estatalizado e industrializado a nivel masivo, lo cual es válido en Afroiberia desde el Paleolítico hasta los romanos y más allá. Una época en la que siendo los hombres muy capaces de superar la mayoría de retos del entorno, preferían sin duda optimizar lo que este les ponía por delante antes que plantearse agotadoras y arriesgadas empresas. El hombre es un mamífero oportunista que se apoya en la fuerza del grupo y no en la individual, así que vamos a dejarnos ya de épicas a la indoeuropea. Yo trato de establecer qué avance peninsular seguirían probablemente los humanos o sus ideas desde los focos de influencia estudiados, y especialmente desde África. Un señor, o un estilo de vasija, o un modo de adorar a los muertos que sube Guadalquivir arriba va a seguir un camino hollado mil veces antes, va a entrar en un cauce socio-cultural de gran calado histórico que va a determinar su destino y difusión. Y en ese proceso está claro que entre sierras desiertas cubiertas de maleza por un lado, y un populoso valle plagado de recursos por otro, la avanzada optaría mayoritariamente por lo segundo. El proceso de entrada de influencias no es, lo repito, un hacer camino al andar renovado en cada ocasión sino que se aprovecha de un cauce ancestral de las costas a las cimas y vuelta a empezar. Por eso, mi mapa está tan determinado por la hidrografía, las cordilleras y los contornos litorales, porque contemplo esa difusión antropológica africana (o mediterránea o atlántica) como venas y arterias. No son vías obligatorias contra las que el hombre no pueda rebelarse, sino propuestas que nos hace el territorio para que las aprovechemos, y que en la mayoría de los casos sería necio desperdiciar. Pienso que esa tiene que ser la pauta que presupongamos a toda interacción o comunicación humana, aquella que busca el mínimo esfuerzo con el máximo provecho, y que lo que hay que demostrar en cada ocasión es precisamente lo contrario: aquellas circunstancias en que el hombre da la espalda a esa magnífica red de comunicación y toma un desvío. Yo no puedo ser acusado de determinista ambiental pues estoy totalmente de acuerdo en conceder al hombre, y desde el Paleolítico, la facultad de salir de ese circuito natural. Porque si en determinada zona había sílex, como luego sería cobre o plata, el hombre la integraría en su circuito aunque la geografía pusiera trabas. Pero mientras no se den estas circunstancias, la norma es que el hombre se amolde a las facilidades y riquezas que le proporciona el territorio. Por eso pienso que si la cercanía física a los focos de influencia es un factor a tener en cuenta, y si las costas y ríos navegables facilitan la comunicación entre pueblos, entre otras cuestiones ya tratadas, parece plausible que lo africano, sea genético o cultural, se difundiera sin dificultad hasta la línea que establezco como frontera norte de Afroiberia. Nadie puede decir que África te afecta igual a 14 que a 14.000km de distancia; nadie puede defender que lo mismo da si has de atravesar desiertos plagados de fieras que si te montas en un barquito y te dejas llevar por la corriente; tampoco me pueden negar que el hombre prefiera los valles fértiles a los riscos inaccesibles. Por supuesto que si el entorno se pone duro el hombre sabe cómo superarlo, pero no es tampoco menos verdad que si el medio es óptimo el hombre se rendirá encantado ante él.
Lo que ocurre a veces es que los especialistas enmascaran intereses e ideologías abusando de las tesis antrópicas. Traer a los celtas a Ayamonte necesita mucha iniciativa antrópica mientras que llevar a los moros al mismo lugar sólo precisa un empujoncito ambiental. Si lo que queremos es considerarnos europeos exclusivamente, algo aberrante desde el punto de vista geográfico, es lógico que el mainstream se ponga a favor de las tesis antrópicas. Pero les vendría bien recordar que fue durante el auge del indogermanismo (antesala del nazismo) cuando más se invocó lo antrópico, sin duda influenciados por el individualismo y subjetivismo románticos. Incluso se llegó a hablar de “pueblos pasivos” y “pueblos emprendedores”, “viejos” y “jóvenes”, gentes que no sabían aprovechar la bicoca que el clima y la geografía les habían regalado y que merecían exterminio y esclavitud, frente a otras que viniendo de la estepa más pelona tenían empuje, saber y valor para instalarse dondequiera que el planeta lo mereciera. Sí, por supuesto que el mismo discurso estaba trufado de perlas del determinismo ambiental más zafio. Se llegaron a decir chorradas tales como que los semitas eran traidores y usureros por criarse en el desierto, o que los negros eran indolentes y amorales crónicos por su forja en condiciones de plasta tropical, mientras que el caucásico era lógico, emprendedor y perfecto por haber visto la luz entre montañas y frío seco. Sin embargo estos son meros ropajes que se pone la verdadera teoría indogermana, y así el ambiente en nada podía modificar a los “arios” nacidos y criados en la calurosa Grecia. Todo su discurso ambientalista se reducía al mito fundacional, a la “forja de la raza”, y como hemos visto no era más que un pretexto para adjudicarte defectos o virtudes indelebles según de qué color fueras. El resultado es que muchas veces estamos predispuestos a aceptar la presencia de una cultura o pueblo muy lejos de su epicentro-origen simplemente porque durante siglos nos han enseñado que ese pueblo era “heroico”, “joven”, “dinámico”, etc., mientras que nos es imposible atribuir la misma hazaña a otro grupo mucho más cercano porque en este caso nos enseñaron que era “decadente”, “prosaico”, “cobarde”, y demás piropos.
El quid del problema es el modo en que consideremos a la sociedad, si como un todo o como una suma de elites y masas. La ideología decimonónica (racista, imperialista, clasista, etc.) creó un paradigma del pasado que aún colea incluso en aquellos que creen haberle plantado cara. El antropismo excesivo forma parte de dicho paradigma, y tiende a darle mucha importancia a la elite como motor del cambio social y de la expansión cultural. Por muy modernos que nos pretendamos, la formación escolar hace que tendamos a imaginar las influencias culturales como una relación diplomática entre los privilegiados de cada región, como una invasión de castas guerreras, como la expansión evangelizadora de un culto, etc. Mi opinión es, por el contrario, que la transmisión de humanidad (sangre, ideas, lengua, etc.) se realiza mayoritariamente entre poblaciones vecinas, afectando a todos sus miembros, y a menudo sin tener conciencia de estarla dando o recibiendo. Como nadie puede negar que los asentamientos humanos se ubican en zonas accesibles y con recursos, la comunicación humana, que no olvidemos salta de pueblo en pueblo, acabará circulando por allí donde haya más pueblos, es decir, más recursos y mejor comunicabilidad. En mi esquema no existe mucho margen para la grandeza individual, la épica, la eficiencia de una élite o la fuerza de un culto, sino que las influencias tienen mucho de autónomas y populares. Como la eléctrica, también mi corriente se topa con elementos más aislantes o más conductores de cultura y genes. La conductibilidad crece en nuestro caso cuanto más rica, comunicada, y por tanto más densamente poblada sea una comarca. Cuando dibujo una lengua de africanidad penetrando por cualquier valle peninsular no preciso de un capítulo histórica o arqueológicamente visible que me lo corrobore sino que constato lo que sería ecológico y espontáneo, aunque no lo inevitable (pues ese apelativo es propio de los deterministas).