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jueves, 8 de septiembre de 2011

Rostros del Pasado 6. El Hombre de Cromañón. Parte 4

La reconstrucción



Esta es la reconstrucción que, con mejor intención que arte, propongo para Cromagnon 1. En la fila superior aparece el esqueleto, versión esquemática y consensuada de las fotografías disponibles a la que añado mi reconstrucción de la mandíbula. En la fila de en medio he intentado reflejar el proceso de reconstrucción, haciendo hincapié en la fuerte musculatura del individuo. En la fila inferior los rasgos ocultan el hueso y se ha aplicado el color de piel correspondiente (tono “medio” de mi escala). La impresión general que nos ofrece este individuo es la de un hombre de color, eso no cabe duda, así que debemos desterrar definitivamente de nuestras cabezas el mito del cromañón como “hombre blanco del Paleolítico”. Sin embargo, también hay de reconocer que no le “cunden” los numerosos rasgos de “negro” que las tablas le adjudican. Para los olvidadizos, habíamos mencionado la platicnemia de las tibias, las suturas craneales  cerradas prematuramente y de adelante hacia atrás, el proceso mastoideo discreto y oblicuo, el prognatismo alveolar, la ausencia de espina nasal, los cóndilos “subidos” y, en menor medida, la dolicocefalia y el posible raquitismo. Pero no son las únicas características “exóticas” del cromañón. Si volvemos a la anterior ilustración podemos ver que las órbitas de los ojos son marcadamente rectangulares (común entre subsaharianos), lo cual obliga a los pómulos a ensancharse, sensación que aumenta debido a la estrecha y prognata mandíbula superior. Por cierto, este efecto de fuertes pómulos y hocico saliente me recuerda mucho a los indios americanos. A su vez, dichas cuencas rectangulares unidas a unos arcos supraorbitales y unos pómulos salientes hunden y cierran el ojo dándole un aire mongólico, si bien es cierto que muchos subsaharianos y bereberes, además de los mentados nativos americanos, muestran ojos tan oblicuos y achinados como los de los extremo-orientales. Finalmente, el ramo ascendente de la mandíbula de Cro Magnon 1 es inusitadamente ancho, más incluso que los de las muestras de aborígenes oceánicos y bosquimanos, nuestros actuales campeones en ese aspecto. Pese a todos estos elementos, que sin duda existen y son muy significativos, sigo pensando que el viejo de Cromagnon no se parece tanto al negro actual, ni por tono de piel ni por rasgos, como a otros grupos (norteafricanos, nativos americanos, polinesios, e incluso bosquimanos).


He querido dedicar este último collage a otras reconstrucciones que se han hecho del cráneo de Cro Magnon. En realidad, creo que algunas (imágenes 1 a 3) son más bien modelos ideales de la “raza cromañón” en su conjunto, aunque sin duda incorporando las características que hicieron famoso al viejo de Cromagnon. La imagen 12, obra del famoso Gerasimov, es al parecer de otro cráneo catalogado como “cromañón” por su tipología, en el que de nuevo vemos multitud de rasgos del cráneo que a nosotros nos ocupa. El caso de las reconstrucciones 5 y 6 resultan todo un misterio, pues me consta que se hicieron a partir del viejo de Cro Magnon pero cuesta encontrar un solo rasgo que se le corresponda. El resto guarda en general un parecido razonable, y se suelen destacar los pómulos, el prognatismo alveolar, la nariz ganchuda, pero caída, e incluso los ojos rasgados. Sin embargo les reprocho a todos (menos a Gerasimov) el empleo de lo podíamos llamar “boca de simio”, herramienta favorita entre los forenses racistas que consiste en intentar minimizar un prognatismo evidente con unos labios mucho más finos de lo que le corresponden. La fila inferior está dedicada a la reconstrucción del viejo de Cro Magnon realizada por E. Daynes, que no es otra que la eurocéntrica artista que perpretó aquel infame Tutankamón para National Geographic. ¿Qué puedo decir aparte de que mi cromañón es Toro Sentado y el suyo el general Custer?. Pese a todo, no ha podido evitar ponerle una nariz caída como la mía, ojos rasgados (aunque azules) y prognatismo alveolar (disimulado con la pelusa bigotera y el consabido “labio de mono”).

Conclusión

Queda de nuevo demostrado que la raciología clásica es incapaz de diagnosticar “racialmente” unos huesos, que contabilizar en un sujeto muchos rasgos de una presunta raza no dan necesariamente a su portador una imagen global de dicha raza. Puede ser, caso de los cóndilos, el proceso mastoideo, las suturas craneales o la platicnemia, que dicho rasgo permanezca totalmente oculto cuando el hueso se cubre de carne. En otros casos un elemento “negroide” es neutralizado por otro “caucasoide” que le es vecino: en Cromagnon 1 la ausencia de espina nasal junto a un fuerte tabique dibuja una nariz más “semita” que africana; el mentón saliente neutraliza la boca prognata, etc. Hay rasgos como la dolicocefalia, los dientes grandes y el prognatismo que tanto se pueden considerar “tropicales” como “arcaicos”, y se denominan técnicamente rasgos plesiomórficos. También existen elementos funcionales: una fuerte masticación favorecerá la aparición de grandes músculos maseteros sobre anchos ramos de mandíbula a la manera de los cromañones o de los melanesios actuales. Finalmente, no hay rasgos que sean absolutamente inexistente para determinadas razas, como tampoco los hay exclusivos de un solo grupo humano, todo son porcentajes.

La ventaja de las reconstrucciones craneales es que nos ayudan a salir del círculo vicioso de rasgos en los que, a sabiendas o inadvertidamente, ponemos casi toda nuestra atención. En este sentido las reconstrucciones, si se hacen bien, trabajan de manera muy similar a los complejos cálculos multivariable de los ordenadores de Turbón y compañía. En ambos casos los rasgos son presentados “democráticamente”, sin negrita y subrayado, sin primera o segunda división, pero sobre todo sin aislamiento, formando conjuntos más complejos con multitud de rasgos próximos. La ventaja de la reconstrucción frente a la ecuación informática es su valor divulgativo, el modo en que transmite toda esa complejidad, toda esa interacción en las proporciones y los rasgos, con una simple foto o dibujo. Coincido con los estudios de Turbón en que el Cro Magnon 1 que reproduce mi reconstrucción se parece más a un zulú que a un noruego o a un chino. Hablamos por supuesto de un zulú raro y minoritario porque, como he dicho, realmente se me asemeja más a un navajo, un tuareg o un yemení pero, ¿qué otra cosa creen que habría determinado un análisis informático multivariable sobre estos tres tipos? Desde luego no los pondría más próximos al noruego o al chino, sino al zulú. Son los racistas los que se siguen aferrando a esa patraña de los “tres troncos raciales”, y son nuestros prejuicios los que, obsesionados por ejemplo con los tabiques nasales prominentes, nos llevan a incluir a bereberes, sudarábigos, e incluso a los nativos americanos, dentro del “tronco blanco”. Si quieres una buena respuesta, formula bien la pregunta.

Me despido de esta larga entrada con la esperanza de que mis “mejores enemigos” hayan sabido apreciar cómo me he comportado durante esta investigación. A pesar de tener un orgulloso pasado afrocentrista y de contar con una lista de unos quince rasgos propios de subsaharianos actuales en los huesos del cromañón, he intentado con todas mis fuerzas mantener la neutralidad. Ya dije en otra ocasión que las reconstrucciones no son únicas, que hay una horquilla de posibilidades a escoger, y este caso no ha sido distinto: podría haber puesto algo menos de carne al mentón, más a la boca, una nariz más ancha y carnosa, e incluso un tono más oscuro a la piel sin que nadie pudiera haberme acusado de “acientífico”. Si no lo he hecho es sencillamente porque no me parece la más plausible de las probabilidades, porque he aplicado con disciplina el método que considero más lógico sin importarme si el resultado va a satisfacer a euro- o a afrocentristas. Me temo que con este trabajo habré defraudado a ambos, lo cual es en sí saludable.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Rostros del Pasado 6. El Hombre de Cromañón. Parte 3

Reconstrucción anatómica del cráneo nº1 de Cro-Magnon (“el viejo”)

Sería maravilloso, y muy descansado, proporcionar sin más preámbulo mi versión rediviva del cráneo de cromañón. Por desgracia sabemos que esto no es posible debido a que la tradición racista se ha empeñado en hacer de los cromañones los protoeuropeos por excelencia, padres de todas las blancuras y blondeces habidas y por haber. El tiempo y las páginas que se cobren los argumentos en contra de esta propaganda están más que justificados, pues no sólo atañen al individuo que ahora tratamos de reconstruir sino a todos los humanos paleolíticos y, en general, a nuestro modo de concebir la Prehistoria y los orígenes del hombre.

Empezaré citando a Daniel Turbón, antropólogo español especializado en Arqueología Forense. En su artículo “El hombre fósil del Paleolítico Superior en el Mediterráneo español” (Patronato de la Cueva de Nerja, 1998) nos contaba cosas interesantísimas, pero ahora sólo podemos detenernos en dos. La primera, chocante en aquellos años, era que los restos del Paleolítico Superior europeo guardaban más parecido con los zulúes actuales que con los noruegos o chinos de la muestra. La segunda, que los huesos de Cro-Magnon 1 (el viejo) presentaban una gran desviación respecto al centroide (tipo medio) del grupo del Paleolítico Superior. Estas eran sus palabras exactas: “Es paradójico, desde luego, que el ejemplar más emblemático y supuestamente el más ‘típico’ resulte de los más ‘atípicos’…” No podemos detenernos ahora en el método del señor Turbón, simplemente apuntar que es a base de análisis multivariables donde un ordenador crea índices y proporciones complejas a partir de 25 puntos de medición craneal. De esa forma se anulan los prejuicios del investigador humano, pues todos los que estudiamos cráneos tenemos nuestras fijaciones: yo confieso que estoy obsesionado con el prognatismo y el ancho de narices debido a mi pasado afrocentrista. La cosa es que la maquinita tomó medidas, hizo sus logaritmos, y determinó que todos los cráneos paleolíticos europeos, cromañones incluidos, parecían más zulúes que noruegos o chinos de nuestros días, pero que Cro-Magnon 1 era además una rareza entre sus contemporáneos.

Por sorprendente que pueda parecernos, ambas cosas se sabían ya en pleno s.XIX. Paul Broca, el descubridor de la famosa área cerebral homónima, analizó en 1868 los huesos de Cro-Magnon, y en varias partes de su trabajo subraya la “disarmonía” en las proporciones, así como la mezcla de rasgos “superiores” e “inferiores” (esto es, de “blanco” y de “hombre de color” respectivamente). Turbón y otros han dinamitado con métodos innovadores la vieja raciología, y han hecho muy bien, pero incluso con las limitaciones y prejuicios propios del método tradicional se podía vislumbrar el verdadero rostro del hombre de cromañón. Sólo había que ser honesto. Los defectos de la raciología, como técnica, son varios y ya los hemos comentado, pero mucho más grave es el hecho de que los forenses eurocentristas suelen saltarse las reglas de juego que ellos mismos han diseñado. Por esa razón he decidido adoptar el disfraz de racialista para combatir el fuego con fuego, y volver críticamente sobre aquellos rasgos comprometedores del Cromañón, señalados por Broca y otros, que luego fueron desoídos por el bien de la propaganda eurocéntrica. Por supuesto, no pretendo hacer racialismo inverso o afrocentrista: un solo rasgo o un par de ellos no nos va a dar el “diagnóstico racial” de un muerto. Pero tampoco deja de ser útil saber qué poblaciones actuales comparten rasgos con el cromañón, para fijarnos en ellas cuando hagamos nuestra reconstrucción. Decir “su quijada sólo es comparable en anchura con muestras masculinas de Nueva Guinea” no es lo mismo, ni mucho menos, que decir “su quijada indica que era de raza melanesia”.  

Generalidades y esqueleto postcraneal

Los restos humanos del abrigo de Cro-Magnon consisten en 5 individuos como mucho, de los cuales destacan dos hombres y una mujer. No suponen por tanto un muestreo variado ni fiable como para haber merecido la creación de una raza nueva, y mucho menos para pretender que ésta representara a todos los europeos del Pleistoceno. Como todos los humanos anatómicamente modernos del Paleolítico, su apariencia era prácticamente idéntica a la nuestra, salvo por dos detalles: la combinación de sus rasgos no coincide con ninguna “raza” actual y en general muestran una mayor robustez. Como el individuo nº1, llamado el viejo, es el que vamos a reconstruir, el mejor conservado, el más citado y, sobre todo, el que muestra más exageradamente las particularidades del grupo, nos serviremos de sus medidas para hacer la descripción postcraneal (de cuello para abajo).

El Hombre de Cro-Magnon era muy alto, aunque no se pueda determinar exactamente (sólo contamos con fragmentos de los huesos largos). Cromañón 1 era el más alto de todos, sobrepasando los 1.80m, lo cual sorprendente teniendo en cuenta que era un anciano y que por tanto ya había comenzado a menguar su estatura. También era el que tenía los huesos más grandes y robustos, aunque los demás no fueran precisamente gráciles. Sus costillas y vértebras eran grandes y gruesas, el fémur tenía una robustez sin parangón entre las muestras contemporáneas y no había hueso sin marca de fuertes inserciones musculares, señal inequívoca de que aquel tipo estaba hecho un toro. Uno de los rasgos que más me sorprendió de los cromañones fue la pelvis, que incluso los machos cromañones la presentan más ancha que nuestras mujeres actuales e históricas de cualquier continente, y que en ningún caso viene justificada por la envergadura total. A los envidiosos les consolará saber que el cromañón era muy alto, muy robusto y muy musculoso… pero con el culo ancho. Otra de las características más citadas del cromañón es la platicnemia, es decir, tener las tibias aplastadas transversalmente como un sable (con el filo hacia adelante) en lugar de tenerlas en forma de prisma triangular. Dicho rasgo, que tengo el orgullo de haber heredado, es compartido por multitud de restos humanos del Pleistoceno y, según Broca, hoy es más común entre los “negros”. Finalmente, quiero señalar que en un principio se diagnosticaron marcas de raquitismo (M. Pruner-Bey) en los ejemplares de Cro Magnon, fuertemente discutidas por Broca. Pero por leves y relativas que nos las haga ver, Broca no acaba de contestar por qué existen en general tantas marcas y torsiones en el esqueleto que recuerdan al raquitismo o, al menos, a una forma extraña de raquitismo. Hemos de tener muy presente este dato pues, aunque no tuviera por qué desembocar en un raquitismo avanzado, una pigmentación cutánea alta para la latitud y región que habitaba podría haber supuesto en Cro-Magnon 1 ciertos problemas para absorber la dosis pefecta de vitamina D.

El cráneo y la cara

Lo primero que destaca en los cráneos de Cro Magnon es su gran tamaño, desproporcionado incluso si lo comparamos con su altura y corpulencia (el viejo en particular ronda los 1.600cc. de capacidad). Por su forma es dolicocéfalo (de cabeza más larga que ancha, índice 73.76),  y camecéfalo (de cabeza baja o aplastada) pero ambos valores han de ser puestos en el contexto general de una cabeza grande. Así, realmente Cromañón 1 tiene el cráneo más ancho que cualquier braquicéfalo (cabeza más ancha que larga), pero su largura es tan exagerada que la proporción final es dolicocéfala. Del mismo modo, si tuviera una anchura normal su dolicocefalia se convertiría en hiperdolicocefalia, otro rasgo que se da más entre los africanos que entre los euroasiáticos. Finalmente, es evidente que su cráneo tampoco es bajo si lo comparamos con los nuestros, pero sí lo es  en proporción con su exagerado ancho y su aún más exagerado largo. En cuanto al grosor, el hueso llega a alcanzar los 14mm en el cráneo del viejo (algo menos el otro macho y aún menos la mujer), lo cual está en consonancia con la robustez ósea general. También se repiten las marcadas inserciones musculares, en particular un semicírculo de sien a sien destinado a sujetar los fuertes músculos del cuello. Otro aspecto que me parece interesante es el de las suturas craneales en los cromañones. Todos nacemos con la fontanela abierta, con los años los huesos del cráneo quedan perfectamente ensamblados (mediante suturas) y, en la vejez, comienza un definitivo proceso de soldadura. De ahí que el estudio de las suturas craneales sea tan importante para determinar la edad del individuo que analizamos, siempre que sepamos poner los restos en contexto. Se dice, por ejemplo, que en el cráneo femenino de Cro-Magnon había señales de que pudieran haberse cerrado prematuramente. Prematuramente… ¿respecto a qué? Broca ya reconoció que a muchas “razas incivilizadas” se le obliteraban las suturas a una edad más temprana que a los euroasiáticos, y que era frecuente estudiar cráneos de “negros” con suturas casi cerradas a los 35 o 40 años. Más aún, los cromañones en su totalidad muestran un mayor grado de obliteración en las suturas delanteras que en las posteriores, como si el proceso se hubiera extendido desde la frente hacia la nuca. Este detalle, tan poco europeo, es según Broca habitual entre muchas “razas inferiores”. Como guinda, el proceso mastoideo (la protuberancia que tenemos detrás de la oreja) aparece discreto y oblicuo en Cromañón 1, algo particularmente común entre los actuales subsaharianos.


Esta es una composición con el individuo nº1 de Cro-Magnon desde diferentes vistas y versiones. Me he repetido tanto porque los cráneos son muy delicados de fotografiar, a poco que cambias el ángulo de la cámara parecen individuos diferentes, y de cada imagen obtienes datos interesantes del sujeto a reconstruir. Las condiciones en las que se encuentra el cráneo no son obviamente las ideales. Los hongos descompusieron parte del rostro, y otras zonas, como el tabique nasal, estaban cubiertas por una costra de micro-estalagmita. Hay un “cráter” superficial en su frente que lució en vida, y que no se si se debe a una herida o a enfermedades que, como la sífilis, tienen efectos parecidos. Aunque murió con todos sus dientes (porque no hay cicatrización y sí huecos), no debía tenerlos firmemente arraigados pues se le desprendieron todos después. Cerrando esta lista de desperfectos, la mandíbula se conserva casi entera pero faltan precisamente las partes (cóndilos) que indican cómo y dónde iba montada. En este caso la reconstrucción del cráneo es doble: primero reconstruirlo como si estuviera en perfectas condiciones y después reconstruir las carnes que lo cubrían.


Nuestra primera tarea consistirá en reconstruir las mandíbulas, a las que les faltan los dientes y partes del ramo, entre ellas los cóndilos mandibulares (eso que se mueve junto al oído al abrir y cerrar la boca). Para ello he diseñado la ilustración de arriba, de la cual sería mejor hacer una copia o abrirla en una ventana nueva porque continuamente haré referencias a ella. Arriba a la izquierda (1) vemos una presentación muy común de nuestro cráneo que induce a muchos errores: la mandíbula aparece subida sin dejar espacio para los dientes que faltan, de tal manera que el mentón parece más prominente de lo que es y el prognatismo alveolar queda neutralizado. Sobra decir que todos estos “descuidos” sirven que ni pintados para emblanquecer al cromañón. Las figuras 2 y 3 son reconstrucciones del cráneo de cromañón tan erróneas como eurocentristas, con el cráneo mirando al suelo (3) para disimular el prognatismo (maxilares salientes) y la nariz mostrando una espina nasal  que en el original nunca existió. Pero lo que más llama la atención de estas burdas manipulaciones son los dientes, que salen de detrás de sus alveolos y, lo nunca visto, en una dirección totalmente opuesta a la del prognatismo alveolar. Se ha dicho, desde Broca, que el viejo cromañón tenía la peculiaridad de mostrar unos dientes muy verticales en comparación con su maxilar tan protuberante. Las tres imágenes que componen la figura 5 son primeros planos de los huecos que dejaron los dientes al caer, y parecen demostrar que no, que los dientes iban en la misma dirección que sus alveolos. En cualquier caso, cualquiera puede ver en los cráneos de abajo (6-13), y en cien más que propusiéramos, que la norma general es que los dientes sigan describiendo el arco o el ángulo que viene marcado por su mandíbula. ¿Mandíbulas prognatas con dientes retraídos? No creo que representen ni el 0.1% de la población mundial, y aún así ya sería milagro que Cromañón 1 fuera precisamente ese “uno de cada mil”.

Mi propuesta es tan lógica como rotar la mandíbula para dejar espacio a la dentadura. El hombre de Cro-Magnon tenía los dientes grandes, algo que sabemos en el viejo por los orificios que los alojaban, y por lo que conocemos de dos dientes que conservó la mujer. El Hombre de Cro-Magnon presentaba además un marcado prognatismo alveolar, que es cuando tu frente es vertical y no oblicua (prognatismo general), pero tus maxilares sí se proyectan hacia delante. Busquemos entonces entre los cráneos de la muestra inferior, aquellos prognatos y de dientes grandes: Predmost III (6), Columnata (9), Malabar (10), Pintubi (12) y Wadi Halfa (13). Entre ellos los hay paleolíticos y actuales, europeos, africanos y oceánicos, y creo que son lo que hubiera necesitado nuestro cráneo por su morfología. Sin embargo, en un alarde deportivo con la bancada eurocéntrica, he decidido decantarme por la figura 11, alemán y contemporáneo. No son en absoluto los dientes más salientes ni tampoco los más grandes, pero me garantizan unos mínimos de prognatismo y apertura de mandíbulas que nadie puede refutar. Sólo queda tomar los piños del alemán e implantárselos al cromañón, como se ve en la figura 4. No necesitamos que la ubicación de cada muela sea perfecta, eso se tapa con la reconstrucción, sino lograr un perfil completo de la cara. Las flechas verdes recuerdan que la mandíbula debe girar y que los dientes han de alinearse con el prognatismo de su maxilar. En cuanto a los cóndilos, me preocupaba que al intentar rotar la mandíbula esta se elevaba precisamente por esa zona. Tenía el prejuicio de que el cóndilo y el apófisis coronoides (la otra cúspide del ramo mandibular) debían estar a la misma altura, pero bastan las figuras 6, 9, 10, 11, 12 y 13 de nuestra lámina para salir del error: los cóndilos “subidos” son comunes en cualquier época y continente, aunque los racialistas siempre defendieron que su incidencia era especialmente fuerte en el África subsahariana (algo que parece ilustrar muy bien nuestro cráneo 10, de nigeriano malabar). El cóndilo y el arco cigomático han sido “implantados” del ejemplar paleolítico europeo de Predmost III y, como los dientes, van destacados en rosa para diferenciarlos de las partes originales del cráneo. Ah, casi se me olvidaba, ¿notan como con estos ajustes el mentón ya no aparece tan sobresaliente e hiper-europeo?

domingo, 4 de septiembre de 2011

Rostros del Pasado 6. El Hombre de Cromañón. Parte 2

Melanina

Los restos de Cro-Magnon han sido fechados en (C14) 27.650 ± 270 Bp. Cuando, como es ahora el caso, nos den una sola fecha, bajo un solo método de datación y con una horquilla demasiado estrecha, lo mejor es tomar precauciones. Sencillamente es ridículo pretender datar algo de hace 30.000 años con un margen de error de 300 años arriba y abajo, y más usando un método con tantas “mesetas de calibración” como es el carbono 14. Es mucho más científico proponer para los cromañones (stricto sensu) un momento indeterminado entre hace 30.000 y hace 25.000 años, con el 27.500Bp como fecha media, orientativa pero no dominante.

Para determinar su color de piel debemos empezar analizando la situación climática de ese período. La fase glacial conocida como Würm II había comenzado algo antes, hace 33.000 años, y duraría hasta hace 12.000, por lo que podemos decir que el Hombre de Cro-Magnon vivió en plena glaciación. De hecho, el Würm II es la fase más fría y seca de toda la glaciación Würm, la cual a su vez fue más fría y seca que la glaciación anterior, la de Riss. Por eso, aunque el máximo glacial de Würm II ocurrió más tarde, entre 22.000 y 18.000Bp, y aunque se propongan oscilaciones “templadas” como las de Paudorf en fechas cercanas al 25.000Bp, el contexto general era de muchísimo hielo y frío. Para hacernos una idea, no se habían dado unas condiciones de temperatura y humedad tales desde 110.000 años atrás. Ahora bien, ¿cómo afecta una glaciación en la recepción de rayos UVs, determinantes para nuestro color de piel? La respuesta anticipada, y creo que sorprendente, es que su papel sería mucho menor de lo que se esperaría y que, en todo caso, las modificaciones favorecerían pieles más oscuras que las actuales. Veamos por qué:
- La radiación UV depende, ya lo sabemos, principalmente de la latitud, y eso no ha cambiado desde los cromañones hasta hoy porque el eje terrestre no se ha alterado considerablemente. Durante las glaciaciones los polos helados no se movieron de sitio, sino que los hielos (que hoy les son exclusivos) bajaron hasta latitudes inusitadas.
- Consecuencia de lo anterior, dejemos de equiparar las glaciaciones con ese “invierno que nunca termina” del imaginario mediático y popular. Durante las glaciaciones la tierra osciló con su eje para provocar las mismas cuatro estaciones anuales que hoy disfrutamos, aunque con cifras de temperatura y humedad muy distintas. Por mucho frío que hiciera, durante el verano se notaba templanza respecto al invierno, anochecía igual de tarde que ahora y, muy importante, aumentaba la incidencia de los rayos UVs.
- En nuestros otoños e inviernos llueve, a menudo más que el resto del año, pero durante las glaciaciones apenas llovía en el planeta, pues la mayor parte de las aguas que hoy participan del ciclo evaporación-precipitación estaban atrapadas en forma de hielo. Se que los médicos nos advierten de que en días nublados los UVs pueden ser tan efectivos (y dañinos) como con sol, pues las nubes no detienen toda esta radiación. Pero es evidente que las zonas más lluviosas de la Tierra, ecuatoriales y por tanto expuestas a los rayos ultravioleta como ninguna otra, no son precisamente las de pieles más oscuras. Los pueblos más negros de piel se dan en zonas secas y soleadas de latitudes intertropicales, así que debemos suponer que la cantidad de horas de sol es un complemento determinante que se suma al factor latitud. Si durante las glaciaciones casi no llovía en ninguna parte fuera de una estrecha banda ecuatorial, y las latitudes y estaciones se mantuvieron como hoy, es lógico suponer una mayor incidencia de los rayos UVs respecto al presente.
- Otro factor complementario, aunque de menor importancia, es el albedo. Ante una situación de perennes cielos azules, el efecto espejo de la luz solar sobre los hielos glaciales , sobre los océanos, e incluso sobre las arenas desérticas, debió ser mayor a la actual. Por supuesto, la vida humana era inviable no ya en aquellos hielos boreales de más de 1.000 m. de altura, sino en la mayor parte del permafrost que los circundaba, y por tanto el albedo de dichas regiones no afectó a la melanina de nuestros ancestros. Sin embargo es un elemento a considerar en las costas, en glaciares aislados como los Alpes o los Pirineos y, como veremos, en desiertos como el Sahara.

Algo también inesperado de las glaciaciones es la ausencia de pieles muy pálidas, argumento que desarrollo muy migado para que no salten las alarmas. Para empezar, debemos retomar la esencia de mi primera entrada sobre melanina: los humanos necesitan, para su supervivencia, ser negros o muy oscuros de piel desde el ecuador hasta los 30º de latitud. El resto del artículo es complementario, y en cierto modo especulativo. Por ejemplo, acepto los 50º de latitud como línea a partir de la cual el humano “necesita” ser blanco para sobrevivir, aunque esto suponga sobredimensionar el factor vitamina D. Hace meses vi en la tele (Redes de Punset, creo) a un especialista decir tajantemente que con un par de horas diarias al sol y una dieta más o menos equilibrada se podía ser negro azabache en Suecia sin temor alguno al raquitismo. A partir de esta información, la situación de los humanos del Pleistoceno presenta dos diferencias fundamentales respecto a la actual:
- Al ser cazadores-recolectores las horas al sol están más que aseguradas. En cuanto a la dieta, alimentos tan accesibles como el salmón o la yema de huevo son muy ricos en vitamina D. Según los cálculos de aquel sabio de la tele, ninguna latitud sería lo bastante septentrional como para obligar a los humanos del Pleistoceno a palidecer considerablemente.
- Durante el máximo glacial (22-18.000Bp) los hielos se acercaron peligrosamente a los 50º de latitud, y el permafrost llegaba mucho más al sur, cubriendo media Francia. Parece entonces incuestionable que durante dicha época la zona que va de los 50º al Polo, patria natural de los rubios rosados, era absolutamente inhabitable. En la época de los cromañones la situación climática era algo menos fría, luego el territorio inhabitable por hielos y permafrost no sería tan grande como durante el máximo glacial. Pero la zona a partir de 50º, la “fábrica de blancos”, seguiría siendo inhabitable o con densidades de población insignificantes.

A partir de los 50º da la falsa impresión de que nuestras latitudes se hubieran desplazado al sur. Por ejemplo, donde tenía que haber el típico bosque centroeuropeo aparecía la tundra, propia hoy de Siberia o Alaska. Sin embargo, en el Mediterráneo cesaba ese barrido de biotopos en sentido norte-sur. Décadas de palinología, arqueozoología, y dataciones geológicas demuestran que en La Península Ibérica las glaciaciones se sintieron de manera mucho más suave que en el resto de Europa. Se la llega a denominar “refugio” de especies europeas (desde el uro al neandertal) durante las épocas de máximo glacial. Lo que muchos no saben es que Iberia también era “refugio” de especies procedentes del sur. La falta de lluvia que suponían las glaciaciones provocaba que los grandes desiertos del planeta aumentasen de tamaño. El Sahara llegaba al Mediterráneo, sólo interrumpido por una estrecha franja litoral desde Marruecos a Túnez con matorral mediterráneo, así que las especies de este biotopo, y del bosque mediterráneo también propio del Norte de África, se verían en la necesidad de trasladarse al norte. De ese modo, nuestra Península era un Arca de Noé durante las glaciaciones, con microclimas que albergaban plantas y animales tanto magrebíes como transpirenaicos, además de la fauna y flora que hoy entendemos como “autóctona”.

El yacimiento de Cro-Magnon se encuentra a 45ºN de latitud, lo que en nuestro mapa actual de melanina correspondería a un tono de piel mate que necesita ser corregido. Acabamos de dar una serie de motivos para creer que pudieran ser aún más morenos: misma incidencia de UVs con cielos eternamente despejados, consumo de vitamina D, vida al aire libre, etc. Pero al asignar las clinas en el mapa no sólo he tenido en cuenta su posición absoluta (latitud) sino también relativa (mestizaje). Como no me cansaré de repeterir, la única ley biológicamente ineludible es que si no eres negro al sur de los 30º mueres por melanoma, ácido fólico, hipervitaminosis, etc., si es que no naces por esterilidad de tu padre. Por eso cualquier afrocentrista puede hacer negros de piel a los mismísimos vikingos: navegando todo el día en manga corta y comiendo barriles de arenques pudieron tener el color de piel que quisieran. Las clinas más claras no surgen por necesidad sino porque pueden permitírselo. En la Península Ibérica no precisamos ser más blancos que en Nigeria, pero si nos nace un bebé más claro por simple mutación tampoco muere. Repetido este proceso miles y miles de años el grupo en general empalidece, aunque siempre evitando niveles fatales ante los rayos ultravioleta. A esta adaptación, o mejor dicho “desadaptación” evolutiva hay que añadir los mestizajes. Ya hemos visto que durante el Würm II, los blancos propiamente dichos no existían pues, si acaso hubo poblaciones al norte de los 50º de latitud, fueron excepcionales. Además, hemos de entender estos grupos como avanzadillas de otros grupos más meridionales, raramente interconectados con otros pueblos “boreales”, lo cual imposibilitaba que estabilizaran genéticamente un tono de piel muy blanco. Ahora bien, el cromañón no puede ser mate si desaparece el blanco, pues seguiría mestizándose (y oscureciendo) en inevitable contacto con los tonos medios del sur (ej. ibéricos), a su vez mestizados con los negros que cruzaban el charco cuando el Sahara se ponía tremendo. Definitivamente, y sintiéndolo mucho por mis rivales eurocéntricos, es virtualmente imposible que el cromañón fuera de piel rosada o que los hubiera así de blancos en su árbol genealógico más inmediato. Es posible que su piel fuera mate, tanto como chocolate. Incluso pudo ser negro. Pero lo más probable, dada esta proporción y la ausencia de tipos blancos, es que los cromañones tuvieran una piel “media” según mi nomenclatura.
Empecemos comentando el mapa desde el norte. Los hielos glaciares ocupan casi toda Escandinavia y buena parte de las Islas Británicas. No he querido representarlos con una extensión mucho menor a la del máximo glacial porque también he rebajado mil metros las cotas de altura. A continuación viene en tono gris del Permafrost, territorio con suelos permanentemente helados. La mancha gris continua es el Permafrost inhabitable para el hombre, tanto por temperatura, como por los pantanos y encharques gélidos, por la escasez de caza, o incluso por el insoportable chirriar de las moles de hielo entre sí. El gris listado corresponde al permafrost “habitable”, aunque por tal hemos de concebir una delgada capa de líquenes y loess sobre el hielo fangoso, con un biotopo propio de las tundras actuales, y grupos humanos con densidad de población inferior a las del norte de Siberia, Canadá o Alaska. Cruzando este permafrost habitable pasa el paralelo 50ºN, y comprobamos que por encima de él quedan pocas regiones hospitalarias para que el hombre pueda allí desarrollar pieles realmente blancas. La siguiente región es la de los tonos de piel mate, una franja estrecha con un pasillo aún más angosto al norte de los Alpes para comunicar poblaciones del este y el oeste de Europa. La piel de tono medio es la que entonces ocupaba una mayor parte de Europa, incluido el yacimento de Cro-Magnon. Media Península Ibérica, casi todas las islas mediterráneas, sur de Italia y Grecia, además de una fina franja en el Magreb, estaban habitadas por humanos de piel muy morena, mi tono chocolate (el mismo de Tutankamón). Finalmente, la expansión del desierto del Sahara hasta las mismas playas mediterráneas vino acompañada de una fortísima pigmentación, hasta el tono negro, de los habitantes de todo el Norte de África (salvo la banda litoral magrebí antes citada). Acabo comentando que los mares están representados conforme a la época, entre 80 y 100m. bajo el nivel actual, dando lugar a una línea de costa muy diferente a la que conocemos (y que sólo es orientativa porque no he puesto mucho esmero al dibujarla).

jueves, 1 de septiembre de 2011

Rostros del Pasado 6. El Hombre de Cromañón. Parte 1


Rostros del Pasado 6. El Hombre de Cromañón

No hay concepto prehistórico más descontextualizado, confuso y eurocentrista que el de “Hombre de Cromañón”. Mediante una silogista metonimia, del tipo “parte por el todo”, los cráneos de un yacimiento francés (que no son ni los más antiguos ni los más característicos) acabaron bautizando a toda nuestra especie durante el Pleistoceno. Dado que el eurocentrismo es el principal promotor de tan artera confusión, me siento obligado a extender este artículo más allá de su propósito inicial, es decir, de la mera reconstrucción anatómica de uno de los cráneos del sitio de Cro-Magnon (Dordoña, Francia).

Contexto “prehistoriográfico”

Los esqueletos de Cro-Magnon fueron descubiertos muy, pero que muy temprano (año 1868), cuando la Prehistoria como ciencia estaba en pañales y el panorama de fósiles humanos disponibles era desolador. Es importantísimo reseñar que El Origen de las Especies de Darwin fue publicado tan sólo nueve años antes (1859). El vacío era tal que la calota de Neandertal (Alemania) había sido descubierta en 1857 y el cráneo de Gibraltar aún antes, en 1848, pero no fueron descritos con seriedad hasta 1863 y 1865, respectivamente, por falta de un asiento teórico que las explicase (Evolucionismo). Estos y otros restos, como la mandíbula neandertal de La Nautlette (Bélgica, 1866), necesitaron un tiempo para conseguir que los especialistas los reconocieran como especies o subespecies humanas del pasado, y no como subnormales prusianos, gigantes o acromegálicos. Fuera de los mencionados, no creo que se conocieran muchos más fósiles humanos en las fechas en que se hallaron los de Cro-Magnon. Los pithecanthropus de Dubois, por ejemplo debieron esperar a 1891 para ser descubiertos, y a 1894-95 para ser publicitados en Europa.

A esta etapa pionera es a la que se aferran nuestros especialistas para perpetuar el apelativo de “cromañones” como generalización aplicada a toda humanidad moderna del Pleistoceno. Se nos dice que aquellos añejos eruditos forjaron el dichoso término en base a sus escasos materiales y que, si bien hay otros mejores como “Homo sapiens sapiens” y “Hombre anatómicamente moderno”, su uso se ha popularizado hasta un grado en el que es mejor no intentar combatirlo. Ojeo mis estanterías y en seguida me topo con “De neandertales a cromañones”, concienzudo trabajo publicado en 2001 por la Universitat de Valencia. Enciendes el televisor y escuchas titulares como “Homo Idaltu: hallan en Etiopía los restos de un cromañón de hace 150.000 años”… ¡aunque el Hombre de Cromagnon auténtico sea francés y de no más de 28.000 años! Es tal la generalización que ha sufrido el término “cromañón” que resulta realmente difícil recabar información, en la biblioteca o ante el ordenador, sobre el verdadero yacimiento francés y las verdaderas características de los esqueletos allí encontrados. Casi todo lo que obtenemos concierne a la especie sapiens moderna en su conjunto o, en el peor de los casos, a una mezcla de lo uno con lo otro.

Lo cierto es que esta situación, tan injusta, no se debe a inercias populacheras como se pretende hacer ver, sino que ha sido incentivada con ahínco por parte de los académicos más supremacistas y eurocentristas. Por ejemplo, no nos cuentan que tan sólo cuatro años más tarde, en 1872, M. Rivière descubrió tres esqueletos en Mentone (Mónaco). Estos, los llamados “Hombres de Grimaldi”, fueron sapiens sapiens más antiguos y de características diferentes a la del “Hombre de Cromañón”. ¿Por qué no corrigieron entonces su nomenclatura? ¿Acaso 4 años pueden dar lugar una inercia popular o una tradición académica incorregible? Sin embargo, hoy nadie llama “grimaldis” a nuestros abuelos del Pleistoceno. Entre 1884 y 1894 aparecieron los esqueletos de Predmost (Moravia, Rep. Checa), también más antiguos (al menos más arcaizantes) que los de Cro-Magnon, y con una anatomía bien diferente. En 1910 le tocó el turno al cráneo de Combe Capelle, y la historia se repitió al detalle, con el añadido de haber sido hallado también en Francia, a escasos 25 km del yacimiento de Cro-Magnon. Con la proliferación de fósiles de humano moderno en Europa surgió además una cuestión inquietante: todos ellos, Grimaldi, Predmost, Combe Capelle, Brno, etc. guardaban tantos parecidos entre ellos como diferencias respecto al Cromagnon. Inventaron entonces la existencia simultánea de dos “razas” cromañón. Una fue llamada “occidental” o “cromañón propiamente dicha”, y comprendía exclusivamente los huesos de Cro-Magnon, mientras que la otra, “oriental”, abarcaba a todos los demás (aunque, por cierto, Combe Capelle se encuentre ligeramente al oeste de Cro Magnon…) Confiados por la impunidad decidieron dar otra vuelta de tuerca, y pasaron a denominar “cromañoides” a los tipos “orientales”. El sufijo –oide es un peligro en Antropología pues, aunque sólo pretenda indicar parecido o parentesco, acaba imponiendo connotaciones de origen y subordinación. Aquellos “cromañoides”, siendo más antiguos, más numerosos y mejor repartidos, parecían ser bastardos malformes del divino patrón humano representado en Cro Magnon. La clave de tan inexplicable comportamiento es la enorme influencia que la raciología ejercía sobre la Antropología y la Arqueología del momento. Sus esquizofrénicos diagnósticos habían decretado que el tipo Cromañón era un “caucásico” puro, que el Grimaldi era “negro” o “negroide” y que gentuza como Predmost o Combe Capelle basculaban peligrosamente hacia lo “etiópico” o “euroafricano”. Pese a haber sido el último en llegar, aunque tuviera una morfología inusual entre la familia paleolítica europea de su tiempo, Cromagnon debía ser nuestro prototipo para el Paleolítico Superior por el simple hecho de que su tabique nasal y su mentón eran los más prominentes de la muestra.

La imposición, nada inocente, del término “cromañón” obedecía a una reestructuración del paradigma eurocéntrico tras la sacudida del Evolucionismo. Este había trasladado el origen del hombre desde el Próximo Oriente bíblico (Adán y Eva) hacia las zonas tropicales de África y Asia, pues allí vivían chimpancés, gorilas y orangutanes, nuestros parientes biológicos más próximos. El mono-hombre, el eslabón perdido, luego llamado Homo erectus aparecería como fósil en Indonesia, dando aún más crédito a esta versión. Esta falta de protagonismo europeo, esta frustración al comprobar que el humano sólo estaba allí de visita, hubo de ser convertida en virtud, y ahí jugó un papel inestimable el cromañón. Europa sería la cuna del hombre moderno, espiritual, mentalmente capacitado, y de “raza blanca”, faltaría más. Los neandertales, que por entonces tampoco habían sido encontrados fuera de Europa, serían su natural antecesor.

El panorama internacional también cambiaba deprisa. En 1907 se encontraron los esqueletos de Mechta el Arbi, y en 1928 los de Afalou bou-Rhummel, ambos en Argelia, cuyo handicap es su edad mesolítica, pero con un inestimable valor estadístico que dan sus decenas de individuos. Estos tipos humanos también fueron denominados “cromañoides”, aunque pocos reconocieron que, de nuevo, guardaban más parecido con los mal denominados “orientales” de Europa. Entre 1925 y 1935 se llevaron a cabo los importantísimos hallazgos de Palestina (Skhul, Qafzeh, etc.) y por enésima vez encontraron que las fechas eran anteriores a Cro-Magnon (de hecho muy anteriores, más que ninguna fecha hasta ese momento) y que sus rasgos guardaban más similitudes con Grimaldi, Combe Capelle o Afalou, que con el dichoso prototipo de Dordoña. Antes de 1936 ya se sabía que hablar de “cromañones” era científicamente inadecuado, a lo que hemos de añadir la brutal lección de racismo y etnocentrismo que supusieron el Holocausto nazi y la IIª Guerra Mundial. Sin embargo, lejos de rectificar, la actividad académica desde la segunda mitad del s.XX hasta hoy no ha dejado de buscar el modo de acomodar el término a las nuevas circunstancias. Es así muy evidente la guerra sucia de dataciones, un intento por rejuvenecer en lo posible las fechas de todos estos “cromañones orientales” para que el “occidental” no quede descolgado. La última ha sido vergonzosa, redatando a Combe Capelle nada menos que en 7.500 a.C., aunque apliquen el método del C14 sobre unos restos de los que todos sabemos que sufrieron recientemente un grave incendio… ¡Pero sobre todo ignorando que mediante termoluminiscencia han sido datados como de hace 36.600 años! Sin embargo, los cráneos de cromañón, manoseados sin control aséptico desde 1868, sí que proporcionan una datación “fiable”. Son tentativas en gran parte estériles, que dan vergüenza ajena cuando las comparamos con la reciente reconstrucción “negroide” del cráneo de Pestera cu Oase (Rumania, hace 40-35.000 años) o la enorme colección africana de rotunda anterioridad respecto a Cromagnon (Djebel Irhoud, Marruecos 200-100.000 años; Idaltu, Etiopía, 175-150.000 años; etc.). El eurocentrismo sabe perdida su causa cromañón y sólo le queda recurrir a la desinformación desde los medios divulgativos que controla, es decir, todos los comerciales y algunos más. En los manuales y reportajes no hay empacho en representar a erectus, australopitecos y demás con rasgos no europeos, pues en definitiva son seres tan “inferiores” como los negros y amarillos a los que tanto se parecen. Esos capítulos de nuestro pasado se ruedan o ambientan en África usando negros en el reparto. Pero cuando toca representar la humanidad moderna, trasladamos el set a la fría Europa, contratamos rubios, y nunca olvidamos mostrar la foto o ilustración del viejo de Cro-Magnon, con  su oportuna reconstrucción más bonito y blanquito que un San Luis... Truquitos.

Las personas que nacimos lejos de Francia, o que simplemente no comulgamos con el racismo eurocéntrico, tenemos pleno derecho a renegar del término “cromañón”. Debemos asimismo denunciar que esos huesos no nos representan, ni tampoco a nuestros ancestros, de los que en todo caso los de Cro-Magnon serían un derivado extraño. Esas facciones no son las típicas de un humano moderno del Pleistoceno, como puede demostrar toda una colección de fósiles mucho más numerosa, infinitamente más antigua y de ámbito planetario que, dicho sea de paso, sí que se parecen entre sí. Somos Homo sapiens sapiens, hombres anatómicamente modernos o, si lo prefieren, Hombres de Idaltu o de J. Irhoud, que son las estaciones con nuestros representantes más antiguos. Pero no somos, ni fuimos,  cromañones.

Tras toda esta información, cabe plantear para qué reconstruir alguno de los cráneos hallados en Cro-Magnon. Los esqueletos afroibéricos, prácticamente los de toda la Península salvo algún caso norteño aislado, se parecen mucho más la norma “oriental” de Predmost-Combe Capelle-Brno-Grimaldi, etc. Pienso entonces que lo mejor sería dedicarse a reconstruir estos tipos y compararlos con cráneos de malagueños, alicantinos o alemtejanos prehistóricos. Pero sería un completo error sentir animadversión por los restos óseos de Cro-Magnon, que nada tienen que ver con la sucia interpretación que se ha venido haciendo de ellos. Además, necesitamos cuestionar al detalle todos esos supuestos rasgos “caucásicos” que tanto ponderan los académicos cripto-racistas, porque no son tales, porque, de nuevo, son fruto del ansia eurocentrista y la manipulación que suele acompañarle. Si no lo hacemos podría parecer que efectivamente existió un “super-blanco paleolítico” llamado cromañón ante el cual este blog, afrocentrista aunque lo niegue, sólo puede mirar a otro lado y carroñear cuanto rasgo “negroide” pueda encontrar en el resto de la crania europea pleistocénica. Por todo ello he decidido reconstruir el cráneo de Cro-Magnon llamado “el viejo”, probablemente el más conocido del yacimiento.

lunes, 25 de julio de 2011

Rostros del Pasado 5. Tutankamón. Parte 3

Mi reconstrucción.


Lo que tenemos arriba es mi versión de los rasgos de Tutankamón. Arriba del todo aparecen, como referencia, la calavera de perfil y una foto de la momia para la toma frontal. La razón es que carezco de radiografías o scanners desde ese ángulo. Una fila más abajo se ve como, a pesar del ligero mirar al suelo de la momia frontal, la mayoría de los rasgos aparecen a igual altura que en el perfil, pudiendo permitir una reconstrucción fiable. Dicha reconstrucción ha comenzado también en el perfil, siguiendo las sencillas recetas de artículos anteriores. En la tercera fila se han retirado las transparencias del cráneo y la momia para mostrar un aspecto básico del personaje. Finalmente, en la fila inferior aparece mi reconstrucción flanqueada por la versión francesa, a la izquierda, y la estadounidense, a la derecha. Para mí es evidente que en ambos casos deberían explicar por qué el labio superior es vertical (habiendo prognatismo) y por qué acaba antes de que lo haga la paleta a la que protege, por qué el mentón apenas tiene carne que lo cubra, o por qué escogieron narices tan puntiagudas (dada la anchura de la nariz y su procedencia egipcia). Mi reconstrucción por el contrario sigue en todo momento el contorno del cráneo al que cubre salvo, claro está, en zonas de cartílago como la nariz y las orejas. Cualquiera puede comprobar que aplico una ley ineludible: les basta sobarse un poco la cabeza y el rostro.


El siguiente paso ha sido asignarle un tono de melanina acorde a su latitud y época, que ya teníamos establecido desde la primera parte como un tono “chocolate”. Abajo, vemos una nueva versión con las posibilidades de que el faraón tuviera según que piel: 1 “negro”, 5 “negro-chocolate”, 6 “chocolate”, 3 “chocolate-medio”, 1 “medio”.



Esta tercera ilustración va dedicada a la iconografía artística egipcia. En principio, el arte no es una fuente lo bastante rigurosa como para servir de guía principal en la reconstrucción de un cráneo, y esa es la razón de hablar de él una vez que mi apuesta está terminada. En nuestro caso, Tutankamón posee una desmedida cantidad de retratos para su poca trascendencia política. Todas las imágenes que en la ilustración forman como el marco de una puerta son diferentes imágenes de Tutankamón: pinturas, esculturas, esmaltes, orfebrería… apenas hay material o formato que no esté representado. Pese a las diferencias, notables a veces, todos estos retratos suelen repetirse en ciertos rasgos: nariz bulbosa y respingona, comisuras con algo de moflete, párpados pesados, labios carnosos, etc. Especialmente significativo es el tono de piel que le han adjudicado en las representaciones polícromas. En el centro, abajo, vemos cuatro representaciones artísticas que no corresponden a Tutankamón, sino a su familia: arriba, dos imágenes de su abuelo paterno Amenofis III, abajo Tiye (abuela paterna) y Akenatón, su padre. Como se ve también es arte policromado y en ocasiones muy realista. En todos los casos encontramos rasgos que luego hereda por genes nuestro joven faraón, incluyendo el tono de piel. En el centro de la imagen aparece mi reconstrucción y la del equipo francés apadrinado por National Geographic, disponibles para que cada cual las compare con estas iconografías.

Conclusión



Se me ocurren al menos diez formas de solucionar la reconstrucción de Tutankamón, distintas de la que finalmente he elegido, pues ya sabemos que siempre quedarán zonas blandas y cartilaginosas libres de interpretación. Se me ocurren diez alternativas, pero no treinta, y eso es lo que determina la plausibilidad de mi propuesta. Además, mi reconstrucción y esas otras diez alternativas serían bastante parecidas entre sí, como si fueran parientes. Existen diversas causas para valorar tan positivamente mi propio trabajo, y todas convergen en la imparcialidad (o al menos en el deseo de ejercerla). Por ejemplo, la asignación del tono de piel proviene de un mapa que publiqué recientemente, de ámbito muy general y que en absoluto se confeccionó pensando en cómo de negro o blanco quedaría un habitante de Tebas, sino en información objetiva proveniente de la insolación y la latitud. He de reconocer que este tono “chocolate” no me parecía lo bastante “tebano”, que yo hubiera apostado más por el “negro-chocolate”, y que no habría estado muy equivocado según la estadística, pero los datos estaban ahí y la probabilidad más alta es la que tenía que imponerse. Por otra parte, con el tono chocolate basta y sobra para revolver las tripas de los eurocentristas, lo cual tuvo consecuencias en la posterior reconstrucción de los rasgos: con ese color de piel ya puedes ponerle al cráneo los rasgos de Enrique VIII que el impacto visual está asegurado, y no precisamente para que percibamos ahí a un “caucásico”. Si mi propósito era demostrar que Tutankamón sería hoy socialmente considerado como “hombre de color” y no como “blanco” el objetivo estaba cumplido con creces. Desaparecieron entonces mis habituales dudas sobre si, durante la reconstrucción posterior, sería o no víctima de afrocentrismos subliminales, si no estaría poniendo los labios demasiado gruesos, o la nariz demasiado chata, para arrimar el ascua a mi africana sardina. A diferencia de los forenses ortodoxos y eurocentristas, que prácticamente inventan los rostros según apriorismos “raciales”, fui libre de asignar aquellos rasgos que mayoritaria y lógicamente demandaban los huesos del Tutankamón según su forma, tamaño y función.

Cuando miro mi reconstrucción veo un joven que, para empezar, no tiene nada de “caucásico”. En vano invoquen “hamitas blancos de piel negra” y demás sandeces, pues aquí no valen los trileos de manual raciológico sino las percepciones sociales de la “raza”. El individuo que he reconstruido es un hombre de color con todas las letras. Más aún, es un hombre de color africano. Hoy podemos encontrar multitud de egipcios del sur con esas pintas, también nubios, beja bisharin del desierto oriental o bereberes del oasis de Siwa, e incluso pueblos de áreas más alejadas como Malí, Etiopía o Yemen. De propina, y nunca como fundamento a mis tesis, el arte egipcio nos muestra un Tutankamón que, no siendo idéntico al mío, tampoco lo contradice. Humildemente, estoy satisfecho.

En cuanto a si debemos considerar blanco o negro a nuestro faraón, mi postura es que, dado que se trata de una percepción social, esta cambiará según las sociedades. Me parece justo y evidente que un afroamericano se vea retratado en Tutankamón y tantísimos otros egipcios, pues los parecidos anatómicos saltan a la vista. Sin embargo, me consta que en Egipto, Etiopía, Mauritania, etc. las personas que comparten rasgos y piel con mi Tutankamón no se sienten “negras”, pues este apelativo lo reservan a los africanos de tono aún más oscuro (y estos a su vez a los aún más negros, y así hasta el infinito). En el caso de los países africanos musulmanes el rechazo a ser etiquetado como negro llega a extremos ridículos, pues nadie quiere ser un kafir, un aswi, un negro de pasado idolátrico, sino un “árabe” de pedigrí directamente entroncado con el Profeta. Como es lógico, en África hay que ser muy negro para que se te llame negro. Por mi parte, no es un secreto, estoy más motivado en la unión de los hombres de color frente al racismo blanco que en una exclusivista, y estéril, lucha entre afro- y eurocentristas. Desde esta perspectiva mi reconstrucción de Tutankamón es una victoria, pero siento que debo ir más allá. Ya dije que el joven faraón no sólo era una persona de color, sino un hombre de color africano, y no precisamente de su modalidad más clara. Bajemos ahora a nuestra esfera más cotidiana, resucitemos al joven Tut y busquémosle novia entre las mocitas de un barrio español. ¿Qué comentarían las viejas chismosas? Reconozcamos que dirían algo así como “tu niña se junta con un moro muy negro”, con toda la carga de rechazo racista inherente. No un moro de los que se confunden con los ibéricos sino esos otros, moros en el sentido más etimológico e histórico de la palabra, muy próximos a los negros. En España nadie menciona a los dichosos “caucásicos casi negros de raíz hamita”, sino que se establece una escala de color desde el blanco europeo al negro africano que vendría a ser la siguiente: guiris (con sus grados), españoles rubios, españoles a secas (pelo negro), españoles morenos de piel, moros claros y gitanos, moros oscuros, negros “finos” y, finalmente, negros “negros, pero negros del todo”. Para nosotros Tutankamón estaría a mitad del moro oscuro y el negro “fino”. Somos así de minuciosos, nada que ver con los USA y sus trifulcas etnocentristas donde todo ha de ser, nunca mejor dicho, blanco o negro. Por eso, me incomodaría mucho que me obligaran a escoger si Tutankamón era lo uno o lo otro. Si lo hacen, no lo dudo, opinaré que era negro.

domingo, 24 de julio de 2011

Rostros del Pasado 5. Tutankamón. Parte 2

Otras reconstrucciones.

Debido a su fama, Tutankamón ha sido reconstruido anteriormente en varias ocasiones. Considero que antes de exponer mi trabajo debemos evaluar los aciertos y errores de estos ensayos, los cuales dividiremos en dos grupos.

1. 2002. Los británicos o el cambiazo.
Hasta donde se, el primer equipo multidisciplinar que puso carne a Tut estuvo dirigido por el experto en reconstrucción facial Dr. Robin Richard. El motivo fue una exposición sobre el faraón, organizada por el Museo de la Ciencia británico, el 30 de septiembre del 2002. El proyecto, en el que trabajaron expertos de tres continentes, rezuma humildad por los cuatro costados: continuamente nos dicen que trabajan con réplicas, que no tienen acceso al original, que la mayor parte del trabajo lo hacen usando software 3D en lugar de arcilla, etc. Para compensar lo que creían defectos, se centraron en un exhaustivo acopio de muestras de piel y tejidos reales vía 3D: “Escaneamos las caras de un número de personas de la misma edad, sexo y de un grupo étnico apropiado, y así hemos conseguido un rostro-promedio adecuado desde el que empezar el proceso de modelado”. Una vez que el trabajo de Richard y sus colaboradores estuvo completado, se envió a artistas de efectos especiales de Nueva Zelanda. Su encargo fue el de crear una imagen digital del faraón, añadiendo el color de ojos y de piel, así como las cejas, etc. El resultado es la reconstrucción que más me satisface de todas las que he visto, pero por desgracia, el museo consideró innecesario recordar y promocionar el nombre de sus autores. En su lugar la gloria se la llevó Alex Fort, especialista británico que a partir de las infografías neozelandesas, y traicionándolas mediante un descarado blanqueo, modelaría la cabeza que definitivamente será expuesta en el museo. Veámoslo.


Arriba a la izquierda tenemos dos muestras de cómo dejaron de guapo los neozelandeses a Tutankamón. Los rasgos fluyen con naturalidad y la armonía del conjunto nos hace inmediatamente creer que estamos ante un ser real y no ante meros algoritmos informáticos. Se trata de algo lógico si tenemos en cuenta el método que siguieron, el cual he representado arriba a la derecha con uno de los muchos jóvenes de la misma edad del faraón, egipcios supongo, que se prestaron a ser escaneados. De este modo consiguieron esas carnosidades propias de las pieles y cartílagos egipcios, aún de los actuales tan semitizados. Sin embargo, todo este esfuerzo se vino al traste cuando metió la zarpa eurocentrista el modelador Alex Fort. Su reconstrucción, representada por las cuatro imágenes de la fila inferior, no sólo traiciona la africanidad que transmitía el proyecto neozelandés sino que durante dicha manipulación acaba generando un ser irreal. Los labios y la nariz parecen haber sido sometidos al vacío, y de sus comisuras parten cuatro pliegues absurdos que recuerdan la boca del Joker-Jack Nicholson. Aprovecho para decir que esta es una consecuencia muy común en el emblanquecimiento de cráneos: al desecar y hacer puntiagudas a narices de naturaleza carnosa y boniata, al intentar compensar prognatismos con labios ultrafinos, y finalmente al emblanquecer la piel de forma antinatural, se obtienen reconstrucciones que no son feas ni arcaicas sino directamente alienígenas. La imagen de abajo a la derecha es para mí el colmo del cinismo, pues capta a Alex Fort trabajando sobre Tutankamón … ¡rodeado de imágenes del modelo 3D neozelandés! Entendamos que a este señor le han proporcionado la réplica del cráneo del faraón, que sólo tiene que añadir arcilla donde se lo dicen las imágenes de muestra, y luego pintarla del color que le han sugerido. Este señor Fort es un renombrado reconstructor forense, así que no podemos disculparle como torpeza los tremendos cambios que su versión presenta respecto al original. Sencillamente no le dio la gana de seguir el prototipo neozelandés y lo modificó para que fuera perdiendo todos los rasgos que lo acercaban a lo que hoy denominamos socialmente un “negro”. Qué casualidad.

2. 2005. National Geographic o el concurso Miss Tutankamón.

El proyecto de Richard nació con buena voluntad y se desarrolló acertadamente, pero fracasó a la hora de ponerse en divulgación, momento en el que el eurocentrismo dominante dijo aquí estoy yo. Por el contrario, el proyecto que en 2005 organizó la revista National Geographic fue una vergonzosa maquinación racista desde el primer segundo en que se concibió. Hay tanto show barato, tanto trileo y tanto eurocentrismo en este proceso que para dar cuenta de todo habría que dedicarle un extenso monográfico, así que intentaré comprimir la información.

El 11 de mayo de 2005, la revista National Geographic publicó a bombo y platillo que “el primer busto hecho jamás del rey egipcio Tutankhamun” estaba dispuesto a recibir a la prensa. Y vaya que lo estaba. En un par de días no hubo telediario, magazine o programa moderno que no hiciera un alto para alegrarnos con tan trascendental evento. El tono empleado por la revista, repetido miméticamente por los media, pone mucho esmero en ganar la atención del público haciendo gala de lo científico, de lo imparcial, y de lo moderno del proyecto. Para lo científico, repetir que se han seguido técnicas forenses que se sirvieron de unas 1.700 imágenes digitales tomadas con scanner CT en 3-D. Para lo imparcial, remarcar que el estudio ha sido llevado a cabo por forenses, artistas y antropólogos físicos de Egipto, Francia y los Estados Unidos, coordinados por Zahi Hawass, secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto. Se nos asegura que tres equipos independientes entre sí han hecho su propia versión del busto, y que luego se ha escogido la más rigurosa. Para lo moderno y juvenil, decir que las técnicas empleadas no desmerecen a lo que vemos en series televisivas como CSI Miami. En el número de junio del mismo año, NG haría de la reconstrucción su portada.

La noticia y el proyecto que la respalda son un camelo de principio a fin. Como aperitivo, acabamos de ver por Richard y su equipo que este no es en absoluto “el primer busto hecho jamás del rey egipcio Tutankhamun”, título grandilocuente que por lo demás jamás se adjudicaron los británicos. Toda esa imagen de colaboración multidisciplinar, de independencia científica y de concurso a ciegas oculta un desvergonzado tongo que sólo entenderemos si nos extendemos en cada una de las reconstrucciones que se presentaron como candidatas.

La versión francesa.

La reconstrucción de Tutankamón hecha por el equipo francés ganó la competición y fue seleccionada por la National Geographic Society para ser portada de su revista. Al mismo tiempo, National Geographic había escogido y sufragado al equipo francés desde el principio. ¿Sólo yo veo el conflicto de intereses?, ¿cómo puedes presentarte a un concurso del que eres también el árbitro? Y lo que es peor, ¿cómo puedes tener el valor de darle a todo un aire científico y publicitarlo internacionalmente? Después de esto, no debe sorprendernos que casualmente este busto sea el más trabajado de los tres representados, policromado, con vello y ojos de vidrio donde los demás son meros modelos 3d o en escayola, o que, también casualmente, la información relativa a esta reconstrucción triplique a la relativa a las otras dos propuestas juntas. Sólo cabría esperar que, ya que iban de enchufados, se hubiera pedido a los franceses unos mínimos de decencia metodológica. Pero ni eso. Su aberrante producto es el peor de los propuestos, y representa una especie de travesti francés rapado, con todo mi respeto por el colectivo de travestis franceses rapados.

“Las facciones resultaron ser predominantemente de raza blanca, lo que entra en contradicción con la opinión de algunos especialistas según la cual los antiguos egipcios eran africanos de piel negra”. Son palabras nada menos que del director de National Geographic Magazine, Chris Johns, provenientes de la editorial que escribió con motivo de la publicación del busto. Está en completa consonancia con lo que declaró antes Jean-Noël Vignal, antropólogo forense del equipo francés, quien de inmediato identificó el cráneo como “caucasoide”. ¿Por qué tanta prisa por declararlo blanco? Es evidente que ese cráneo no es el de un blanco típico, ni siquiera desde los estándares racistas que tuve la desgracia de tragarme cuando joven y que conozco tan bien: el evidente prognatismo, la nariz demasiado ancha, la ultradolicocefalia (existente aunque no hubiera habido deformaciones), los pómulos altos y marcados, el discreto proceso mastoideo y las proporciones corporales entran dentro del modelo que un día se comprometieron a definir como “negroide”. La verdad es que de caucasoide, y siempre siguiendo sus inútiles, manidos y racistas modelos, sólo tendría las cuencas oculares redondas, el tabique y la espina nasal, así como el mentón, e incluso estos mostrarían valores bajos y ambiguos, “amulatados” si queremos. Entonces, su diagnóstico obedecía a motivos puramente ideológicos y etnocentristas. Pero lo grave, ya lo comentamos, no es andar etiquetando de blanco hasta el cráneo de Kunta-Kinte, pues todo se limitaría a un debate de opiniones, sino las implicaciones que esto tiene para los métodos tradicionales de reconstrucción craneal. Vignal decretó que Tutankamón era “caucasoide” mucho antes de aplicar el primer trozo de arcilla al cráneo, porque sin este diagnóstico previo es incapaz de ponerse manos a la obra. Cuando el forense ignora el cráneo que tiene delante, único e irrepetible, y sólo anda obsesionado por reconstruir un “caucásico” (o un “negroide”) a toda costa, el producto es necesariamente aberrante.

Este Tutankamón caucásico hubo que tener, sobra decirlo, la piel de nácar: “Nunca sabremos a ciencia cierta de qué color era la piel de Tutankamón. ‘Morena o negra, meras suposiciones’, dice Vignal. Nosotros elegimos el color a partir de los tonos de piel de los egipcios modernos, que varían según un amplio espectro. Nuestra recreación de Tutankamón es un ejemplo del poder de la ciencia… y de sus limitaciones”. Son de nuevo palabras del editorial de Chris Johns. Del mismo modo, cuando Vignal pasó su primer busto a la famosísima artista Elisabeth Daynès, esta dijo haber escogido un color de piel “basado en el tono promedio de los egipcios modernos”. No se si hay más desfachatez en contraponer lo negro y moreno como “meras suposiciones” frente a lo blanco como “ciencia”, o en pretender vendernos la pálida piel de su busto como la típica del egipcio actual. ¿Creen acaso que no viajamos o que ni siquiera vemos la tele? Se despedía así Chris Johns en su editorial: “’Un científico no debería tener deseos ni afectos; tan sólo un corazón de piedra’ escribió una vez Charles Darwin. La mayoría de nosotros no somos tan rigurosos, pues abrigamos nuestros propios deseos y afectos”. No hace falta que lo jure.




Arriba y en el centro, imágenes de la propuesta francesa que ha premiado y promocionado National Geographic. ¿Alguien diría que ese es el tipo humano que normalmente encontraría en Egipto? Aunque fuera mujer, del Delta y actual, esa piel tan blanca seguiría siendo excepcional. Ni siquiera es una tez típicamente siciliana, andaluza o cretense. Abajo a la izquierda vemos como he creado un esquema del cráneo de la momia a partir del scanner y la radiografía. A su derecha, superponemos ese cráneo a la silueta del busto francés para comprobar sus incongruencias. Como es patente, para que nariz, frente y cabeza se ajusten es necesario que la boca y el mentón no coincidan en absoluto, y viceversa. La razón de esta manipulación es evitar que se note tanto el prognatismo, tradicional delator de negritud. ¿Recuerdan que al cráneo del “negro propiamente dicho” lo ponían casi mirando al cielo para exacerbar su dentadura saliente? Pues al contrario, aquí han puesto a Tutankamón mirando un poco al suelo (de ahí que parezca estar encogiendo la papada) para que sus grandes y proyectadas paletas aparezcan casi verticales. Finalmente, abajo a la derecha, he representado el Tut francés con la piel que le corresponde según la radiación UV (tipo 2 o chocolate). El resultado sigue siendo poco creíble.

La versión norteamericana.

Comencemos la ronda de perdedores con el equipo de la Universidad de Nueva York dirigido por Susan Antón y Bradley Adams. La particularidad de este proyecto, oportunamente publicitada para añadir sazón y misterio al montaje, era que a estos pobres no les habían dicho la identidad del cráneo a reconstruir. Francamente no me parece muy deportivo que los otros dos equipos sí supieran que trabajaban sobre Tutankamón, pero tampoco creo en la inocente ignorancia de los americanos. Son profesionales con fama y experiencia, hay relativamente pocos cráneos de tiempos prehistóricos y antiguos (al menos tan bien conservados y con esa nuca tan rara), y por supuesto National Geographic no iba a montar este pollo por un anónimo porquero belga del siglo XIV. ¿No querría ese equipo ser el seleccionado y, por tanto, ver publicitada su labor y prestigio? Pues a poco que tiraran de archivo aparecería, entre los cráneos más famosos, las clásicas radiografías que en 1968 y 1978 se hicieron del faraón. Por torpeza, por soberbia, por desgana, o porque realmente es más complicado de cómo yo lo veo, la cosa es que al principio no daban una derechas. Su primera impresión es que estaban ante una mujer, pero imaginen el enorme bochorno que hubiera supuesto (para ellos, para la revista N.G. y para el prestigio general de estos profesionales) si su Tutankamón acababa reconstruído como una bella señorita con trenzas. Por eso, un buen día estos investigadores “a ciegas” rectificaron de golpe para declarar que el individuo era probablemente un norteafricano de entre 18 y 19 años, diagnóstico imposible de creer en un forense norteamericano. Claro que este chispazo de inspiración recibido por divina providencia hace aguas por donde la mires. En primer lugar, ni la sínfisis púbica ni las muelas del juicio pueden dar edades tan precisas (la horquilla ronda los 5 años de margen). En segundo, los forenses yanquis son los menos indicados del planeta para reconocer norteafricanos toda vez que: a) en su país son una minoría ínfima, b) los norteafricanos se parecen mucho a afrolatinos, afroamericanos, árabes y otras minorías que sí están mucho mejor representadas y con las que trabajan mucho más, así que muy probablemente confundirían unos con otros, y c) habría otro grupo de norteafricanos, los más claros, que les resultarían indistinguibles de españoles, italianos y demás euromediterráneos. En definitiva, aquello de “varón, norteafricano, 18-19 años” se lo chivaron desde National Geographic, que siempre jugó con las cartas marcadas. Acabo con este equipo diciendo que Michael Anderson fue el artista modelador, un tipo que se jacta de que “de hecho, después de ver a tantos cráneos durante tanto tiempo, puedes ponerte a casi retratar su cara”. Pero su experiencia no evitó que, como Antón, apostara por que aquello era una mujer. Supongo que salió del error al mismo tiempo que Antón, y bajo la misma asistencia “milagrosa”.

La versión egipcia.

He dejado para el final la hermana pobre de este pretencioso proyecto. Zahi Hawass fue nombrado director del mismo a título honorífico, probablemente porque sin darle algo de coba no firmaría los permisos para volver a manosear la preciada momia. La reconstrucción egipcia también entra en este lote de concesiones a las suspicaces autoridades arqueológicas egipcias, y nunca se le prestó demasiada atención. La revista apenas se extiende sobre este trabajo y en su página web no facilita siquiera fotos de la misma. Pero es posible encontrarlas y, al verlas, añadimos otra razón para que NG las haya escamoteado: es la menos parecida de las tres, y no sólo por la forma de su nariz, o por su mandíbula y mentón más fuertes. A decir del propio Hawass: “en mi opinión como investigador, la reconstrucción egipcia es la que parece más un egipcio, y las francesa y americana tienen más marcada personalidad”. El egipcio, diplomático como el solo. (Apostilla: no tiremos tampoco las campanas al vuelo, los egiptólogos árabes son aún más etnocentristas (¿”árabocentristas”?) que los occidentales, y el tito Zahi nos tiene ya acostumbrados a sus berrinches cada vez que se le insinúa la existencia de faraones negros).




Aquí podemos comprobar por qué la versión egipcia es la menos publicitada, pues coincidiendo con Hawass pienso que es la que mejor representa un egipcio. Por lo demás, no estoy de acuerdo con la manera en que han solucionado algunas de sus facciones o con la atlética corpulencia que adjudican a nuestro enfermizo faraón. La versión americana sólo es un poco mejor que la francesa, con la que coincide en algunos rasgos desafortunados. En la fila inferior les he aplicado un tono de piel chocolate que, a diferencia del francés, les sienta muy bien, sobre todo al busto egipcio.



Finalmente, otra victoria eurocentrista: el faraón tebano y el guiri que lo contempla comparten el mismo color de piel.

viernes, 22 de julio de 2011

Rostros del Pasado 5. Tutankamón. Parte 1

Tras dominar las más básicas técnicas de reconstrucción craneal, y avisados de que los arqueólogos-forenses están infestados de tics racistas, ya es hora de que experimentemos con un caso real. El cráneo que vamos a reconstruir es nada menos que el de Tutankamón, un faraón popular y admirado incluso entre los niños. A primera vista podría parecer que queda algo apartado de nuestros intereses afroibéricos, pero en absoluto es así. En primer lugar, las similitudes de contexto son evidentes: los egipcios son norteafricanos, en parte mediterráneos y, si son faraónicos, abarcan un extenso arco temporal que va desde nuestro “calcolítico” hasta la romanización. En segundo lugar, Tutankamón permite una reconstrucción fiable por su excelente estado de preservación: al haber muerto joven, estar momificado, y no haber sido atacado por saqueadores de tumbas, conserva hasta el menor hueso de su cara. Como tercer motivo, su fama y difusión nos permite disponer de muchas imágenes, tanto de la momia como de sus radiografías y scanners, así que no echaremos tanto de menos una réplica suya en nuestras manos o en entorno 3D. Por si fuera poco, Tutankamón (junto al resto de los egipcios antiguos) está sumido en un agrio debate sobre si podría ser considerado, o no, de “raza negra”. Como consecuencia, el propio proceso de su reconstrucción, o más bien de reconstrucciones, arroja numerosos ejemplos de eurocentrismo aplicado a estas técnicas, esto es, de todo lo que debemos evitar y denunciar.

Contexto geográfico y cronológico

El Antiguo Egipto suele ser considerado como una entelequia más modélica que real, y en cierto modo no podemos negarle esa condición debido a su milenaria existencia y a su marcada idiosincrasia cultural: los egipcios parecen haber sido así desde siempre independientemente de la zona del Nilo que habitaran. Sin embargo, su propio gigantismo geográfico y temporal lleva implícita la capacidad de dividir la historia y cultura egipcias en regiones y períodos. Teniendo en cuenta que entre el Alto Egipto del Imperio Antiguo y el Delta alejandrino existen las mismas distancias crono-espaciales que entre la cultura de Los Millares en Almería y la Ampurias romanizada, ¿es justo imponer un mismo modelo antropológico para todos?

Nebjeperura Tutankamón fue un faraón de la dinastía XVIII que reinó entre 1336 y 1325 aC. Por esas fechas, en Afroiberia andábamos con El Argar y otras expresiones de la cultura del bronce, apuntando ya maneras tartesias. A Roma, por ejemplo, le faltaban entre 8 y 6 siglos más para tener un mínimo protagonismo, mientras que los griegos andaban en su micenismo pre- o proto-griego. En Oriente, los israelitas aún no eran monarquía ni probablemente habían comenzado el éxodo desde Egipto, tampoco los fenicios habían salido de su etapa formativa o ugarítica, y los mesopotámicos, dominados entonces por los asirios, no suponían aún la terrible amenaza en que se convertirán siglos más tarde. Por todo ello, y pese a la delicadeza e incluso modernidad que nos transmite su ajuar funerario, Tutankamón fue un rey antiquísimo, de un Egipto cuyos vecinos vivían mayoritariamente en un estado “prehistórico”. Esto concierne a nuestras técnicas de reconstrucción, pues a más primitivo y a-histórico es un cráneo, más posibilidades hay de que cumpla con la pauta de melanina que impone su región y época. Las grandes invasiones, deportaciones en masa y propagandas racistas que inciden en la selección sexual, sólo podrán aparecer más tarde, en un contexto plenamente histórico y con mayor potencialidad demográfica, tecnológica, bélica, de comunicación, etc. Cerramos el contexto temporal con información climática: completada prácticamente la desertización del Sahara, y habiendo empezado esta por oriente, tenemos la suerte de poder aprovechar el mapa general de la melanina expuesto en la entrada anterior. El caudal del Nilo no sería muy distinto al actual, quizás algo más caudaloso, porque depende principalmente de las lluvias ecuatoriales del curso alto, y estas no se han visto alteradas sustancialmente desde Tutankamón hasta hoy. El mar estaría a un nivel 1.5 o 2m superior al actual, pero al parecer el Delta ha sufrido hundimientos recientes (s.XV-hoy), así que es espinoso reconstruir la línea de costa. Sin embargo, es un hecho que el Delta sería menor y que estaría atravesado por canales y lagunas mucho mayores que los actuales, con un régimen mareal de importantes efectos para las comunicaciones.

Geográficamente hablando, el sur de Egipto es el universo familiar de Tutankamón, sin duda y desde tiempos ancestrales. Pertenecía a la nobleza de los nomos del Alto Egipto, la cual se consideraba portadora de las esencias de su religión, lengua y cultura, es decir, “los verdaderos egipcios”. Y no les faltaba razón. Por sus crónicas y leyendas, luego confirmadas por la arqueología, los egipcios sabían que provenían del sur predinástico, entre el Alto Egipto y Nubia, que la unificación de su reino fue efectuada por Menes (Narmer), un faraón del sur, o que sus cultos y costumbres provenían de Tebas y Cush. Pero sobre todo guardaban memoria de que, cada vez que el reino se volvía a dividir en dos, la disolución siempre había comenzado en el norte mientras que la restauración corría a cargo del sur. El joven Tutankamón se sentiría muy orgulloso de pertenecer a la dinastía que reunificó el reino tras expulsar a los asiáticos hicsos, que ordeñaban el país desde el Delta. Su orgullo no se limitaría ahí, pues la dinastía XVIII proviene directa y consanguíneamente de la XVII, y esta a su vez de la rama tebana de la dinastía XIII, de la XI (que también reunificó las dos coronas), y así hasta los orígenes. El lado negativo de este amor por lo propio es el menosprecio y hostilidad hacia lo ajeno, dirigido en este caso hacia el enemigo hicso, sirio o cananeo. Casticismo, hidalguía, chovinismo, etnocentrismo, llámenle como prefieran, pero ese rasgo de la nobleza tebana los llevaba a un fuerte conservadurismo cultural y adhesión al clero, así como a un fuerte rechazo por todo lo que fuese mestizarse o asimilarse con el próximo-oriental. Por el contrario, esta xenofobia no funcionaba en dirección sur. Los ancestros de Tutankamón habían trabajado duro hasta incorporar al reino parte de Nubia, en calidad de virreinato, sufriendo esta zona una fuerte aculturación egipcia, en gran parte facilitada por las concomitancias ancestrales de ambos pueblos. El éxito de esa empresa quedará demostrado, más allá de lógicas escaramuzas entre vecinos, cuando cinco siglos más tarde esos nubios se sientan tan egipcios como para reconquistar el reino proclamándose descendientes legítimos del faraón (dinastía XXV), contando además con todo el apoyo del clero y el pueblo tebano. El Egipto de Tutankamón mostraba muchas más simpatías por Nubia que por Canaan, Libia, o incluso su propio Delta. Fruto de una buena política de pactos, los harenes reales se llenaron de princesas etíopes, sudarábigas o saharianas, y toda esta sangre con sus oscuros tonos de piel se filtraba finalmente al trono y la realeza.

Color de piel

Como prometí en la entrada anterior, el primer paso en la reconstrucción del rostro de Tutankamón será escoger el tono de piel correcto. Ya comenté que el mapa general nos sirve también para esa época, así que lo adaptamos para que sólo muestre Egipto.


Izquierda: Mapa de pieles para Egipto y sus vecinos. Punto verde: Tebas. Circunferencias: equidistancias respecto a la ciudad de Tebas. Punto negro: Asuán.
Centro: Clinas de piel presentes dentro de las circunferencias. De arriba abajo: Negro (tipo 1): 6.25%. Negro-Chocolate (tipo 1-2): 31.25%. Chocolate (tipo 2): 37.5%. Chocolate-Medio (tipo 2-3): 18.75%. Medio (tipo 3): 6.25%. El tamaño de las cabezas depende de su probabilidad como tono de piel representativo de los habitantes del Alto Egipto.
Derecha: Otra representación de los porcentajes o probabilidades. De cada 16 tebanos, habría 6 chocolate, 5 negro-chocolate, 3 choclate-medio, 1 negro y 1 medio.

De este mapa surgen una serie de interrogantes que espero aclarar. ¿Por qué es Tebas y no Menfis u otro lugar intermedio el centro de nuestro mapa? Sencillamente porque si en lugar de a Tutankamón tuviéramos que reconstruir la momia de uno de aquellos hicsos sirios, o de la medio macedonia Cleopatra, tampoco se me ocurriría reivindicar un supuesto tono de piel universal para egipcios de cualquier tiempo y lugar. ¿Por qué la clina negra y la media tienen igual representación? Podría parecer que los tonos medios merecieran más representatividad, pues están presentes ya en el tercer círculo del mapa mientras que los negros han de esperar al cuarto. Más aún, dentro de ese cuarto círculo hay más regiones de tono medio que de tono negro. Sin embargo, no debemos olvidar ni un instante el verdadero objetivo de este mapa, el cual consiste en indicar donde hay que ser moreno o claro por estricta exigencia medioambiental. En su momento dijimos que por debajo de los 30ºN de latitud los seres humanos necesitan ser oscuros de piel para sobrevivir, aunque más adelante viéramos que dentro de estos “negros” también se daban diversos tonos. Tebas, situada en el paralelo 25ºN, entra completamente en esta categoría, por lo que allí el tipo medio necesitaría adaptarse y oscurecerse más que los negros aclararse. La hostilidad de la época hacia hicsos, sirios y cananeos del norte (de tonos medios) no ayudaría tampoco a la conservación, por selección sexual, de tipos claros. Por último, decir que este mapa es bastante personal e intuitivo. Por ejemplo, no soy experto en medir superficies tan irregulares como las de mi mapa de clinas, así que los porcentajes que atribuyo a cada clina no son exactos. Tampoco son proporcionales los anillos de equidistancia respecto a Tebas, pues he preferido señalar con ellos lugares significativos (Asuán, Sinaí, Creta, Fenicia, Jartum, etc.). En cualquier caso, no hay que tomarse mis clinas al pie de la letra, o sí, pero más como zonas de influencia que como fronteras precisas. Hay que mirar ese mapa de lejos, o entornar los ojos, o aplicarle un desenfoque gaussiano.

Aunque mi estimación no sea exacta, sí es muy aproximada y nada afrocentrista. Como es ya costumbre, cada vez que me ha surgido una duda he intentado a toda costa no barrer para casa, optando por la alternativa que más perjudicaba a mis teorías y más amparaba al eurocentrismo rival. El propio mapa general sobre el que basamos este de Egipto, ya lo dije, estaba descafeinado en aras del fair play, y lo mismo me he cuidado de hacer en este. Por eso, cuando digo que Tutankamón era de piel chocolate o negro-chocolate no hago una propuesta, sino que establezco unos mínimos innegociables.

La Momia


Aquí tenemos la momia de Tutankamón, en fotos, radiografía y escáner. “Tut”, como le llaman los anglosajones, era un joven enclenque de 19 años, con escoliosis, y que cojeaba de una pierna. Teniendo en cuenta que aún pudo haber crecido algo más hasta los 21 años, sus 1,67m lo hacían un varón mediano-alto para la época, por no mencionar que las momias pueden y suelen menguar. A diferencia de otras momias mejor conservadas, que casi parecen dormir, la de nuestro faraón está bastante deteriorada y sus facciones no se intuyen fácilmente. Pero como este proceso degenerativo se ha acelerado mucho tras su descubrimiento, tenemos la suerte de que las fotos más antiguas sí conserven algunos detalles hoy imperceptibles. Además, la dentadura y el cráneo se han conservado muy bien, incluso en zonas usualmente dañadas como la espina nasal, por lo que su reconstrucción puede ser bastante precisa.

Nuestra tarea más inmediata es contemplar largamente estas imágenes, horas si hace falta y estamos dispuestos. Llama la atención la deformación artificial de la parte posterior de su cráneo, algo muy típico entre los que se criaron en el palacio de Amarna. La proporción general de sus miembros nos indica que era longilíneo, es decir, de brazos y piernas largas en relación al tronco, con grandes manos y pies de dedos finos, complexión esbelta, cadera estrecha, cuello espigado, etc. El rostro se caracteriza por un perfil al que no le faltan “complementos” (mentón, prognatismo, espina y tabique nasal), pómulos altos y marcados, nariz ancha, cuencas redondeadas y dientes grandes. Su mandíbula, sin ser masiva, está bien definida, y alrededor de ojos y boca se acumulan bolsas de pellejo que delatan labios carnosos y párpados pesados. Si nos aplicamos a conciencia en este primer paso de observación, no sólo lograremos una imagen mental bastante exacta de la momia sino que, con suerte, recibiremos chispazos de cómo fueron algunos de sus rasgos en vida aún antes de volcarnos en la reconstrucción propiamente dicha.