domingo, 14 de diciembre de 2008

Fuentes escritas y grado de fiabilidad: Biblia y grecolatinos

Como ya comentamos, hoy día vivimos en plena moda de despreciar las fuentes grecorromanas y bíblicas, así como de pretender reconstruir el pasado a exclusiva base de arqueología. Sin duda hay mucho que decir en contra de tal pretensión, y a esto dedico la serie de entradas sobre fuentes escritas. Pero este artículo prefiere centrarse en la comparativa interna de fuentes, es decir, en por qué consideramos unas fuentes más fiables que otras, y en especial las fuentes bíblicas frente a las grecolatinas. Mi postura es que la mayoría de criterios por los que se valora historiográficamente un texto antiguo son eurocentristas.

 

Por mi propia condición de afroibérico orgulloso de serlo he tenido la ocasión y el deber de acercarme a nuestro sustrato semita, sea cananeo, hebreo o árabe. De ahí que posea un grado de conocimiento de la Biblia y otros textos que supera los de un católico español medio, y que en ocasiones me puede hacer necesitar directamente de un teólogo o un filólogo para aclarar mi duda de turno. Chulería aparte, digo esto para demostrar que tengo serios problemas para distinguir entre el “rigor histórico” de los libros de Isaías y los de Heródoto. Pero para el canon occidental vigente el segundo me ha de servir casi como manual de moderna Historia, mientras que el primero no pasa de compilación tardía, y manipulada, sobre las visiones de un histérico. La razón de tal disparate recae en los mitos e ideologías del Occidente contemporáneo: la Biblia es superstición mientras que los autores greco-latinos son la base de nuestra sociedad laica, demócrata y racional. Sin embargo, intentaré demostrar que no existe ninguna base textual ni histórica para afirmarlo.

 

Uno de los elementos más esgrimidos es el de la originalidad de la fuente. Se pretende hacer creer que los textos bíblicos son todos diferidos, esto es, escritos o muy reformados varias generaciones después de aquella en que se supone vivió el autor y ocurrieron los hechos. Además esta reelaboración no tiene por qué haberse hecho de una vez, sino que por el contrario un mismo texto, un mismo capítulo, puede delatar distintas manipulaciones y correcciones (llamadas elohista, yahvista, sacerdotal, deuteroyahvista, etc.). Para colmo, la única motivación que nuestros historiadores encuentran para tales alteraciones es la de enaltecer interesadamente determinadas corrientes ideológicas o determinados grupos de poder. Es decir que no sólo son atribuciones falsas, sino que dichas falsificaciones son caóticas por el número de manos inmiscuidas, y además en cada caso sólo se ha metido la zarpa para hacer propaganda. Mentira al cubo. En sus antípodas, cualquier bachiller (y aún universitario) cree que los textos clásicos griegos y latinos reflejan un hecho literario idéntico al actual, es decir, un individuo que de una sentada fabrica un libro que inmediatamente pasa al público, el cual lo eterniza en su formato original. Esto es rotundamente falso para Hesíodo y Homero, bastante improbable para Eforo o Sócrates, y más que cuestionable para Catón o Aristóteles. Si nos fijamos, el modo de creación diferida es el único que se permite fuera de lo que hoy es Occidente. Buda iba de filósofo a la manera de los griegos, y de hecho hay teorías sobre el influjo del budismo en los pensadores griegos, pero todos reconocen que sus enseñanzas fueron compiladas a posteriori por distintas facciones del discipulado. No en vano la Wikipedia nos dice que Gautama Buda (560-480aC) “fue un legendario sabio” mientras que Platón (428-347aC) “fue un filósofo griego”. Llegan a enseñarnos que Isaías, Zoroastro o el mentado Buda no eran más que figuras mitológicas con un taller de plumillas detrás para darle forma y doctrina. Pero Heródoto, nacido sólo cuatro años después de la muerte de Sidarta, es el “padre de la Historia” y, por supuesto, autor de cada coma de sus nueve libros célebres. Se puede hacer escarnio de las exageraciones y mentirijillas del de Halicarnaso, somos modernos, pero que no se nos ocurra plantear la existencia de varios “heródotos”, uno jónico, un deutero-heródoto, etc. Parece mentira que toda esa lógica que presumimos haber heredado de los griegos no la apliquemos con sus propios mitos fundamentales, o lo que hoy nos interesa de los mismos. Lo más lógico sería pensar que los sabios griegos se desenvolvían de manera similar a la de sus contemporáneos de países vecinos. Y eso supone una academia o cenáculo donde lo prioritario no es taquigrafiar cada palabra del maestro, que por cierto no para de hablar, sino que probablemente se apunta como una agenda las paridas más impactantes, y es tras la muerte del maestro cuando se le da forma a todo eso, o varias formas en caso de que surjan facciones con intereses e ideologías rivales. Incluso en el caso de que el “autor” tuviera la clara intención de dejar redactado un libro, su proceso creativo no tendría escrúpulos en dejar el acabado final o incluso áreas completas en manos de sus discípulos. Además, nada impide suponer que los sucesivos copistas fueran modificando inconscientemente el texto original hasta que la imprenta puso freno a tal deriva. Lo más lógico es reconocer que nada de lo que hoy leemos estuvo escrito por el puño del tal Platón o del cual Heródoto, sino de sus discípulos y de los copistas. Que nos fiemos de tal línea de transmisión diferida o no, que pongamos nuestra fe en que tal proceso de “manipulación” no acaba con el espíritu original de la obra ni con sus contenidos principales, debe ser un asunto que ataña por igual a todos los textos antiguos sin importar su origen étnico.

 

Otro argumento preferido para desacreditar unas fuentes sobre otras es la presunta capacidad de datar de manera absoluta un libro (como obra y no como soporte material), de nuestro pasado. Recordemos los muy vigentes debates sobre la identidad de Shakespeare, la autoría de todos los sonetos atribuidos a Lope de Vega y otros similares. Incluso la esporádica aparición de “negros” literarios viene a recordarnos que eso de la autoría artística en general es un asunto de fe. De cualquier forma no se puede datar con C-14 o uranio la aparición de una creación literaria. A lo sumo podríamos encontrar una estela o pergamino a los que se le puede hacer determinadas pruebas, que nunca nos darían un año sino una inmensa horquilla, que por cierto se precisa a partir de fuentes como la Biblia o Heródoto. Es un argumento circular. Ni siquiera podremos sacar grandes conclusiones filológicas, nada que aportar a los sewa aquiescentes, los efectos pi-gamma o el aoristo dual. Lo más normal es que la lápida o rollo estén muy deteriorados, con una escritura llena de abreviaturas para ahorrar costoso material, etc. No se puede fechar una lápida porque esté escrita “en un inconfundible hebreo del s.VIaC”, eso es para las películas. Además, aunque pudiera darse la posibilidad de datar con precisión un manuscrito hebreo o griego esto sólo supondría, ciencia en mano, una fecha tope de juventud para el documento material, no su verdadera antigüedad como creación. Si fuera así, mi Quijote estaría escrito en 1981, que es la fecha de edición e impresión.

 

En cuanto a las motivaciones, ¿por qué un agregado o modificación ha de suponer necesariamente una infame maniobra? No digo que no lo considere una posibilidad, y de hecho hay textos bíblicos bastante ilustrativos a este respecto, pero no hasta suponer la norma. Nunca sabremos por qué se modificó un texto. Vale, has encontrado con tu suprema lupa filológica que tal párrafo o capítulo entero en Reyes o Isaías es una interpolación posterior, ¿y? Puede que hubiera habido una manipulación anterior a esa que detectas, y que la primera fuera la mala, la traidora con el original, y esta segunda viniera a restaurarlo, aunque con un estilo de escribir necesariamente más moderno. Puede que sea un añadido legítimo, como cuando alianzas tribales provocan el maridaje de mitos fundacionales, de tal modo que las genealogías bíblicas a menudo son tratados de paz encubiertos. Pueden ser miles de causas y sólo en ocasiones representan manipulaciones de fanáticos y arrimados al poder. Pero aún así, ¿hasta dónde se deja tergiversar un clásico de la Antigüedad? A menudo olvidamos que si son clásicos ahora es porque entonces ya lo fueron también. ¿Creéis posible que nos vendan ahora un Quijote donde en lugar de Alonso Quijano pone Constantino Estrada y donde en lugar de La Mancha lo hacen nacer en Lugo? Pues lo mismo ocurría entonces, que no por antiguos eran gilís. Nos encontramos en un perfecto equilibrio, pues el manipulador necesita del clásico para legitimarse, pero por otro lado no puede alterarlo demasiado o aquel dejará por ello de ser creíble, identificable (por tanto “clásico”) y entonces perdería todo su valor propagandístico.

 

También, como no, afecta el factor religioso. En teoría la Biblia es un libro religioso y las obras grecolatinas son “laicas” (salvo mitologías expresas como en Hesíodo), por lo que inconsciente o conscientemente tendemos a opinar que la Biblia tiene menos rigor racional y científico como fuente. Hablo de Biblia y no de Rig-Veda porque es la primera la que habla de nuestra Afroiberia en su etapa tartésica o protohistórica. Cualquiera familiarizado con el tema sabe del total veto a la hipótesis de que Tarshish bíblica equivalga a nuestro Sur peninsular, y para muchos de los que mantienen con más ardor este tabú lo único que en verdad les guía es ponerse de rotunda espalda a cualquier cosa que tufe a religioso. Un investigador español serio no puede, por nuestro pasado nacionalcatólico aún por superar, basarse en la Biblia como argumento histórico. Eso es superchería, eso es volver al pasado dejando de ser moderno, y por tanto occidental. Sin embargo, tal actitud es nefasta, pues fuera de nuestras fronteras se puede y se suele arropar un argumento historiográfico con cualquiera de los libros históricos de la Biblia. Sí, leen bien. La Biblia no es un libro sino una colección de obras, una especie de mini-biblioteca, y en ellos hay libros de clara vocación histórica. Si me apuran, y esto ya es una apreciación personal, hay más coincidencias entre la moderna historiografía y el Libro de Reyes que entre aquella y Heródoto. Por supuesto, hay mucha más Historia en la Biblia, aún en libros proféticos, que en Homero. Para empezar se dice eurocéntricamente que los libros bíblicos fueron escritos con esa “mediocridad semita” de burócratas y comerciantes, y lo contraponen con el heroísmo juvenil de las epopeyas “indoeuropeas”. Bien, si esto es así, debemos tomarlo como axioma hasta sus últimas consecuencias: ¿No serán más históricas las grises crónicas reales de un pueblo que las escribe sobre sí y para sí, con datos no demasiado lejanos en el tiempo y el espacio, que la narración de andanzas heroicas por los más remotos cabos del mundo? La Biblia está por completo impregnada de un aire religioso, qué duda cabe, pero no por ello es al completo una obra con exclusivos fines cultuales o teológicos. El pueblo hebreo se considera una unidad entre lo espiritual y lo mundanal, y de hecho sólo Occidente divorcia ambos aspectos con tanto celo. La Biblia es el testimonio de los israelitas hablando de sí mismos, mostrando su Dios, claro, pero también su historia, su poesía, su legislación, su refranero, etc.

 

Confieso que no creo siquiera que la Biblia sea denostada tanto por religiosa como por semita. Un hecho para mí tan funesto como fue la completa pérdida de los libros púnicos ya desde la Antigüedad puede hacer las secretas delicias de muchos. Realmente no queremos las fuentes no europeas sobre nuestra antigüedad. Lo mismo veremos que ocurre con las fuentes islámicas acerca de Al-Andalus protohistórico y romano. Ni cananeos ni musulmanes, ambos filtrados por lo afro, deben dar cuenta de su visión de Iberia, aunque entre los dos representen el ciclo histórico más constante que hemos tenido. Todos deben ser convenientemente pasados por propagandistas, o aduladores, o mal informados, o sencillamente infectados por el fanatismo religioso. ¿Acaso defiendo yo que estas fuentes afroasiáticas son un ejemplo de rigor histórico y una panacea para nuestras incógnitas? En absoluto, reconozco que las que sobreviven en su mayoría no resisten una interpretación directa de sus líneas. Pero lo mismo pasa con la Isla Atlántica de Platón o el mito de Gerión de Hesíodo. Son pinceladas, poesía, aproximaciones metafóricas a nuestro pasado remoto. Lo que ocurre es que no por ello dejan de ser perfectamente válidas para estudiarlo, si sabemos y realmente ponemos voluntad en extraer de ellas lo que tienen de común, lo que expresan sin temor a interpretaciones, etc.

 

Hay, casi por último, un aspecto bastante cómico que sin embargo influye mucho a la hora de dar crédito o no a una fuente antigua. Me refiero a la estética, y además en un sentido inverso: se tiende a creer que a más feo es un texto, más veraz es. En nuestro caso ibérico, por ejemplo, la gente pierde la cabeza con Plinio el Viejo frente a Estrabón. La principal razón es que la descripción de Iberia dada por el primero, salvo los capítulos bélicos en que Roma se luce, son de mero inventario de ciudades y distritos, mientras que Estrabón hiló los mismos datos de un modo narrativo y etnográfico. De nada parece servir que Plinio fallara más que una escopetilla de feria, mucho más que Estrabón: sus datos son mucho más desapasionados y por tanto parecen más veraces. Además, Plinio es más útil para los eurocentristas: no nos pone legislación de más de 6.000 años de antigüedad y ve célticos hasta en Tarifa.

 

Del mismo modo que necesitamos y mucho a las fuentes escritas en el caso de un debate Fuentes vs. Arqueología, también necesitamos todas las fuentes, y no sólo aquellas que la moderna historiografía haya considerado “serias”. En sí es el mismo acto de gratuito desdén, pero con el inri de que los defensores de estas supuestas obras solventes piden con una mano a la Arqueología que les levante la veda mientras que con la otra hunden al resto de fuentes en la ignorancia o el sarcasmo. Hacen exactamente aquello que tanto lamentan que les hagan. Quizás para mí es todo más sencillo porque en mis investigaciones ni cobro ni tengo jefe ni carné de ninguna cofradía. Por eso puedo emplear el sentido común libremente hasta acabar convencido de que todas las fuentes escritas de la Antigüedad son valiosísimas siempre que las estudiemos como lo que son. Por su propia esencia jamás podrán ser obras “modernas” o “científicas”. Se que nuestro paradigma evolucionista nos obliga a contemplar todas las culturas pasadas como escalones previos a nuestra culminación socio-política. Por eso nos las pasamos buscándoles signos que nos prefiguren, llamándolos signos de modernidad o de racionalidad. Tal evolución social mundial no existe, es tan científica como la Santísima Trinidad. Si los andalusíes se lavaban más que los hispano-cristianos, eso no significa que fueran más “modernos” o “racionales”, como los griegos de Pericles jamás vivieron en algo remotamente similar a nuestro Estado de Derecho. Bueno, no digo que no se pueda emplear como expresión, como modo de dotar de un impacto gráfico a determinado aserto. Pero no es real, nada tiende a nada más que a sí mismo, no hay una escalada gradual y teleológica del Achelense al BMW. Al menos si es que queremos ir de científicos por el mundo. Esas obras están escritas por una gente y en un ambiente que incluso tras años de investigación cuesta la vida reconstruir al detalle. Además conocerlos no supone meternos en su pellejo: tenían esclavos, varias esposas, morían jóvenes, se drogaban legalmente y no sabían si la Tierra giraba en torno al Sol o viceversa. Definitivamente ninguno era “como nosotros”, ya sea que escribieran obras “proféticas”, “históricas”, “geográficas” o “administrativas”.

 

Mi conclusión es que se quiere maquillar como diagnóstico filológico o historiográfico lo que no es más que prejuicio. Nadie va a reconocer que no le agrada el uso de la Biblia o de la Estela de Nora para abordar lo tartésico porque o bien considera que Biblia y beaterio son sinónimos, o bien desprecia lo semita, o bien la información le plantea problemas para ajustarla a su paradigma arqueológico (como vimos en la entrada anterior). Pero esas y no otras son las razones que intervienen en el 90% de las críticas. Eso de las fuentes antiguas fiables y las que no lo son es algo absurdo, porque o bien ninguna es absolutamente infalible, o bien todas tienen su porcentaje provechoso. Sin duda es repugnante que se pretendan mostrar unas obras antiguas como más “científicas” que otras. Por supuesto Hesíodo tiene un tono, Heródoto otro y Estrabón finalmente otro mucho más moderno. Pero dichos tonos no se basan en una postura ética ante el método científico, que por otra parte no se inventó hasta ayer mismo, sino una mera cuestión de cronología. A medida que el mundo se hacía pequeño y las tecnologías se perfeccionaban costó más y más trabajo defender la existencia de Gerión, luego de Argantonio, de Tarsis, y así hasta que Roma convirtió el Mediterráneo en un charquito con ferrys de cercanías. Que una perspectiva sea legendaria e incluso irracional no significa que sea falsa, sino que necesita una traducción a nuestros parámetros de hoy, sin caer por ello en evemerismos ni mucho menos en pretender imponerlos. Y lo mismo pienso cuando se trata de obras tildadas de tardías, decadentes o manipuladas. En realidad sólo podremos purgar el repertorio más plausible si concedemos a todas las fuentes la misma oportunidad, sin prejuicio de razas, culturas, fechas o intenciones. Veamos por ejemplo qué se suele repetir sobre nuestro tercio sur peninsular, aunque unos lo muestren por el lado mitológico, otro por el narrativo y otro por el geográfico, y aunque por la misma razón concedamos a cada uno diferentes niveles interpretativos. Se nos mostrará una abanico de coincidencias, como sean la fertilidad geográfica y la antigüedad y sofisticación cultural, que no sólo hace sospechoso el menoscabo que por ello hoy sufren, sino que incluso ayudará a demostrar por qué no hay que dejar de lado unas fuentes antiguas por meros motivos de su origen étnico o de su formato textual o estilo literario. Veremos que es precisamente por esas coincidencias compartidas por fuentes semitas o grecolatinas, antiguas o tardías, mitológicas o geográficas por lo que debemos pensar que ahí hay un poso de verdad. Y este tesoro informativo es algo que no se puede permitir el lujo de obviar un verdadero amante del Pasado Remoto. 

sábado, 6 de diciembre de 2008

Elogio de las fuentes antiguas sobre Tarsis o Tarteso

Hoy vamos a denunciar el desprecio con el que los modernos arqueólogos e historiadores tratan las fuentes bíblicas, grecolatinas, etc. referidas a Tartessos, Tarshish, y en general nuestro Tercio sur peninsular. Están tan mal consideradas que hoy un autor corre graves riesgos en su credibilidad si abusa de citarlas, y en general son vistas con superioridad y con sospecha. La moda ahora es pensar que todos aquellos hebreos, griegos, latinos, cananeos, etc. eran mentirosos compulsivos, imbéciles de baba y manipuladores natos. No es ya que dichas fuentes sean consideradas escasas o poco explícitas, ni siquiera nulas para el conocimiento de nuestro pasado, sino que se les ha llegado a atribuir un poder negativo con la capacidad de des-instruirnos y confundirnos sobre lo ya afianzado como verdadero. España practica la lógica excluyente del “o”, donde cada cosa ocupa un lugar y no otro, y ninguna cosa puede ocupar el lugar de otra. Como ahora pita idolatrar la Arqueología, los textos clásicos deben salir totalmente de nuestro análisis. “O Arqueología o fuentes” pasa por ser otra forma de decir “o progreso o estancamiento”, “o ciencia o leyenda”, etc.

 

Yo no creo que tal dicotomía sea ineludible, y ni siquiera la veo positiva para conocer nuestro pasado. Disfruto mucho con Estrabón o Herodoto, y tengo el suficiente grado de madurez para leerlos en su contexto histórico y más o menos adivinar qué de lo que dicen es valioso para el investigador, qué es flagrante exageración, cuándo se ponen etnocentristas o cuándo pierden toda la imparcialidad al describir al peor de sus enemigos. Pero ni siquiera necesito defenderlas como fuente de verdad histórica, sino que me basta acometer el asunto desde una perspectiva mucho más general, que tiene la ventaja de ser fácilmente comprendida por aquellos que ni siquiera se sienten atraídos por nuestro pasado. El argumento que yo empleo sirve indistintamente para un gran número de eventos en nuestra vida cotidiana, porque habla de usurpación de la identidad, de uso indebido de un original, de cosas que nos irritan y apenan de forma instintiva cuando nos toca padecerlas.

 

Primero necesitamos acercarnos a una serie de ejemplos sobre realidades arqueológicas distintas de Tarsis-Tarteso. Son casos en los que la Arqueología descubre un grupo cultural, lo caracteriza y, por supuesto, le da un nombre. En estos casos el nombre suele ser el del yacimiento que primero se encontró o el de alguno de sus elementos más característicos. Del primer caso, yacimiento “epónimo”, tenemos Los Millares, Las Cogotas, Natufiense y un largo etcétera bastante conocido. Del segundo caso, el que se basa en un “fósil guía”, podemos encontrar las culturas del Vaso Campaniforme, de los Campos de Urnas, Nurághica, de la Cerámica Cardial, Dolménica, etc. Este tipo de denominaciones nos están indicando que nada deben a la Historia, que no se basan en ninguna referencia de los antiguos a un pueblo conocido de ellos, sino que son realidades totalmente independientes, puramente arqueológicas. No hay razonar mucho para entender que bajo estos dos métodos se ha bautizado al total de culturas prehistóricas. Por otra parte, existen una serie de culturas protohistóricas e históricas que habiendo sido constatadas por los arqueólogos pueden ser a la vez emparejadas con un equivalente histórico conocido, como en el caso de Cultura ibérica, céltica, babilónica o escita. Este es el grupo al que pertenece Tarsis-Tarteso.

 

Estamos justo en el meollo del asunto, así que iremos muy secuencialmente para no perder el hilo de mi defensa. Tenemos un arqueólogo que encuentra unos restos y pronto cae en la cuenta de que, en esa comarca y con la datación que le atribuye, bien pudiera pertenecer a uno de esos pueblos descritos por los clásicos. Si han leído mis artículos sobre el mundo académico adivinarán que opino que esa es una tentación muy fuerte de cara a promocionar el yacimiento (lo que se traduce en subvenciones y en protagonismo mediático). Nadie va a bautizar a su cultura zx-31 pudiéndola llamar celtíbera o escita. Más aún, la Arqueología se ha dedicado hasta al menos la mitad del sXX precisamente a buscar dichos pueblos antiguos. La Arqueología nació como disciplina auxiliar de la Historia, y los arqueólogos sólo podían concebir su trabajo como la búsqueda y demostración de que los iberos, tartesios o númidas de los clásicos estaban en tal o cual emplazamiento, así como expoliar para museos sus riquezas materiales. Por mucho que ahora se quiera demostrar que tal época está superada, por mucho que el arqueólogo actual incluso llegue a jactarse de trabajar de espaldas a la información histórica, su herencia formativa y las ventajas de promoción antes mencionadas hacen difícil que eso sea creíble.

 

Pues bien, mi razonamiento es que si un arqueólogo dice que la cultura material descubierta es “tartésica”, “celta” o “hebrea”, lo justo es que se supedite a la idea histórica de ese pueblo clásico en cuyo honor bautiza su hallazgo. Hay que decir que en la mayoría de los casos se respeta esta norma. Si un arqueólogo de Israel descubre un poblado del Hierro que está lleno de huesos de cerdo, templetes a Dagon y frescos estilo egeo nunca lo califica como “hebreo” sino probablemente como “filisteo”. Y si lo hace así es porque se basa en los tabúes dietéticos, creencias monoteístas y prohibición de hacer arte figurativo de los hebreos. Pero toda esta información la conoce ni más ni menos que a través de la Biblia, obra más que polémica en su valor histórico. Siempre podía haberse quedado en lo de “cultura zx-31” y así no se mojaba. De hecho, cuando conviene sí que usan esas nomenclaturas alfanuméricas, como la Cultura X (sic.) de Nubia, y me refiero cuando hay que disimular en lo posible las glorias ajenas, principalmente africanas. Pero una vez que bautizas tu yacimiento con el nombre de un pueblo histórico, el que tienes que demostrar que tu hallazgo merece el apelativo eres tú.

 

Muchos pensarán que me estoy poniendo pesado con el argumento, de puro obvio que es. Pero al llegar a la Península Ibérica no se qué ocurre que comienzan a darse extraños fenómenos paranormales entre nuestros especialistas. En cualquier país del mundo y por muy modernizada que esté su Arqueología, el arqueólogo necesita del placet del historiador si es que quiere colgarle a su yacimiento una etiqueta de pueblo antiguo. Como digo, también se dan aquellos que no se pringan y dejan que sean otros quienes digan si lo hallado pertenecía a tirios o a troyanos. Ese es el caso de las culturas del Hallstatt y La Tene, de las cuales se dice que pertenecen al pueblo celta de  los textos grecolatinos. Siempre podremos obviar lo de “celta” y ceñirnos a las realidades puramente arqueológicas, hasta el punto de decir, por ejemplo, que Hallstatt es más bien proto-celta o que no es celta en absoluto. El día que se descubra que lo de los celtas es una patraña y una exageración, La Tene y Hallstatt sobrevivirán porque simplemente describen un paquete de elementos materiales que aparece recurrentemente en yacimientos de una región y cronología definidas. Pero en España, siempre different, el arqueólogo ha acabado por decirle al historiador, y de paso a Estrabón o Plinio, en qué consistía realmente un ibero, un lusitano o un callaico. El caso de Tarsis-Tarteso es el paradigma de esta aberración.

 

Para entenderlo hay que abordar previamente cuestiones tratadas en otras entradas de este blog. Digamos muy sintéticamente que las fuentes clásicas no nos ayudan demasiado en nuestro fuerte complejo (de superioridad) eurocentrista. Los grecolatinos y bíblicos nos pintan demasiado poco europeos para el plan de integración que ahora afrontamos, así que estamos acostumbrados desde hace décadas a negar o minimizar el impacto de dicho afroasiatismo ancestral. Pero este tipo de fuentes también abundan en una cuestión complementaria, a saber, nos retratan mucho más evolucionados culturalmente que el resto de Europa. En muchos sentidos esto es inevitable pues todos sabemos que el Mediterráneo antiguo poco o nada admiraba a la Europa continental, a la que consideraban de lo más bárbaro. Nos vemos en la tesitura de que si aceptamos la descripción que de nuestros ancestros hacen los clásicos, no sólo pretendemos entrar en Europa como medio afroasiáticos, sino que encima lo hacemos presumiendo de más antiguos y civilizados que la mayoría de hermanos en la Union Europea. No creo necesario argumentar por qué mientras más de europeos vayamos y más humilditos nos mostremos, más posibilidades tendremos de mamar en la ubre nórdica. Resultado: somos la única nación del mundo cuyos arqueólogos y demás implicados pelean por tener un pasado lo más reciente y modesto posible. Si los ingleses o los alemanes critican las fuentes antiguas, es porque ponen a los britones o germanos demasiado bestias para su gusto, pero los españoles desacreditan a Plinio o a Mela por todo lo contrario.

 

Estamos por tanto acostumbrados a leer los clásicos con kilómetros de notas a pie de página advirtiéndonos de las imprecisiones, exageraciones, ignorancias y tergiversaciones del geógrafo o historiador de turno. Pensemos que todo empezó para borrar pistas cada vez que se decía que éramos muy cananeos, muy africanos, o muy modernos y prósperos para nuestra época y entorno. La veda para la libre interpretación se abrió entonces, y al final se ve perfectamente decente el que cada uno se invente lo que quiera a partir de los textos antiguos. “Total, –dirán- si son unos mentirosos y unos ignorantes, casi les damos un poco de dignidad con nuestras rectificaciones…” Pero en realidad los arqueólogos no tienen ningún derecho a hacerlo. Tienen derecho a trabajar de espaldas a la historiografía, y en no pocos casos yo les alabo el gusto, pero entonces que bauticen sus culturas y yacimientos por los otros métodos mencionados al principio. Tienen también derecho a decretar que Tartessos o Celtiberia no existieron porque su registro arqueológico de la zona y época no coincide con lo descrito por los arteros clásicos. Lo que en ningún caso tienen derecho es a decir que el pueblo antiguo en cuestión se corresponde realmente con su conjunto arqueológico y no con lo dicho por los antiguos.

 

Y eso es exactamente lo que se hace con Tarsis-Tarteso. Mejor deberíamos reducirlo a Tarteso, pues en otra entrada veremos que lo de Tarsis ha sido injustamente desacreditado y hoy es virtualmente imposible que te permitan identificar el término hebreo con el griego. Lo canónico hoy es decir que la cultura tartésica se constriñe al triángulo Cádiz-Sevilla-Huelva (capitales), los siglos VIII-VI, y que se define por dos tipos de cerámica: retícula bruñida y bicroma, así como defender que todo lo que los grecolatinos nos hayan transmitido sobre Tartessos y no coincida con esa “cultura tartésica” arqueológica debe ser desestimado. En definitiva se nos dice que el Tartessos real es el de los arqueólogos y no el de los antiguos. Parecen no entender que precisamente de esos antiguos, tan tontos y exagerados, es de donde proviene el nombre con el que decidieron bautizar su objeto de estudio. Podían haberla llamado cultura marismeña-IIb o cualquier otro nombre ingenioso, al tiempo que se comprometían en solemne juramento a no volver a mencionar la palabra Tarteso. Pero no. Para el titular de prensa o el nuevo manual que editan bien que optan por usar “tartésico” como trademark. Y cuando ese público les compra el producto atraído por la etiqueta, el contenido que encuentra se parece a un “tonto el que lo lea”, pues su labor consiste en lo que ellos denominan “desmitificar” todo sobre el asunto, en la mayor parte de los casos con saña pero sin fundamento. Simples mentiras repetidas por muchos constantemente. Nada que pueda resistir dos o tres siglos.

 

En nuestra Península los antiguos sólo acertaron, según parece, al describir a las comunidades célticas. Quizás se quedaron cortos, pensarán los especialistas, cuando fechaban su arribada a la Península, pues todos deberíamos saber a estas alturas que lo céltico tiene que ser y es el sustrato principal y más antiguo de los iberopeninsulares. Ironías aparte, es patético encontrarse esos mapas de etnias perromanas donde llegan a intitular “celtici” en la Serranía de Ronda, pero bien que omiten los libios residentes en la costa española del Estrecho, atestiguados por los autores grecolatinos más dedicados a la Península. Existe también un caso que me parece especialmente cachondo y significativo: la del escritor Marcial, bilbilitano que dice en varias ocasiones que es celtíbero y que esto significa “proveniente de celtas e iberos”. ¿Qué más queremos? Ante nosotros un testimonio en primera persona, lo único que hoy acepta la Antropología para definir una identidad, en este caso étnica. No es la cultura material como quieren los arqueólogos, ni la lengua como quieren los indoeuropeístas, ni mucho menos la descripción de un extranjero, sino elementos más subjetivos lo que hacía a un celtíbero ser tal. El único modo de acercarnos a la verdad, ridículo en probabilidades, sería encontrar el testimonio de alguien como Marcial, un celtíbero explicando qué es un celtíbero. Y aquí estamos ante tal tesoro informativo replicando que el pobre Marcial era un ignorante o un pelota de los íberos. ¿Por qué? Porque todos los académicos aún piensan (con la honrosa salvedad de A. M. Canto y alguno más), o mejor dicho tratan de imponer, que un celtíbero es un celta puro  (y por tanto indoeuropeo racial aunque no lo reconozcan) con alfabeto y torno alfarero adquirido de los iberos.

 

Volvamos con Tarteso diciendo que debemos aceptarlo o rechazarlo tal y como lo trasmiten los antiguos. Y si decidimos aceptar dichas fuentes, lo cual incluye usar los nombres y tramas que allí figuran,  eso no nos exime de detectar errores y exageraciones, no cabe duda. Como también somos libres de asociarlo o no con la Tarsis bíblica. De hecho la comprensión de los clásicos sólo comienza a fraguarse tras años comparando fuentes y buscando un denominador común, pues como es natural se contradicen entre ellas. Mi receta es que los testimonios antiguos priman sobre los nuevos, los abundantes sobre los escasos, los de vecinos sobre los de extraños totales, los originales más que las citas de otras citas, las lecturas más obvias sobre las más retorcidas, etc., lo que se dice echarle un poco de sentido común. Y si la mayoría de textos alude a un Tartessos mucho más extenso que el estricto Doñana, mucho más próspero que los fondos de cabaña pre-orientalizantes, y mucho más personal que un simple conjunto de colonias cananeas, eso es Tartessos y no lo que los arqueólogos quieran vender. Si no les gusta, que nieguen y combatan el mito tartésico como ya se hizo con el de la isla atlántica de Platón, y de hecho alguno ya ha dado el primer paso. Además, a Tartessos no se la modifica sino que simplemente se la reduce: se la reduce en su duración cronológica, se la reduce en su extensión geográfica, se la reduce en su unidad identitaria y capacidad de coordinación, etc. Tiene que ser una parodia minúscula de lo que los antiguos dicen que fue, y el eurocentrismo no es un agente menor en este asunto. Desde mi punto de vista esto es mucho más sangrante que la mera negación de Tarteso como realidad histórica y arqueológica.