lunes, 14 de marzo de 2011

Demografía protoestatal 3. La red de asentamientos

En la entrada anterior me despedí con un reto: demostrar la plausible existencia de protoestados con nada menos que 12.000 habitantes, en Afroiberia, y desde el 3.000aC. Como hemos venido haciendo hasta ahora, el primer paso para conseguirlo será desglosar tal muchedumbre entre unidades menores, que actúen como “conversores” de escala y nos permitan proponer un esquema mucho más fácil de visualizar y manejar. Usaremos por tanto los seis tipos de poblamiento antes vistos para diseñar una hipotética red:

El cuadro de arriba no merece apenas comentario si hemos asimilado las ideas expuestas en el post anterior. La diferencia de porcentaje entre la población urbana (32,5%) y la rural (67,5%) es muy típica del mundo antiguo con su gran dependencia del sector agropecuario. Sean urbanos o rurales, este variado lote de asentamientos compone una red cultural, social, identitaria y políticamente cohesionada. Sus unidades de poblamiento mantienen entre sí relaciones de asociación y/o dependencia, existe el compromiso de defenderse mutuamente frente a enemigos exteriores, de ayudarse en caso de carestía de recursos, así como numerosas citas y ritos de participación comunitaria. Pero nuestro propósito, por ahora, no es caracterizar este tipo de sociedad sino cuantificar su población, su extensión territorial, las vías de comunicación entre sus núcleos, etc., para ver si fue materialmente viable.

El Hinterland.

Conocemos ya las hectáreas que ocupaba cada tipo de poblamiento, en el sentido estricto de sus casas y edificios comunes, pero también sabemos que sus pobladores disponían de terrenos para cultivar, zonas de pasto, caminos o bosques más allá de sus perímetros urbanos. A ese territorio o espacio de actividad necesario para la supervivencia de un núcleo de población se le suele llamar hinterlad (aunque este término tiene otras acepciones). Como las poleis griegas han sido estudiadas exhaustivamente, y por tanto la extensión de sus territorios nos es bien conocida, pensé que podríamos aplicar sus pautas a las nuestras. Algunos estarán pensando que los demócratas, científicos y filósofos griegos de la polis estaban mucho más evolucionados que nuestros protoestados, pero nótese que yo no equiparo su densidad de población, ni su concentración urbanística, ni sus avances tecnológicos o coordinación social. Sólo establezco una similitud entre el espacio necesario para sobrevivir y entre la cantidad de recursos consumidos por habitante para un autoabastecimiento de primera necesidad. En ese aspecto no debieron existir diferencias escandalosas entre griegos y afroibéricos protoestatales. Aceptada la comparación y tomando a la Atenas del s.IVaC como paradigma, vemos que disponía de un hinterland de 2.500km² para unos 200.000 habitantes. Ponemos nuestra máquina conversora a funcionar y obtenemos que 2.500km² equivalen a 250.000 hectáreas, así que cada ateniense disponía de 1,25 hectáreas para proporcionarse sustento. Como contamos mejor por viviendas (6 individuos), cada familia ateniense disponía de 7,5 hectáreas, una auténtica burrada (el equivalente al césped de unos 10 campos de fútbol).

Volviendo al caso afroibérico, empezaremos dotándolo de unos límites territoriales máximos. Con una densidad de población que ya establecimos en 6,25hab/km², 12.000 habitantes tendrían derecho a 1.920km². La primera observación es que suponiendo 16 veces menos población que los atenienses, tienen a su disposición sólo un poco menos de territorio, lo cual debería bastar para anular cualquier crítica que se apoye en la “masificación” y la “falta de recursos”. Para no forzar mi propuesta y para dar cancha al enemigo propongo incluso rebajar la extensión de este territorio a 1.600km². Pero no olvidemos que este no es el territorio real de mi protoestado sino sólo un área potencial máxima. El verdadero hinterland debe ser calculado empleando los valores griegos, es decir, dotando de 1,25 hectáreas a cada uno de mis habitantes, y obteniendo así un valor global de 15.000 hectáreas o 150km². Autocensurándonos de nuevo, vamos a suponer que éramos muy torpes comparados con los griegos, que cada espiga suya daba más grano que las nuestras, que no dominábamos del todo el barbecho y que nuestro ganado era más flaco y con menos leche. Necesitaríamos por tanto más territorio para autoabastecernos y, añadiéndo en esta ampliación bosques, caminos, etc. podemos duplicar la extensión de mi protoestado hasta 30.000 hectáreas o 300km². Repito la jugada para el que se haga el despistado: he reducido el espacio máximo disponible y he aumentado al doble el hinterland real, buscando esa sensación de estrechez y falta de recursos que pudiera poner en entredicho mi teoría. A pesar de tales restricciones, el espacio efectivamente cultivado, habitado, transitado, etc. no supondría ni un 20% del total disponible. Y eso que al duplicar el hinterland también se han duplicado los lotes de tierra: en nuestro protoestado cada habitante disfrutaría de 2,50 hectáreas para explotación agropecuaria, y cada familia de 15 hectáreas (¡el césped de unos 20 campos de fútbol!). A continuación veremos desglosado el hinterland para cada uno de nuestros modelos de poblamiento:

- Capital. 52,5km²

- Ciudad Grande. 30km²

- Ciudad Pequeña. 15km²

- Pueblo. 7,5km²

- Aldea. 3km²

- Cortijada. 1,35km²


Ubicación y articulación territorial.

Una vez estimado cuánto espacio ocupaban 12.000 afroibéricos protoestatales hay que traducirlo en imágenes para que no se nos vaya todo al mundo de lo abstracto. Vamos a colocar estas cifras en un mapa a ver cuál es la impresión que nos proporcionan, y para ello lo primero que hemos de decidir es la ubicación geográfica de dicho protoestado. No todas las comarcas afroibéricas eran, ni son, igualmente feraces o bien comunicadas, y debemos escoger entre las mejor dotadas. Así acallamos de una vez por todas a los que pretendieran replicar invocando problemas con los recursos alimenticios y las materias primas.

La comarca escogida para albergar nuestro protoestado es la Vega de Granada, rica en yacimientos arqueológicos que cubren cada tramo del extenso período protoestatal, lo cual no es extraño atendiendo a la fertilidad de sus suelos y a su excelente situación geoestratégica. Los 1.600km² de extensión máxima están representados por el cuadrángulo grisáceo en el centro del mapa. El Genil atraviesa longitudinalmente todo el territorio poniéndolo en contacto con el Guadalquivir, del que es afluente principal, y por ende con el Atlántico. A su vez, los afluentes del Genil hacen lo propio en sentido transversal, convirtiendo a nuestra zona no sólo en perfecta para el cultivo y el abastecimiento de agua, sino en óptima para las redes de comunicación. Cuatro flechas negras representan cuatro pasos para sortear las barreras orográficas de más de mil metros (en marrón oscuro) que circunvalan la Vega como una muralla. Al noreste el paso hacia la Hoya de Guadix-Baza, importantísimo acceso hacia el Levante. Al sureste se accedía por el puerto del Suspiro del Moro hacia el Valle de Lecrín, el río Guadalfeo y de ahí a la Alpujarra o a la costa de Motril y Almuñecar. Al suroeste el Boquete de Zafarraya les ahorraba rodear toda la Sierra Gorda si querían visitar Málaga, Vélez o la Axarquía. Finalmente, al noroeste la Subbética presentaba menos resistencia al paso y ofrecía el atractivo de un Alto Guadalquivir, vía Guadajoz, que a su vez conducía a Sierra Morena y La Meseta.

Una vez hemos puesto en valor la zona, despejamos el mapa de letreros y nos centramos en la distribución espacial de nuestra red de asentamientos. Para ello hemos seguido un procedimiento:

- Los asentamientos, y su hinterland, no pueden salirse del área máxima potencial (1.600km²) representada en gris.

- El hinterland de cada tipo de asentamiento estará representado por un cuadrado a perfecta escala respecto al mapa, como si lo estuviéramos viendo desde un satélite.

- Los asentamientos se ubicarán preferentemente en zonas fértiles y/o bien comunicadas.

- Cada vez que es necesario ubicar un asentamiento en la periferia, caso de los puertos de montaña, hay que mantener una cadena de poblaciones entre dicho asentamiento y el centro para hacer frente a los precarios medios de transporte y comunicación de la época.

El resultado es el que vemos arriba. La capital, representada en amarillo, ocupa precisamente el mismo lugar que Granada en nuestros días y, aunque pudo tener otras ubicaciones, nuestra elección tampoco es caprichosa: supone la meta de los que remontan el Genil, está en la zona más protegida orográficamente y controla sin dificultad los pasos a Guadix y a la costa granadina. La ubicación de la capital en el extremo oriental obliga por compensación a que la ciudad grande, la equivalente a Los Millares, se ubique por Huétor Tájar. La ciudad pequeña, allá por Pinos Puente, debe su ubicación a la gran fertilidad de la Vega por ese tramo, mientras que los tres pueblos están situados en la periferia para controlar lo que provenía de los principales puertos de montaña, más o menos sobre las actuales Alhama de Granada, Dúrcal e Iznalloz. El resto, aldeas y cortijadas, se distribuyen mayoritariamente a lo largo de todo el tramo de Genil que cruza el territorio (especialmente al este) y otras sirven como eslabones que conducen hacia los tres pueblos periféricos. Aunque pueda parecer un esquema abigarrado, lo cierto es que no he colocado las poblaciones lo suficientemente juntas: en las márgenes del Genil no debía existir ni un milímetro fuera de los dominios de alguna población, y si en el mapa aparecen los hinterlands separados es para poder distinguirlos uno de otro. Recordemos además que estos cuadraditos representan a escala real su superficie, y que esta ha sido estimada como el doble de la que necesitaba un ateniense, así que podemos adosarlos sin dejar resquicio entre ellos porque cada uno lleva incorporada su cuota de bosque, caminos, abrevaderos, etc. Tampoco deberíamos olvidar al hábitat disperso, lógicamente no representado en el mapa, que a menudo actuaba como nexo entre poblaciones. Acabo el comentario de este mapa advirtiendo la presencia de un detalle que bien puede pasar desapercibido: en el cuadrado amarillo que representa el hinterland de la capital aparece un pequeñísimo cuadrado azul. No es un error del gráfico sino que se trata precisamente de la superficie que ocupa, también a perfecta escala, su núcleo urbano. De este modo podemos tener una idea clara del vasto territorio que cada hinterland representa con respecto a su núcleo de población. Siendo tan milimétrica la ciudad capital a esta escala cartográfica, se entenderá que el resto de poblaciones apenas puedan representarse con un punto. Espero que todos estos argumentos, bastante sencillos, hayan servido para demostrar que nuestra distribución territorial es perfectamente factible, es decir, que la Vega de Granada daba de sobra para alimentar a 12.000 afroibéricos, antes, durante y después de las sociedades protoestatales.

En esta última representación el mapa se ha quedado casi vacío porque nos limitaremos a comparar dos elementos. De un lado, el rectángulo grisáceo que representa los 1.600km² de extensión potencial máxima. De otro, una forma sinuosa que supone la suma de todos los hinterlands que forman nuestro protoestado, sólo que representados de forma más orgánica y realista que con los anterirores cuadritos de colores. Al ser una recreación más artística me he permitido sacar pequeños picos fuera del rectángulo gris cuando la lógica lo requería: no puedes, por ejemplo, llegar hasta Alhama sin pretender controlar el paso de Zafarraya. Por otra parte, he creído conveniente representar las tres ciudades (puntos negros) guardando la escala tanto como sus “nano-dimensiones” lo permiten. Y como no soy experto en estimar áreas irregulares, tan engañosas, en caso de duda he preferido añadir que restar superficie, de tal modo que la silueta resultante excede bastante los 300km² que representaban los cuadrados. Quizás la superficie se ha acercado por mi torpeza hasta los 500km², lo cual es mucho más que los 150km² que nos corresponderían siguiendo el ejemplo ateniense. Con unas dimensiones tan exageradas, más del triple de lo necesario, este territorio incluiría importantes porciones de bosque para la obtención de caza, recolección y leña, extensos prados para el ganado, zonas de cultivo comunitario para almacenar excedentes o comerciar, y en fin cualquier “extra” que podamos imaginar. A pesar de estas licencias, y de que abarca lugares muy distantes entre sí por su disposición tentacular, nuestro protoestado apenas ocupaba un 30% de los 1.600km² que le “corresponden” según la densidad demográfica de la región y la época. El 70% restante no puede calificarse de zona “ignota”, por supuesto, pero sí de parajes sobre los que no se tiene control efectivo, aunque de esto hablaremos mejor en la próxima entrada.

viernes, 4 de marzo de 2011

Demografía protoestatal 2. Unidades de asentamiento

La presente entrada está dedicada al análisis de seis modelos de asentamiento propios de la época protoestatal afroibérica (ca. 3.500-500aC). La elección del tamaño, número de habitantes, y denominación de cada uno ha sido un tanto arbitraria, pues es imposible establecer una frontera nítida entre estos. Tal y como ocurre con nuestras poblaciones actuales, es difícil discernir cuando acaba el “pueblo grande” y empieza la “ciudad pequeña”, pero hemos de optar por algún tipo de discriminación si queremos llevar nuestra investigación a buen puerto.

Cada asentamiento viene ilustrado por unas sencillas infografías 3D de mi cosecha. A nivel artístico no son como para tirar cohetes, pero quiero destacar que al menos sí las he representado a perfecta escala, es decir, con el número exacto de casas, en sus dimensiones correctas y sin salirse de las hectáreas que les corresponden, según las conclusiones del post anterior. Todas estas ilustraciones comparten un mismo código de información, a la manera de los mapas y sus leyendas explicativas:

- Cada asentamiento aparece representado en dos vistas: perspectiva y superior.

- Sobre el fondo verde aparecerán las casas (bastante grandes: 35m²). En asentamientos rurales sólo son de color rojo. En asentamientos urbanos son tanto de color rojo (llámese “centro histórico”, “·ciudadela”, “acrópolis”, etc.) como naranja.

- Las edificaciones azules representan aquellas de uso y provecho colectivo (graneros, murallas, templos, etc.). Quedan fuera del cómputo casas/habitantes.

- Cada asentamiento aparece rodeado por un suelo circular de tono más grisáceo que el verde general. Representa las hectáreas estimadas para ese número de población.

- A la izquierda se dan los valores en habitantes, hectáreas y número de viviendas, así como un nombre entrecomillado que nos servirá para referirnos a ese tipo de población en futuros artículos.

Probablemente llamará la atención lo pequeñas y lejanas que se ven las casas en los asentamientos menores. La razón de ello es que he decidido que todas las ilustraciones puedan superponerse, de tal modo que en ese mismo encuadre y con ese mismo formato han de caber también las poblaciones con muchas más viviendas. De hecho, esas mismas cabañas y en esa idéntica posición se mantendrán hasta el final, de tal modo que si grabáramos las ilustraciones y las pasáramos secuencialmente usando un visor de imágenes cualquiera (cosa que aconsejo) daría la sensación de que el mismo poblamiento crece. Soy muy consciente de que esto puede inducirnos una falsa idea evolutiva, que no todas las poblaciones crecen de forma radial de dentro hacia fuera, y que por supuesto las viviendas de una población se derrumban, se sustituyen y remodelan con el paso del tiempo. Asimismo se que ni todas las poblaciones pequeñas o rurales son obligado germen de futuras ciudades, ni todas las ciudades provinieron de una entidad mucho menor y ancestral. Pero, seamos francos, también hay que reconocer que sí hay un gran número de casos en que esto fue exactamente lo que ocurrió. En cualquier caso jugamos con un estereotipo, una representación modélica y por tanto mnemotécnica que nos ayuda a investigar. Una vez indicadas estas pautas generales podemos pasar a cada modelo concreto.

1. Cortijada.

En Andalucía llamamos cortijada a un tipo de asentamiento muy específico. No es un cortijo pues en ella viven distintas familias, cada una con su casa, cada una con sus tierras en las que cada uno cultiva o hace pastar lo que quiere. No es tampoco una aldea, pues conserva su carácter agreste y agrario, sin pretensiones de urbanismo embrionario ni organización de tal. En realidad está más cerca del denominado hábitat disperso, esto es, de las casitas aisladas que todos podemos ver por esos campos. Simplemente decidieron edificar cerca los unos de los otros por seguridad y, si acaso, para aprovechar alguna instalación comunitaria (horno de pan, fuente, era, o granero) que corresponde al edificio azul del centro. Al analizar esta ilustración, y las que le siguen, debemos imaginar que vamos subidos a un helicóptero y pensar qué impresión nos causaría lo que vemos. En este caso, “cortijada” me parece de lo más adecuado pues nuestra percepción es la de un puñado de casas-familias agrupadas de forma anárquica, no la de un “poblado”, ni siquiera del tipo más pequeño. Si algunos arqueólogos han denominado de esta última forma a yacimientos de igual magnitud es por su ansia de dar notoriedad al hallazgo y por el velado desprecio que sienten por las gentes prehistóricas, a las que presuponen incapaces de ofrecer mayores complejidades urbanísticas. Es importante notar que las nueve viviendas, más el edificio azul de propina, apenas ocupan la mitad del espacio disponible (0,27ha), a pesar de haber sido representadas en un tamaño grande (35m²) para los estándares de su época. Esta pauta con grandes espacios deshabitados continuará aún en las ciudades de mayor tamaño.

2. Aldea.

He denominado aldea a este poblamiento por la connotación que tiene de germen de un futuro núcleo urbano. Actualmente la aldea es concebida como la unidad de menor vecindario y población, que puede o no presentar cierta planificación en calles y plazas, y que suele ser dependiente de otra unidad mayor. Los académicos hacen de este tipo de poblamiento el más característico de los tiempos “neolíticos”, más o menos equivalente a nuestra fase de “producción sostenible”. Si en la cortijada propusimos el truco del “helicóptero”, en este caso aconsejamos la pertinencia de desgranar la población por sectores de género y edad: 120 habitantes totales suponen en realidad sólo 20 hombres, 20 mujeres, 60 niños y 20 habitantes más entre abuelos y adolescentes casaderos. Debemos obligarnos a usar estas cifras y no la de población global, tanto para este tipo de poblamiento como para los demás, pues a menudo tendemos a atribuir a estas unidades unos recursos humanos que no tenían. Por ejemplo, esta población no podría organizar un “ejército” de 120 guerreros sino de 20 como mucho. Se que así dicho, en su contexto, suena a perogrullada, pero la mente es perezosa y nos jugará malas pasadas en cuanto abandonemos los análisis expresamente demográficos.

3. Pueblo.

Lo primero que notamos en esta ilustración es que el edificio de uso común (azul) ha sido ampliado con nuevas dependencias y un patio. El número de habitantes es ahora suficiente para acometer este tipo de derroches y esfuerzos sin que suponga un revés a la economía diaria. Es más, el apelativo de “pueblo” le viene dado precisamente por ser ya una unidad de población muy definida, aunque todavía de índole rural y secundaria, y en este contexto el gran edificio azul cobra un nuevo papel tanto simbólico como funcional. Puede que ya no se trate de un granero o alfar sino de un lugar de asamblea, un templo, o de todo lo anterior junto. Las poblaciones más pequeñas no pueden permitirse ni necesitan de algo así como un “ente coordinador de muchedumbres”, pero a partir de los 300 habitantes asentados la cosa cambia. Por supuesto, no hablamos de nada complejo, recordemos que 300 habitantes es lo mismo que una antigua banda fisión-fusión de recolectores-cazadores, pero la sedentarización plantea sus propios problemas: ¿a dónde van a parar los detritos orgánicos de tanta gente?, ¿será necesaria una tributación mínima?, ¿hay una autoridad encargada de custodiar el grano colectivamente almacenado?, ¿cómo se autoriza la incorporación de nuevos habitantes provenientes de fuera, o la distribución de las cabañas? Detrás de este poder de coordinación no tuvo por qué haber una única persona (jefe) o clan (aristocracia), sino que también, e incluso con más frecuencia, hubieron de darse formas más participativas de poder. Probablemente este edificio azul no estaba habitado por nadie especialmente distinguido sino que era “la casa de las casas”, el habitáculo que simbolizaba al poblamiento en su totalidad, la despensa de todos en tiempos de carestía, el lugar donde se depositaba el betilo de culto común y el patio donde discutir los problemas vecinales o donde decidir las estrategias frente a una amenaza. Despedimos este poblamiento avisando de que a partir de aquí las denominaciones empleadas serán más y más exageradas. Este “pueblo” no pasaría hoy día de aldea del mismo modo que las “ciudades” protoestatales, aún las más grandes, nos parecerán más bien pueblitos, pero debemos aplicar estas etiquetas según la función que cada poblamiento tenía en el esquema de su época.

4. Ciudad pequeña.

Encontramos algunos cambios significativos en esta primera unidad de poblamiento plenamente urbana, tal y como indica la presencia de casas rojas y naranjas. Las primeras han quedado rodeadas por una muralla creando dos niveles, intra y extra muros, de muy variada interpretación. Sin embargo, no me parece lícito considerar a la población en rojo como la “verdadera”, “oriunda” y acaso “privilegiada”, haciendo de las cabañas anaranjadas un mero extrarradio clientelar, lo cual es algo relativamente común de leer en manuales académicos. La razón es que no basta con la población circunscrita al interior de la muralla (50 varones adultos o su equivalente energético) para la construcción de la misma. Se trata de una obra de envergadura que sólo sería posible gracias a la participación de todas las casas-familias que vemos independientemente de su tono. Nada impide pensar que, lejos de pertenecer a extranjeros recién incorporados, las casas anaranjadas fueran las de hijos independizados de las familias rojas que habitaban intramuros. La muralla es para beneficio de todos, a todos protegerá llegado el caso, pero no puede hacerse con un perímetro mayor por falta de medios. En su limitación, consiguen que el muro proteja a todas las personas pero no a todas las viviendas. Algo es algo.

5. Ciudad Grande.

Las murallas en una ciudad son como los anillos en los troncos de los árboles. La presencia de dos círculos amurallados en nuestra ilustración indica que esta ciudad ha pasado al menos por dos fases en cuanto a extensión y número de habitantes. La población que en la “ciudad pequeña” quedaba extramuros (naranja) ha ido creciendo hasta triplicarse y necesita de nuevas instalaciones defensivas. 200 hombres capacitados (o, repetimos, su equivalente) han podido acometer la costosa obra en diversas fases y con distintos materiales para no poner a la ciudad en crisis de recursos. En algunas partes, por ejemplo aquellas donde la orografía era favorable, ha bastado alzar una empalizada de madera, mientras que en otras se ha hecho necesario el acarreo de toneladas de piedra. Lo más importante es que, bien que mal, se ha conseguido proteger todo el perímetro del asentamiento (la zona grisácea del suelo apenas sobresale de las murallas). También observamos cambios en las demás zonas azules o comunitarias. En la “ciudad pequeña” dejé sin comentar un nuevo edificio azul que aparecía intramuros, y ahora aparecen otros tres diseminados por el poblamiento, dando la idea de que a medida que la población crece también lo hace su necesidad de distribuir “servicios” de forma equitativa, ya sean aljibes, graneros u hornos metalúrgicos. El gran edificio central también se ha visto ampliado con edificios, uno de los cuales tiene aspecto de templo o palacio. Debemos pensar que un poblamiento como este que comentamos tendría bajo su tutela algunos pueblos, aldeas y cortijadas, quizás hasta una ciudad pequeña, los cuales contribuirían en cierta medida en dichas obras comunales. El edificio colectivo no había cambiado desde que eran 300hab. (“pueblo”), y ahora hablamos no sólo de los 1.200hab. de esta “ciudad grande”, sino de miles más a su cargo. Definitivamente aquí sí hay muchedumbre que administrar y controlar, y por tanto hará falta una autoridad que lo posibilite, aunque no necesariamente personalista. Finalmente, debemos recordar que este poblamiento posee unos valores idénticos, en habitantes, hectáreas y casas, al de Los Millares de Almería, además de un mismo amurallado múltiple (triple en el caso almeriense). Por tanto hasta ahora, e incluyendo este último modelo que comentamos, nos hemos manejado con unas propuestas absolutamente aceptables por el más positivista de los investigadores.

6. Capital.

Como acabo de decir, este es el único modelo de poblamiento aún no constatado arqueológicamente en Afroiberia, o al menos no unánimemente aceptado desde fechas tan tempranas como el 3.000aC. Pero el ya citado yacimiento sevillano de Valencina de la Concepción podría deparar muchas sorpresas al respecto, pues todo indica que era aún mayor que el que arriba representamos. Por su parte, en la posterior Edad del Bronce y no digamos en esa “protohistoria” que yo sigo englobando dentro de la fase protoestatal, sí hay casos indiscutibles de ciudades con este tamaño y mayores. Centrándonos en la imagen, volvamos a coger el helicóptero e imaginemos que sobrevolando Malí o Níger nos topamos con esta panorámica. Meditemos con sinceridad qué nos parecería: un mercado del desierto con su medina, algo que ni siquiera denominaríamos un “pueblo grande” desde nuestros presentismo y eurocentrismo. Como frase, “ciudades de 2.100 habitantes en el calcolítico afroibérico” suena a disparate debido a nuestra inercia formativa, a los prejuicios que desde muy jóvenes nos inoculan, pero visto así, casa a casa, no parece nada extraordinario. Teniendo en cuenta que lo que queda dentro de las murallas ya está constatado positivamente en Los Millares, ¿tanto alarde tecnológico y social implica el resto? Las murallas han sido reforzadas con bastiones y han aparecido nuevos edificios comunales, algo desde luego viable para una población que casi se ha duplicado respecto al modelo anterior. Por lo demás, es una mera versión “engordada” de Los Millares.

Una vez hayamos asimilado bien estos seis modelos de poblamiento protohistórico, y para ello aconsejo echarle más de un vistazo y hacer más de un cálculo, podremos ponerlos en contexto unos con otros. En algunas de sus descripciones he apuntado ya fenómenos de dependencia, y es que desde el hábitat disperso hasta la ciudad capital se tejía una compleja red identitaria, cultural, política, de comunicaciones e información, etc. que nos permite hablar de protoestados de 12.000 habitantes, en Afroiberia, y desde la denominada Edad del Cobre o III milenio aC. ¿Imposible? lo veremos en el siguiente artículo.