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domingo, 2 de enero de 2011

Aforiberia social 8. Demografía y organización social en los albores del proto-Estado.

Como avanzamos en la entrada anterior, el IV milenio a.C. trajo importantes modificaciones en el esquema social y productivo de las sociedades afroibéricas. La causa descansa simultáneamente en tres ejes, clima, demografía y tecnología-sociedad, los cuales a su vez interactúan sin cesar, de tal modo que se hace imposible un análisis estanco y ordenado de cada uno de estos elementos. Todo redunda en lo demás, y nada bastó por sí mismo y de una vez para originar el cambio. Por tanto debo pedir excusas adelantadas si este artículo parece por momentos atropellado. También querría resaltar que un milenio es un instante a escala geológica, pero unas 40 generaciones para el humano. Hay expresiones inevitables al hacer divulgación, verbos que resumen pautas desarrolladas durante siglos, sujetos que “deciden”, “reaccionan”, “se adaptan”… Pero sólo podemos aceptarlos simbólicamente, no confundirlos con sucesos novelables, generacionales o testimoniales. El éxito de las estrategias productivas sobre las depredadoras ni se decidió en asamblea ni en batalla, sino que fue imponiéndose de forma casi imperceptible de generación en generación.

Quizás la mejor manera de empezar nuestro análisis sea retomar la situación donde la dejamos. Alrededor del 4.500aC. se produjo el denominado “óptimo climático holocénico”: niveles marinos en su máxima altitud (unos 3m. sobre la cota actual), un clima peninsular casi tropical, y toda la hermosura ecológica que de ello podemos deducir. Los afroibéricos llevaban más de dos milenios explotando despreocupadamente unos recursos que parecían inagotables, lo que los llevó a una lógica explosión demográfica sin tener que alterar sustancialmente su modelo social y tecnológico. Habían estado desarrollando técnicas de producción, pero de forma gradual desde el Pleistoceno y sin ningún tipo de obligación ambiental aparente. Para colmo, la presión demográfica no se hacía notar por el continuo éxodo de población ya fuera hacia el Sahara o, en menor medida, hacia Europa.

El IV milenio a.C. puso fin a este edén afroibérico. La segunda fase Atlántica (4.000-2.300aC.) supuso la retirada del calor y la humedad, primero hasta un estadio muy similar a nuestro actual clima, y finalmente hasta la fase conocida como sub-Boreal, con más frío y aridez que hoy. Esto no tuvo consecuencias dramáticas en nuestras latitudes, pero de nuevo habremos de buscar regiones vecinas donde los cambios sí se produjeron de forma más grave. Durante ese período el Sahara vivió drásticas fluctuaciones climáticas que lo fueron acercando a sus condiciones actuales, y como consecuencia grandes contingentes demográficos huyeron de dicha desertización hacia el Sahel, el Próximo Oriente y las costas del sur europeo, especialmente hacia Afroiberia por el Estrecho de Gibraltar. Es muy interesante notar la diferencia en el comportamiento demográfico del Sahara y Europa respecto a la Península Ibérica. El Norte de África pasó de ser muy habitable a ser inhabitable, por lo que en “poco tiempo” (escala prehistórica) Afroiberia dejó de exportarle nuestro excedente poblacional para pasar a absorber su creciente éxodo. Europa, por el contrario, no había vivido una bonanza climática como la del Sahara, pero tampoco había vuelto a ser inhabitable desde el final de las glaciaciones. Como consecuencia su población era escasa en comparación con Iberia o el fértil Sahara y no fue necesario, ni posible, un éxodo de vuelta a Iberia. También vimos que desde la primera fase del período Atlántico Europa fue demandando menos ibéricos para su repoblación, si bien este flujo no desaparecería totalmente.

Las repercusiones de todo ello fueron enormes para Afroiberia, tanto que entre el 4.000 y el 3.000aC su población se duplicó. Al menos es lo que cabe esperar si la población que podemos denominar “local” pasa a convivir tanto con sus cuantiosos excedentes, que antes emigraban y ya no podían, como con las inagotables oleadas de inmigrantes norteafricanos. Hacía el 3.000aC Afroiberia estuvo poblada por 1.000.000, un millón, de habitantes. Como supongo que habrá cundido el pánico, repasaremos otras cifras demográficas de las que proviene. Defendí 200.000 afroibéricos para el paleolítico, en base a los chimpancés y los actuales cazadores-recolectores, y de ese burro difícilmente se me podrá bajar. Durante los primeros 6.000 años del Holoceno (Producción Sostenible) estimé un discreto aumento de población que se acelera durante la bonanza del clima Atlántico, así que entramos en el 4.000aC con 500-600.000 afroibéricos. Si como sostengo, y más adelante volveré a demostrar, la población se duplicó en mil años, hablar de un millón de almas me parece incluso prudente. Soy muy consciente de que los académicos no se atreven a estimar ni 1500.000 habitantes para la Afroiberia del mismo período, pero la paleo-demografia es una materia en pañales donde nada es aún definitivo. Humildemente diré que mis estimaciones son tan válidas como la de cualquiera, pues he tratado por todos los medios de aportar sin prejuicios los argumentos más sólidos y honestos a mi alcance. Algo que por ejemplo no puede sostener para sí el stablishment académico, con su obsesión evolucionista, su eurocentrismo y su catetura historiográfica. En cualquier caso nuestras diferencias son más relativas de lo que parece.

Entre las pocas obras que hay publicadas sobre este tema destacaremos por su intención divulgativa la de Bardet y Dupaquier (Historia de las Poblaciones de Europa), autores que no se cortan un pelo proponiendo revoluciones demográficas para Europa. En un momento dado defienden que la Francia neolítica triplicó su población respecto al Epipaleolítico. Más adelante dicen textualmente que “hacia 4.000aC la población europea quizá se multiplicase por cinco y alcanzase entre 1,3 y 2 millones de habitantes”, valor este último demasiado bajo por provenir de aquella errónea equiparación demográfica entre paleolíticos y esquimales o bosquimanos. De nuevo quintuplicarán la población europea estableciendo para el año 3.000aC “un mínimo de 10 millones de habitantes, puede que 13 millones”. Partiendo de estos postulados, que yo me limite a duplicar la población afroibérica del mismo período no debería sonar tan extravagante. Por supuesto, estos franceses niegan a los ibéricos toda dignidad y peso demográficos, y en un mapa reparten el grueso de la población entre, sorpresa, el Egeo y el Rin, pero este blog no está para amparar un eurocentrismo tan predecible. Ocupando la Península Ibérica 1/18 de la superficie total europea, disfrutando de un clima tan benigno y siendo puerta a dos continentes y dos mares, nadie podría arrebatarle un millón de los 13 que Bardet y Dupaquier postulan para todo el continente hacia el 3.000aC. Por si fuera poco, los mismos autores estiman que hacia el 2.300aC. la población europea había vuelto a duplicarse alcanzando “entre 20 y 23 millones”. Sirviéndonos de sus leyes demográficas, que no de sus prejuicios, obtendríamos para el 2.300 aC. un balance de 2-2.5 millones para nuestra Península, de los cuales al menos un millón poblarían la muy templada, marítima y bien comunicada Afroiberia. En definitiva sus datos apuntan a que mi millón de afroibéricos no se dio en el 3.000aC. sino en el 2.300aC. Pues vaya contrariedad. Todos estos cálculos demográficos continúan como objeto debate hasta la propia romanización peninsular, pero sus detalles corresponderán a futuras entradas de esta serie.

Una vez demostrado que sí pudieron duplicar en un milenio su población hasta llegar y sobrepasar el millón de afroibéricos, inmediatamente nos vienen a la cabeza las consecuencias para el medio ambiente. Dijimos al principio del post que durante el IV milenio a.C. el cálido y húmedo Atlántico se batía en retirada, pero recordemos que dicho proceso no culminó hasta el 2.300aC. y que se encaminaba hacia la fase sub-Boreal, sólo algo más fresca y seca que la actual. Por sí mismo este cambio climático no justifica el nivel de aridez que se registra en algunos yacimientos afroibéricos de este milenio, y creo que por primera vez en la Prehistoria el origen apunta innegablemente a los humanos. La devastación del medio por parte de una población repentinamente duplicada se convertía además en permanente debido a que el nuevo clima era incapaz de reponer las condiciones biotópicas originales. Por tanto los afroibéricos de esta fase no sólo tenían que repartir entre más habitantes el territorio, sino que importantes partes del mismo comenzaban a ser baldías, o casi, para la obtención de alimentos. Me consta que muchos académicos han decidido “liberar” a aquellos afroibéricos de tanta presión mediante rápidos ajustes demográficos, a cual más truculento. Hacen nacer en este período las guerras y las fronteras, al tiempo que abusan de su querido argumento de reemplazos poblacionales, pues para ellos aquella concentración de humanos sólo pudo desembocar en genocidios. Sólo espero que a través de los capítulos anteriores hayamos entendido que nuestra paranoia territorial y xenófoba es algo moderno que no se nos debe ocurrir aplicar al Pasado Remoto. No digo que no existieran conflictos, o que la situación no los recrudeciera, sino que no podemos basar en ellos la solución a la crisis en la que aquellas sociedades se veían inmersas. Por otra parte, he sido el primero en defender que entre los cazadores-recolectores existía un fuerte control sobre su natalidad, pero este sólo es posible si cuenta con cierto margen de maniobra, algo que bajo las circunstancias investigadas (un escaso milenio, población duplicada, alimentos en recesión) no pudo tener lugar. Dado que los afroibéricos del IV milenio no podían alterar directamente su volumen demográfico mediante guerras o anticonceptivos, y mucho menos detener el cambio climático con danzas rituales, la única solución que les quedaba era cambiar sus hábitos de consumo. Si la madre naturaleza ya no era capaz de proveer alimento de forma natural y para tanta gente, habría que ordeñarla artificialmente y, para lograrlo, todas las estrategias de producción de alimentos que antes fueron anecdóticas y opcionales pasaron a ser tomadas muy en serio.

En aquella época ya había asentamientos estables con sociedades que producían gran parte del alimento que consumían, concentrados en pequeñas aldeas, y algunos desde hacía miles de años. Para entender la importancia que tuvo este IV milenio a.C. de poco servirá entonces certificar nuevas técnicas e inventos, que sin duda los hubo, sino centrarse en dos conceptos: escala y evolucionismo. La diferencia clave respecto al período anterior es que durante la crisis que estudiamos dichos procesos productivos, así como la inevitable sedentarización-concentración, se llevaron a cabo por parte de la mayoría de la población, de forma masiva, sistemática y a menudo colectiva. Se trata de la denominada producción intensiva cuya correcta interpretación necesita que primero nos pongamos a salvo de extremismos evolucionistas. Si preguntamos al gran público “por qué” pasamos de cazadores-recolectores a granjeros, de ahí a ciudadanos, etc., la mayoría responderá: “porque el ser humano evoluciona culturalmente”. Esto lleva inherentemente una gran carga de racismo eurocéntrico, toda vez que el patrón “progreso” se equipara a Occidente y se hace ver todo lo demás como “atrasado” e incluso “animalesco”. Además es rotundamente acientífico defender que el ser humano cumpla un guión prefijado que le empuje a pasar por los mismos estadios culturales y en el mismo orden, independientemente del continente que los vio nacer. Todavía sobreviven unos pocos cazadores-recolectores y productores sostenibles en pleno s.XXI, y no porque sean unos despistados o unos reaccionarios, sino porque hasta hoy no se habían visto obligados a cambiar su modelo de vida. Ningún modelo social o productivo ha supuesto una ventaja global respecto al anterior y si me apuran, teniendo en cuenta el tiempo libre, las relaciones interpersonales, la calidad de los alimentos, etc., casi hemos ido para peor desde los tiempos paleolíticos.

Otra idea que debemos abordar es el de la irreversibilidad. Cuando más adelante analicemos las sociedades estatales veremos que tomamos contacto con dicho modelo desde la fundación de Gadir, pero que hasta la romanización no podemos hablar de “estado” propiamente dicho. También con el Holoceno proliferaron nuevos hábitos y tecnologías que asociamos al “neolítico” pero sólo a partir del 4.000aC podemos hablar de sociedad “intesiva” en lo productivo y “proto-estatal” en lo social. La razón es que Gadir, o Emporion, eran islas de estatalismo en mitad de un universo protoestatal, donde hubiera sido mucho más probable que el conjunto fagocitara tales excepciones que viceversa. Durante la fase de Producción Sostenible (10.000-4.000aC) los “epipaleolíticos” desbordaban a los “meso-neolíticos” en todos los sentidos, tanto que en cualquier momento podrían haber desaparecido dichos ensayos productivos como si jamás hubiesen tenido lugar. En el caso del IV milenio o de la romanización la situación presionó hacia un punto de no retorno aunque, debido a las fechas, en la primera crisis intervinieron mucho más factores ambientales y biológicos, mientras que en la segunda lo cultural fue determinante.

Un modelo mayoritariamente depredador ya no era posible a partir del 4.000aC. Pensemos por ejemplo que el territorio afroibérico repartido entre un millón de habitantes no daría ni para 100 km² de territorio por banda. Si tomamos un mapa y trazamos un cuadrado de 10km de lado con nuestra casa en medio, nos daremos cuenta de las características reales de este “patio de recreo”. El nomadeo es una actividad bastante engorrosa que sólo se justifica cuando hay que explotar diversos puntos “calientes” dentro de un mismo territorio (fuentes, prados con caza, canteras de sílex, etc.). Con el grado de devastación antrópica antes señalado, una superficie de 100 km² difícilmente contaría en este período con más de uno de esos lugares especialmente productivos. Además, un territorio tan pequeño se puede dominar visualmente desde cualquiera de sus extremos, y más si es desde una elevación orográfica. Por puro sentido común, si dejaron de hacer el nómada se tuvieron que asentar y, dado que habría territorios más salobres y ubérrimos que otros, también se concentrarían más en unos asentamientos que en otros. Al final el afroibérico, como tantos, hubo de transigir hacia lo que siempre ha sido nuestra estrategia de supervivencia como especie: aprovechar la fuerza del grupo, mestizarse, inventar ancestros comunes, etc. Siendo tantos, tan concentrados y bajo un entorno en recesión, su única vía de supervivencia fue sistematizar y masificar la productividad. Así, sin necesidad de prohombres, visionarios o inventores de revolucionarias técnicas, pero sobre todo sin remedio, los afroibéricos del IV milenio a.C. se embarcaron en la producción intensiva y el proto-estado de forma irreversible. Los 150.000 habitantes que proponen los académicos no habrían tenido motivo, ni posibilidad, de acometer tan profundas transformaciones. Para la producción intensiva hace falta, y a menudo se olvida, mucha mano de obra y cooperación, además de una tremenda inversión en energías y riesgos.

¿Qué nos dicen los yacimientos arqueológicos? Aunque escueza me importa bien poco, habida cuenta de la incompetencia y el desinterés que campa entre los especialistas. De todos modos puedo decir que los pocos y pobres datos disponibles afirman, o cuanto menos no niegan, los argumentos expuestos arriba. Por ejemplo, es excepcional detectar en los yacimientos una transición de fases progresivas que vayan del neolítico incipiente al intensivo. Es mucho más frecuente encontrar de un lado yacimientos de neolítico sostenible sin continuidad futura, y de otros yacimientos que delatan producción intensiva pero que parecen salidos de la nada. De hecho abunda más la continuidad entre “neolítico final-metales” en un mismo yacimiento que entre “neolítico medio-neolítico final”. Por su parte, el megalitismo afroibérico es un elemento de máximo interés. Cualquiera que consulte las fuentes oficialistas notará que los megalitos son una especie de molestia para los prehistoriadores, especialmente por su indocilidad cronológica: surge a finales del “neolítico” para sobrevivir durante todas las “edades del metal” hasta detenerse en las puertas mismas de la Historia. Sin embargo para mi cronología el megalitismo ocupa exactamente la franja que denomino Producción Intesiva o Proto-Estado, y en ese sentido supone una confirmación a mis hipótesis. Para colmo, se trata de un fenómeno que requiere de un considerable volumen de población para ser llevado a cabo sin perjuicios: si Afroiberia hubiera contado sólo con 150.000 habitantes es muy improbable que el megalitismo hubiera surgido durante el IV milenio.

Despido el post con una idea que me parece tan justo como evocador reivindicar, y que retoma el ataque que antes hice al evolucionismo cultural. Durante el IV milenio a.C. la mayoría de los afroibéricos se vieron obligados a convertirse en productores intensivos, y subrayo lo de “mayoría”. La crisis demográfica y medioambiental exigía un cambio, pero bastó que lo asumiera parte de la población, pongamos un 60%, para que la presión desapareciera. Con ellos convivían por tanto un 40% de la población afroibérica que no necesitó pasarse a la economía de producción intensiva y al proto-Estado. Es más, los procesos de asentamiento y concentración de los productores intensivos liberarían mucho territorio que se pondría a disposición de los demás. Entre estos no podríamos establecer uno, ni diez, modelos de vida. Tengamos en cuenta que incluso los grupos que continuaran siendo depredadores lo serían en un sentido muy laxo del término. Estaban las gentes del litoral, que desde el Paleolítico eran pescadores-recolectores a la vez que sedentarios. Habría además otro tipo de depredadores asentados, es decir, grupos aislados que por vivir en 100 km² de territorio no necesitan recorrerlo como nómadas pero tampoco necesitan producir el alimento. Incluso los que fueran nómadas estarían hasta cierto punto “resabiados”, pues tenían conocimiento y contacto con sociedades productoras y sedentarias (los mbuti de África Central llevan milenios comerciando y mestizándose con los bantúes de su alrededor). Tampoco faltarían productores sostenibles al modo mesolítico, con su poquito de ganado o cultivos y su poquito de caza, pesca y recolección, todo perfectamente equilibrado. Luego estarían los grupos nómadas y tribales, pero absolutamente productores (a menudo también intensivos) en su calidad de ganaderos. Finalmente quiero hacer mención a un conjunto heterodoxo de castas y ocupaciones que parecen haber surgido como conectores de ambos mundos y cuyas funciones a menudo se solapaban: leñadores, carboneros, pastores por cuenta ajena, guías, tramperos, bandidos, yerberos, etc. Lo más fascinante de estos colectivos, aparte de su evidente colorido, es que aunque lógicamente se verían cada vez más acorralados, no hubo motivos para que desaparecieran ni durante la fase protoestatal ni durante las siguientes, pues de hecho algunos pervivieron hasta bien entrados el siglo pasado.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Afroiberia social 7. Demografía y organización social durante el período de Producción Sostenible.

El Holoceno es un mero interglaciar, una etapa muy breve de nuestra macro-historia a la que concedemos demasiada importancia por ser la que nos toca vivir. Además está asociado al concepto de “Revolución Neolítica”, un capítulo supuestamente trepidante del pasado remoto que afectó todas las facetas del ser humano. El paradigma eurocéntrico ha sido sin duda el mayor promotor de ambos conceptos, es decir, de que existe una marcada y repentina barrera climática y sociocultural entre el pasado pleistocénico (“salvajes cavernícolas”) y el holocénico (“ciudadanos granjeros”). Ni que decir tiene que este blog se opone a tal esquema.

Contexto cronológico y climático

Como se vio en mi cronología, descarto los períodos tradicionalmente aceptados para el Holoceno afroibérico y establezco otros que me parecen mucho más razonables. Este post se dedicará a la fase que denomino de Producción Sostenible, más o menos entre el 10.000 y el 4.000aC, lo que vendría a abarcar los denominados “epipaleolítico”, “mesolítico”, “neolítico inicial” y “neolítico medio”. Durante esos 6.000 años (probablemente desde antes) el ser humano va incorporando, muy paulatinamente, estrategias para producir alimentos sobre la base de una fuerte tradición cazadora-recolectora, de forma que permite al entorno regenerarse sin problemas (de ahí lo de “sostenible”). Este período de Producción Sostenible forma junto al de las Sociedades Protoestatales (Neolítico Final, Metales y Protohistoria) el gran período de Producción Pre-estatal (10.000-1.000aC.).

Entre el 10.000 y el 9.500aC. comenzó el Holoceno, período que caracterizamos simplistamente por un clima y geografía idéntico al actual. En realidad el calor y las lluvias habían comenzado bastante antes, como se traduce en las fases Bölling-Alleröd para Europa o en la tendencia hacia la humedad que se constata en el Sahara desde el 12.000 aC. Si estas fases no forman parte del Holoceno es porque eran interrumpidas continuamente por nuevos repuntes sólo un poco más benignos que las glaciaciones o las fases hiperáridas propiamente dichas. El Holoceno no supone entonces el comienzo del calor y las lluvias sino su estabilización hasta nuestros días. Por otro lado no es una fase climática homogénea sino que se divide en períodos y subperíodos, que se traducen de forma muy diferente según la región que estudiemos. Es especialmente importante que nos distanciemos como afroibéricos de una imagen explotada mil veces, difundida por aquellos países con razones para sostenerlo por situarse al norte de los Alpes, y que consiste en dibujar un Pleistoceno gélido, donde sólo hay grandes y peligrosos bichos que echarse a la boca, seguido por un Holoceno increíblemente benigno que supuso un cambio radical en las posibilidades de explotación de los recursos. Los hielos no se apoderaron de las zonas euromediterráneas, y en Afroiberia hablar de glaciares (salvo la ínfima presencia en Sierra Nevada) da risa. Si en la Europa nord-alpina era casi imposible vivir durante las glaciaciones y durante el Holoceno se llegó a vivir bien, en Afroiberia sólo pasamos de vivir bien a vivir mejor.

Producción Sostenible-Fase I (10.000-7.000a.C)

Como acabamos de ver, Afroiberia no fue glacial como Europa ni siquiera en los momentos de mayor extensión de los hielos, pero tampoco tan hiperárida como el Sahara en el mismo período, y por ello vivió una transición hacia el Holoceno muy gradual, casi imperceptible salvo por la decisiva subida del nivel del mar. Si la situación sociocultural y demográfica de los afroibéricos de este período sólo dependiera de su propia región y clima, este apartado habría llegado ya a su fin tras una escueta nota donde se invitara a aplicar aquí lo ya visto para el Pleistoceno en general (que por cierto tuvo sus propios interglaciares u “holocenos”). Sin embargo, lo que ocurría en las regiones vecinas influyó de forma decisiva en nuestra situación, por lo que nos vemos obligados a referirlo aunque sea escuetamente. Europa despertó al Holoceno con la aparición relativamente súbita de unas fases como la Preboreal (9.500-8.500aC.) y la Boreal (8.500-6.800), en general más frías y secas que las actuales pero escandalosamente más cálidas y lluviosas que la anterior etapa glaciar. Esto se tradujo en la desaparición de la mayor parte del hielo glaciar y por tanto en la liberación de vastas zonas continentales, no sólo las anteriormente cubiertas de hielo sino otras limítrofes pero igualmente inhabitables para el humano. La pregunta más evidente que debemos hacernos es cómo se poblaron de humanos dichos territorios recién liberados para la habitabilidad, y la respuesta más plausible es que dichas regiones vírgenes se vieron repobladas por euromediterráneos, principalmente ibéricos. Esta afirmación no es patriotera sino que está fundada en la evidencia climática: las zonas que primero y más extensamente se libraron del hielo en Europa fueron las que bañaba el Atlántico, precisamente las que un ibérico encontraba al migrar hacia el norte. Otros euromediterráneos más orientales, como los de las penínsulas itálica y griega lindaban con una Europa mucho más continental y renuente a abandonar los fríos glaciares. En cualquier caso se trata de penínsulas bastante más pequeñas que Iberia y por tanto con menor población disponible para exportar.

También es muy importante explicar el modo en que dichas migraciones se produjeron, o de lo contrario más de uno se burlará de unos supuestos peregrinos que casi mesiánicamente parten de Tarifa para morir en Bretaña o Dinamarca. Lo que ocurrió es que los pueblos que en el pasado habitaron áreas periglaciares se habían ido mudando continua e imperceptiblemente hacia el norte, unos pocos kilómetros cada temporada, en pos de la caza de grandes mamíferos del frío. Ese había sido su único modo de vida desde hacía decenas de miles de años, así que cuando sus presas migraron al norte huyendo del nuevo clima ellos les siguieron. El territorio que dejaron atrás prácticamente despoblado no estaba precisamente vacío de recursos, sino pleno de otro tipo de alimentos (caza menor, vegetales, pesca) que demandaban estrategias a las que ellos no estaban habituados. Sin embargo, para unos eventuales inmigrantes que procediesen de algo más al sur, aquel biotopo que encontraran sería precisamente el que habían explotado durante miles de años y que probablemente ya echaban de menos en sus lugares de origen. Las poblaciones ibéricas, no digamos las afroibéricas, carecían de esta necesidad de buscar el “paraíso perdido” pues sus regiones natales no habían sufrido ese radical vuelco climático y medioambiental. Su implicación en esta traslación demográfica hacia el norte fue mera cuestión de competencia territorial: si al norte siempre hay territorios con baja densidad de población y al sur se está más apretado, la migración de excedentes demográficos hacia Europa está garantizada.

Por su parte, la Arqueología nos muestra que el nivel de complejidad técnica y social de los euromediterráneos en general no había variado todavía respecto a los del Pleistoceno, o al menos no en un grado significativo. Calificados de epipaleolíticos por la tradición académica, rara vez de mesolíticos, el único cambio al que se vieron abocados fue el del tipo de especies cazadas y recolectadas, el utillaje lítico necesario para llevarlo a cabo, así como unas tímidas trazas de experimentación en el terreno de la domesticación. Las innovaciones son tan discretas y graduales que en muchos casos podemos rastrear su origen en el Paleolítico Superior (otra cosa es que el arqueólogo de turno se atreva a hacerlo).

Si ni el clima afroibérico ni el nivel tecnológico de sus habitantes cambaron sustancialmente entre el Pleistoceno final y el primer Holoceno es muy lógico suponer que tampoco su pauta demográfica se viera alterada. Aún suponiendo que la discreta mejoría en lo climático y el ligero avance en lo tecnológio y social tuvieran como consecuencia cierto aumento demográfico, cabría preguntarse si este podría haber hecho frente a la enorme “demanda” de población que provenía de la Europa recientemente habitable. Todo ello nos obliga a reflexionar en una conclusión tan inesperada como perfectamente racional: que durante este período la población no sólo se mantuviera igual que en el Pleistoceno sino que incluso pudiera haber vivido momentos de claro receso.

Producción Sostenible-Fase II (7.000-4.000a.C)

A partir del año 7.000 se producen una serie de cambios en el clima holocénico, tanto europeo como africano, que alterarán sustancialmente el panorama antes estudiado. Desde el Mediterráneo hacia el norte tenemos la fase Atlántica que a partir del 6.800aC. fue imponiendo un clima aún más cálido y húmedo que el actual. La consecuencia más inmediata es la innegable eclosión de la biomasa, la aparición de vida debajo de cada piedra, “vida” que no es sino otra forma de decir “comida”. El período Atlántico convirtió Afroiberia en un vergel que difícilmente imaginaría un ecologista radical en sus mejores sueños y, por otra parte, el humano carecía aún de los medios tecnológicos y demográficos como para provocar el erial que hoy día son nuestros paisajes. Las lluvias y el calor multiplicaron el caudal de nuestros ríos y convirtieron en selvas lo que antes eran despejadas estepas, por lo que sus consecuencias en la tasa de natalidad y esperanza de vida de los afroibéricos no tardarían de hacerse notar. Aquel ciclo de procreación natural que atribuimos a los pleistocénicos (3-4 hijos) pasaría ahora a ser algo así como un “ciclo de procreación natural optimizado”, es decir, aquel en el que los hijos habidos por cada hembra son 4, no 3, y donde todos sobreviven. Con todo, es irracional defender el colosal “baby boom” que las fuentes canónicas atribuyen a su “neolítico” (no olvidemos que esta fase II abarca ya el neolítico inicial y medio). Y es que los académicos calculan que la implantación definitiva de la producción de alimentos multiplicó nada menos que por 10 o por 20, y en poco tiempo, aquella población original de cazadores recolectores. Bajo este esquema, es lógico que nos echemos a temblar pensando que los 200.000 afroibéricos de mi “paleolítico” tuvieran que sufrir durante el “neolítico” un aumento demográfico que los convirtiera en 2-4 millones de productores incipientes. La fase II de este período de Producción sostenible supuso un aumento de población considerable respecto a su fase I porque este último período se mantuvo en los 200.000 afroibéricos del Paleolítico o acaso algo menos. Es posible que para el 5.000a.C. los afrobiéricos superaran ya el medio millón de almas, pero poco más.

La explicación vuelve a descansar en las regiones colindantes, siendo ahora África la protagonista. En la fase I vimos como Europa recuperaba de los hielos gran parte de su territorio, pero omití deliberadamente que también en el Sahara se estaba produciendo una tendencia hacia la fertilidad. La razón es que su moderada intensidad no merecía aparecer como elemento determinante en nuestra evolución demográfica. Del mismo modo pero en sentido contrario, en esta fase II es Europa la que desaparece de nuestro análisis pues su demanda de población ibérica hubo de disminuir significativamente. Las razones son que Europa ya contaba con cierta población “autóctona” producto de las migraciones anteriores, así como que estaba disfrutando su propia eclosión de feracidad por el clima Atlántico, lo cual le permitió aumentar su población y asumir un mayor control en su devenir demográfico. Dicho de otro modo Europa seguía demandando población, pero menos porque ya podía auto-proporcionársela. El “sangrado demográfico” que sufrieron los afroibéricos durante la primera mitad de la fase Atlántica fue en dirección totalmente opuesta. Del 7.000 al 4.000aC. tiene lugar precisamente el período conocido como Gran Húmedo Sahariano, mágico momento en el que dicho desierto pasó a tener ríos como el Danubio, mares interiores como el Caspio, elefantes, girafas e hipopótamos. Dado que este blog considera Gibraltar un paso al menos tan transitable como los Pirineos, pues da por descontada la navegación desde el Pleistoceno, no veo por qué Afroiberia hubo de ser menos receptiva a la demanda de población proveniente ahora del Sahara a como lo fue antes con respecto a Europa. Habrá aquellos que argumenten que el caso Sahariano es diferente porque pudo atraer no sólo a las poblaciones mediterráneas sino también a las subsaharianas, y no les faltaría razón porque evidentemente Europa no pudo saciarse demográficamente con las mismas dosis de esquimales que de mediterráneos. Pero también deberían comparar la superficie del Sahara con la de la Europa cubierta por las glaciaciones, usando un mapamundi no eurocéntrico como el de la proyección de Meter, para descubrir que la región africana es bastante mayor que la europea. Lo uno por lo otro, deberíamos al menos aplicar un mismo rasero para ambas situaciones.

Este panorama climático y demográfico tiene un fiel reflejo en la Arqueología, la cual acepta como dije un “neolítico inicial” afroibérico a partir del año 6.000aC. Pero dicha fecha ni supone el principio de los experimentos con la producción de alimentos, mucho anteriores, ni tampoco es la fase en que lo agropecuario tuvo un desarrollo definitivo, cosa que ocurrió mucho después. Los académicos dan comienzo a su “neolítico” en ese momento sencillamente porque es cuando aparecen los primeros ítems o fósiles directores de aquello que valoran como “neolítico”: cerámica y especies vegetales o animales domesticadas al modo próximo-oriental. Si lo comparamos con la clásica imagen de los libros divulgativos, este “neolítico inicial” y “medio” es precario, anecdótico y más propio de unos “paleolíticos tuneados”. De hecho este “neolítico” es tal solamente por las ganas que tienen los investigadores de que así lo sea. Publicitan por ejemplo la aparición de cerámica en un yacimiento y le suponen un sedentarismo y una actividad agropecuaria inherente, pero lo cierto es que dicha cerámica pudo estar llena de pescado o de madroños, y por tanto pertenecer a pueblos 100% depredadores. Más aún, se sabe de contenedores cerámicos que sólo se usaban para obtener sal mediante una cocción que solía implicar su destrucción por el propio calor, con lo cual ni siquiera tenemos asegurada una ecuación “cerámica=sedentarismo”. Podríamos hablar también de pueblos ganaderos en absoluto sedentarizados, o cuestionar si para los paupérrimos cultivos de aquella época se precisaban concentaciones humanas superiores a aquellos 300 individuos de las bandas de fisión-fusión paleolíticas. Por su parte la exhuberancia del clima atlántico pudo haber provocado, paradójicamente, el aislamiento de los pueblos del interior debido a los bosques impenetrables plagados de fieras y grupos de salteadores, mientras que la costa, con sus grandes estuarios debidos al caudal de los ríos y al alto nivel del mar, vivía en otro mundo. Son sólo algunos ejemplos de cómo los especialistas ven instalado un “neolítico” que quizás no lo estuvo tanto, pero también solemos encontrar el caso contrario, es decir, que no vean trazas de neolítico que están ante sus narices: semillas y huesos de especies domesticadas sin las metamorfosis propias de las mutaciones próximo-orientales, sociedades ganaderas nómadas más cercanas a lo protoestatal que a lo paleolítico, etc. En definitiva sufrimos un grave retraso en la investigación por subordinaciones difusionistas mal disimuladas, y la única conclusión incuestionable que podemos obtener de esa bruma.es que, en proporciones evidentes pero no exageradas, el clima mejoró, la población aumentó y el afroibérico se hizo más complejo social y tecnológicamente.

Conclusión

El período de Producción Sostenible (10.000-4.000aC.) se caracteriza por un paulatino aumento de la natalidad y de la esperanza de vida que se tradujo en un razonable aumento de la población. Esta supondría hacia el 4.000aC. el triple de lo que estimamos para el Pleistoceno (de 200.000 afroibéricos pasamos a 600.000) pero en ningún caso pudo llegar a multiplicar por 10 o por 20 la población como defienden los oficialistas. La razón principal es que el excedente demográfico fue en buena parte absorbido por Europa y el Norte de África, siendo cada una de estas zonas protagonista en etapas diferentes. Tampoco el discreto nivel cultural y tecnológico que nos describe la Arqueología permite suponer un aumento disparatado de la población, por mucho que la bonanza del clima local nos tiente a pensar lo contrario. En cuanto a los procesos de sedentarización y concentración demográfica, ni fueron inventados entonces (v. pescadores del Pleistoceno), ni precisaron por su simplicidad de un número superior a los 300 habitantes habituales en cualquier banda cazadora-recolectora. Por otra parte, la desaparición de los hielos glaciares provocó un aumento del nivel del mar que necesariamente se tradujo en la pérdida de nuestras masas continentales más cercanas al litoral, cuyos habitantes se vieron desplazados, pero el panorama antes descrito no nos permite interpretar que tuviera efectos dramáticos en la demografía de Afroiberia. Pese a que la zona continental perdida fuera considerable en zonas como Lisboa, Golfo de Cádiz o el Mar Menor, en el resto fue mucho más modesta. En cualquier caso, los habitantes de las antiguas costas no pudieron suponer una presión demográfica insoportable toda vez que el interior padecía tanto de cierta concentración demográfica provocada por la agricultura (la cual dejaba libres muchos de los antiguos territorios de caza) como de un continuo flujo migratorio hacia Europa y el Norte de África. La estrategia psicosocial que denominé “ciclo natural de procreación” se vería optimizada, que no alterada, en el sentido de que a medida que se asentaran las estrategias de producción de alimentos habría menos miedo a ese techo de procreación establecido en 4 hijos, dejando de ser un tabú, aunque no por ello se subvirtiera inmediata y compulsivamente. Sin embargo, es cierto que un cambio dramático estaba a la vuelta de la esquina. ¿Qué ocurrió durante el IV mileno a.C. para que acabáramos definitivamente con este modelo demográfico que nos era consustancial desde antes de constituirnos como especie? Ese es el interesante tema de la próxima entrada de esta serie.