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domingo, 2 de enero de 2011

Aforiberia social 8. Demografía y organización social en los albores del proto-Estado.

Como avanzamos en la entrada anterior, el IV milenio a.C. trajo importantes modificaciones en el esquema social y productivo de las sociedades afroibéricas. La causa descansa simultáneamente en tres ejes, clima, demografía y tecnología-sociedad, los cuales a su vez interactúan sin cesar, de tal modo que se hace imposible un análisis estanco y ordenado de cada uno de estos elementos. Todo redunda en lo demás, y nada bastó por sí mismo y de una vez para originar el cambio. Por tanto debo pedir excusas adelantadas si este artículo parece por momentos atropellado. También querría resaltar que un milenio es un instante a escala geológica, pero unas 40 generaciones para el humano. Hay expresiones inevitables al hacer divulgación, verbos que resumen pautas desarrolladas durante siglos, sujetos que “deciden”, “reaccionan”, “se adaptan”… Pero sólo podemos aceptarlos simbólicamente, no confundirlos con sucesos novelables, generacionales o testimoniales. El éxito de las estrategias productivas sobre las depredadoras ni se decidió en asamblea ni en batalla, sino que fue imponiéndose de forma casi imperceptible de generación en generación.

Quizás la mejor manera de empezar nuestro análisis sea retomar la situación donde la dejamos. Alrededor del 4.500aC. se produjo el denominado “óptimo climático holocénico”: niveles marinos en su máxima altitud (unos 3m. sobre la cota actual), un clima peninsular casi tropical, y toda la hermosura ecológica que de ello podemos deducir. Los afroibéricos llevaban más de dos milenios explotando despreocupadamente unos recursos que parecían inagotables, lo que los llevó a una lógica explosión demográfica sin tener que alterar sustancialmente su modelo social y tecnológico. Habían estado desarrollando técnicas de producción, pero de forma gradual desde el Pleistoceno y sin ningún tipo de obligación ambiental aparente. Para colmo, la presión demográfica no se hacía notar por el continuo éxodo de población ya fuera hacia el Sahara o, en menor medida, hacia Europa.

El IV milenio a.C. puso fin a este edén afroibérico. La segunda fase Atlántica (4.000-2.300aC.) supuso la retirada del calor y la humedad, primero hasta un estadio muy similar a nuestro actual clima, y finalmente hasta la fase conocida como sub-Boreal, con más frío y aridez que hoy. Esto no tuvo consecuencias dramáticas en nuestras latitudes, pero de nuevo habremos de buscar regiones vecinas donde los cambios sí se produjeron de forma más grave. Durante ese período el Sahara vivió drásticas fluctuaciones climáticas que lo fueron acercando a sus condiciones actuales, y como consecuencia grandes contingentes demográficos huyeron de dicha desertización hacia el Sahel, el Próximo Oriente y las costas del sur europeo, especialmente hacia Afroiberia por el Estrecho de Gibraltar. Es muy interesante notar la diferencia en el comportamiento demográfico del Sahara y Europa respecto a la Península Ibérica. El Norte de África pasó de ser muy habitable a ser inhabitable, por lo que en “poco tiempo” (escala prehistórica) Afroiberia dejó de exportarle nuestro excedente poblacional para pasar a absorber su creciente éxodo. Europa, por el contrario, no había vivido una bonanza climática como la del Sahara, pero tampoco había vuelto a ser inhabitable desde el final de las glaciaciones. Como consecuencia su población era escasa en comparación con Iberia o el fértil Sahara y no fue necesario, ni posible, un éxodo de vuelta a Iberia. También vimos que desde la primera fase del período Atlántico Europa fue demandando menos ibéricos para su repoblación, si bien este flujo no desaparecería totalmente.

Las repercusiones de todo ello fueron enormes para Afroiberia, tanto que entre el 4.000 y el 3.000aC su población se duplicó. Al menos es lo que cabe esperar si la población que podemos denominar “local” pasa a convivir tanto con sus cuantiosos excedentes, que antes emigraban y ya no podían, como con las inagotables oleadas de inmigrantes norteafricanos. Hacía el 3.000aC Afroiberia estuvo poblada por 1.000.000, un millón, de habitantes. Como supongo que habrá cundido el pánico, repasaremos otras cifras demográficas de las que proviene. Defendí 200.000 afroibéricos para el paleolítico, en base a los chimpancés y los actuales cazadores-recolectores, y de ese burro difícilmente se me podrá bajar. Durante los primeros 6.000 años del Holoceno (Producción Sostenible) estimé un discreto aumento de población que se acelera durante la bonanza del clima Atlántico, así que entramos en el 4.000aC con 500-600.000 afroibéricos. Si como sostengo, y más adelante volveré a demostrar, la población se duplicó en mil años, hablar de un millón de almas me parece incluso prudente. Soy muy consciente de que los académicos no se atreven a estimar ni 1500.000 habitantes para la Afroiberia del mismo período, pero la paleo-demografia es una materia en pañales donde nada es aún definitivo. Humildemente diré que mis estimaciones son tan válidas como la de cualquiera, pues he tratado por todos los medios de aportar sin prejuicios los argumentos más sólidos y honestos a mi alcance. Algo que por ejemplo no puede sostener para sí el stablishment académico, con su obsesión evolucionista, su eurocentrismo y su catetura historiográfica. En cualquier caso nuestras diferencias son más relativas de lo que parece.

Entre las pocas obras que hay publicadas sobre este tema destacaremos por su intención divulgativa la de Bardet y Dupaquier (Historia de las Poblaciones de Europa), autores que no se cortan un pelo proponiendo revoluciones demográficas para Europa. En un momento dado defienden que la Francia neolítica triplicó su población respecto al Epipaleolítico. Más adelante dicen textualmente que “hacia 4.000aC la población europea quizá se multiplicase por cinco y alcanzase entre 1,3 y 2 millones de habitantes”, valor este último demasiado bajo por provenir de aquella errónea equiparación demográfica entre paleolíticos y esquimales o bosquimanos. De nuevo quintuplicarán la población europea estableciendo para el año 3.000aC “un mínimo de 10 millones de habitantes, puede que 13 millones”. Partiendo de estos postulados, que yo me limite a duplicar la población afroibérica del mismo período no debería sonar tan extravagante. Por supuesto, estos franceses niegan a los ibéricos toda dignidad y peso demográficos, y en un mapa reparten el grueso de la población entre, sorpresa, el Egeo y el Rin, pero este blog no está para amparar un eurocentrismo tan predecible. Ocupando la Península Ibérica 1/18 de la superficie total europea, disfrutando de un clima tan benigno y siendo puerta a dos continentes y dos mares, nadie podría arrebatarle un millón de los 13 que Bardet y Dupaquier postulan para todo el continente hacia el 3.000aC. Por si fuera poco, los mismos autores estiman que hacia el 2.300aC. la población europea había vuelto a duplicarse alcanzando “entre 20 y 23 millones”. Sirviéndonos de sus leyes demográficas, que no de sus prejuicios, obtendríamos para el 2.300 aC. un balance de 2-2.5 millones para nuestra Península, de los cuales al menos un millón poblarían la muy templada, marítima y bien comunicada Afroiberia. En definitiva sus datos apuntan a que mi millón de afroibéricos no se dio en el 3.000aC. sino en el 2.300aC. Pues vaya contrariedad. Todos estos cálculos demográficos continúan como objeto debate hasta la propia romanización peninsular, pero sus detalles corresponderán a futuras entradas de esta serie.

Una vez demostrado que sí pudieron duplicar en un milenio su población hasta llegar y sobrepasar el millón de afroibéricos, inmediatamente nos vienen a la cabeza las consecuencias para el medio ambiente. Dijimos al principio del post que durante el IV milenio a.C. el cálido y húmedo Atlántico se batía en retirada, pero recordemos que dicho proceso no culminó hasta el 2.300aC. y que se encaminaba hacia la fase sub-Boreal, sólo algo más fresca y seca que la actual. Por sí mismo este cambio climático no justifica el nivel de aridez que se registra en algunos yacimientos afroibéricos de este milenio, y creo que por primera vez en la Prehistoria el origen apunta innegablemente a los humanos. La devastación del medio por parte de una población repentinamente duplicada se convertía además en permanente debido a que el nuevo clima era incapaz de reponer las condiciones biotópicas originales. Por tanto los afroibéricos de esta fase no sólo tenían que repartir entre más habitantes el territorio, sino que importantes partes del mismo comenzaban a ser baldías, o casi, para la obtención de alimentos. Me consta que muchos académicos han decidido “liberar” a aquellos afroibéricos de tanta presión mediante rápidos ajustes demográficos, a cual más truculento. Hacen nacer en este período las guerras y las fronteras, al tiempo que abusan de su querido argumento de reemplazos poblacionales, pues para ellos aquella concentración de humanos sólo pudo desembocar en genocidios. Sólo espero que a través de los capítulos anteriores hayamos entendido que nuestra paranoia territorial y xenófoba es algo moderno que no se nos debe ocurrir aplicar al Pasado Remoto. No digo que no existieran conflictos, o que la situación no los recrudeciera, sino que no podemos basar en ellos la solución a la crisis en la que aquellas sociedades se veían inmersas. Por otra parte, he sido el primero en defender que entre los cazadores-recolectores existía un fuerte control sobre su natalidad, pero este sólo es posible si cuenta con cierto margen de maniobra, algo que bajo las circunstancias investigadas (un escaso milenio, población duplicada, alimentos en recesión) no pudo tener lugar. Dado que los afroibéricos del IV milenio no podían alterar directamente su volumen demográfico mediante guerras o anticonceptivos, y mucho menos detener el cambio climático con danzas rituales, la única solución que les quedaba era cambiar sus hábitos de consumo. Si la madre naturaleza ya no era capaz de proveer alimento de forma natural y para tanta gente, habría que ordeñarla artificialmente y, para lograrlo, todas las estrategias de producción de alimentos que antes fueron anecdóticas y opcionales pasaron a ser tomadas muy en serio.

En aquella época ya había asentamientos estables con sociedades que producían gran parte del alimento que consumían, concentrados en pequeñas aldeas, y algunos desde hacía miles de años. Para entender la importancia que tuvo este IV milenio a.C. de poco servirá entonces certificar nuevas técnicas e inventos, que sin duda los hubo, sino centrarse en dos conceptos: escala y evolucionismo. La diferencia clave respecto al período anterior es que durante la crisis que estudiamos dichos procesos productivos, así como la inevitable sedentarización-concentración, se llevaron a cabo por parte de la mayoría de la población, de forma masiva, sistemática y a menudo colectiva. Se trata de la denominada producción intensiva cuya correcta interpretación necesita que primero nos pongamos a salvo de extremismos evolucionistas. Si preguntamos al gran público “por qué” pasamos de cazadores-recolectores a granjeros, de ahí a ciudadanos, etc., la mayoría responderá: “porque el ser humano evoluciona culturalmente”. Esto lleva inherentemente una gran carga de racismo eurocéntrico, toda vez que el patrón “progreso” se equipara a Occidente y se hace ver todo lo demás como “atrasado” e incluso “animalesco”. Además es rotundamente acientífico defender que el ser humano cumpla un guión prefijado que le empuje a pasar por los mismos estadios culturales y en el mismo orden, independientemente del continente que los vio nacer. Todavía sobreviven unos pocos cazadores-recolectores y productores sostenibles en pleno s.XXI, y no porque sean unos despistados o unos reaccionarios, sino porque hasta hoy no se habían visto obligados a cambiar su modelo de vida. Ningún modelo social o productivo ha supuesto una ventaja global respecto al anterior y si me apuran, teniendo en cuenta el tiempo libre, las relaciones interpersonales, la calidad de los alimentos, etc., casi hemos ido para peor desde los tiempos paleolíticos.

Otra idea que debemos abordar es el de la irreversibilidad. Cuando más adelante analicemos las sociedades estatales veremos que tomamos contacto con dicho modelo desde la fundación de Gadir, pero que hasta la romanización no podemos hablar de “estado” propiamente dicho. También con el Holoceno proliferaron nuevos hábitos y tecnologías que asociamos al “neolítico” pero sólo a partir del 4.000aC podemos hablar de sociedad “intesiva” en lo productivo y “proto-estatal” en lo social. La razón es que Gadir, o Emporion, eran islas de estatalismo en mitad de un universo protoestatal, donde hubiera sido mucho más probable que el conjunto fagocitara tales excepciones que viceversa. Durante la fase de Producción Sostenible (10.000-4.000aC) los “epipaleolíticos” desbordaban a los “meso-neolíticos” en todos los sentidos, tanto que en cualquier momento podrían haber desaparecido dichos ensayos productivos como si jamás hubiesen tenido lugar. En el caso del IV milenio o de la romanización la situación presionó hacia un punto de no retorno aunque, debido a las fechas, en la primera crisis intervinieron mucho más factores ambientales y biológicos, mientras que en la segunda lo cultural fue determinante.

Un modelo mayoritariamente depredador ya no era posible a partir del 4.000aC. Pensemos por ejemplo que el territorio afroibérico repartido entre un millón de habitantes no daría ni para 100 km² de territorio por banda. Si tomamos un mapa y trazamos un cuadrado de 10km de lado con nuestra casa en medio, nos daremos cuenta de las características reales de este “patio de recreo”. El nomadeo es una actividad bastante engorrosa que sólo se justifica cuando hay que explotar diversos puntos “calientes” dentro de un mismo territorio (fuentes, prados con caza, canteras de sílex, etc.). Con el grado de devastación antrópica antes señalado, una superficie de 100 km² difícilmente contaría en este período con más de uno de esos lugares especialmente productivos. Además, un territorio tan pequeño se puede dominar visualmente desde cualquiera de sus extremos, y más si es desde una elevación orográfica. Por puro sentido común, si dejaron de hacer el nómada se tuvieron que asentar y, dado que habría territorios más salobres y ubérrimos que otros, también se concentrarían más en unos asentamientos que en otros. Al final el afroibérico, como tantos, hubo de transigir hacia lo que siempre ha sido nuestra estrategia de supervivencia como especie: aprovechar la fuerza del grupo, mestizarse, inventar ancestros comunes, etc. Siendo tantos, tan concentrados y bajo un entorno en recesión, su única vía de supervivencia fue sistematizar y masificar la productividad. Así, sin necesidad de prohombres, visionarios o inventores de revolucionarias técnicas, pero sobre todo sin remedio, los afroibéricos del IV milenio a.C. se embarcaron en la producción intensiva y el proto-estado de forma irreversible. Los 150.000 habitantes que proponen los académicos no habrían tenido motivo, ni posibilidad, de acometer tan profundas transformaciones. Para la producción intensiva hace falta, y a menudo se olvida, mucha mano de obra y cooperación, además de una tremenda inversión en energías y riesgos.

¿Qué nos dicen los yacimientos arqueológicos? Aunque escueza me importa bien poco, habida cuenta de la incompetencia y el desinterés que campa entre los especialistas. De todos modos puedo decir que los pocos y pobres datos disponibles afirman, o cuanto menos no niegan, los argumentos expuestos arriba. Por ejemplo, es excepcional detectar en los yacimientos una transición de fases progresivas que vayan del neolítico incipiente al intensivo. Es mucho más frecuente encontrar de un lado yacimientos de neolítico sostenible sin continuidad futura, y de otros yacimientos que delatan producción intensiva pero que parecen salidos de la nada. De hecho abunda más la continuidad entre “neolítico final-metales” en un mismo yacimiento que entre “neolítico medio-neolítico final”. Por su parte, el megalitismo afroibérico es un elemento de máximo interés. Cualquiera que consulte las fuentes oficialistas notará que los megalitos son una especie de molestia para los prehistoriadores, especialmente por su indocilidad cronológica: surge a finales del “neolítico” para sobrevivir durante todas las “edades del metal” hasta detenerse en las puertas mismas de la Historia. Sin embargo para mi cronología el megalitismo ocupa exactamente la franja que denomino Producción Intesiva o Proto-Estado, y en ese sentido supone una confirmación a mis hipótesis. Para colmo, se trata de un fenómeno que requiere de un considerable volumen de población para ser llevado a cabo sin perjuicios: si Afroiberia hubiera contado sólo con 150.000 habitantes es muy improbable que el megalitismo hubiera surgido durante el IV milenio.

Despido el post con una idea que me parece tan justo como evocador reivindicar, y que retoma el ataque que antes hice al evolucionismo cultural. Durante el IV milenio a.C. la mayoría de los afroibéricos se vieron obligados a convertirse en productores intensivos, y subrayo lo de “mayoría”. La crisis demográfica y medioambiental exigía un cambio, pero bastó que lo asumiera parte de la población, pongamos un 60%, para que la presión desapareciera. Con ellos convivían por tanto un 40% de la población afroibérica que no necesitó pasarse a la economía de producción intensiva y al proto-Estado. Es más, los procesos de asentamiento y concentración de los productores intensivos liberarían mucho territorio que se pondría a disposición de los demás. Entre estos no podríamos establecer uno, ni diez, modelos de vida. Tengamos en cuenta que incluso los grupos que continuaran siendo depredadores lo serían en un sentido muy laxo del término. Estaban las gentes del litoral, que desde el Paleolítico eran pescadores-recolectores a la vez que sedentarios. Habría además otro tipo de depredadores asentados, es decir, grupos aislados que por vivir en 100 km² de territorio no necesitan recorrerlo como nómadas pero tampoco necesitan producir el alimento. Incluso los que fueran nómadas estarían hasta cierto punto “resabiados”, pues tenían conocimiento y contacto con sociedades productoras y sedentarias (los mbuti de África Central llevan milenios comerciando y mestizándose con los bantúes de su alrededor). Tampoco faltarían productores sostenibles al modo mesolítico, con su poquito de ganado o cultivos y su poquito de caza, pesca y recolección, todo perfectamente equilibrado. Luego estarían los grupos nómadas y tribales, pero absolutamente productores (a menudo también intensivos) en su calidad de ganaderos. Finalmente quiero hacer mención a un conjunto heterodoxo de castas y ocupaciones que parecen haber surgido como conectores de ambos mundos y cuyas funciones a menudo se solapaban: leñadores, carboneros, pastores por cuenta ajena, guías, tramperos, bandidos, yerberos, etc. Lo más fascinante de estos colectivos, aparte de su evidente colorido, es que aunque lógicamente se verían cada vez más acorralados, no hubo motivos para que desaparecieran ni durante la fase protoestatal ni durante las siguientes, pues de hecho algunos pervivieron hasta bien entrados el siglo pasado.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Afroiberia social 7. Demografía y organización social durante el período de Producción Sostenible.

El Holoceno es un mero interglaciar, una etapa muy breve de nuestra macro-historia a la que concedemos demasiada importancia por ser la que nos toca vivir. Además está asociado al concepto de “Revolución Neolítica”, un capítulo supuestamente trepidante del pasado remoto que afectó todas las facetas del ser humano. El paradigma eurocéntrico ha sido sin duda el mayor promotor de ambos conceptos, es decir, de que existe una marcada y repentina barrera climática y sociocultural entre el pasado pleistocénico (“salvajes cavernícolas”) y el holocénico (“ciudadanos granjeros”). Ni que decir tiene que este blog se opone a tal esquema.

Contexto cronológico y climático

Como se vio en mi cronología, descarto los períodos tradicionalmente aceptados para el Holoceno afroibérico y establezco otros que me parecen mucho más razonables. Este post se dedicará a la fase que denomino de Producción Sostenible, más o menos entre el 10.000 y el 4.000aC, lo que vendría a abarcar los denominados “epipaleolítico”, “mesolítico”, “neolítico inicial” y “neolítico medio”. Durante esos 6.000 años (probablemente desde antes) el ser humano va incorporando, muy paulatinamente, estrategias para producir alimentos sobre la base de una fuerte tradición cazadora-recolectora, de forma que permite al entorno regenerarse sin problemas (de ahí lo de “sostenible”). Este período de Producción Sostenible forma junto al de las Sociedades Protoestatales (Neolítico Final, Metales y Protohistoria) el gran período de Producción Pre-estatal (10.000-1.000aC.).

Entre el 10.000 y el 9.500aC. comenzó el Holoceno, período que caracterizamos simplistamente por un clima y geografía idéntico al actual. En realidad el calor y las lluvias habían comenzado bastante antes, como se traduce en las fases Bölling-Alleröd para Europa o en la tendencia hacia la humedad que se constata en el Sahara desde el 12.000 aC. Si estas fases no forman parte del Holoceno es porque eran interrumpidas continuamente por nuevos repuntes sólo un poco más benignos que las glaciaciones o las fases hiperáridas propiamente dichas. El Holoceno no supone entonces el comienzo del calor y las lluvias sino su estabilización hasta nuestros días. Por otro lado no es una fase climática homogénea sino que se divide en períodos y subperíodos, que se traducen de forma muy diferente según la región que estudiemos. Es especialmente importante que nos distanciemos como afroibéricos de una imagen explotada mil veces, difundida por aquellos países con razones para sostenerlo por situarse al norte de los Alpes, y que consiste en dibujar un Pleistoceno gélido, donde sólo hay grandes y peligrosos bichos que echarse a la boca, seguido por un Holoceno increíblemente benigno que supuso un cambio radical en las posibilidades de explotación de los recursos. Los hielos no se apoderaron de las zonas euromediterráneas, y en Afroiberia hablar de glaciares (salvo la ínfima presencia en Sierra Nevada) da risa. Si en la Europa nord-alpina era casi imposible vivir durante las glaciaciones y durante el Holoceno se llegó a vivir bien, en Afroiberia sólo pasamos de vivir bien a vivir mejor.

Producción Sostenible-Fase I (10.000-7.000a.C)

Como acabamos de ver, Afroiberia no fue glacial como Europa ni siquiera en los momentos de mayor extensión de los hielos, pero tampoco tan hiperárida como el Sahara en el mismo período, y por ello vivió una transición hacia el Holoceno muy gradual, casi imperceptible salvo por la decisiva subida del nivel del mar. Si la situación sociocultural y demográfica de los afroibéricos de este período sólo dependiera de su propia región y clima, este apartado habría llegado ya a su fin tras una escueta nota donde se invitara a aplicar aquí lo ya visto para el Pleistoceno en general (que por cierto tuvo sus propios interglaciares u “holocenos”). Sin embargo, lo que ocurría en las regiones vecinas influyó de forma decisiva en nuestra situación, por lo que nos vemos obligados a referirlo aunque sea escuetamente. Europa despertó al Holoceno con la aparición relativamente súbita de unas fases como la Preboreal (9.500-8.500aC.) y la Boreal (8.500-6.800), en general más frías y secas que las actuales pero escandalosamente más cálidas y lluviosas que la anterior etapa glaciar. Esto se tradujo en la desaparición de la mayor parte del hielo glaciar y por tanto en la liberación de vastas zonas continentales, no sólo las anteriormente cubiertas de hielo sino otras limítrofes pero igualmente inhabitables para el humano. La pregunta más evidente que debemos hacernos es cómo se poblaron de humanos dichos territorios recién liberados para la habitabilidad, y la respuesta más plausible es que dichas regiones vírgenes se vieron repobladas por euromediterráneos, principalmente ibéricos. Esta afirmación no es patriotera sino que está fundada en la evidencia climática: las zonas que primero y más extensamente se libraron del hielo en Europa fueron las que bañaba el Atlántico, precisamente las que un ibérico encontraba al migrar hacia el norte. Otros euromediterráneos más orientales, como los de las penínsulas itálica y griega lindaban con una Europa mucho más continental y renuente a abandonar los fríos glaciares. En cualquier caso se trata de penínsulas bastante más pequeñas que Iberia y por tanto con menor población disponible para exportar.

También es muy importante explicar el modo en que dichas migraciones se produjeron, o de lo contrario más de uno se burlará de unos supuestos peregrinos que casi mesiánicamente parten de Tarifa para morir en Bretaña o Dinamarca. Lo que ocurrió es que los pueblos que en el pasado habitaron áreas periglaciares se habían ido mudando continua e imperceptiblemente hacia el norte, unos pocos kilómetros cada temporada, en pos de la caza de grandes mamíferos del frío. Ese había sido su único modo de vida desde hacía decenas de miles de años, así que cuando sus presas migraron al norte huyendo del nuevo clima ellos les siguieron. El territorio que dejaron atrás prácticamente despoblado no estaba precisamente vacío de recursos, sino pleno de otro tipo de alimentos (caza menor, vegetales, pesca) que demandaban estrategias a las que ellos no estaban habituados. Sin embargo, para unos eventuales inmigrantes que procediesen de algo más al sur, aquel biotopo que encontraran sería precisamente el que habían explotado durante miles de años y que probablemente ya echaban de menos en sus lugares de origen. Las poblaciones ibéricas, no digamos las afroibéricas, carecían de esta necesidad de buscar el “paraíso perdido” pues sus regiones natales no habían sufrido ese radical vuelco climático y medioambiental. Su implicación en esta traslación demográfica hacia el norte fue mera cuestión de competencia territorial: si al norte siempre hay territorios con baja densidad de población y al sur se está más apretado, la migración de excedentes demográficos hacia Europa está garantizada.

Por su parte, la Arqueología nos muestra que el nivel de complejidad técnica y social de los euromediterráneos en general no había variado todavía respecto a los del Pleistoceno, o al menos no en un grado significativo. Calificados de epipaleolíticos por la tradición académica, rara vez de mesolíticos, el único cambio al que se vieron abocados fue el del tipo de especies cazadas y recolectadas, el utillaje lítico necesario para llevarlo a cabo, así como unas tímidas trazas de experimentación en el terreno de la domesticación. Las innovaciones son tan discretas y graduales que en muchos casos podemos rastrear su origen en el Paleolítico Superior (otra cosa es que el arqueólogo de turno se atreva a hacerlo).

Si ni el clima afroibérico ni el nivel tecnológico de sus habitantes cambaron sustancialmente entre el Pleistoceno final y el primer Holoceno es muy lógico suponer que tampoco su pauta demográfica se viera alterada. Aún suponiendo que la discreta mejoría en lo climático y el ligero avance en lo tecnológio y social tuvieran como consecuencia cierto aumento demográfico, cabría preguntarse si este podría haber hecho frente a la enorme “demanda” de población que provenía de la Europa recientemente habitable. Todo ello nos obliga a reflexionar en una conclusión tan inesperada como perfectamente racional: que durante este período la población no sólo se mantuviera igual que en el Pleistoceno sino que incluso pudiera haber vivido momentos de claro receso.

Producción Sostenible-Fase II (7.000-4.000a.C)

A partir del año 7.000 se producen una serie de cambios en el clima holocénico, tanto europeo como africano, que alterarán sustancialmente el panorama antes estudiado. Desde el Mediterráneo hacia el norte tenemos la fase Atlántica que a partir del 6.800aC. fue imponiendo un clima aún más cálido y húmedo que el actual. La consecuencia más inmediata es la innegable eclosión de la biomasa, la aparición de vida debajo de cada piedra, “vida” que no es sino otra forma de decir “comida”. El período Atlántico convirtió Afroiberia en un vergel que difícilmente imaginaría un ecologista radical en sus mejores sueños y, por otra parte, el humano carecía aún de los medios tecnológicos y demográficos como para provocar el erial que hoy día son nuestros paisajes. Las lluvias y el calor multiplicaron el caudal de nuestros ríos y convirtieron en selvas lo que antes eran despejadas estepas, por lo que sus consecuencias en la tasa de natalidad y esperanza de vida de los afroibéricos no tardarían de hacerse notar. Aquel ciclo de procreación natural que atribuimos a los pleistocénicos (3-4 hijos) pasaría ahora a ser algo así como un “ciclo de procreación natural optimizado”, es decir, aquel en el que los hijos habidos por cada hembra son 4, no 3, y donde todos sobreviven. Con todo, es irracional defender el colosal “baby boom” que las fuentes canónicas atribuyen a su “neolítico” (no olvidemos que esta fase II abarca ya el neolítico inicial y medio). Y es que los académicos calculan que la implantación definitiva de la producción de alimentos multiplicó nada menos que por 10 o por 20, y en poco tiempo, aquella población original de cazadores recolectores. Bajo este esquema, es lógico que nos echemos a temblar pensando que los 200.000 afroibéricos de mi “paleolítico” tuvieran que sufrir durante el “neolítico” un aumento demográfico que los convirtiera en 2-4 millones de productores incipientes. La fase II de este período de Producción sostenible supuso un aumento de población considerable respecto a su fase I porque este último período se mantuvo en los 200.000 afroibéricos del Paleolítico o acaso algo menos. Es posible que para el 5.000a.C. los afrobiéricos superaran ya el medio millón de almas, pero poco más.

La explicación vuelve a descansar en las regiones colindantes, siendo ahora África la protagonista. En la fase I vimos como Europa recuperaba de los hielos gran parte de su territorio, pero omití deliberadamente que también en el Sahara se estaba produciendo una tendencia hacia la fertilidad. La razón es que su moderada intensidad no merecía aparecer como elemento determinante en nuestra evolución demográfica. Del mismo modo pero en sentido contrario, en esta fase II es Europa la que desaparece de nuestro análisis pues su demanda de población ibérica hubo de disminuir significativamente. Las razones son que Europa ya contaba con cierta población “autóctona” producto de las migraciones anteriores, así como que estaba disfrutando su propia eclosión de feracidad por el clima Atlántico, lo cual le permitió aumentar su población y asumir un mayor control en su devenir demográfico. Dicho de otro modo Europa seguía demandando población, pero menos porque ya podía auto-proporcionársela. El “sangrado demográfico” que sufrieron los afroibéricos durante la primera mitad de la fase Atlántica fue en dirección totalmente opuesta. Del 7.000 al 4.000aC. tiene lugar precisamente el período conocido como Gran Húmedo Sahariano, mágico momento en el que dicho desierto pasó a tener ríos como el Danubio, mares interiores como el Caspio, elefantes, girafas e hipopótamos. Dado que este blog considera Gibraltar un paso al menos tan transitable como los Pirineos, pues da por descontada la navegación desde el Pleistoceno, no veo por qué Afroiberia hubo de ser menos receptiva a la demanda de población proveniente ahora del Sahara a como lo fue antes con respecto a Europa. Habrá aquellos que argumenten que el caso Sahariano es diferente porque pudo atraer no sólo a las poblaciones mediterráneas sino también a las subsaharianas, y no les faltaría razón porque evidentemente Europa no pudo saciarse demográficamente con las mismas dosis de esquimales que de mediterráneos. Pero también deberían comparar la superficie del Sahara con la de la Europa cubierta por las glaciaciones, usando un mapamundi no eurocéntrico como el de la proyección de Meter, para descubrir que la región africana es bastante mayor que la europea. Lo uno por lo otro, deberíamos al menos aplicar un mismo rasero para ambas situaciones.

Este panorama climático y demográfico tiene un fiel reflejo en la Arqueología, la cual acepta como dije un “neolítico inicial” afroibérico a partir del año 6.000aC. Pero dicha fecha ni supone el principio de los experimentos con la producción de alimentos, mucho anteriores, ni tampoco es la fase en que lo agropecuario tuvo un desarrollo definitivo, cosa que ocurrió mucho después. Los académicos dan comienzo a su “neolítico” en ese momento sencillamente porque es cuando aparecen los primeros ítems o fósiles directores de aquello que valoran como “neolítico”: cerámica y especies vegetales o animales domesticadas al modo próximo-oriental. Si lo comparamos con la clásica imagen de los libros divulgativos, este “neolítico inicial” y “medio” es precario, anecdótico y más propio de unos “paleolíticos tuneados”. De hecho este “neolítico” es tal solamente por las ganas que tienen los investigadores de que así lo sea. Publicitan por ejemplo la aparición de cerámica en un yacimiento y le suponen un sedentarismo y una actividad agropecuaria inherente, pero lo cierto es que dicha cerámica pudo estar llena de pescado o de madroños, y por tanto pertenecer a pueblos 100% depredadores. Más aún, se sabe de contenedores cerámicos que sólo se usaban para obtener sal mediante una cocción que solía implicar su destrucción por el propio calor, con lo cual ni siquiera tenemos asegurada una ecuación “cerámica=sedentarismo”. Podríamos hablar también de pueblos ganaderos en absoluto sedentarizados, o cuestionar si para los paupérrimos cultivos de aquella época se precisaban concentaciones humanas superiores a aquellos 300 individuos de las bandas de fisión-fusión paleolíticas. Por su parte la exhuberancia del clima atlántico pudo haber provocado, paradójicamente, el aislamiento de los pueblos del interior debido a los bosques impenetrables plagados de fieras y grupos de salteadores, mientras que la costa, con sus grandes estuarios debidos al caudal de los ríos y al alto nivel del mar, vivía en otro mundo. Son sólo algunos ejemplos de cómo los especialistas ven instalado un “neolítico” que quizás no lo estuvo tanto, pero también solemos encontrar el caso contrario, es decir, que no vean trazas de neolítico que están ante sus narices: semillas y huesos de especies domesticadas sin las metamorfosis propias de las mutaciones próximo-orientales, sociedades ganaderas nómadas más cercanas a lo protoestatal que a lo paleolítico, etc. En definitiva sufrimos un grave retraso en la investigación por subordinaciones difusionistas mal disimuladas, y la única conclusión incuestionable que podemos obtener de esa bruma.es que, en proporciones evidentes pero no exageradas, el clima mejoró, la población aumentó y el afroibérico se hizo más complejo social y tecnológicamente.

Conclusión

El período de Producción Sostenible (10.000-4.000aC.) se caracteriza por un paulatino aumento de la natalidad y de la esperanza de vida que se tradujo en un razonable aumento de la población. Esta supondría hacia el 4.000aC. el triple de lo que estimamos para el Pleistoceno (de 200.000 afroibéricos pasamos a 600.000) pero en ningún caso pudo llegar a multiplicar por 10 o por 20 la población como defienden los oficialistas. La razón principal es que el excedente demográfico fue en buena parte absorbido por Europa y el Norte de África, siendo cada una de estas zonas protagonista en etapas diferentes. Tampoco el discreto nivel cultural y tecnológico que nos describe la Arqueología permite suponer un aumento disparatado de la población, por mucho que la bonanza del clima local nos tiente a pensar lo contrario. En cuanto a los procesos de sedentarización y concentración demográfica, ni fueron inventados entonces (v. pescadores del Pleistoceno), ni precisaron por su simplicidad de un número superior a los 300 habitantes habituales en cualquier banda cazadora-recolectora. Por otra parte, la desaparición de los hielos glaciares provocó un aumento del nivel del mar que necesariamente se tradujo en la pérdida de nuestras masas continentales más cercanas al litoral, cuyos habitantes se vieron desplazados, pero el panorama antes descrito no nos permite interpretar que tuviera efectos dramáticos en la demografía de Afroiberia. Pese a que la zona continental perdida fuera considerable en zonas como Lisboa, Golfo de Cádiz o el Mar Menor, en el resto fue mucho más modesta. En cualquier caso, los habitantes de las antiguas costas no pudieron suponer una presión demográfica insoportable toda vez que el interior padecía tanto de cierta concentración demográfica provocada por la agricultura (la cual dejaba libres muchos de los antiguos territorios de caza) como de un continuo flujo migratorio hacia Europa y el Norte de África. La estrategia psicosocial que denominé “ciclo natural de procreación” se vería optimizada, que no alterada, en el sentido de que a medida que se asentaran las estrategias de producción de alimentos habría menos miedo a ese techo de procreación establecido en 4 hijos, dejando de ser un tabú, aunque no por ello se subvirtiera inmediata y compulsivamente. Sin embargo, es cierto que un cambio dramático estaba a la vuelta de la esquina. ¿Qué ocurrió durante el IV mileno a.C. para que acabáramos definitivamente con este modelo demográfico que nos era consustancial desde antes de constituirnos como especie? Ese es el interesante tema de la próxima entrada de esta serie.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Afroiberia social 6. El ciclo natural de procreación.

Estoy seguro de que muchos habrán recibido los datos de la entrada anterior bajo la siguiente sospecha: “si éramos ya 200.000 afroibéricos en el Pleistoceno, ¿cómo es que no llegamos a ser decenas de millones antes de la romanización?” En cierto modo es normal que nos planteemos este tipo de cuestiones pues vivimos inmersos en una auténtica locura demográfica. Pensemos tan sólo que entre 1900 y 2000 la población mundial se ha multiplicado por 3.7, es decir, casi se ha cuadriplicado. Si este ritmo de crecimiento demográfico hubiera sido el habitual desde siempre, en el año 500d.C. tan sólo poblarían el planeta… ¡18 personas! Aceptando que por supuesto no fue eso lo que ocurrió, debemos reconocer que nuestro presentismo suele llevarnos a exagerar las estimaciones de crecimiento demográfico para el pasado remoto. Y sí, he sido el primero en haber calificado de “plaga” a nuestra especie, pero una plaga crece hasta encontrar su equilibrio con las posibilidades del entorno. Una cosa es proliferar más que el resto de animales, o encontrar recursos donde los demás no alcanzan, o incluso anular a los potenciales predadores, y otra muy distinta es hacerse el harakiri a base de superpoblación. Debemos por tanto asumir que esto de colapsar de hijos el mundo es una moda “reciente” a escala biológica y que, hasta que dicha novedad se impuso, los humanos se sometían a un auténtico control de natalidad, por mucho que nos cueste aceptar tal conducta de unos seres “primitivos”.

El ciclo natural de procreación

Muy sucintamente, podemos establecer tres modos de reproducción básicos a lo largo de nuestro desarrollo como especie. El más antiguo es este que llamo “ciclo natural de procreación”, el cual hemos practicado en todo el globo desde hace millones de años y que fuimos abandonando muy lentamente a partir del Holoceno. Luego vino un segundo modo de reproducción que calificaremos de “productivo” o “masivo”, practicado aún en muchas regiones del planeta, y cuyo rasgo más característico es el elevado número de hijos por familia. Finalmente, ya metidos en el s. XX y circunscritos al mundo occidental (junto a China, aunque por motivos muy distintos), estamos ensayando un tercer modelo reproductivo donde parece imponerse el tener 1 ó 2 hijos por familia. Nuestro problema al investigar la demografía del pasado remoto es que ignoramos por completo las características de aquel ciclo primigenio y natural de procreación ya que, identificados con el tercer modelo, tendemos a pensar que el único “modelo del pasado” ha sido siempre el de los hijos a mansalva, propio de una economía agrícola intensiva. El cometido de esta entrada será describir ese otro tipo de reproducirnos aún más antiguo y de hecho connatural a nuestra especie.

No hay un modo directo para determinar cómo era exactamente el modelo reproductivo original de los humanos prehistóricos pero, de nuevo, su comparación tanto con los chimpancés como con los cazadores-recolectores actuales nos puede dar una idea bastante aproximada. Dado que la media de edad para que una hembra chimpancé tenga su primer hijo ronda los 15 años, y dado que en libertad no suelen vivir más de 40 años, sólo cuentan con 35 años de vida fértil. Como además sus crías precisan educación y cuidados muy prolongados, necesitan unos 5 años entre cada hijo que paren, lo cual nos lleva a la conclusión de que la chimpancé típica suele tener unas 5-6 crías a lo largo de su vida (7 sería un cálculo demasiado optimista, considerando lo complicado de sus ciclos de estro o celo). Por lo que respecta a los actuales cazadores-recolectores, los datos no son menos sorprendentes. Por ejemplo, mientras las chicas estadounidenses tienen la menarquia (primera regla) a los 12 años como media, las cazadoras-recolectoras actuales la tienen mucho después (las !Kung del Kalahari presentan una media de 17años). La menopausia también les aparece antes, hacia los 35 años, con lo cual su vida reproductiva real es de unos 20 años. Además hay que tener en cuenta la amenorrea, es decir, la esterilidad temporal mientras se da el pecho al hijo, que aún aparece para sorpresa de algunas mamis occidentales de forma residual y durante semanas o meses, pero que a las mentadas khoi-san les dura más de 4 años. Como el cuidado del pequeño no se limita a la lactancia, como un niño de cuatro añitos es aún lento y torpe para dejarlo a su aire (mucho más que una cría de chimpancé), y como en cualquier caso hay que considerar los nueves meses esperando el hermanito, la distancia entre un hijo y el siguiente no suele ser menor de los 5 años. No debe entonces sorprendernos que una cazadora-recolectora actual tenga una media de 3-4 hijos a lo largo de toda su vida. Teniendo en cuenta que estas pautas reproductivas son casi idénticas a las que acabamos de analizar en el chimpancé, propongo que suscribamos para el cazador-recolector prehistórico todo lo que acabamos de ver en su homólogo contemporáneo.

Aparte de estos fuertes condicionamientos de orden fisiológico (menarquia, amenorrea y menopausia), es muy importante tener en cuenta otros de tipo psico-social. Nuestros antepasados del Pleistoceno y del primer Holoceno sencillamente no podían imaginar otro modo de procrear que no fuera el practicado desde hace muchos millones de años, aún antes de aparecer como género biológico. Para hacernos una idea de la barrera conceptual que supondría hemos de equipararlo al incesto. También copulando con hijas, hermanas, tías, o incluso con la madre, un varón tiene más posibilidades de perpetuar sus genes pero, dada la contrapartida de un evidente empobrecimiento genético, es algo que no nos permitimos normalmente desde antes de ser Homo Sapiens. Del mismo modo, cargar con más de cuatro hijos a nuestras hembras era una posibilidad, pero suponía unas dificultades y desventajas que acabó por convertirlo en tabú, una práctica tan inusual y reprobada como acostarse madre e hijo. Este tope situado en los cuatro hijos, y sobre todo el modo de prorratear sus nacimientos, viene corroborado, aunque secundariamente, por el propio estilo nómada de los cazadores-recolectores, pues resulta muy engorroso acometer caminatas maratonianas en pos de alimento con un lactante en brazos de la madre, un crío de dos años a hombros del padre, y un par de zagales de menos de diez años quejándose continuamente de cansancio. Y con tantos niños, tan seguidos y provenientes de todos los miembros fértiles de la banda, no hay “teoría de la guardería en el campamento base” que valga. No importa cuán ventajosas fueran las condiciones ambientales y de recursos que les rodeaban, incluso si estas les hubieran permitido centuplicar su población aquellos padres prehistóricos ni sabían, ni podían, ni se permitían concebir más de 3 ó 4 hijos.

¿Qué consecuencias demográficas tiene este ciclo natural de procreación? Mi opinión es que con 3-4 hijos nuestros ancestros practicaban como norma la denominada “fecundidad de reemplazo”, es decir, la mínima para que el número de población se mantuviera en el tiempo con ligeras subidas y bajadas. Por ahí se repite mucho que con 2,1 hijos ya se tiene asegurada dicha estabilidad demográfica, lo cual puede parecer muy coherente: dos individuos que engendran otros dos (más una decimita por si acaso) aseguran que la población ni crezca ni mengüe. Bajo esa lógica nuestros 3-4 hijos por pareja provocarían que la población aumentara 1,5 o 2 veces con cada nueva generación, pero no es eso lo que vemos que ocurra ni con los chimpancés ni con los modernos cazadores-recolectores. La razón es que el índice de natalidad necesita matizarse no sólo con el índice de mortalidad infantil sino con la mortalidad de todos los hijos que no hayan alcanzado la madurez reproductiva. Dicho de otro modo, de cara a un estudio a largo plazo del crecimiento demográfico sólo cuentan los hijos que te hacen abuelo. El crecimiento, estabilidad o mengua en la población de los cazadores-recolectores prehistóricos no dependía por tanto del número de hijos que tenían, irremediablemente limitado a 3 ó 4, sino que estaba condicionado por la pérdida de dichos hijos. A este respecto hay que recordar que los cazadores-recolectores se caracterizan por bajos niveles sanitarios y considerables niveles de siniestralidad (comparados con el occidente actual), que harían poco probable que todos los hijos de unos padres sobrevivieran hasta hacerlos abuelos. Por todo ello, entre los cazadores-recolectores actuales y prehistóricos, 3-4 hijos han supuesto la cifra perfecta para mantener estable su volumen de población. Hoy sin embargo basta 1 hijo y pico para que los occidentales mantengamos nuestro número, porque los avances tecnológicos y médicos, la ausencia de riesgos y la superpoblación acumulada son nuestros condicionantes. En las antípodas, durante la Edad Media las epidemias y guerras arrojaban un balance de mortalidad sub-adulta mucho más siniestro que durante la propia Prehistoria, de tal modo que sólo a partir de los 6-7 hijos estaba asegurada la supervivencia genética de los padres.

Pero también pueden producirse como dije ligeros aumentos y descensos demográficos. Jamás he pretendido defender que desde los primeros habilis-erectus que arribaron a las costas andaluzas hasta las mismas puertas del “neolítico” el número de habitantes de Afroiberia haya permanecido invariable. Abarcando miles de años y tratando algo tan sensible como es la demografía, una diferencia tan pequeña como la que existe entre una media de 1,8 o de 2,2 hijos supervivientes puede suponer que la población se duplique o se reduzca a la mitad. Como vemos, entre ambas cifras ni tiene que haber un cambio ostensible en las oportunidades para sobrevivir ni, por supuesto, en los hábitos reproductivos. Se trata por tanto de una “estabilidad dinámica” aunque suene contradictorio, una sucesión durante cientos de miles de años de períodos de crecimiento y mengua demográfica que probablemente nunca se alejaban demasiado de los valores medios.

El caso de Afroiberia

Acabamos de ver la preponderancia del factor tiempo para nuestros cálculos demográficos pero, tratándose de la infancia del género humano, el elemento geográfico es al menos igual de importante. Nuestro planeta estuvo despoblado de seres humanos hasta el grado Homo ergaster, del que se dice que fue el primero en salir de la cuna africana. Por tanto debemos distinguir entre grupos humanos que vivían rodeados por otros humanos, de aquellos otros más pioneros que se encontraban rodeados de tierras vírgenes o casi despobladas. A su vez, hemos de diferenciar entre los humanos que vivían en condiciones climáticas, de recursos, etc. óptimas, de aquellos que las pasaban canutas. Ambos distingos nos ayudan a establecer diferentes ratios demográficas, siendo los habitantes de zonas pingües rodeados de tierras vírgenes igualmente generosas los de más alto crecimiento demográfico, y aquellos que las pasaban canutas rodeados de otros humanos igualmente carentes los de menor peso poblacional. Me parece tan obvio que argumentarlo más es perder el tiempo. La cuestión es que Afroiberia cumple con los requisitos de las regiones como mayor crecimiento demográfico, tanto a nivel de recursos, como climático, como por su perfecto equilibrio de conexión-aislamiento respecto a África, como por ser puerta hacia una Europa aún inexplorada.

Vemos entonces que los afroibéricos del Pleistoceno tenían la posibilidad de conservar vivos y fértiles a 3 o incluso a sus 4 hijos, pero eso no significa que lo hicieran. Los cazadores-recolectores actuales nos dan una y otra vez lecciones de la búsqueda del bienestar a través del equilibrio, tanto en el consumo de riquezas naturales como en el de sus tasas de natalidad. Por ejemplo, está absolutamente documentado por los antropólogos que, aún siendo posible la perpetuación de toda la descendencia, si esto va a provocar carestía en los recursos, estrechez en el territorio o cualquier otro tipo de conflicto serio, los cazadores-recolectores no tienen problemas morales para usar anticonceptivos de tipo natural, para abortar e incluso para cometer infanticidio selectivo si las circunstancias determinan que es mejor sacrificar a los neonatos varones, a las hembras o a ambos. Así, según las necesidades y posibilidades de cada circunstancia, la población afroibérica pudo crecer o mantenerse estable.

Imagino que los hombres de Orce presentarían una menor densidad y población total, por razones obvias (acababan de llegar a tierras vírgenes) y no tanto (pervivencia parcial del estro, menor competitividad en la pirámide alimenticia, etc.) Pero poco tardó el ser humano en remontar esta desventaja, pues asegurando la supervivencia de 3 de esos 4 hijos ya tendríamos garantizada una lenta pero inexorable expansión demográfica que alcanzara la cifra de 200.000 habitantes que propongo en medio millón de años. Alcanzada esa cifra se obtiene un balance perfecto entre región y habitantes, una distribución territorial tan holgada como para no competir con otros pero tan compacta como para permitir una fluida vecindad, necesaria para el intercambio genético y tecnológico. Resulta tentador adjudicar a los erectinos afroibéricos tan sólo 100.000 habitantes, a los proto-sapiens 150.000 y a los modernos los 200.000 de mi tesis, pero sería caer en evolucionismo barato. Desde ergaster manejamos fuego, útiles tallados, lenguaje articulado, etc. de tal modo que no hay forma de afirmar que estuviera menos preparado que nosotros para triunfar demográficamente en Afroiberia. Si el Homo arribó en nuestras costas hace unos 2 millones de años, es muy plausible que hace 1 millón de años ya hubiera 200.000 afroibéricos de la/s especie/s que fuera/n.

Finalmente habría que hacer referencia al clima, el cual actúa de un modo que me parece muy curioso. Cuando en Europa hay glaciaciones Afroiberia se convierte en un refugio para muchas especies animales, incluida la humana, que huyen del hielo. Parecería por tanto que la densidad demográfica afroibérica se dispararía en esas etapas, pero el propio frío también reducía las posibilidades de recursos de Afroiberia lo que, sumado a los mencionados controles de natalidad, hacía que en “poco” tiempo la población volviese a sus valores típicos de 200.000 habitantes. Por el contrario, con la llegada de los interglaciares Afroiberia se conviertía en un auténtico vergel, y de nuevo nos sentimos inclinados a suponerle un boom demográfico. Pero olvidamos que este crecimiento, más que probable, se veía equilibrado por la pérdida de población que emigraba a las nuevas tierras europeas recientemente liberadas de hielos. En la próxima entrada de esta serie nos dedicaremos más a fondo a esta última cuestión, pues trata del Holoceno, que no es más que el último interglacial. Además, intentaremos corregir a aquellos que habiendo adquirido un conocimiento teórico de este “ciclo natural de procreación” (porque no es desconocido por los especialistas), se mantienen en el error, por prejuicios evolucionistas y manías clasificatorias, de creer que tan pronto comenzamos a ensayar con la producción de alimentos, el ser humano se dedicó de pleno al segundo modelo reproductivo, aquel de los hijos a tropel y que ellos vienen a denominar “neolítico”.

martes, 31 de agosto de 2010

Afroiberia social 5. Estimaciones demográficas para el Pleistoceno y Holoceno inicial.

A lo largo del blog he repetido varias veces que para mí la sociedad es “el modo de administrar muchedumbres”. Mucho más que el patrón de asentamiento, la actividad productiva o el tipo de autoridad que los guía, lo que realmente determina que una sociedad sea radicalmente distinta de otra es el número de habitantes que la componen. Por eso me parece lógico que, antes de aventurar hipótesis en torno a las posibles estructuras sociales que se dieron en nuestro pasado remoto, deberíamos ponernos al día sobre la evolución demográfica en Afroiberia durante esos períodos. Es sin embargo sorprendente el escaso número de estudios publicados sobre el tema, y más aún si los comparamos con las elaboradísimas teorías y los ardorosos debates que sobre los tipos de sociedades prehistóricas se publican a cada momento. Nuestros arqueólogos pretenden entonces hacer (paleo)sociología de espaldas a la demografía, algo aberrante para el resto de las llamadas ciencias sociales, y lógicamente sus resultados son cuanto menos desatinados y caprichosos, aunque también malintencionados. Porque este vivir ajeno a las cifras permite a los académicos inventar, o negar, cualquier sociedad que les plazca para cualquier periodo que necesiten según sus intereses eurocéntricos, presentistas, etc., pero también según sus más bajas miserias profesionales. Así, como su tendencia a la vagancia y su miedo a los descubrimientos comprometedores les llevan a no prospectar ni el 0.5% de lo arqueológicamente aprovechable, les conviene defender unos cálculos demográficos insultantemente bajos. Como ya vimos, este positivismo arqueológico (“si no lo he excavado no existe”) les ha llevado a límites tan disparatados como afirmar un vacío poblacional a determinadas regiones y etapas de la Península. Palmario es el caso del Bronce andaluz (no argárico), donde la total desidia por excavar era defendida alegremente con uno de esos supuestos vacíos poblacionales… hasta que fortuitamente salieron la luz decenas de yacimientos de ese período. Otro caso típico de positivismo es el de los estudios que aventuran redes y jerarquías entre los asentamientos de una región, cuyos autores suelen tener tanta prisa por imponer su paradigma que fingen ignorar que los yacimientos con los que juegan no supondrán ni el 20% de los que dentro de una década se habrán descubierto. Por último es necesario añadir que el mentado eurocentrismo, el complejo de “tío tom” que tienen tantos especialistas nacionales, les obliga a mostrarnos un pasado ibérico casi despoblado, y por tanto incivilizado de necesidad, a la espera de que fenicios, celtas o romanos impusieran aquí sus dichosos “reemplazos poblacionales” para generar sociedades como dios manda.
Chimpancés y esquimales
En el post Afroiberia Social 3 debía determinar el número de componentes de cada banda de cazadores-recolectores, y mi estrategia fue recurrir a los chimpancés: si ellos forman grupos de hasta 150-200 individuos, es incuestionable que los humanos siempre fuimos capaces de formar grupos mayores. Las evidentes ventajas que sobre nuestros primos mostramos en lo tecnológico, lo identitario o lo simbólico me permitieron elevar a 300 individuos la banda típica de cazadores-recolectores prehistóricos, desde al menos H. Ergaster hasta bien entrados el Holoceno. Mi hipótesis era totalmente opuesta a la que se sostiene desde los departamentos, donde incluso autores jóvenes considerados heterodoxos como J. Ramos estiman “grupos locales de 15 a 75 personas, formados por una o dos familias extendidas”. De hecho, y como dije en aquella entrada, la literatura oficialista sólo acepta identidades locales (“poblados”) de 300 individuos, y en nuestra Península, a partir del III milenio a.C.
Cuando me vi en la tesitura de calcular cuántos de esos cazadores-recolectores había en la Afroiberia prehistórica volví a acordarme de mis queridos chimpancés: ¿podrían ayudarme también ahora? El primer paso en mi estrategia ha sido investigar la densidad de población chimpancé en los tramos de selva y sabana donde habitan: del mismo modo que nuestras bandas de cazadores-recolectores eran mayores que las suyas actuales, es lógico que también nuestra densidad de población fuera mayor. Para obtener resultados no son necesarios grandes alardes intelectuales, basta picar en google “chimpanzee population km” y entre los primeros resultados aparecerá una página conservacionista con valiosos datos y una bibliografía rigurosa. Allí nos dan varias densidades de población chimpancé en distintos puntos de África y, tras hacer medias de las cifras, y media a su vez de esas medias, podemos decir que la densidad de población chimpancé en entornos medianamente propicios es de 1,226 individuos por kilómetro cuadrado, si bien la cifra puede subir a 2,74 i/km², o bajar hasta 0,29i/km².
El siguiente paso era calcular la superficie total de Afroiberia, lo cual no es tan fácil como suena por estar compuesta de partes de países, de regiones y hasta de provincias. Se pueden establecer muchos tipos de cálculos, pero en general podemos decir que su superficie no baja de los 160.000 km². El tercer proceso es simplemente calcular cuantos habitantes caben en esos 160.000 km² bajo la ratio chimpancé de 1,226 i/km². Por supuesto no me he vuelto loco. Se que para el caso chimpancé muchos etólogos pueden replicarme que es una especie animal que necesita biotopos que no se dan por igual en toda Afroiberia, y que por tanto mi cálculo sería desproporcionado: “En Afroiberia podría haber, sí, colonias de chimpancés con esa densidad de población, pero no ocuparían sino una pequeña parte de dicho territorio”. La cuestión es que yo me valgo de la densidad demográfica de los chimpancés pero para aplicarla a las sucesivas especies de Homo, las cuales en absoluto padecen dichas barreras climáticas, dietéticas y etológicas, para los cuales la presión de los predadores ha desaparecido virtualmente gracias al fuego y la tecnología lítica, etc. Afroiberia es una región tan fértil y templada que dudo incluso que los chimpancés tuvieran tantos problemas para poblarla de cabo a rabo, así que no digamos si los sustituimos por esa plaga que siempre hemos representado los humanos. Liberados de complejos, seguimos al fin con nuestras cuentas de la vieja hasta obtener una población total de cazadores-recolectores afroibéricos y prehistóricos de nada menos que 196.000 habitantes, redondeados a 200.000h. por aquello de la nemotecnia. Lo cierto es que hay que pellizcarse para comprobar que no estamos soñando, ya que es frecuente encontrar publicadas barbaridades como que la población humana en toda la Península durante el Paleolítico Superior no superaría los 5.000 habitantes, de los cuales supongo que a Afroiberia no le conceden ni 2.000. Entre 2.000 habitantes y 200.000 media un mundo… ¡Incluso durante la edad de los metales se resisten a estimarle a Iberia más de medio millón de almas, y yo vengo con 200.000 paleolíticos sólo para su tercio sur!
¿Cómo explicar esta diferencia tan atroz en los cálculos? Por lo que me toca reviso mis notas y no sólo las reafirmo sino que incluso descubro haber dado siempre estimaciones a la baja: unas densidades propias de chimpancé, no de humano, y una superficie afroibérica calculada muy modestamente. Por el lado opuesto, los cálculos oficiales son debidos a que los especialistas se han dedicado (en parte con buena intención y en parte porque justificaba como vimos su pereza) a los estudios de “etnología comparada”. Según ellos, el mejor referente para comparar con aquellas sociedades paleolíticas son los cazadores recolectores contemporáneos. Parece que no caen en la cuenta que sus esquimales, sus koisánidas o sus amazónicos actuales son poblaciones relictas, acorraladas por la voraz civilización a entornos muy hostiles, aislados y extremos. Por tanto sus densidades de población, viviendo en bloques de nieve, ardientes desiertos o selvas infranqueables, son necesariamente bajas, desde lo razonable (0,83h/km², pigmeos mbuti) a lo más exagerado (0,015 h/km², tulaqmiut de Alaska). Debemos sin embargo suponer que, cuando todo el planeta era cazador-recolector, en las zonas con valles fértiles y costas de clima templado (Afroiberia entre ellas) la densidad de población humana hubo de ser bastante superior. Por sentido común me resisto a pensar que aquella Afroiberia pleistocénica, refugio paradisíaco para todo aquel que huyera de las glaciaciones, tuviera una densidad de población como la que hoy presentan el Desierto de Namibia o los glaciares de Terranova. En un alarde negociador podría bajar mi estimación a la mitad, 100.000h., lo que supondría una densidad de población de 0,6 h/km², menos que los pigmeos mbuti y la mitad de la de los chimpancés. Pero incluso claudicando hasta esos extremos, los 2.000 afroibéricos paleolíticos que estiman los académicos, (0,01 h/km²), representan un escandaloso e infinito abismo que sólo desde el bando contrario pueden solucionar.
Ejercicio de visualización
Los que me leen a menudo saben que me gusta mucho proponer “experimentos caseros”, porque no sólo suponen un aprendizaje más entretenido, sino porque a veces son la única forma de hacernos percibir el Pasado Remoto más allá de lo meramente conceptual. De nada me sirve que el que consulte este artículo pase incómodo por tanto número hasta acabar borracho. El experimento o aplicación de hoy consistirá en intentar ver estos 200.000 afroibéricos a vista de pájaro y cómo podrían distribuirse por nuestras tierras. Es normal que mi propuesta demográfica provoque agobio, porque de lo que se trata es de embutir 200.000 tipos donde antes campaban a sus anchas (¡y tan anchas!) sólo 2.000. Tenemos la sensación de que andarían todos encima de los demás, chocando continuamente en sus excursiones, arrebatándose mutuamente el alimento y por consiguiente viviendo en una continua lucha y hambruna. En muchos sentidos esa sensación me beneficia porque pone de relieve la importancia de la demografía en la aparición y desarrollo de las distintas sociedades: instintivamente sabemos que cuantos más seamos más coordinación necesitaremos para no sucumbir al caos destructivo. Sin embargo, vamos a demostrar muy tranquilamente que tal inquietud es infundada, que había sitio para 200.000 habitantes, o para 200.000 más, viviendo una holgada y libre existencia de cazador-recolector.
Lo primero que tenemos que hacer es aprender a contar como las gallinas. Dicen que estas aves no saben contar más allá del 3, pero que se las componen con mucha habilidad para controlar sus polluelos, formando con ellos grupos de tres o de menos integrantes (los dos blancos, los tres amarillos, el de la mota negra, etc.). Del mismo modo, yo no se que suponen 200.000 personas así a bote pronto. Necesito convertirlo en unidades menores, y nada mejor que utilizar los 300 individuos que ya estimamos para cada banda pleistocénica. 200.000 habitantes se convierten en 667 de esas bandas o, dicho de otro modo, por Afroiberia merodeaban durante el Paleolítico una media de 650 bandas de cazadores recolectores, de unos 300 individuos cada una. Podemos asimismo desglosar visualmente la propia banda local, estimándola como unas 50 familias nucleares con un promedio de 6 individuos cada una (papá, mamá, tres hijos y un abuelo). Con cálculos igualmente sencillos podemos también estimar que a cada una de estas 650-667 bandas locales le correspondía un territorio nuclear de unos 530km², el equivalente a un cuadrado de 23km de lado (algo que sin pretenderlo coincide con aquellos “foragers” de Bindford). Pero tanto la etología como la etnología nos demuestran además que el territorio real de un cazador-recolector es mucho más amplio, porque todos los grupos se solapan con los demás y se someten a un consecutivo intercambio de territorios en su nomadeo. Sólo con extender ese cuadrado 7km en cada lado, ya obtendrían un territorio (parcialmente compartido) de 900km².
La cantidad de población no es un problema en sí sino que depende de los recursos, y por tanto habrá que preguntarse si Afroiberia era capaz de soportar tanta demanda de alimentos. Afortunadamente no es lo mismo que intentemos calcular si los 160.000km² afroibéricos podían alimentar a 200.000 personas, que hacer uso de los datos anteriores y calcular si un cuadrado de 23km de lado puede proveer alimento a 50 familias. Llegados a este punto, cada cuál debería escoger la comarca a la que pertenezca para comprobar sobre un mapa que le sea familiar qué supone ese territorio de 530km² del que disfrutaría cualquier banda afroibérica. En mi caso me siento familiarizado con Cádiz, Granada y Málaga, así que sobre ellas facilitaré, para los más vagos, las puntas de algunos posibles “cuadrados”
- Cádiz-Jerez-Trebujena-Chipiona.
- Granada-Láchar-Agrón-Padul.
- Málaga-Álora-Coín-Mijas Costa.
Mi percepción es que con esa superficie pueden alimentarse cincuenta familias perfectamente bien cada día. Tengamos en cuenta lo que tantas veces repito, que no éramos héroes sino omnívoros oportunistas, lo cual nos daba unas posibilidades alimenticias ilimitadas. No íbamos todos en manada buscando al mamut o al reno, eso lo dejamos para otras latitudes o, mejor aún, para las películas. Parémonos a pensar cuántos alimentos silvestres y sencillos se consumen todavía en los entornos rurales: caza de conejos, perdices, y pajarillos, recolección de espárragos, setas, palmitos, tagarninas, almencinas, madroños, bellotas, huevos, miel, etc. Sumemos ahora todo aquello que ahora tenemos privado de la mesa por tabúes culturales: lagartos y serpientes, ratas y ardillas, bulbos y raíces, lombrices y escarabajos, todo un universo dietético que hoy nos costaría reconocer como tal. Claro que también se daba caza al cochino, al caballo o al ciervo, y en épocas anteriores también al hipopótamo e incluso al mastodonte, pero ni por asomo suponían la base de la dieta. Lo que realmente tenemos son 50 familias por banda, lo cual nunca supondría más de 70 cazadores efectivos ante un bicho peligroso (contando los 50 machos adultos y 20 más entre mujeres, niños y ancianos). Francamente no me parece una cifra suficiente para tomar riesgos innecesarios cuando encuentras la misma cantidad de proteína con sólo levantar una piedra. Estas bandas de cazadores-recolectores, y las que aún sobreviven, obedecían como las de los chimpancés al denominado patrón de “fisión-fusión”, donde el grupo se reorganiza cada vez que afronta nuevos retos, sea a diario o durante temporadas más extensas. 50 familias cuyos integrantes se separaban temporalmente para establecer relaciones con otros miembros de la banda bajo la excusa de ir a por alcaparras o a coger pájaros con red. Cada “comando” volvía de su misión con parte del botín para compartir, con lo cual todos se beneficiaban de las actividades del resto y podían recibir sin esfuerzo una alimentación muy variada. Otros se quedarían en el campamento base protegiendo a niños, enfermos y ancianos, y sólo por eso también merecerían parte de lo cazado o recolectado por las diferentes partidas. En definitiva, 530km² de Afroiberia daban para alimentar de sobra a aquellas 300 personas.
Por si no lo han notado, he evitado hablar de las costas hasta este momento. El mar supone una fuente de alimentos sin parangón en el interior continental, a la vez que una bendición para las comunicaciones humanas. Por eso todos los demógrafos coinciden en que las zonas costeras son siempre las más pobladas, da igual el tipo de sociedad o el grado cultural-histórico que se trate. En el tiempo de los cazadores recolectores afroibéricos hubo más en la costa que en interior, y en el tiempo de los bético-romanos hubo también más en la costa que en el interior. Lo mismo puede decirse de las zonas de clima benigno respecto a las rigurosas, o de las zonas regadas por caudalosos ríos respecto a las que no lo están. Afroiberia reúne esas tres condiciones favorables para que su densidad de población fuera alta. Dejando de momento el asunto de los ríos, porque podríamos entrar en controversias geo-climáticas, parece evidente que, sea con los niveles eustáticos más arriba o más abajo, Afroiberia siempre ha sido una región eminentemente marítima: actualmente contamos con no menos de 1.500km de costas. La riqueza que el mar proporciona es tanta que, cuando un grupo humano se dedica a explotarlo, su espacio vital deja de necesitar superficie, abandonando el interior continental casi en su totalidad para centrarse en las playas, y esta es otra ley recurrente que conocen de sobra los antropólogos. Cuando antes establecí un “cuadrado” para ciertas zonas de Málaga o Cádiz mentí temporalmente: en una zona de explotación costera estas bandas no habrían organizado su territorio de esa manera. En realidad (cojan si quieren el Google Earth) con unos escasos 300m. lineales de playa hay alimento de sobra para una familia de 6 miembros. Para comprenderlo habrá que refrescar algunos datos sobre las condiciones bio-climáticas y tecnológicas de aquella época respecto al mar, asunto que está bochornosamente minimizado. En lo que respecta a la pesca, los yacimientos muestran, ya sea como restos de comida o como adornos, multitud de huesos de grandes peces que tuvieron que ser necesariamente capturados mediante embarcaciones de bajura, lo cual no debería causar sorpresa en un blog que tanto reivindica la llegada humana vía Gibraltar. Si nos referimos al marisqueo, nuestra actual situación ecológica nos impide imaginar los infinitos racimos de lapas y mejillones que, con más de un palmo de valva, aparecían en cualquier roqueo afroibérico de la época. Y finalmente hay que volver a aquellos alimentos que hoy nos negamos a reconocer como tales (algas, pepinos de mar, huevos de gaviotas y garzas, etc.) o que simplemente no nos esperamos para estas latitudes (focas, cetáceos varados en la playa, “pingüinos” alca, etc.), por no hablar de la sal (auténtico oro blanco para la conservación de alimentos) y su más que posible intercambio con bandas del interior. Por todo lo dicho, y considerando que aquellas familias vivían en régimen de banda solidaria y no en plan “a cada uno su caleta”, podemos convenir un territorio de 15km de playa por banda costera, con no más de 5km tierra adentro. Esto supone que sus territorios se limitaban a unos 75km², siete veces más pequeños que los de interior con sus 530km². Por si fuera poco, dados nuestros 1.500km. de costas totales habría sitio en Afroiberia para 100 de estas bandas costeras, lo cual supone una enorme modificación del esquema demográfico tal y como lo planteamos originalmente. Y es que la suma de espacio territorial “liberado” por esas 100 bandas marengas ascendería nada menos que a 45.000km², un 28% de la superficie total afroibérica, los cuales permitirían una reorganización demográfica del interior mucho más holgada. Parece entonces demostrado que la condición eminentemente litoral de Afroiberia corrobora aún más las “revolucionarias” propuestas demográficas que defiendo en este artículo.
Resumen de datos (aproximados)
Superficie total de Afroiberia: 160.000 km²
Población total afroibérica, para Pleistoceno y primer Holoceno: 200.000 hab.
Densidad media de población: 1,226 hab/km² (igual que los chimpancés)
Número de individuos por banda: 300 (50 familias de 6 miembros cada una)
Territorio medio por banda: 530 km²
Número de bandas totales: 650
Si además tuviéramos que desglosar diferentes tipos de bandas, territorios y densidades dentro de Afroiberia, pienso que el siguiente esquema resultaría bastante plausible:
Bandas costeras (número estimado:100 bandas).
- Territorio por banda: 75 km²
- Densidad de población: 4 hab/km² (igual que Libia hoy)
Bandas de interior comunes (número estimado:450 bandas).
- Territorio por banda: 530 km²
- Densidad de población: 1,226 hab/km²
Bandas de interior en entorno “adverso” (número estimado:100 bandas).
- Territorio por banda: 985 km²
- Densidad de población: 0,3 hab/km² (igual que pob. rural Andes Patagónicos hoy)

domingo, 25 de octubre de 2009

Imaginando prehistorias

Todos tenemos un imaginario prehistórico aunque no lo sepamos conscientemente, común además en la mayoría de nosotros, que se nos activa cada vez que nos hablan de aquellos lejanos tiempos. Procede en gran parte de las películas y documentales, de la misma forma que se activan otros cuando nos mencionan “Edad Media”, “Revolución Francesa” o “California años 60s”. Son tan potentes y están tan instalados en nuestra, digamos, mente automática que incluso nos permiten leer manuales y artículos que son contrarios a tal imaginario prehistórico sin que consigan desgastarlo en lo sustancial. Por eso me he sentido obligado a zarandear dichas asunciones iconográficas con algo que puede recordar los pasatiempos conocidos como “encuentre las 8 diferencias”, atreviéndome con una serie de ilustraciones de las que no hay que esperar más calidad que lo que doy de mí como articulista. Son, más que dibujos, collages que intentan representar en poco espacio y de forma esquemática los elementos prehistóricos que espero evolucionen en nuestra mente, desde un estado tópico a otro más acorde con lo visto a lo largo del blog. Lo ideal sería que cada uno los grabara en su ordenador y luego los fuera pasando sucesivamente como fotogramas de una película (el mismo visor que ofrece Windows sirve) para comprobar los cambios.

Empecemos entonces con la visión más común que tenemos del Pasado Remoto:

Vemos cuatro machos adultos armados con lanzas y hachas rodeados de un entorno gélido y patentemente hostil, aun cuando lo haya suavizado para hacerlo aplicable a la Península Ibérica. Vestidos de pieles y con hechuras animalescas, otean la caza mayor, preferentemente mamuts, rinocerontes lanudos o algo que sea igualmente épico de abatir, dando significativamente la espalda al arbusto con bayas que aparece arriba a la derecha. Esta gente vive sin duda a salto de mata y nada en el cuadro implica una sedentarización siquiera estacional; están ahí de ruta cazadora, a la fuga quizás de algún temible depredador y poco durarán ante nuestra vista. Cronológicamente carece de márgenes definidos, porque se trata de una estampa que tanto la vemos cuando nos pintan a los antecessors, a los hedielbergensis, a los neandertales o a los humanos modernos del Pleistoceno, aunque sí la ubicamos en la segunda mitad del gran concepto Prehistoria, es decir, cuando salimos de África y ya no somos peludos “medio-monos”. Esta es como digo la visión estándar que todos hemos heredado de la prehistoria de celuloide.

Pasemos al primer ajuste sobre este imaginario:

Los cambios observados afectan tanto al entorno como a los protagonistas. En cuanto al primero, las nieves han desaparecido, algo necesario cuando tratamos nuestra Península. Aquí, quede claro, no hubo glaciares al estilo europeo y menos aún en Afroiberia, donde sólo en Sierra Nevada se puede interpretar una presencia mucho menos que anecdótica. De hecho, nuestras tierras son consideradas por los especialistas un refugio climático para todas aquellas especies, incluida la humana, que huía de los glaciares como de la peste. En lo que se refiere a las personas, hay cuatro cambios significativos. El primero es que hemos cambiado los cuatro machos por dos hembras y dos varones, algo que lejos de ser una licencia feminista o una debilidad por lo políticamente correcto supone una realidad reproductiva incontestable: ¿con quién si no tenían hijos los cuatro bestiajos de la ilustración anterior? Si no queremos confundirlos con las amebas y su partenogénesis, cada vez que imaginemos un “hombre de las cavernas” tenemos la impostergable obligación de acompañarlo de su versión femenina. El segundo elemento es el de la humanidad plena, en sus gestos, sus posturas e intercomunicación, algo que es capital para entender nuestra condición de humanos y que se sigue escamoteando en los reportajes pretendidamente más actualizados. El público debe saber que, a sólo 200m de distancia, nos sería imposible distinguir entre un grupo de erectus y otro de humanos modernos: los mismos andares, el mismo rascarse, las mismas manos en jarra, las mismas carcajadas o los mismos silbidos. El tercer elemento es, salta a la vista, que frente a la blancura de los anteriores defiendo la negritud (o tremenda morenura) de sus rasgos anatómicos, algo que no puede ser refutado tras los recientes descubrimientos tanto paleoantropológicos como genéticos. El hombre de cualquier especie llegó a Afroiberia desde África con la piel negra, y no existen motivos climáticos para suponer que aquí (o en el Mediterráneo) necesitara albinizarse de forma sustancial, aunque mutaciones algo más claras tampoco serían castigadas por el entorno. No obstante las hembras son menos oscuras que los machos, pues esa diferencia de tonalidad es necesaria para que los fetos absorban desde el vientre de sus madres vitamina D, necesaria para no padecer raquitismo. Finalmente, he querido poner el énfasis en las tareas de recolección frente a las de caza. “Cazador-recolector” es para muchos un eufemismo o tecnicismo para referirse a sus adorados cazadores, así que yo los convierto en “recolectores-cazadores” para equilibrar la balanza y porque creo realmente que esa es el orden prioritario en su búsqueda de alimentos, más aún si entendemos que determinados nutrientes animales como los huevos, las almejas o la miel se recolectan, no se cazan. Sin embargo, soy tradicional en el sentido de que sostengo que la caza es más cosa de hombres y la recolección de mujeres, a nivel estadístico y no normativo, pues lo contrario no sería muy compatible con las fases de embarazo y lactancia.

Asimilado esto, podemos atrevernos con el segundo ajuste:

Volvemos a dividir nuestros comentarios entre el entorno y los humanos. Es patente que la naturaleza ha explotado en fertilidad respecto a la imagen anterior. Conste que he sido muy moderado en mi representación, pues me he limitado a situar la escena en un abigarrado encinar, y no en los bosques de laurisilva o entre alcornoques de 30m de altura y 4m de diámetro en el tronco que se pudieron también dar (OIS 5E o Eemiense en el Pleistoceno, Período Atlántico en el Holoceno) y que corresponden a estados climáticos más cálidos y húmedos que hoy. No, basta eliminar la destructiva acción antrópica para que un clima como el nuestro, o incluso más frío pero también más húmedo, pudiera permitir bosques muy espesos, acuíferos al tope de su capacidad (el agua de la derecha es fruto de un manantial cercano que sale del mismo karst que generó la cueva), y una fauna/caza que hoy nos cuesta trabajo imaginar para Afroiberia: equinos parecidos a cebras, macacos, osos, mejillones de 20cm de valva, castores, elefantes e incluso un tipo de pingüino como se verá en otro artículo. Por su parte los humanos se han multiplicado de cuatro a diez, y lo han hecho por la misma lógica por la que antes incluimos a las hembras: la pirámide de población de cualquier grupo cazador-recolector actual, incluso de cualquier población histórica de eso que llamamos “Antiguo Régimen” implica una mayoría aplastante de subadultos. Así, el cuadro final está compuesto por un anciano (varón), tres adultos (dos hembras y un macho) y seis niños (machos y hembras en igual proporción, uno de ellos aún en el vientre materno). Las niñas se diferencian de los niños por su tono más claro, como ya vimos en los adultos, comprobando que tanto recolectan bayas como capturan pescado, al tiempo que he querido representar a un varoncito tomando a una niña pequeña en brazos mientras otro aprende técnicas líticas del abuelo, en un intento por desmantelar tópicos sobre la asignación de tareas según el género. La última observación que cabe hacer es que el conjunto general de la imagen cuestiona el que tuvieran que ser forzosamente nómadas: hay demasiados niños para andar todo el día de ruta, el ecosistema circundante tiene recursos de sobra durante todo el año, y por encima de todo hay que recordar que sólo vemos una familia dentro de un grupo mucho mayor, de unos 300 individuos en total que se extendería en vecindad por una extensa región. Evidentemente, por el patrón fisión-fusión que compartimos con otros simios, estas sociedades sufrían continuas reorganizaciones entre sus miembros, las cuales implicaban a veces traslados a considerable distancia, pero más a nivel de individuos (exogamia) y de circunstancias (estacionalidad) que a nivel global, y más a nivel interno que externo.

Ajustemos por última vez nuestro imaginario prehistórico:

Esta ilustración carece de cambios en lo paisajístico para centrarse en lo tecno-cultural. En cuanto a los modos de explotación podemos ver:

- Abajo a la derecha, el niño del estanque pesca. A la manera de los actuales amazónicos, ha envenenado previamente el agua con una planta y ahora procede a sacar los adormilados peces con una cesta-red hecha de los juncos que le rodean, de tripas, de crines, o de lo que cada uno prefiera imaginar.

- Si nos fijamos bien, al alcornoque grande le han quitado el corcho, y con él han podido realizar desde contenedores alimenticios a colmenas. Obviamente estas no aparecerían en el plano pues no se suelen colocar tan cerca de los lugares de habitación.

- Aparece un perro o un lobo domesticado, sin duda muy útil como compañero de caza y como defensa en el refugio. La domesticación pleistocénica de cánidos es ya indiscutible, aunque los recalcitrantes continúan cuestionando si se trata de la norma o de un par de fenómenos aislados y anacrónicos.

- El niño que aprende técnicas líticas porta arco y carcaj, algo que todo el mundo acepta desde el solutrense, pero que otros nos atrevemos a remontarlo hasta el ateriense africano y más atrás, como atestiguan ciertas puntas musterienses francamente “leptolíticas” e incluso “microlíticas”.

- Todo se ha vuelto de color, las pieles, la entrada a la cueva, o las piedras decoradas. Los tintes y cremas naturales han sido conocidos desde siempre: caolín, ocre, almagra, índigo, alheña, sangre, hollín, tintes moráceos de determinadas bayas o de tonos verdes a partir del jugo de hojas, etc. Algunos se aplicaban de forma natural y otros eran ayudados en su fijación añadiéndoles sustancias como la orina; algunos eran simplemente ornamentales mientras otros tenían funciones añadidas (como el barro frente al sol y los mosquitos).

- Finalmente podemos suponer un interior de cueva no sólo decorado con arte parietal sino con una despensa de carne y pescado conservados ya sea mediante salazón o mediante ahumado.

Junto a estos avances puramente tecnológicos también observamos cambios en lo cultural e identitario. Esta es quizás la parte más problemática del proceso y la que implica un riesgo mayor a la hora de dibujar su ilustración correspondiente. Sabemos que nuestros ancestros del pasado remoto tenían culturas, identidades o etnias muy marcadas, tanto porque lo certificamos en el registro arqueológico como porque así lo siguen demostrando los pocos cazadores-recolectores que sobreviven. Y no sólo ellos: cualquier aficionado a la Etnografía se ha maravillado con esas fotos antiguas donde a cada kilómetro del Río Congo o a cada salto de isla melanesia cambian drásticamente los tocados, maquillajes, vestidos, y el tratamiento general de la imagen. Sin embargo, no podemos atrapar en un solo dibujo esta enorme riqueza sino jugar una apuesta dentro de las muchas posibles, y en ese justo instante sentimos la crítica positivista jadeando en nuestra nuca: “¿cómo sabe usted que las afroibéricas llevaban ese complejo tocado, o que los guerreros se pintaban con caolín?” De nuevo exigen que demostremos nuestra inocencia, algo aberrante si lo extrapolamos al terreno judicial democrático. Son ellos los que deben responder por qué les parece imposible que así lo hicieran. Por supuesto, lo que pretendo representar no es el modo en que se adornaban sino hasta qué grado eran capaces de adornarse, aunque para hacerlo lo tenga que concretar en un ejemplo. Lo contrario sería limitarme a la cobarde y aséptica representación a la que nos tienen acostumbrados, donde por no aventurar una forma estético-cultural concreta acaban sugiriendo, por pasiva, que carecían de tal capacidad identitaria. De la misma forma, sus organizaciones sociales y familiares variarían, y esto también se reflejaría en sus apariencias. Para nuestro ejemplo, los niños y los ancianos llevan el cabello corto, signo de que están fuera del juego reproductivo, aunque el anciano se permite una larga barba que el joven guerrero tiene vetada. Este sin embargo, puede dejarse el pelo largo y portar las pantorrilleras de crin de encebro. Al llegar a la pubertad, las niñas son escarcificadas (cicatrices que forman dibujos en relieve) mientras que los niños son tatuados. Ya adultos, el ocre es tabú para los hombres y el caolín para las mujeres, mientras que los abalorios (collares, expansores de oreja, huesos insertados en el mentón, etc.) son de uso mixto. Supongo innecesario repetir que esta no es sino una forma más entre las posibles de expresar que su complejidad social se manifestaba bajo diversos códigos, el estético entre ellos.

Sólo nos queda retomar la primera ilustración y contrastarla con esta última que hemos visto. Una representa la inercia iconográfica heredada y la otra es un ejemplo de cómo hay que desterrarla de nuestras mentes. No se trata de dos modos contrapuestos de interpretar unos mismos restos arqueológicos sino que reproducen la diferencia entre un paradigma cargado de prejuicios (antropocéntrico, eurocentrista, machista, etc.) frente a otro que no lo está, o que al menos ha pretendido con todas sus fuerzas no estarlo. Confieso que he sido cobarde en mi propuesta, que no he querido provocar demasiado shock entre los bienpensantes y que pocas veces he repasado tanto en mis fuentes qué elementos iba a incluir y cuáles no, pero aún así el resultado es llamativo incluso para mi. Pues entre todos los prejuicios que se desprenden del primer cuadro, el evolucionismo filosófico no es el menor: la gran diferencia entre una ilustración y otra es que jamás querríamos vivir en las nieves de la una mientras que muchos firmaríamos sin pensar llevar la vida de la otra. El evolucionismo dota, sí, a sus cavernícolas de innegables virtudes, hasta el punto de convertirlos en precursores del guerrero épico occidental, pero al mismo tiempo los arrincona hacia un estado de primitivismo infundado. Clima adverso, predadores, alimento escaso, hacen que carezcan de oportunidad para salir de un ciclo de mera subsistencia, viviendo en la escasez y el stress continuo, todo lo cual los hace parecer subnormales o animalescos a nuestros ojos modernos por mucho que alabemos su valentía y resistencia. El evolucionismo necesita mostrarnos una vida prehistórica azarosa y carencial que podamos despreciar y que nos sintamos orgullosos de haberla dejado atrás mediante “adaptaciones”. Sin embargo, tal y como yo modifico la escena en la última ilustración, no podemos hablar de un modo de vida inferior sino de otro modo de vida: frente evolucionismo, alteridad. En esto coincido con los actuales antropólogos que rechazan tajantemente el apelativo de “primitivos” para nuestros cazadores-recolectores actuales. ¿O acaso quedan racistas que piensen que al bosquimano le falta todavía un “hervor” evolutivo?