sábado, 15 de mayo de 2010

La tita X y el primo neandertal

Desde jovencito tuve claro que existían grandes similitudes entre los humanos prehistóricos y ciertas criaturas legendarias, y así veía al Yeti como un Homo erectus exagerado de pelos, o a los ogros de los cuentos como caricaturas de los neandertales. Desafortunadamente contamos con los desmitificadores oficiales para destrozar cualquier atrevida elucubración al respecto, pues para ellos la convivencia de humanos modernos con homínidos y otros humanos es sencillamente aberrante. Por comodidad metodológica, pero como veremos también por prejuicios ideológicos, los académicos prefieren trabajar bajo una ley que podemos denominar “1especie-1región-1período”, es decir, que no pueden existir dos especies humanas en el mismo tiempo y lugar, de tal modo que con la aparición del Homo sapiens moderno y su posterior expansión global la supervivencia de otros humanos estuvo rápidamente condenada al fracaso.

Descubrimientos recientes… y no tanto

Todo este planteamiento oficialista se vio gravemente amenazado con la publicación, en 2004, de los restos humanos aparecidos en la Isla de Flores (Indonesia), de los que ya he hablado y sobre los que internet está hasta la bandera de información. En resumen se trata de unos humanos diminutos que se parecen a una mezcla de erectus y habilis y que, ahí está lo sorprendente, vivió hace tan sólo 12.000 años. Este descubrimiento no caía en saco roto. En 1996 se dataron mediante uranio los restos del “hombre de Solo” de Ngandong (Java), conocido ya desde 1932, proporcionando edades entre 54 y 27.000 años de antigüedad. Lo llamativo aquí es que pese a su alta capacidad craneal y otros elementos modernos, aparte de las fechas, el hombre de Solo muestra otra gran cantidad de elementos propios del erectus asiático, siendo diagnosticado por unos como sapiens muy arcaico, como erectus progresivo por otros, mientras que para unos pocos se trataría de un mestizaje entre ambas especies. Por otra parte es también conocida la cadena de hallazgos de “neandertales tardíos” en el sur europeo, y sus repercusiones para el paradigma evolutivo. De una teórica extinción neandertal nada más pisar los modernos Europa (hace unos 40.000 años) acabamos pasando a aceptar, muchos a regañadientes, multitud de ejemplos de neandertales que, como en la Península Ibérica, habían sobrevivido cómodamente hasta hace 25.000 años. El mes pasado supimos de una nueva “incongruencia” entre especies, regiones y fechas, a partir del estudio de unos restos humanos provenientes de la cueva de Denisova (Montes Altai, Siberia Meridional). La noticia va de genes prehistóricos y se resume más o menos así: en dicha localización apareció una falange humana datada hace unos 48 ó 30.000 años, llamada “mujer x”. Su ADN mitocondrial ha sido analizado, y el resultado ha demostrado que pertenece a un linaje genético emparentado pero a la vez distinto respecto al neandertal o al humano moderno. Se trata además de un linaje cuyo origen ha sido remontado hasta el millón de años, si bien se ha hecho mediante los chapuceros “relojes moleculares”, lo que unido a su parentesco con nosotros y neandertalienses permitiría retratarlo como una especie progresiva de Homo antecessor. Sin darnos cuenta, hemos recopilado cuatro ejemplos unánime y académicamente aceptados (aunque no publicitados), que demuestran que hace tan sólo 30.000 años los humanos modernos compartíamos Eurasia, a veces en estrecha vecindad, con otros cuatro tipos más de humano: los habilinos de Flores, los erectinos de Ngandong, los antecessors de Siberia y los propios neandertales.

Evolucionismo y mestizaje.

Contrariamente a lo que se podría suponer, los académicos no se han rendido ante estas evidencias proclamando la invalidez de su paradigma “1especie-1región-1período”. Están tan cegados, y a la vez se saben tan dueños de nuestras opiniones, como para creer que estos cuatro casos (Flores, Ngandong, Denisova, Neandertal ibérico) podrán ser tenidos por excepcionales durante mucho más tiempo. Cuando encontramos este tipo de comportamiento obcecado entre los especialistas, debemos sospechar con fuerza la presencia de intereses ideológicos solapados.

Uno de las razones para aferrarse al viejo paradigma contra viento y marea es el evolucionismo llevado, como suele suceder, hasta el grado de dogma. Bajo esta ideología, porque eso es y no una forma de método científico, la hominización ha de ser representada como un proyecto casi mesiánico que nos habría sacado de la animalidad hasta llevarnos a la luna en cohete. Las especies homínidas y humanas hubieron de sucederse en ordenado turno, pues las formas nuevas son siempre consideradas evoluciones, adaptaciones, mejoras en definitiva respecto a las poblaciones “atrasadas”, las cuales son condenadas a su rápida extinción en un contexto de feroz competencia por los recursos. Es evidente que la convivencia prolongada de subespecies humanas impugna todo este planteamiento, porque evidencia que la aparición de subespecies nuevas no implica su total hegemonía en la región mediante una rápida victoria sobre otros humanos “rivales”. Si tenemos en cuenta que los humanos modernos comenzamos la andadura como especie hace unos 300.000 años, pero que hasta hace 30.000 aún coleaban poblaciones de habilis y erectus, deducimos que durante el 90% de su existencia la especie moderna ha convivido con otros Homo. ¿Podemos entonces seguir defendiendo el viejo esquema de un reemplazo biológico inmediato debido a nuestro éxito evolutivo?

El otro gran prejuicio que impide aceptar la convivencia de humanos modernos con otras subespecies afines atañe a los posibles mestizajes entre ellos, pues son entendidos como una amenaza a nivel tanto metodológico como ideológico. Si ya es difícil sostener la linealidad evolutiva que tanto desean los expertos en hominización haciendo uso de sus infinitas etiquetas y compartimentos estancos, qué decir si incorporásemos al cuadro posibles mezclas genéticas como quien aplica un difuminador sobre un mosaico de colores. Pero es aún más importante subrayar que los mestizajes también soliviantan al racismo que tan a menudo se embosca tras la investigación occidental. Haber compartido lecho con “yetis” y “ogras” es algo que nos resulta insoportable pues, en virtud al evolucionismo radical, los humanos modernos nos creemos hechos de la materia de los ángeles, culminación perfecta del proceso evolutivo, superiores en todos los aspectos a cualquiera de nuestros primos genéticos, y vencedores absolutos bajo la “ley del más apto”. Nuestra renuencia a aceptar las mezclas afecta a un humano tan próximo, en fechas, geografía y morfología, como es el neandertal. Sabemos desde hace tiempo de la existencia de humanos con anatomías intermedias entre ellos y nosotros (Moravia, Palestina, Portugal), pero esta información ha sido concienzudamente minimizada por los académicos. En concreto, el supuesto niño híbrido de Lagar Velho sufrió tremendo vapuleo desde los “papers” con una evidente intención de aviso para díscolos. Pero como los huesos seguían mostrando “incongruencias” indeseables, se decidió zanjar la cuestión derivándola hacia otro campo de investigación. Así, acometieron un proyecto “genoma neandertal” con el declarado propósito de demostrar de una vez por todas la incompatibilidad genética entre modernos y neandertales, aunque si damos crédito al notición de estos días, podemos decir aquello de que montaron el circo y les crecieron los enanos. La cosa es que el sr. Pääbo, máxima eminencia en estas lides, acaba de declarar que al menos un 1% de los genes modernos provienen de los neandertales, herencia que se eleva a un 4% en los euroasiáticos actuales, lo cual demuestra empíricamente que nos mestizamos con ellos.

La alternativa

Como suelo recomendar, lo mejor en estos casos de incertidumbre teórica es someterse a los criterios de plausibilidad, es decir, buscar la posibilidad más probable y no cerrarse a otras posibilidades tan o algo menos probables que las nuestras. Un rápido diagnóstico de la situación describe un viejo paradigma (1especie-1geografía-1período) que está siendo cuestionado básicamente por cuatro fenómenos (Flores, Solo, X y Neandertal). En los cuatro se demuestra la coexistencia en el tiempo de varios tipos de humano; en Siberia y Europa se demuestra además que dicha coexistencia fue muy estrecha geográficamente; y finalmente en el caso de los neandertales incluso está demostrada la hibridación. Es un inmejorable momento para reconocer que no sabemos ni la hora que es y que todas las cábalas que nos hicimos eran puro humo, lo cual no significa que renunciemos a ir apuntalando verdades genéricas al tiempo que abandonamos por fin posturas insostenibles. Para lograrlo debemos ponderar los datos disponibles en su justo valor. Hasta ahora nos hemos limitado a citar unos artículos y descubrimientos que cuestionaban el statu quo, pero incluso así corremos el riesgo de estar sometidos a un enfoque oficialista que se cree trasgresor. Por eso, aunque parezca contradictorio, hay que ser crítico incluso con las fuentes que nos han permitido desafiar el paradigma. Si lo hacemos descubriremos que la información proporcionada, aún siendo útil, está sesgada o infrautilizada.

Para empezar debemos abandonar la idea de que son cuatro casos aislados y excepcionales, para convertirlos en una pauta. Los académicos practican con ellos un positivismo atroz donde sólo pueden ser reconocidos, y con mil reparos, los cuatro hallazgos que han tenido el infortunio de descubrir. Tampoco se acepta para esas especies una localización distinta del yacimiento donde aparecieron sus restos ni una datación más reciente que la que estos aportaron. La pregunta es cuánto tiempo van a poder seguir manteniendo esta actitud de negación, cuando los casos se eleven a cinco, a siete, a diez más… Nosotros no debemos esperar, pues tanto ética como científicamente sabemos que con los casos hasta ahora disponibles ya es insostenible creer que a cada tiempo y región le ha de corresponder un solo humano y que, en caso de coincidir varias subespecies, una de las dos ha de resultar extinta en un plazo de tiempo breve. No sabemos cuál será el esquema definitivo, pero al menos sabemos que el tradicional ha de ser abandonado de inmediato por tendencioso y falto de empirismo. Sólo con esto habremos dado un gran paso en el terreno de las certezas.

Lo siguiente que podemos acometer es una especie de juego basado en la proporción entre cronología y morfología de las especies humanas, con especial atención a estos especimenes “anacrónicos”. La regla fundamental de este juego establece que si encontramos un tipo de humano en una fecha determinada, las subespecies humanas que evolutivamente le siguieron se han de dar por supuestas (aún sin yacimientos que lo corroboren) al menos hasta la misma fecha. Para entenderlo usaremos un caso tan exagerado como el del Homo floresiensis, que siendo tan reciente como de hace 12.000 años tenía una morfología afín al Homo habilis, un humano que “típicamente” se remonta más allá de los dos millones de años. Así pues, si en Flores sobrevivieron “habilis” hasta las puertas del Holoceno, no podemos negar el mismo destino para ergaster, erectus, antecessor, broken hill, heidelberg, georgicus, neandertal y cuanta especie humana le sucediera en orden de aparición. Más aún, la misma lógica nos permite defender la supervivencia de especies que, si bien eran muy distintas morfológicamente, fueron coetáneas al habilis (caso de los parantropos) y, por qué no, también la supervivencia (aunque no fuera hasta fechas tan recientes) de sus inmediatos ancestros australopitecinos. También nos es lícito suponer que si un habilis sobrevivió hasta hace 12.000 años, un erectus pudiera hacerlo hasta hace 5.000 y los sapiens primitivos hasta épocas plenamente históricas. Puede que alguno se pregunte qué relación guarda la morfología con la supervivencia, y en principio yo no me muestro especialmente favorable a que exista tal vínculo. Es a los oficialistas a los que les gusta sobremanera plantear la existencia como un reto a superar donde sólo sobreviven los fuertes, al tiempo que consideran a cada prototipo humano como superior de necesidad respecto a los anteriores. Siguiéndoles el cuento, debemos establecer que un individuo con una morfología tan arcaica como el floresiensis no pudo ser rival serio para los humanos posteriores, con mayor capacidad craneal, mayor corpulencia, mejor organización social y mejor desarrollo tecnológico. Por así decirlo, el evolucionismo radical concibe la vida como una larga partida de ruleta rusa, y cualquiera puede entender que no es igual de arriesgado jugar con la pistolita diez segundos que diez horas. Si el “debilucho” y “anticuado” sobrevive, ¿qué podemos esperar de las posteriores versiones mejoradas? Por añadidura, a medida que las especies humanas eran más parecidas a la actual aumentaban las posibilidades de mestizaje con nosotros por razones tanto genéticas como estéticas, lo cual les permitiría incorporarse a nuestro imparable stock, que a su vez no es sino otra forma más de supervivencia biológica.

En cuanto a las publicaciones concretas que nos han permitido desafiar el esquema oficial vigente, todas ellas comparten una serie de errores originados siempre por confundir los datos con su interpretación. Para ello nos detendremos en el modo en que obtienen muestreos de las distintas poblaciones, en cómo establecen parentescos entre ellos y en cómo finalmente asignan fechas en razón a los puntos anteriores. La principal limitación de la genómica prehistórica es la pobreza del muestreo disponible, carencia que en ningún caso está justificada por la inexistencia de candidatos a nuevos análisis. Para hacernos una idea, la totalidad de artículos que conozco que abordan el “genoma neandertal” en realidad se refieren a un ridículo muestreo compuesto por seis individuos: tres de Croacia y otros tres de Asturias, Rusia y Alemania respectivamente. Aunque suene a chufla, los “muestreos” de genes del hombre moderno paleolítico suelen ser aún más raquíticas. Como muestra propongo el caso de la “tita X”, pues es un estudio genético del más alto nivel que ha sido deducida, agárrense, a partir de los seis consabidos neandertales, de un (¡1!) moderno del paleolítico ruso, y de cinco individuos actuales. Hay decenas de neandertales y cientos de modernos paleolíticos a la espera de que les tomen el ADN, las pruebas ya no son ni tan difíciles ni tan caras, así que nada impediría triplicar por lo menos esta vergonzosa representación. Por razones tan mezquinas como siniestras los especialistas prefieren negarse a este deber y precipitarse a elucubrar parentescos y fechas. Pero están condenados al fracaso no sólo por su pobre muestreo sino por la incorrecta interpretación que hacen de los datos. Estos, en estado puro, no fabrican árboles genealógicos ni tablas temporales, sino que sólo constatan saltos diferenciales en el stock genético, las mutaciones, que coinciden o no entre las especies analizadas. Así sabemos que según las mitocondrias los saltos evolutivos entre nosotros y el neandertal son 202, respecto a la Tita X de Siberia hay 385 saltos, y si nos remontamos al chimpancé, nuestras divergencias contabilizan 1461 saltos. Aquí termina la ciencia y comienza la aberración, pues los ultras del evolucionismo han llegado a convertir en eje de su metodología algo diametralmente opuesto a la esencia misma del darwinismo: suponer plazos de tiempo fijos para cada salto diferencial, es decir, la regularidad de algo tan casual como una mutación. A partir de aquí crean “relojes moleculares” para ponerles fecha a la aparición de las subespecies humanas, de lo cual ya he hablado en otra ocasión. En todo caso, ningún método puede proporcionarnos la fecha de aparición de una especie, porque se ha demostrado (precisamente mediante genética) que no se trata de procesos puntuales sino muy dilatados en el tiempo, y no siempre graduales ni unidireccionales. Con este breve análisis parece demostrado que esta bibliografía sobre humanos “anacrónicos”, pese a sernos sustancialmente útil, demuestra graves carencias tanto de seriedad empírica como de imaginación deductiva, y esto sin duda perjudica el potencial de los datos que maneja.

Conclusión

¡Qué cómodo era aquello de “Habilis-África-2millones/años-Olduvayense”, “Erectus-África-1m.a.-Achelense”, “Neandertal-Europa/Oriente-500.000años-Musteriense”, y “Cromañón-Europa-40.000años-Auriñaciense”! Qué armónico todo, qué profiláctico, y a la vez qué falso. Esta obsesión crono-clasificatoria llegaba al extremo de imponerse incluso entre los humanos de inicios del Pleistoceno. Confieso que era ya adulto cuando descubrí que hace millón y pico de años, en las riberas del lago Turkana, convivían los Homo erectus, habilis y rudolfensis con sus parientes los parantropos, que allí cazaban y abrevaban a metros de distancia sin necesidad de aniquilarse, y que esta idílica situación se sostuvo durante decenas de miles de años. Como vemos se trata de una estampa muy temprana evolutivamente hablando, que en nada debería dañar nuestra preconcepción del humano moderno como humano “superior” y jamás sometido a mestizajes “zoofílicos”, y sin embargo es evidente que los académicos se esfuerzan por silenciarlo. Este conocimiento sólo se consigue digiriendo auténticos ladrillos bibliográficos y/o después de haber interiorizado perfectamente todas las fechas relacionadas con todos los tipos de homínidos a lo largo de los cinco continentes. Pero no se divulga, no se pone a todos estos humanos juntos en las maquetas, documentales y recreaciones de museos y manuales, no vaya a ser que el gran público establezca por su cuenta que esta convivencia entre humanos, lejos de ser excepcional, hubo de ser la norma incluso cuando nuestra subespecie, los modernos, habíamos hecho aparición.

Por supuesto mi postura no es la del cripto-zoólogo (en este caso más bien cripto-antropólogo): me sobran los bigfoots y los hobbits para defender todo lo dicho hasta ahora. Pero una mente no contaminada de prejuicios debe sentirse inquieta ante algunos fenómenos que sí parecen enlazados. El ejemplo más claro es la leyenda sobre el orang pendek, un humanoide peludo y enano en el folclore de la misma isla de Flores donde apareció un erectino/habilino de iguales características. Calculadora en mano, si una especie demuestra estar presente en fósiles desde hace más de dos millones de años hasta hace sólo 12.000, ¿no una cuestión de ínfimos detalles estimar su extinción 10.000 años arriba o abajo?, ¿no es acaso posible que este orang pendek sea una adaptación legendaria de un ser que hasta tiempos históricos sobrevivió en lo más recóndito del bosque? Del mismo modo, y ahora que sabemos que nuestro ADN es en un 1-4% de origen neandertal, es plausible considerar que algunas poblaciones de modernos, sobre todo europeos, retuvieran algunos de los más marcados fenotipos de esta subespecie, incluso en una cantidad mayor que los actuales, y que por esto hubieran sido arrinconados también a zonas de difícil acceso. ¿Pudieron estas comunidades alimentar el mito de los ogros, gigantes, orcos, etc.? Es evidente que no contamos, aún, con el esqueleto de un neandertaloide para fechas históricas, pero sí contamos con un Homo habilis indonesio a las puertas del Holoceno, en las mismas fechas en que los natufienses palestinos ensayaban la agricultura y los japoneses jomon modelaban la primera cerámica. A algunos eso nos basta para dejar entornada la puerta de la duda.

jueves, 22 de abril de 2010

Melqart-Hércules (2)

Melqart en Heracles

Sabemos que la leyenda de Heracles es una de las más extensas y complejas de la mitología griega, así que sería inútil tratar de glosarla completamente en este artículo. Tampoco entra en nuestros objetivos, pues sólo nos interesan de este dios aquellos aspectos que puedan estar relacionados con el Melqart fenicio y en concreto con Afroiberia. Es muy normal que aún siendo Heracles en gran parte la asimilación griega de un mito cananeo tenga una personalidad propia, producto tanto de deidades autóctonas que se le sumaron al principio, como de la deriva cultural helena posterior, cada vez más alejada del influjo próximo-oriental. Esa es la razón principal de que no podamos limitarnos a rellenar la ausencia de documentación cananea sobre Melqart con la ingente literatura greco-latina en torno a Heracles-Hércules.

El punto de partida debe ser la datación correcta del mito de Heracles, entendiendo por tal la búsqueda de textos que lo mencionen o de arte plástico que lo represente por vez primera, tal y como hicimos con Melqart, y no la divagación indogermanista sobre tradiciones orales milenarias que se conceden o se niegan según el color del pueblo que las reivindique. El primer autor que cita a Heracles es Hesíodo (s.VIII-VII) en su Teogonía, aunque sólo lo hace nueve veces y de forma muy superficial. Con todo, sorprende que dos de ellas estén relacionadas con el occidental Gerión, del que hablaremos en otro post, y tres más con su parentela (los hijos de Forcis y Ceto). Los únicos “trabajos” que menciona son el mentado de Gerión, el de la Hidra y el del León de Nemea. Contemporáneo o algo posterior es Homero, el cuál da una versión del dios algo diferente de la que luego se divulgó en época clásica. Por ejemplo, sólo cita el “trabajo” del Cerbero, también muy occidental, aunque conoce la existencia de otros trabajos (athloi) e incluso caricaturiza a Euristeo por su cobardía. Otra interesante rareza de Homero es la creencia de que, tras la muerte del dios, su sombra cazaba animales salvajes en el Hades mientras el Heracles real vivía en el Olimpo, lo cual es pura reminiscencia del Melqart vencedor de la muerte, señor de las bestias y cazador errante. Para corroborarlo, también menciona la victoria en combate de Heracles sobre Hades, dios infernal, que no es muy empleado en la literatura posterior. Además, el espíritu salvaje, los apetitos inmoderados, lo cómico incluso, son elementos muy típicos del Heracles homérico que de nuevo lo emparentan con Melqart, Bes, Gilgamesh, Sansón, etc.

Pero Hesíodo y Homero no eran griegos propiamente dichos sino proto-griegos. La Hellas de los s.VIII y VIIaC. estaba totalmente sometida al influjo extranjero después del despiste cultural que sobrevino tras la debacle micénica, los llamados “siglos de oscuridad”. Entre las culturas más decisivas en la forja de lo que hoy conocemos por “griego” están los cananeos, por más que esto escueza. Hasta el alfabeto tuvieron que tomarlo de ellos los proto-griegos porque habían perdido su escritura linear-B, y cada vez son más evidentes la presencia de numerosos cananeos entre la población local, a veces como metecos (inmigrantes) individuales, pero también bajo la forma de auténticos emporios independientes. ¿Colonias fenicias en “tierra santa”? ¡Anatema! -dirán los supremacistas blancos. Que pregunten entonces a los propios griegos, sus idolatrados griegos, por Cadmo y Danao, hasta los que por cierto entroncaba la estirpe del propio Heracles. Quitémonos pues la venda eurocentrista y reconozcamos que nada hay en la técnica, artes, costumbres y cultura de estos proto-griegos que no pueda ser remitido a algún fenómeno previo proveniente de Egipto, Anatolia, pero sobre de Canaán. La mitología no pudo estar a salvo de dichos procesos culturizadores.

La siguiente escala del camino nos saca de Grecia para transportarnos a Chipre. Pido que antes de avanzar tomemos el atlas y contemplemos largo rato la isla y su posición geoestratégica. Hoy escuchamos “Chipre” y pensamos en una isla griega más, pero esto no tiene ningún fundamento geográfico, pues por su posición los chipriotas aborígenes han tenido más que ver con turcos y sirios que con helenos. La bicefalia actual de la isla no ayuda a esclarecer este asunto ya que la parte griega, la más volcada en investigar, lo hace con un descarado interés por subyugarse al registro arqueológico hallado en Grecia. Tanto que para los siglos que nos ocupan siguen pretendiendo que los chipriotas eran muy griegos… ¡cuando estos no existían aún! Por mucho que en el s.VIIIaC. ya hubiera una población chipriota grecoparlante, nada salvo un testimonio epigráfico podría distinguirla de cualquier otra cultura “orientalizante” del momento, ya fuera fenicia, griega o gaditana. Pues bien, en esta isla y durante este ambiguo período aparecen las primeras representaciones artísticas de Heracles, a las que debemos remontar al menos hasta el s.VIIaC. Una de las razones es que ya en este siglo aparecen terracotas que representan a Gerión, y de ahí podemos deducir que también se representase al dios que le dio muerte aunque no lo conservemos. Otra de las razones es que a partir del s.VI se popularizan las estatuas en caliza de los llamados “heracles chipriotas”, debiendo suponerle ensayos más modestos desde al menos un siglo antes, como al parecer demuestra una estatuilla acéfala de Heracles del Museo de Nicosia. Pero por encima de todo está el hecho de que desde los s.VIII-VIIaC. la presencia cananea es masiva en la isla, superando con creces, tanto en número como en desarrollo cultural, a la población grecoparlante. Tengamos muy en cuenta que fueron los tirios los máximos responsables de la “colonización” chipriota, de los cuales Melqart era el dios tutelar. Volvamos a las estatuas del “heracles chipriota” y describámoslo como un joven robusto ataviado con la “leontis” (piel de león colocada a la manera de Bes), la clava (maza basta) en una mano, y el cachorro de león en otro, ¿a qué nos suena? Para colmo, subrayemos con Vassos Karageorghis (pope máximo del grecocentrismo arqueológico en Chipre) que “a Heracles se le veneraba sobre todo en Kition, donde la influencia de los fenicios era muy grande”. Digo yo que para atar estos cabos no se precisa mucho oficio: en Grecia las primeras representaciones del dios con la piel de león y la maza son necesariamente posteriores (cerámicas de finales del sVIaC.) y deudoras de las chipriotas. Antes de eso, los proto-griegos representaban a Heracles como un señor barbudo indistinguible de cualquier otro héroe salvo por la acción que llevaba a cabo o por una grafía que lo identificara, costumbre que nunca se perdió del todo.

Lám. 2. Desarrollo iconográfico de Heracles. Las figuras 1, 3 y 4 son representaciones chipriotas de un ser a medio camino entre Melqart y Bes, muy probablemente inspiradas en una tradición cananea (fig. 2). Notemos como esa figura perdura hasta fechas y geografías tan lejanas como la Basilicata del s.IVa.C. (fig.5), aunque en la forma de un Heracles rechoncho y caricaturesco. En el s.VIIaC. surge el tipo iconográfico llamado “Heracles chipriota” (fig. 6-14), aunque su mayor popularidad se dio a partir del s.VIaC., cuando incluso se exportó a Grecia continental, Italia del sur y Asia menor. Los proto-griegos, que tenían a Chipre por un referente artístico, incorporaron muy pronto esta innovación del Heracles leonado, como demuestran las cerámicas negras de mediados del s.VIaC. (fig. 15). Esta proximidad temporal, esta rapidez en la copia, permite a muchos autores eurocentristas defender la primacía iconográfica griega a base de manipular las horquillas temporales, pero dejan un montón de cuestiones en el aire: ¿qué tiene de europeo una piel de león? (y no me vengan con los arqueológicamente inexistentes “leones micénicos”), ¿cómo es que iconográficamente este Heracles entronca más con Melqart-Bes-Gilgamesh que con cualquier forma autóctona de Grecia, Anatolia o Macedonia?, ¿Por qué es Chipre, totalmente influenciado por los cananeos, el lugar donde más se populariza este tipo, hasta el punto de expandirse por templos de todo el Mediterráneo oriental?, ¿Por qué su postura es calcada a la de la Estela de Amrit?

Nos detendremos ahora en los llamados “trabajos de Heracles”, asunto sobre el que existe mucha confusión, no siempre desinteresada. Contrariamente a lo que presuponemos, no se conserva una edición unitaria de dichos trabajos, y muchos dudan que existiera jamás, aunque los antiguos atribuían algo parecido a un tal Peisandro de Rodas (s.VII-VI a.C.). Su número tampoco fue fijo a lo largo del tiempo, oscilando entre diez o doce, y aún dentro de la misma cantidad no habían de coincidir los trabajos recopilados por distintas listas. En cuanto a su originalidad, el chasco es supremo: existen listas de “trabajos” muy similares atribuidos a Teseo, Argos o Belorofonte, por citar sólo los más famosos. Por otra parte, cualquier antropólogo te dirá que estas sagas o ciclos suelen ser recopilaciones de episodios sueltos de un mismo héroe, producto de diferentes comarcas y épocas, que han sido unidos bajo un artificial hilo conductor, usualmente propagandista, para dotarlos de sentido unitario. Los “doce trabajos” de Heracles serían un ejemplo paradigmático. Ya vimos que los padres de la mitología griega no citan más trabajos que los de Gerión, la Hidra o el león de Nemea (Hesíodo) y el de Cerbero (Homero). También vimos que los académicos se apresuran a recordarnos que Homero sí que menciona en general los “athloi” del dios, su relación con Euristeo, etc. Pero en griego “athlós” significa simplemente “combate, lucha, afán, trabajo, prueba o penalidad”, así que Homero podía estar pensando en cualquiera de las innumerables pruebas y contiendas a las que se enfrentó Heracles durante su dilatada carrera, no en el ciclo que hoy conocemos como los “12 trabajos” de Heracles. Una prueba de que esta lista que hoy creemos inamovible pudo ser muy distinta es la cantidad de “trabajos” del dios que quedan fuera de esta saga (Anteo, Caco, Aqueloo, Neso, etc.). La razón de que los académicos se aferren a la tesis de que los “12 trabajos” son una narración unitaria, original y argumentalmente ordenada es tan simple y eurocentrista como la nacionalidad micénica de Euristeo. Pero recordemos que este rey no es mencionado por Hesíodo, el cual tampoco se hace eco de ninguna saga de “trabajos”, sino que parte de Homero, escritor que precisamente ambientaba sus versos en la Grecia Micénica. Según el proceso de génesis de estos ciclos o sagas, remontarlos a una época muy antigua y supuestamente gloriosa es lo habitual, por lo que decir que el mito de los “12 trabajos” es de origen micénico supone una simpleza.

Pero lo que a nosotros nos interesa más de esos “12 trabajos” es su relación con Afroiberia. Efectivamente, los tres últimos trabajos (Gerión, Hespérides y Cerbero) apuntan claramente a nuestras tierras o a una zona africana próxima a Gibraltar, cuestión que trataremos en profundidad próximamente. Al interpretar los “athloi” como unidad, muchos académicos (no pocos de ellos españoles) han pretendido defender que estos tres últimos mitos son un añadido posterior, y por tanto una parte secundaria de la saga. Esto es evidentemente contradictorio pues no puedes aceptar la unidad de la saga y la vez la presencia de añadidos. Para salvar el tipo, su esquema defiende una acumulación “sedimentaria” de trabajos, que incluso se reflejaría en su orden actual: empezarían con los cinco primeros trabajos, desarrollados geográficamente en el Peloponeso, que serían la saga auténtica y original, luego se habrían añadido en épocas relativamente antiguas los trabajos 6 al 9 y finalmente, mucho después, las hazañas 10 a 12. Pero entonces, ¿por qué Hesíodo relaciona a Heracles con Gerión desde la primera vez que lo cita (trabajo 10), o por qué Homero sólo menciona el combate con Cerbero (trabajo 12)?, es decir, ¿por qué los mitos atlanto-gibraltareños son precisamente los primeros en desarrollarse? Además, el argumento académico parece obviar una de las más importantes facetas del mito heracleo, que claramente hereda de Melqart: la apoteosis o subida al Olimpo. Se trata de una cuestión que trasciende de largo los “12 trabajos” pues atañe a la naturaleza general del dios, o del héroe, pues ahí radica la clave. Heracles nace hombre hijo de Zeus, Hera celosa lo persigue con saña, él supera sus encerronas una y otra vez hasta morir en una de ellas, tras lo cual es elevado a los cielos por la piedad divina. Heracles es metáfora de redención, de superación, incluso hasta el punto de vencer la muerte. De ahí que el mito de Cerbero no se encuentre casualmente al final de la lista de “athloi”, sino que represente el final de la carrera profesional de este mortal convertido en dios, algo por cierto inédito en el resto de mitos griegos. Con el tiempo las leyendas de Heracles se acumularían más allá de los “trabajos” y al final dio la sensación de que la derrota de Cerbero y el episodio de la muerte de Heracles eran asuntos sin relación. Pero estoy seguro de que aunque sólo conserváramos una saga de cinco “trabajos”, el de Cerbero cerraría la lista pues era el más importante de ellos, el desenlace de toda la trama. Podemos suponer que este enorme peso dentro del conjunto se tradujera originalmente en una mini-saga occidental que incorporara al de Cerbero los mitos de las Hespérides y de Gerión. Una de las razones es la posibilidad de escoger una lista de 10 y no de “12 trabajos”, donde el décimo agruparía los trabajos 10-12 de la segunda lista. Esto viene confirmado por el personaje de Gerión, que guarda mucha relación con el de Hades, con su perro Orto calcado del Cerbero y su morada en el ocaso, así como por el también atlántico Jardín de las Hespérides, encarnación en este caso de la faceta más amable de la ultratumba: el jardín de los bienaventurados.

CONCLUSIONES.

Alrededor del s.XIa.C., Tiro comenzó a descollar entre las ciudades fenicias debido a su original búsqueda de recursos por las rutas occidentales hasta dar con Gadir. Es evidente que el acceso a nuestra cuádruple frontera, afro-europea y atlanto-mediterránea, supuso un gran impacto no sólo para los tirios, principales beneficiados, sino para todos sus vecinos. Durante todo este proceso, que no acabó de cristalizar en grandes ciudades ultramarinas hasta el s.VIIIaC., la figura de Melqart era omnipresente, hasta el punto de poder denominar dichas exploraciones como “evangélicas”. Más aún, el propio dios fue ganando envergadura a medida que lo hacían sus devotos tirios y los emporios a él consagrados, hasta convertirse en un mito pan-mediterráneo. Los proto-griegos, absolutamente imbuidos de cultura cananea por esa época, hicieron del “Amante de Astarté” la “Gloria de Hera”, y con el dios recibieron toda una serie de mitos referidos a las “Estelas de Melqart”, ahora “Columnas de Heracles”. Sea por sobrecogimiento ante la verdadera amplitud del mundo, sea por intereses comerciales, los cananeos transmitieron al Mediterráneo la idea del “non plus ultra”, es decir, la de que más allá de Cádiz estaba el fin del mundo. No era desde luego una creencia opuesta a las mitologías antiguas, pues todas solían poner el Infierno en esa dirección inspiradas por el ocaso solar. Aquello era TRT-, el lugar donde el Sol-Melqart se hundía en su amante AsTaRTé, glorificándola y fecundándola, no sin cierta resistencia previa, cierto ritual de apareamiento con sus consiguientes pruebas a superar.

Los fenicios adaptaron, o vieron cumplidas proféticamente, según se mire, las leyendas de Melqart a partir de sus exploraciones por nuestras costas. Gadir era el premio a su azaroso peregrinar, la llegada a un lugar que siendo de otro mundo estaba en este, y por tanto no puede verse como una mera parte del mito sino, literalmente, como su apoteosis. Por desgracia no han sobrevivido narraciones ni poemas cananeos que se refieran detalladamente a Melqart, así que no podemos reconstruir su mito, pero es plausible encontrar su reflejo en el primer Heracles de los proto-griegos. Como no podía ser menos, sabemos que desde Hesíodo y Homero la saga occidental protagonizó el mito heracleo, aún antes de la existencia de los “12 trabajos”. A poco que prestemos atención, las evidencias entre esas leyendas y la empresa tiria se hacen evidentes: navegando en el cuenco del Sol hacia occidente, Heracles debe ejercer la diplomacia (Atlas) o la fuerza bruta (dragón de las Hespérides, Gerión, Anteo) si quiere obtener riquezas (manzanas de oro, rojas vacadas). El capítulo final era ni más ni menos la victoria sobre la muerte (Hades y Cerbero, pero también Gerión y Orto) y la conversión de un hombre en dios olímpico, lo cual en cierto modo también retrata a los tirios, antaño humildes y sometidos como su dios, y ahora referente comercial de todo el mundo conocido. Parece evidente que con la figura de Melqart los proto-griegos recibieron inseparablemente, y en lugar de honor, su saga de mitos gibraltareños. Desconocemos cuántos de ellos deben algo a un sustrato mitológico afroibérico (da igual de qué orilla), pero es evidente que cuanto menos los fenicios se inspiraron en nuestras tierras y gentes para construirlos.

En resumen, no entiendo la actual línea académica al respecto, consistente en restar toda importancia a los últimos “trabajos” de Heracles al tiempo que se le niega una ubicación determinada, y menos todavía en el perímetro de Gibraltar. Como suele pasar los españoles son los primeros en sumarse a esta campaña desmitificadora por considerarla muy moderna y “anti-españolista”, lo cual es una forma más del atávico racismo del norte contra el sur peninsular. Finalmente, cuando sus adalides son los propios académicos afroibéricos, lo cual no es en absoluto un caso excepcional, sólo puedo sentir abatimiento. Pero más allá de los usos propagandísticos que se pueda sacar al tema, existen poderosas razones de tipo literario o simbólico que impiden mutilar a Melqart-Heracles de sus andanzas por Afroiberia. Quitarle a Heracles el combate contra Gerión y Orto es como quitarle a la Guerra de las Galaxias el duelo entre Luke Skywalker y Darth Vader, como Caperucita sin rajar al lobo o, mejor aún, como una larguísima telenovela sin sus tres últimos capítulos.