domingo, 6 de septiembre de 2009

Homenaje al clan Gibert


Siendo aún adolescente alguien me definió al héroe como aquella persona que afrontaba su destino a pesar de saber que era trágico. Si tal cosa es cierta, Josep Gibert es para mí y sin atisbo de dudas el mayor héroe que ha dado la paleoantropología española, pues en él se dieron todos los ingredientes heroicos y en su más estricto orden. Cuando se cumplen casi dos años desde que nos dejó, he querido hacer este humilde homenaje a su persona, a los seres de su entorno que tanto lo vieron sufrir, y en general a cuantos creyeron en él.

Todo ciclo heroico comienza con un estado de inocencia, y en nuestro caso la candidez del profesor Gibert lo llevó a creer que la parcela de ciencia a la que se dedicaba era tan sólo eso: ciencia desprovista de aditamentos palaciegos e ideológicos. Cualquier otro hubiera tenido la picardía de tomarle el pulso a los debates prehistoriográficos de su tiempo para comprender que con su descubrimiento se encaminaría hacia el suicidio académico. Siendo francos, un tipo que planea su martirio es un tarado, alguien que quiere llamar la atención, o quizás un cuco que sabiendo que no tiene puesto entre los ganadores decide boicotear la carrera tanto como puede. Pero no es un héroe. No debemos olvidar que cuando salió a la luz el resto craneal conocido como “Hombre de Orce” corría el año 1982, a sólo siete años de la muerte de Franco, cuando toda España se sentía inocentemente libre, transformadora y crítica. En aquella etapa febril y libertina nada debía extrañar que un catalán quisiera hacer de Andalucía la cuna de la humanidad no sólo peninsular sino europea en su conjunto. Teóricamente, digo sólo teóricamente, lo único que precisaría serían argumentos y pruebas de índole científica. Así lo hizo, y nadie puede negar que la primera reacción se plasmó en una euforia generalizada internacionalmente. Fueron los medios los que bautizaron como “Hombre de Orce” a la humilde etiqueta “VM-0”, como fueron los infames De Lumley los que brindaron espontáneamente por “el primer europeo”. Sin embargo, de una manera que sólo puede calificarse como planeada, el descubrimiento fue sometido muy pronto a la crítica más feroz y traicionera de cuantas conozco en el mundillo paleontológico. Lo que hubo de ser por derecho propio el buque insignia y el orgullo nacional de nuestros prehistoriadores acabó vituperado a manos de tres esferas de influencia: políticos, académicos y periodistas.

El poco tiempo y la fuerza con que se expandió no ya una mera sombra de duda sino la burla descarnada sobre los restos de Orce hacen pensar que estos tres poderes fácticos mencionados trabajaron de forma coordinada. La orientación que tiene este blog no puede sino apuntar al fuerte eurocentrismo arraigado en nuestras instituciones como causa primera de esta campaña propagandística. Era evidente que se les había colado una china en el zapato, como es la idea de que el primer europeo sea un africano que cruzó por Gibraltar, y en cuanto pudieron dictaron las estrategias para desembarazarse de ella. Por supuesto, Europa no podía ya permitirse hacerlo por la vía política, porque es algo que superamos desde la desaparición de nuestros totalitarismos históricos, así que las críticas se hicieron desde el propio ámbito académico, un mundo que el gran público aún cree desprovisto de intereses mezquinos. Los entonces popes de tema homínido en Europa, el matrimonio formado por los franceses Henry y M. Antoniette de Lumley publicaron en 1984 que aquella pieza craneal pertenecía realmente a un equino, y se abrió la veda de caza. Para comprender el despropósito hay que glosar el orden de acontecimientos: en 1982 Gibert toma conocimiento del cráneo, en mayo de 1983 lo publica y en mayo de 1984 es desacreditado por los De Lumley. En tan poco tiempo el mundo académico apenas tiene margen para reaccionar, pues se le supone al método científico un tiempo de debate interno muy riguroso antes de atreverse a desacreditar una tesis. Es escandalosamente inusual que un descubrimiento paleontológico sea aplastado a menos de un año de su publicación, tanto que cuando ocurre da lugar a un debate profesional sobre las medidas de seguridad de sus publicaciones y del método de sus científicos. ¿Acaso no es normal que los franceses criticaran un yacimiento español al cabo del año? Por supuesto que sí, y también si lo hacen unas horas después. Pero en ciencia esto sólo supone dos opiniones encontradas y, a no ser que una de ellas sea apabullantemente más seria que la otra, todavía necesita de un largo ciclo de opiniones de terceros, cuartos y undécimos hasta ir creando un debate que decante más la balanza por una tesis o por la contraria, siendo con todo muy común que estas trifulcas se extiendan sin solución durante décadas. En nuestro caso bastó que los ominosos Lumley abrieran el hocico para que pareciera que la “verdad” se había impuesto a las quijotadas de unos fantoches, para que se diera por zanjado el debate en menos de un año y sin arbitrio de terceros.

Esta es una historia que precisa de los detalles para ser esclarecida. Por ejemplo, cuando José Gibert puso el pie en España, procedente de discutir en Marsella con doña Lumley si el cráneo era equino o humano, ya se encontró con una portada de El País con el titular de que el Hombre de Orce era realmente un asno. No hay tiempo material para que esto se hubiera producido bajo unas condiciones de sanidad académica y periodística, no pudo el periódico preparar sus contenidos la noche anterior sin una muy precipitada filtración por parte de los franceses, y de cualquier manera deberíamos preguntarnos por el tiempo que se permitió el rotativo para contrastar la noticia. Al menos debería haber esperado la llegada del especialista español para tomar nota de sus contrarréplicas. Más siniestra y esclarecedora aún fue la respuesta del semanario El Papus, que dedicó esta portada en junio de 1984:

El papus se definía como “revista satírica y neurasténica” y para todos ha quedado como un exponente de la prensa cachonda y contracultural de la transición, habiendo pasado por su redacción gran parte de nuestros progres de antaño y ahora. Sin embargo, algo no debía funcionar bien en sus cerebros cuando decidieron dedicar un número de su revista a un tema que les era tan alejado como la paleontología. Más aún, la portada que vemos rezuma inquina e ignorancia a partes iguales, así como unos tics subliminales de lo menos progresista. ¿Por qué necesitaban ridiculizar el acento andaluz?, ¿por ponerlo en boca de un asno?, ¿qué puñetas tenía que ver el “Fraga” tatuado del brazo? Es evidente que esta revista luchaba contra el fascismo franquista y sus secuelas democráticas, como no es menos patente que este hombre-burro pretende hacer un retrato-robot su particular anticristo. Es la otra España, la de los malos, los nacionalcatólicos cerriles y violentos, y de ahí comprendemos que amando a fraga proclame su españolidad garrote en mano, pero… ¿en base a qué? El investigador Gibert poco tenía de centralista castellano o de fascista, como tampoco podía ser sospechosa la subdesarrollada y moruna Andalucía, así que no se comprende tan virulenta y nauseabunda reacción por quienes se supone que se ponían siempre en la piel del descamisado y el periférico. Una explicación es que para la izquierda de entonces, y recordemos que El País entraba en la misma esfera, la sola reivindicación de una gloria nacional era sospechosa de rememorar aquellas propagandas franquistas de la “España eterna e imperial”. Otra, más conspiranoica pero no menos plausible, apunta a que ya entonces se fraguaba la entrada al “Mercado Común Europeo” y los más avispados se apresuraron a demostrar al continente norteño lo modernos y serviles que podíamos llegar a volvernos convenientemente subvencionados. Ninguna de estas posibilidades excluye a la otra.

La tercera pata de este cadalso lo forman los políticos. Con las mismas prisas y falta de preguntas que hemos visto en universidad y prensa, la Junta de Andalucía suspendió el congreso previsto sobre el tema de Orce para mayo de 1984. De nuevo nos encontramos ante una actitud aparentemente normal, pues una administración pública es muy libre de apoyar o retirar el apoyo a cualquier proyecto, pero de nuevo todo cobra un matiz siniestro si lo comparamos con lo que entendemos como práctica habitual. Imaginemos que Orce está en Vizcaya o Lérida en lugar de en Granada, ¿alguien se atreve a sugerir la posibilidad de un Lehendakari o una Generalitat quitándose tamaño botín arqueológico como si de lepra se tratase? Y aún menos en la Normandía o en la cuenca del Rhin. Por muchos argumentos en contra que añadan otros especialistas, no digamos si son extranjeros, los gobernantes locales y regionales hacen oídos sordos aunque sea por patrioterismo barato o porque están pensando en los beneficios que tal reclamo dejará en la comarca. Un Arzalluz no va a reconocer que ningún antropólogo considera ya serio trazar parentescos raciales a cuenta del RH, como tampoco el alcalde de Dordoña dirá jamás que lo más sensato y científico es dejar de llamar “cromañon” a nuestro primer ancestro genéticamente moderno. En menos de un año La Junta se daba, con perdón, patadas en el culo por vetar un yacimiento que colocaba a Andalucía en la vanguardia euroasiática del Paleolítico Inferior.

Después de conocer este panorama, poco apoyo o difusión podían esperar Gibert y su equipo, así que como suelen decir las ratas fueron las primeras en abandonar el barco. Esta fue sin duda la faceta más dolorosa que experimentó Gibert durante su largo calvario: la mayoría de sus ayudantes y colaboradores, muchos de los cuales eran conocidos gracias a él, no sólo le dieron la espalda sino que lo hicieron para poderlo apuñalar. Algunos de estos judas se apellidan Agustí, Moyá, Arribas, Martínez Navarro, y no sigo con la lista porque necesitaría tres primperanes para superar la nausea. Al menos Don Quijote tuvo la suerte de nunca ser abandonado por Sancho Panza, pero Gibert hubo de soportar como todos estos enanos bufones de administración pública fueron los primeros en renegar de sus convicciones de hace dos días para abrazar la nueva fe equino-europea. Qué casualidad, paulatinamente recibieron como premio aquellos puestos de los que se iba despidiendo u obligando a dimitir al propio Josep Gibert. Desde fuera de la familia Gibert no podemos hacernos una idea del alcance de tal traición, pues muchas fueron las noches que durmieron bajo una misma lona, muchos de ellos los que trataron a los niños Gibert como si fueran su familia, mucha venta de carretera, muchos sueños, muchas emociones compartidas. Sólo espero que dentro de unos años, cuando se vean viejos en cualquier U.C.I sórdida, recapaciten sobre lo que hicieron y si tanto les valió la pena.

Por fortuna esta conjura repugnante tiene los días contados, pues se ve cada vez más acosada por elementos con los que nunca contó en un principio. De un lado, los españoles ya no tienen ese complejo de parecer patriotas porque tras casi 40 años de democracia hemos aprendido que todas las naciones lo son en menor o mayor medida. Además, dicho patrioterismo prehistórico ya ha sido espoleado por los de Atapuerca, aunque por supuesto en su faceta más cidcampeadora y con la frontera de Francia a menos de 200km (y desacreditando de paso y en lo posible a los de Orce). En segundo lugar, el discurso progresista ha ido abandonando sus tradicionales estandartes proletarios por otros como sean la homosexualidad, la ecología o el aborto. Entre estos nuevos temas debemos incluir con fuerza la reflexión en torno a la articulación territorial por autonomías, la descentralización cultural, etc. de tal modo que ya no se tolerarían socialmente aquellas bromitas sobre los andaluces y aún menos se comprendería su filiación a la derecha de Fraga. Sin duda, la portada de El Papus habría merecido hoy una airada petición de disculpas por parte de la Junta de Andalucía, aunque es triste que sólo lo haría por presión popular, puesto que sus cargos políticos son los mismos que siempre negaron el pan y la sal a Orce y a Gibert. En tercer lugar la Paleoantropología internacional vigente ha dado un giro copernicano respecto a la de aquellos tiempos. Hoy quedas muy mal, y aún peor quedarás en los años que vienen, si te dedicas a oponerte irracionalmente a una herencia genética y cultural africana. De hecho, las tesis oficialistas del momento nos quieren hacer creer que todos los humanos actuales provenimos de ejemplares modernos aparecidos en África y que por tanto nada nos une por la sangre a aquel trozo de cráneo encontrado en Granada, lo que hace que el debate sobre “los orígenes” no esté en juego y que Orce no suponga ya una amenaza tan grande como en los años 80s.

Pero sin duda el elemento que más ha contribuido a recuperar la dignidad de las tesis de Gibert ha sido su propio trabajo y el de sus pocos colaboradores leales. Se ha tratado de una batalla costosa, con todo en contra, con permisos de prospección continuamente denegados, desplantes en los congresos, ostracismo mediático, etc., pero que no por ello se ha dado por perdida. Una vez más aparece la faceta heroica de Gibert y su entorno, en una fase posterior al desencanto, a la pérdida de la inocencia como investigador, una larga etapa de unos veinte años en los que nuestro héroe reconoce su sufrido destino y lo acomete como si cada día fuera una posibilidad de redención. Mientras los señoritos departamentales se limitaban a chillar con la connivencia de los medios que aquello era un burro, los de Gibert hicieron sus deberes como es de ley. Quizás existan argumentos en contra de que aquel cráneo fuera humano, pero lo cierto es que la situación de seguridad (medios, instituciones, academia) hizo ver al bando negacionista todo esto de la ciencia y las pruebas como algo prescindible. No hay argumentos en contra del Hombre de Orce que se puedan acercar ni a la centésima parte de los trabajados argumentos de sus vindicadores. A este respecto me parece capital la obra de Domeneç Campillo a la hora de restituir el honor y la profesionalidad de Gibert. Campillo no es un doctor chiflado que fichó Gibert para dar un lustre científico a sus elucubraciones, sino que se trata del entonces jefe de neurocirugía del Hospital Q.S. l´Aliança de Barcelona, además de haber sido profesor de Paleoantropología en la Universidad Autónoma de la misma ciudad. Hay muchos más investigadores de renombre que han dado la razón a Gibert, no siendo el menor Phillip Tobias. Sin embargo considero que más vale centrarnos en Gibert y Campillo pues protagonizaron sendas ediciones recientes y divulgativas de sus ideas, que permitirán a cualquier lector formarse un criterio propio. Los libros recomendados son:

- Campillo, D. El cráneo infantil de Orce: el homínido más antiguo de Eurasia. Barcelona: Bellaterra, 2002.

- Gibert, J. El Hombre de Orce: los homínidos que llegaron del sur. Córdoba: Almuzara, 2004

El primero constituye una fuente valiosa por provenir de fuera del ámbito paleontológico, por ser obra de un especialista reconocido internacionalmente, pero sobre todo por el apabullante aluvión de argumentos que nos ofrece. El segundo añade a lo científico el matiz biográfico, la crónica de zancadillas y traiciones que tuvieron que atravesar los Gibert hasta lavar de nuevo su reputación. Y digo “los” porque la estela de ostracismo no se limitó a Gibert padre: basta leer la desgarradora nota que escribe su hija Patxu al final de la monografía, basta conocer las continuas trabas que se ponen a su hijo Luis para investigar en nuestras tierras. Ni qué decir su esposa, que supongo se planteará cuánto más podría haberse mejorado e incluso prolongado la existencia de Gibert sin tanto sobresalto y puñalada. Afortunadamente nos queda el consuelo de saber que, como Moisés, Gibert vio su soñada Canaán antes de dejarnos definitivamente. Su hijo, o el propio Gibert al educarlo, fue lo bastante astuto como para estudiar Geología y no Paleontología, y de no promocionarse en una España que lo acosaba sino en marchar a Estados Unidos. Allí acabó trabajando para el Berkley Geochronology Center, nada más y nada menos que en colaboración con Gary Scott, implicado en dataciones tan importantes como las de Java o Dmanisi. En un trabajo publicado en 2006 por el Quaternary Sciences Rewiew, establecieron la antigüedad de Orce en 1.300.000 años, mientras que en la mezquina Iberia andaban escamoteándole siquiera el millón. ¿No querían ir de europeístas y abiertos? Pues ahí tienen al mismísimo hijo de Gibert enmendándoles la plana con el 7º de Caballería a sus espaldas. Para colmo de delicias, unos arqueólogos descubrieron en Tarragona (2007) un resto craneal de una joven de época romana que era idéntico al de Orce, con lo cual todo el debate morfológico y su adscripción animal quedaban fuera de lugar. El mismo año fallecía el genial Josep Gibert.

Epílogo. Hace pocos días recibimos una nueva alegría por parte de Luis Gibert, lo cual ha sido el verdadero desencadenante de este homenaje. La prestigiosa revista Nature le ha publicado un artículo (junto a G. Scott) donde se publica el hallazgo de útiles líticos achelenses en Fonelas (muy cerca de Orce) con una datación no inferior a los 900.000 años de antigüedad, el doble que las encontradas hasta hoy en el resto del continente. Granada vuelve a ser epicentro de humanidad mucho más temprano que cualquier otro lugar europeo. Si los andaluces y los interesados en general por la verdad conocemos algo de esto es exclusivamente gracias a Josep Gibert y a su estela familiar y profesional. Por todo ello, muchas gracias.

3 comentarios:

Carlos Hernandez dijo...

Buen homenaje, y buen repaso.
Estamos con Lluis.

Orce-man

Mario dijo...

Tiene usted razón en caracterizar a José Gibert como un héroe clásico afrontado un destino trágico. Nunca lo había visto así, pero tras leerle, su apreciación me es totalmente correcta. Y respecto al recentísimo trabajo de Luis Gibert y Gary Scott publicado en Nature, creo que aportan una nueva perspectiva sobre la prehistoria europea y espero que su contribución sirva para promover un impulso por parte de la tozuda administración andaluza. La cuenca de Guadix-Baza necesita sangre nueva, y el equipo hispanoamericano de Berkeley aporta interpretaciones nuevas, datos nuevos, nuevas ilusiones y todo el herrumbroso entramado arqueológico de la Junta debería leer esta publicación, aunque no les guste. Durante estos años, la Junta decidió que lo mejor que podía hacer era tapar con geotextil los yacimientos excavados por el equipo de Gibert. Ya va siendo hora de que este equipo, fogueado en las trincheras de muchas excavaciones, destape tanta pijotada y se ponga manos a la obra. Y no se trata de esa manida martingala de que “los yacimientos no se heredan”; el antiguo equipo de Gibert es el más adecuado porque comprende el conjunto de especialistas con más horas de excavación, mejor conocimiento de la sedimentología, del contexto geológico, la bioestratigrafía, la historia del yacimiento, etc, de todos los equipos de investigación posibles. Cuando algo es realmente valioso y necesita de un equipo de expertos, siempre se busca a los mejores ¿Por qué en este caso tiene que ser distinto?
Mario García Bartual

Carmen M.C. dijo...

Muchas gracias. No tengo por menos que agradecerle el reconocimiento al trabajo del Dr. José Gibert, que nos desmayó y actuó siempre con verdadera honestidad, y a la valentia y sagacidad de su hijo Luis que ha sabido con su estudio y esfuerzo darle el lugar debido a los descubrimientos de su padre. Gracias de nuevo.