jueves, 11 de junio de 2009

Aberraciones académicas V. Plausibilidad vs. “positivismo desmitificador”

En el artículo inmediatamente anterior acabé planteando si debíamos considerar “nuestros” a los homínidos y homo hallados en la Península:

¿Fueron o no parientes del moderno afroibérico? Hoy por hoy y con lo que sabemos lo más prudente es callar, pero pienso que se comete más agravio si fueron nuestros ancestros y se lo negamos que si los invitamos a serlo por error.”

Sin proponérmelo había condensado en esa frase todo el debate al que nos dedicaremos ahora, un asunto que ha sido tratado en otras entradas (sobre todo en Aberraciones académicas II, de 30/10/2008) pero que pienso que nos conviene retomar. Debemos empezar evaluando el Pasado Remoto como objeto de estudio, y para ello recordaremos que lo habíamos enmarcado en el ámbito de las “ciencias sociales” (menos científicas que las “exactas” o verdadera ciencia) y, dentro de estas, a su rama todavía menos empírica: las Humanidades. Por si fuera poco, el pasado presenta dos rasgos que le son consustanciales y por tanto de imposible solución. De un lado sufre un desgaste material acumulativo, es decir que sólo nos ofrece residuos y que estos son más y más fragmentarios e inconexos a medida que nos adentramos en los siglos y milenios. De otro, aún más importante, el pasado impide un protocolo ineludible en todo método científico como es la contrastación de teorías, porque es imposible hacerlo revivir en nuestro presente. El estudio del Pasado Remoto es por tanto a-científico de necesidad, jamás tendremos evidencias globales o absolutas sobre él sino evidencias parciales y relativas sobre sus escasísimos residuos, y pretender ignorarlo sólo puede deberse a la estupidez o a la soberbia.

Por desgracia ese ha sido el camino tomado por la mayoría de nuestros especialistas, empeñados en pasar la Arqueología por la horma de lo científico. La Ciencia, sin embargo, no consiste en alardear de batas, aparatos y nombres raros, sino en el uso correcto del método científico. Este cientificismo imperante me recuerda mucho a los esotéricos del siglo pasado que pretendían haber encontrado una forma empírica de capturar y obtener información de los fantasmas, mostrando con orgullo sus estrambóticos cacharros y haciéndose llamar “doctor”. Porque la motivación en ambos casos, ya se vio en otros artículos, es la de darse un lustre, la de hacer pasar sus conjeturas por evidencias innegables, en definitiva la de arrogarse el poder de dogmatizar. Es evidente que el vacío informativo intrínseco a los estudios de pasado remoto amenaza con dar al traste con esas ínfulas cientificistas del arqueólogo, que reacciona inventando una perversión que llamaremos positivismo arqueológico. Por tal entiendo la pretensión de limitar e identificar el pasado con el patrimonio arqueológico efectivo, es decir, imponer que sólo hubo lo que se ha logrado rescatar mediante yacimientos. Lo que aún no se excavó sencillamente no ocurrió y, aún peor, está absolutamente prohibido conjeturar en base a ello, siendo el que lo intente automáticamente tachado de iluminado o para-científico. Pero si los académicos fueran tan empíricos como se pretenden, sabrían que la nimia representación patrimonial y fósil actual no sería aceptada como muestreo serio en ninguna rama de las ciencias, incluidas las demás Ciencias Sociales. E incluso multiplicando por millones los yacimientos, huesos y vasijas, prevalecería lo anteriormente dicho sobre la incapacidad de recuperar el ayer para contrastar las teorías que sobre él hemos aventurado. Lo podríamos también representar bajo la siguiente fórmula:

pasado real=evidencia arqueológica+potencialidad arqueológica+información irrecuperable

El truco de los positivistas consiste en reducir la realidad pasada a la evidencia arqueológica únicamente, para así poder fingir que cuentan con el 100%, del pasado en sus manos, y por tanto con un muestreo empíricamente perfecto para contrastar sus teorías. Sus conjeturas y prejuicios pasan automáticamente a tomar la apariencia de verdades científicas, y con ello se creen legitimados para imponer lo que por derecho sólo deberían sugerir.

Por supuesto, muchos pueden temer que si nos soltamos de los anclajes positivistas la Arqueología vuelva a las teorías fantasiosas y los excesos etnocentristas de hace un par de siglos. En definitiva, dirán, los arqueólogos cientificistas se aferran a lo que realmente hubo, por muy fragmentario que sobreviva y por muy sesgado que se haya buscado e investigado, y por otra parte todos reconocemos que también existe el peligro de poner en excesivo valor la potencialidad arqueológica frente a sus fenómenos ya manifiestos, como en el caso de los autodenominados “atlantólogos”. Pero es igualmente evidente que el avance, jamás la solución definitiva, en nuestro conocimiento del Pasado Remoto pasa por superar la agorafobia positivista. Si sabemos que hoy un yacimiento ha puesto del revés todas las teorías en base al acervo arqueológico anterior, ¿acaso no pensamos que mañana uno nuevo acallará al vigente?, ¿por qué no anticiparnos? Buscando ese punto de equilibrio entre la potencialidad arqueológica y el yacimiento positivo, llegué a la conclusión de que una extrapolación al mundo policial sería de suma utilidad. Reconozco que mi pasión por las series televisivas tipo FBI ha influido mucho en mi elección, pero aún es más importante que la Criminalística sea una ciencia social (y por tanto muy comparable con nuestro campo), además del hecho de que se trata de una profesión mucho más sometida a la exigencia de dar con la verdad. No olvidemos que mientras unos desarticulan redes pederastas o yihadistas, los otros se tiran de los pelos por el origen de la cerámica “de boquique”. Por tanto vamos a seguir paso a paso el método policial y en cada etapa lo compararemos con el proceder de arqueólogos y paleoantropólogos.

Lo primero que hacen los detectives de un “caso” es la búsqueda de indicios, pruebas iniciales de aproximación que siempre son sumamente amplias e integradoras: recolección de infinitud de muestras materiales, análisis forense milimétrico, toma exhaustiva de declaraciones, y detención de cuantos puedan resultar mínimamente sospechosos. No digo que no existan polis con prejuicios, forenses descuidados o burocracias desmoralizadoras, sino que expongo el método canónico para proceder en una investigación, y este matiz debe aplicarse a todo el resto del ejemplo. Los estudios arqueológicos por su parte no cuentan con un equivalente a estos indicios policiales por dos razones. La primera es que no existe entre ellos el equivalente profesional a esos detectives que abren y cierran casos, porque su objeto de estudio (su “caso”) se remonta sin pausa hasta el pasado más remoto (los antiguos ya investigaron e interpretaron a los aún más antiguos). Esto conlleva la existencia de una tradición historiográfica, de unos prejuicios de salida que marcan, por mucho que se los combata, un sesgo y una direccionalidad en las investigaciones. El positivismo esconde precisamente la trampa de basarse en lo ya recolectado pero a la vez en no explicar los criterios de recolección de información, dónde se decide buscar, qué se busca y con qué fines. No existe tal abanico integrador de indicios como el policial, sino un conjunto de objetos y yacimientos utilizados para corroborar teorías recicladas que anteceden de largo al descubrimiento de los mismos. Por otra parte, para contar con indicios deberíamos salir necesariamente a buscarlos, una tarea de campo que en policía se traduce en toma de declaraciones, búsqueda de posibles testigos, recolección de pruebas, etc., pero que poquísimas veces se acomete dentro del mundillo de expertos en Pasado remoto. La inmensa mayoría de descubrimientos proviene de hallazgos fortuitos de particulares que con toda su ingenuidad se los sirven en bandeja a los departamentos universitarios, para que estos decidan si les dedicarán su atención en sus escasos dos meses anuales de prospección, o si por el contrario lo silenciarán por pereza, ideología, o estrategia departamental. El resultado obvio es la carencia total de “evidencias” arqueológicas allí donde no interesa encontrarlas, o de aquellos sustratos históricamente comprometedores.

A continuación los agentes del orden proponen una serie de conjeturas en base a esos indicios, lo que llaman “líneas de investigación”, entre las cuales unas comienzan a descollar frente a otras por acumular más pruebas o testimonios a su favor. Pero jamás se abandonan del todo las demás líneas abiertas, porque en cualquier momento se llega a un callejón sin salida y hay que retomarlas. En rigor, tampoco los arqueólogos pueden permitirse algo equiparable a las líneas de investigación de los criminalistas, porque la recolección viciada de indicios sólo lleva a la teoría oficialista única o en todo caso a falsos debates que tienen más que ver con el divismo personal o el chovinismo territorial que con verdaderas diferencias paradigmáticas. Incluso si en un alarde de generosidad equiparamos las teorías arqueológicas con las líneas de investigación policial, la cosa no pasa de mera fachada. Lo cierto es que me dan escalofríos atribuir a comisarios y agentes el comportamiento egocéntrico e infantil de tantos arqueólogos: imaginemos a cada policía encariñado con las pruebas que personalmente encontró y tratando de imponerlas como más importantes que las demás; o un caso de homicidio que sólo haya considerado una única vía de investigación a partir del primer indicio, la primera huella o el primer interrogatorio; en definitiva figurémonos a la policía nacional de Cádiz diciendo que el asesino es el mayordomo y la brigada del Puerto de Sta. Mª culpando de lo mismo a la viuda, con dos investigaciones paralelas y que en lo posible se hacen trampas, se difaman, y se ocultan datos (esto último es exactamente lo que ocurre, por ejemplo, en la misma comarca si de lo que se trata es de discutir el emplazamiento de la Gadir cananea).

Finalmente la policía puede haber llegado incluso a una acumulación de pruebas tal que para ellos corrobore de sobra su línea de investigación, pero aún así saben que toda su labor está supeditada a los órganos de justicia y a la soberanía popular. Asociado a ello hay que mencionar un conjunto de directrices legales que constriñen su trabajo precisamente para que su elucubración no llegue demasiado lejos. La primera y más importante es la presunción de inocencia, lo que aproximadamente significa que tú no tienes que demostrar tu inocencia sino el otro tu culpabilidad. Aplicado a la Arqueología este principio debería traducirse por “no tengo que demostrar que mi teoría es más o menos posible, sino que es el rival el que debe demostrarla imposible”. Podemos entenderlo mejor si lo formulamos así:

Positivismo arqueológico: “Todo es imposible hasta que no se demuestre que es posible”

Investigación policial: “Todo es posible hasta que no se demuestre que es imposible”

En segundo lugar existe lo que en mis series televisivas llaman “duda razonable” y “pruebas circunstaciales”. Los jueces y jurados exigen a los criminalistas que demuestren no sólo que el reo pudo ser el culpable, sino que sólo el reo y nadie como él pudo cometer el delito. Es decir, que no basta con que el sospechoso cuadre al 100% con nuestras pistas si a la vez hay tan sólo un individuo más que coincida de la misma forma. Traducido a los estudios de Pasado Remoto, el que tu teoría cumpla al 100% con lo exigido por el registro positivo de los yacimientos actuales no te da derecho a imponerla como la única válida mientras no demuestres la total inexistencia de otras tesis que también lo logren. Pero lo más grave nos devuelve al comienzo del párrafo: ¿toleraríamos acaso que los gendarmes se arrogaran el derecho a condenarnos o absolvernos sin rendir cuentas a nadie? Pues bien, el académico se ha autoproclamado único juez de sus teorías y políticas arqueológicas anulando cualquier mecanismo de regulación externa, “ilegalizando” cualquier juicio en base (pero no sometido) a sus aportaciones y propuestas, sus descartes y sospechas. En este sentido contrasta la actitud de la policía, que es cauta hasta que se dicta sentencia y más allá, frente a la ridícula seguridad con que los arqueólogos siempre proponen sus teorías, aún cuando se contradigan con lo que publicaron cinco años antes y con lo que defenderán dentro de otro lustro. Todo lo que salga de este esquema policial-judicial apestaría a estado totalitario e inmaduro, a una sociedad sin ninguna garantía de conocer la verdad y hacer justicia en base a ella, y sin embargo vemos que corresponde punto por punto a la metodología y deontología de la mayoría de arqueólogos.

Propongo para los estudios de Pasado Remoto una alternativa que toma lo que puede del método criminalista y a la cual he bautizado humildemente como Plausibilidad. Supone un cambio radical en el paradigma arqueológico vigente para dar cabida a una pluralidad real de alternativas teóricas donde nada de lo que sea posible pueda descartarse del todo, y donde la potencialidad arqueológica ocupe un lugar al menos tan importante como el registro fósil del que por el momento dispongamos. Hay pocas cosas imposibles de imputar a nuestro Pasado Remoto, y aún menos con cada segundo que retrocedamos en la línea del tiempo, así que para lograr una imposibilidad indudable hemos de recurrir a disparates del tipo “hace 400.000 años un tipo de serpiente evolucionó a los humanos, los cuales hace 10.000 ya manejaban ordenadores”, cosas de cómic. Entre esta exageración y lo que realmente ocurrió, cuyo conocimiento es hasta la fecha una utopía para todos (y de hecho una meta inalcanzable de necesidad), existe un amplísimo espectro de posibilidades igualmente respetables. Sin embargo yo no he denominado a mi método “de la posibilidad” sino “de la plausibilidad”, porque considero legítimo para todo individuo el poder aventurar su propia reconstrucción del pasado, y porque además considero que esta multiplicidad de puntos de vista es muy saludable para los estudios de Pasado Remoto, probablemente su única vía de redención. Por tanto aliento que cada cual defienda sus posturas con ardor pero con respeto, sabiendo distinguir el dato de su interpretación. Dentro de lo posible, debemos perseguir los argumentos más posibles, a los que llamamos probables, y dentro de lo probable hemos de ambicionar lo plausible (lit. “la probabilidad que merece un aplauso”). El debate no puede continuar segregando las teorías sobre pasado remoto entre una elite de teorías “indudables” y un resto de teorías “imposibles”, y aún menos si la base para decidirlo continúa siendo exclusivamente el registro arqueológico y la autoridad académica, como pretenden los positivistas. De otra parte, tampoco deberíamos entregarnos a un posibilismo sin límites, un “todo vale”, aunque no creo que supusiera un error semejante al positivista pero en sentido opuesto, un extremismo igualmente condenable. Si volvemos al mundo detectivesco, ¿qué es peor, que un comisario restringa demasiado su lista de sospechosos y en la criba se libre el verdadero culpable, o que en una lista más amplia abunden los sospechosos inocentes pero también esté presente el criminal? Ante una teoría arqueológica que nos parezca dudosa, ¿debemos aceptarla cautelarmente o rechazarla de plano por no poderse defender como incuestionable?

Al tener los blogs formato de diario, voy a compartir algo muy personal. Como cualquiera tengo mis sueños y ambiciones, que no tomo muy en serio pero que me animan y consuelan en más de una ocasión. Son cosas sencillas, como encontrar un día gente afín a mis ideas o de distinto parecer pero con respeto a mi actitud como investigador, aunque a veces se tornan tan ambiciosas como editar un libro o participar en unas charlas. Reconozco que llego a amar tanto mis argumentos que a veces no me importaría que algún catedrático anglosajón me los plagiara con tal de que tuvieran la mayor resonancia. Lo que jamás ha cabido en mis expectativas es la idea de que un día mi Afroiberia se volviera teoría unánimemente aceptada, y no sólo porque me parezca muy improbable sino porque es algo que me repugna, como si el Hitler o el Stalin del futuro me hubieran tomado por su blog de cabecera. No debería existir tal cosa como una “teoría oficial del estado” y digo de corazón que es lo último que les deseo a mis opiniones o a la de cualquier autor que admire. La plausibilidad permite una aproximación integradora y sana a lo que ocurrió en realidad en nuestro Pasado Remoto, siempre es plural y no sólo permite sino que alienta el debate. Yo quiero buenos rivales frente a mis métodos y argumentos porque es la mejor garantía de que me obligaré a reforzarlos aún más. Necesito esa presión para saber si se sostienen realmente o no, porque en el fondo sabemos que ninguno puede ser juez y parte, que a ninguno nos parecen feos nuestros hijos. De esa crítica mutua e incesante, pero sin trampas, todas las teorías plausibles saldrán sin duda mejoradas, produciéndose además un contagio entre todas que las obligará a converger hacia una dirección más consensuada y por tanto libre de prejuicios.

Pero no confundamos este tipo de confrontación “deportiva” con el actual modo “mafioso” de afrontar el debate de teorías pre-historiográficas. La plausibilidad permite, por ejemplo, que yo prefiera Gibraltar y otros prefieran el Caúcaso como principal vía de comunicación África-Iberia, y nos invita a que discutamos por qué a cada uno le parece más plausible lo uno que lo otro. Sin embargo el debate actual tiene, ya lo vimos, una tara ideológica de nacimiento porque proviene del eurocentrismo decimonónico. Dicho de otra manera, cuando nacieron disciplinas tales como Arqueología, Prehistoria o Antropología, ya existían unas creencias sobre nuestros orígenes que las condicionan, lo cual no sólo no me parece mal sino que lo veo prácticamente inevitable. El problema es que esas creencias, ese paradigma inicial, no ha cambiado, porque no sólo se debe al alcance de las ciencias del momento sino que obedece a consignas favorables a determinados intereses políticos, sociales, económicos, etc., y por tanto son teorías que no sólo se defienden con argumentos sino con autoridad y coerción. Si conjugamos el positivismo metodológico con este eurocentrismo, desenmascaramos sin esfuerzo una situación que se nos pretende mostrar como serenamente científica. Al positivismo vigente sólo le interesa lo excavado, sólo desde allí pueden permitirse conjeturas, y eso les lleva necesariamente a mostrar desdén por lo arqueológicamente potencial (lo que aún aguarda por ser descubierto), y por lo que se perdió irremisiblemente y que sólo podríamos deducir por inferencias. Al mismo tiempo el positivismo lleva implícito la sobrevaloración de “lo ya excavado”, lo cual nos ha conducido a una hiper-especialización, una manía compulsiva de brocha y retícula, con departamentos enteros entretenidos durante tres años con una cata de menos de 10m² de superficie y un metro de profundidad. No creo necesario demostrar que el sobrevalorar lo que ya se tiene y desdeñar lo que falta sólo podía conducirnos a un estancamiento total de las investigaciones, y que si no lo ha hecho es por la sorprendente cantidad de hallazgos fortuitos, a menudo a manos de aficionados, que son los que obligan al stablisment a plantearse nuevas soluciones teóricas. Cuando nacieron las ciencias del Pasado Remoto antes mencionadas, sí que fueron emprendedores en sus campañas de excavaciones, pues iban buscando una confirmación a ese paradigma original de creencias eurocentristas, judeo-cristianas, machistas, etc. Apareció Troya, Babilonia y hasta la tumba de Asterix porque fueron allí a buscarlas y no cejaron hasta dar con ellas para confirmar que sus mitos fundacionales eran ciertos. El positivismo tenía la sana intención de acabar con los dislates ario-cristianos de estos idealistas de la pala, pero olvidó que hundía sus bases en aquello que pretendía combatir. Un buen día se determinó que había que dejar de buscar nuevos yacimientos y centrarse en análisis menos precipitados e ideologizados de lo que ya se tenía localizado, pero sin darse cuenta de que eso condenaba a nuestro debate, por científico que se pretenda, a ser un mero decorado que, aunque cambie, sigue servicio de aquel guión fijado desde los tiempos de Champollion o Darwin. Además, los positivistas no juegan para ganar sino para hacer faltas y desmoralizar al rival, siguiendo el símil deportivo. Por ejemplo, en el caso antes mencionado de la llegada de humanos a la Península los eurocentristas gastan mucho más esfuerzo demostrando por qué no pudo ser Gibraltar un buen candidato (a veces ni siquiera un candidato a secas) que en reforzar los argumentos a favor de su candidatura palestino-caucásica. Mientras para mi plausibilidad los humanos también pasaron por el Caúcaso (y por Sicilia, y por Creta), pero creo que Gibraltar es el mejor camino para africanizar Iberia y viceversa, los positivistas necesitan falsear el resto de teorías para que, por eliminación, la suya salga victoriosa. ¿Y cómo es que pueden descuidar el reforzamiento de su propio argumentario? Pues porque sus argumentos son “los de toda la vida” y además son los que defienden los académicos (sabios asalariados por el poder) bajo, toma ya, argumentos “científicos”. La gente por tanto se muestra muy receptiva a ellos, como hipnotizada, de tal forma que un breve gesto de desdén académico puede neutralizar una propuesta rebelde fraguada tras años de serias investigaciones. El que estudia el Pasado Remoto desde fuera del oficialismo se ve obligado a lo que en judicatura equivaldría a “demostrar su inocencia”, malgastando su tiempo y talento sólo en defender que merece respeto aunque no suscriba los argumentos trillados por público y académicos. Da la sensación además de que el problema es aventurar demasiado o equivocarse, algo inevitable en toda investigación científica, cuando lo verdaderamente fanático y poco riguroso, al menos estudiando el pasado, es intentar imponer a toda costa la propia teoría como única verdadera.

Un efecto colateral a todo ese positivismo mal entendido entre los arqueólogos, y que llamaremos desmitificación, es el de creer que un cálculo a la baja de cualquier cuestión sobre Pasado remoto es más científico y por tanto realista que otras estimaciones más generosas. Si el muro antiguo no levanta ahora ni un metro del suelo, imaginarle un metro más es para los académicos un puro dislate fantasioso, si el C14 nos arroja una horquilla temporal entre el 7000 y el 5000 a.C., sólo la última fecha es “científica”, y si los textos clásicos mencionan una ciudad que ellos no han excavado debemos considerarla un mito. En realidad es todo lo contrario, pues como dijimos los datos que provienen del pasado son irremediablemente residuales: los muros suelen perder mucha altura por el desgaste de milenios, las dataciones absolutas son tan respetables en su versión corta como en la larga, y el no poder encontrar tal o cual lugar famoso en la antigüedad suele deberse a la incompetencia y al desinterés, cuando no a la cobardía o al colaboracionismo. Este es un asunto que afecta directamente a nuestros estudios afroibéricos, porque como se ha dicho existen períodos, pueblos y geografías sobre las que te permiten ser más “mitológico” que en otras. Afroiberia, lo sabemos por entradas anteriores, es precisamente un foco de perturbación en la paz eurocéntrica, y esto sólo puede conducir a que la orientación de la Arqueología y Antropología de nuestro territorio sea especialmente desmitificadora. Si como Hegel consideran que África carece de Historia, es muy lógico que apliquen lo mismo a la faceta más africana de la Península. Sin embargo en Inglaterra o Alemania peinan literalmente los sitios prospectando, y les basta seis agujeros en el suelo o una piedra tumbada para hablar de “cabaña del jefe” o de “templo megalítico”. Spain is different, así que nuestro lastre de vivir acomplejados y aspirantes eternos a europeos nos provoca que abjuremos de nuestra propia sangre y memoria a fin de borrar el estigma de nuestra africanidad. Portugal es por el contrario mucho más tolerante y realista con su componente africano, judío, etc. desde hace siglos, e incluso dentro de España aparecen matices en los que la septentrionalidad es determinante. Así, el gallego flipa con su falsa celtez y todos se lo consienten, y del rollo vasco qué vamos a contar (¡hail Arana!), pero el “perro andaluz” tiene aún la obligación de avergonzarse de su pasado, de menospreciarlo en lo posible, y de permitir que sean los de fuera los que diagnostiquen si una “línea de investigación” merece o no ser tenida en cuenta. Aquí, si se encuentran los seis hoyos para postes, aunque no hay desde luego ganas ni presupuesto para salir a buscarlos, se hablará de cuatro gallineros de mimbre, mientras el megalito tumbado acabará pulverizado por los tractores. Algunos de mis compatriotas académicos parecen sentir incluso fastidio ante nuestras glorias patrimoniales, ante nuestra antigüedad histórica o ante nuestra hondísima cultura. Todo eso les suena a demasiado mito, a exageración de andaluz peinetero, a demasiado cuento chino… o africano. Pobres payasos, son como aquel rey zulú que por recibir a los colonos tomando el té de las cinco creyó que iba a ser tratado como un igual.

viernes, 15 de mayo de 2009

Evolución Humana 5. Homo sapiens.

“Homo sapiens sapiens”, “Homo sapiens moderno” u “Hombre anatómicamente moderno" (HAM) son algunos de los nombres con los que describimos la última fase de nuestra evolución. Se trata de un capítulo especialmente controvertido donde intervienen escuelas irreconciliables (Out of Africa vs. Multirregionalismo) que provocan que se hable más de ellas y sus miserias que del objeto mismo de estudio. Siendo coherentes con las entradas anteriores, Homo aparece hace 2.6m.a y nada científico induce a suponer que tuviera tiempo o necesidad de dividirse después en nuevos ramales evolutivos. Homo es por tanto una única “especie”, y en consecuencia este último capítulo que nos ocupa no supuso la aparición de un humano moderno como especie nueva, aunque sí tuvo un importantísimo papel en los humanos del aquella etapa y posteriores. Aunque la idea de que entonces tuvo que producirse nuestra especiación se basa en prejuicios eurocentristas, también existen evidencias genéticas y en menor medida anatómicas de que algo ocurrió en una etapa ciertamente cercana de nuestra evolución. Para resolver esta aparente paradoja, mi última entrega sobre evolución va a trabajar distinguiendo nítidamente entre los datos que manejamos y las interpretaciones a veces ridículas que de ellos sacan los académicos.

 

La más añeja tradición morfológica había visto en el cráneo de Cro-Magnon al primer humano moderno, y no hay que ser una lumbrera para adivinar lo satisfecho que se sentía el stablishment eurocentrista ante la evidencia de que nuestro primer representante fuera francés en lo territorial y “blanco” según sus interpretaciones raciales. Antes de él, sólo hubo “unga-unga”, sub-humanos prehistóricos que sí podían haber nacido en África, Java o donde quisieran, porque eran hombres inacabados, medio cocidos, simiescos eslabones perdidos. Mono=África; Medio-mono (Pithec-antropus)=Asia; Hombre pleno = Europa, ¿puede soñar algo mejor el supremacista blanco? En base a esto la maquinaria paradigmática apuntaló con firmeza la idea de que necesariamente hubo de existir esta última fase del humano, la de aquellos que si los clonáramos y educáramos podrían acabar de presidentes de los U.S.A., aunque de inmediato aparecieran restos tan modernos anatómicamente como Cro-Magnon, más antiguos y menos europeos. De haberse producido ese reciente fenómeno de especiación dentro de Homo, y de aceptar que los huesos puedan informarnos sobre ello, todas las evidencias reiteran que tuvo lugar en África y hace alrededor de 200.000 años (200kybp), como es el caso de Jebel-Irhoud, Idaltu, Omo, etc., por lo que podemos decir que el sueño eurocentrista se volvió pesadilla. Pero su debacle definitiva vino en la forma de una portada de revista quiosquera, el Newsweek de enero de 1988, donde aparecía una Eva tipo Diana Ross pasando la manzana a un Adán del Black Power. En su interior se decía que, según las mitocondrias, los primeros humanos modernos eran africanos y que todas las razas actuales eran sus hijas, pero por encima de todo ello mostraba por primera vez al gran público que los estudios paleoantropológicos no necesitaban ya tanto de los fósiles como de los genes. La prensa mundial se hizo eco del bombazo y más tarde o más temprano todos anduvimos cavilando sobre la nueva propuesta y embelesados con lo futurista del método. Solo un año más tarde Wolpoff publicará “Multirregional Evolution: The Fossil Alternative to Eden”, y comenzará un cruento debate que me es ajeno y del que voluntariamente me alejo todo lo que puedo para no arriesgarme a terminar sin explicar mi propia hipótesis.

 

Es innegable que algo especial ocurrió a nivel de mutaciones en África durante un largo período que podríamos aventurar entre 560-75kybp, horquilla máxima a partir del estudio de distintos marcadores genéticos, aunque quizás tuvo su fase más intensa entre 300-200kybp (Mindel-Riss). Así lo indican también los fósiles, cuestión a tener en cuenta pues parece ser lo único en que están de acuerdo con los genes. Aquí acaba la ciencia, y más allá de esto todo lo que proponen son o bien simplezas positivistas o bien simplezas mediáticas, o ambas cosas. La incómoda realidad de la Genética es que al ser una disciplina de estreno no se ha llegado a dominar totalmente: estamos muy lejos de descifrar el genoma completo y aún más de ofrecer muestreos equitativos y multitudinarios, verdaderamente representativos de la población mundial. Lo que hasta ahora hay son estudios sobre cuatro gatos y medio y centrados en minúsculos marcadores, escogidos por una simpleza y fácil lectura que por los mismos motivos los condena a ofrecer respuestas vagas y parciales. Cuando tengamos varias decenas de muestras genéticas de presapiens, centenares de modernos paleolíticos, miles de los neolíticos, y decenas de miles de la población actual, analizadas desde una multitud de marcadores incluyendo ADN nuclear, entonces sí podremos hablar con sensatez. Además, el estudio genético de fósiles homo vivirá siempre bajo la sospecha de la contaminación de muestras. Por eso si una muestra “neandertal” o “erectus” presentase genes “modernos” inmediatamente sería muy fácil neutralizarla aduciendo que estos provienen realmente de sus descuidados manipuladores. Pero como el académico vive sometido a unas exigencias promocionales, ha surgido todo un circo de teorías acabadas y hasta noveleras en base a un solo haplotipo de ADN. Así, no es extraño que para un “mitocondrialista” el enemigo sea más a menudo otro genetista, pero experto en marcadores distintos (STRW, genY, histocompatibilidad, etc.), que un añejo multirregionalista. La razón es que siendo igualmente idolatrados y publicitados por su condición de genéticos, estos estudios arrojan fechas de aparición, rutas de expansión y linajes totalmente opuestos a los mitocondriales. En lo único que todos coinciden, también los huesos prehistóricos, es en África y el último medio millón de años como escenario ancestral.

 

En las entradas anteriores vimos que el “género” Homo necesitó para separarse del de los chimpancés y bonobos unos 4m.a, y no debería existir diferencia entre este proceso y el que estamos tratando. En la realidad genética encontramos poblaciones que divergen entre sí, y dependiendo de su distancia los denominamos especie o género, pero esta distancia suele estar marcada por el tiempo que llevan separándose de tal modo que, para entendernos, todo género fue antes una especie. Homo sapiens sería en todo caso una población divergente con 500.000 años de singladura, demasiado poco como para hablar aún de algo más allá de la subespecie de los taxonomistas. Aceleraciones y estancamientos aparte, podemos suponer que si hacen falta 4m.a para fabricar un nuevo género, no podemos esperar que se formen especies (su inmediato sucesor) en cientos de miles de años. Para confirmar que esos fenómenos genéticos africanos no fueron tan abruptos como para provocar una deriva genética relevante, quizás sirva un argumento anatómico. El ergaster, Homo tan antiguo como el que más, representa una revolución morfológica respecto al australopiteco infinitamente mayor que la que guardamos los modernos respecto a eso que se denomina “pre-sapiens”, “sapiens arcaicos”, “erectus progresivos”, etc. Aunque detesto esas terminologías podríamos decir que en el caso de ergaster sí se produce una verdadera cladogénesis, o la aparición de un linaje claramente divergente respecto al “padre” y al “hermano”. Por el contrario, los fenómenos evolutivos de 500-100kybp responden más al modelo de anagénesis, que es cuando la misma especie evoluciona en conjunto hacia lo mismo, como si se tratara del ford fiesta del 2000 respecto al modelo lanzado en 1992. Por alguna razón los africanos de aquel período elevaron y aumentaron su bóveda craneal, adquirieron aspecto de bebé (paidomorfismo), perdieron las protuberancias en las cejas, etc. Estos cambios pudieron estar más relacionados con lo psíquico, dietético y social que con lo climático, porque como dijimos dejan el cuerpo intacto y se circunscriben a la cabeza y cara. La morfología fósil no encuentra ningún salto revolucionario desde ergaster a nosotros, sino todo lo contrario, una más que constatada gradación “fotograma a fotograma” y especialmente en el registro africano.  En cuanto a los genes, no nos dan una fecha ni un conjunto de rutas y linajes, sino tantos como marcadores se han estudiado hasta el momento. El error ha sido el de empecinarse en meterlos a todos en la misma horma, decidir cuál de ellos era el equivocado y cuál se impondría. La genética arroja inevitablemente su comprometedora verdad: que las mutaciones son aleatorias y que por tanto no puede existir especiación instantánea, por mucho que nos interese ideológicamente. Por eso cada marcador da una distinta fecha de origen, porque cada uno nos dice cuándo mutó azarosamente; por eso cada uno da distintos linajes y rutas, porque una vez surgió cada uno vivió sus circunstancias y se expandió como pudo.

 

Otra cuestión es la de los argumentos positivistas y circulares en torno a este tema. Ya vimos como la muestra genética de poblaciones vivas es raquítica y la de fósiles de hombres del Pleistoceno da risa, y no siempre por culpa de la conservación del hueso. La población humana actual es un buen referente,pero no el espejo de la situación prehistórica, porque eso equivale a decir que a nivel genético lo que hay es lo que hubo, lo cual está en las atípodas del verdadero evolucionismo. Como ejemplo, los aborígenes australianos analizados muestran un ADN mitocondrial antiquísimo incluso comparado con el de poblaciones subsaharianas, tanto que su llegada al continente no puede fecharse después de 60kybp. En Europa no encontramos linajes de más de 35ky de antigüedad, lo cual es muy sorprendente teniendo en cuenta la distancia y accesibilidad que cada continente mantiene con África. Es más sencillo y lógico pensar que los genes de 60kybp se perdieron en Europa a causa de la recombinación genética posterior, que demostrar que una barrera geográfica brutal aisló a Europa de África desde que surgiera algo similar a los humanos modernos (300kybp?) hasta 35kybp. Sin embargo los mitocondrialistas son esclavos de su cuento divulgativo (su fuente de ingresos por otra parte) y son incapaces de reconocerlo como una posibilidad. Parece no importarles el ridículo que harán ante generaciones venideras al sostener que pasando por Palestina hace 100kybp y siendo oriundos del Marruecos desde 200kybp, los H. sapiens evitaron el Mediterráneo norte como a un río de lava a favor de las lejanas costas australianas. ¿No es más sencillo pensar que ciertos linajes se han borrado del conjunto mitocondrial como se ha perdido el mío y el de todos los varones sin hermana que me lean? El segundo ejemplo trata de eso tan gracioso, y que dicen con tanto alivio, de que somos especie distinta al neandertal porque estos muestran una secuencia mitocondrial distinta a la de los humanos actuales. Pero cualquier “banda” de chimpancés muestra mayor variabilidad mitocondrial que toda la población humana actual y, si le añadimos los hibridables bonobos, alcazan niveles superiores a los del humano respecto al neandertal. Por otra parte propongo hacer algo de ciencia ficción en base al hecho de que algunos de los genes más arcaicos que hoy día sobreviven son representados sólo por poblaciones de bosquimanos o de pigmeos. A partir de este dato empírico imaginemos que una pandemia (vaya temita en estas fechas) hubiera afectado mortalmente a esas etnias y a los bantúes adyacentes digamos en el I milenio a.C. Como no contaríamos con ellos como ahora para reconstruir el genoma, es muy probablemente estuviésemos defendiendo en estos momentos una Eva surgida en Etiopía hace tan sólo 120kybp. Supongamos además que pasado el tiempo encontramos huesos de este tipo de humanos pero muy anteriores, del Paleolítico Superior, y en excelentes condiciones para estudiar su ADN. Sus haplotipos, según la ortodoxia actual, deberían ser catalogados como de otra especie distinta de Homo Sapiens por los mismos motivos que excluimos al neandertal, esto es, porque sus secuencias genéticas son distintas de las encontradas entre las poblaciones supervivientes, y porque son más ancestrales y distantes que el muestreo actual en su conjunto. Neandertal tuvo unos haplotipos que sencillamente en los humanos actuales se han perdido, lo cual no dice nada a nivel de hibridación y por tanto de verdadera especiación. Para ello deberíamos demostrar que la distancia genética entre neandertal y humano es mayor que la observada dentro de las especies hibridables de los grandes simios, cuando lo que se evidencia es todo lo contrario.

 

Sin embargo, no es menos cierto que todos mostramos marcadores originados en África hace como mucho medio millón de años, ¿cómo se compatibiliza eso con la teoría de una especie única para Homo desde hace 2.6m.a? Lo inaudito es que se siga viendo algo incompatible. En primer lugar tenemos miles de ejemplos del colonialismo occidental para saber hasta qué punto es cierto que poblaciones invasoras pueden esquilmar a los aborígenes siendo ambos de la misma especie, como pasó en EE.UU con sus nativos americanos. También el inglés y el mohicano mostraban diferencias morfológicas en sus cráneos, y los marcadores genéticos del primero se han impuesto a los del segundo, pero no por ello los consideramos especies distintas. Otra cuestión es la del mestizaje pues se piensa erróneamente que los humanos pleistocénicos se hibridaban entre sí más que los actuales, así como que de haberse producido tal mestizaje su constatación en los análisis moleculares sería inevitable. Ya hemos visto que las innovaciones morfológicas que se producen en África entre 500 y 100kybp afectan sobre todo al esqueleto craneal, y que con toda probabilidad irían acompañadas de prestaciones psicológicas y sociales que en algo los diferenciaron del resto. Por eso los africanos innovadores pudieron mostrar un distanciamiento añadido respecto a otros humanos por razones de selección sexual, así como de cierta identidad excluyente parecida al racismo. Esto limitaría en algunos casos la hibridación, aunque nunca hasta hacerla desaparecer, pero además contamos evidencias en el campo de la estadística genética que demuestran que hasta un 25% de mestizaje puede desaparecer por completo del escaparate de nuestros marcadores por pura absorción y azar. Esto es aún más probable cuando no hay opción a una recombinación híbrida, sino la imposición total de los haplotipos del padre o de la madre como en el caso de los marcadores más investigados. Así, un grupo de 100 africanos modernos pudo absorber a 35 neandertales y hoy no quedaría ni rastro de los últimos en los genes de sus descendientes. Y si como dijimos los modernos hubieran ejercido una selección sexual excluyente o bien fueran víctimas del racismo de otros grupos, el mestizaje sería posible y ocurrente, pero no la norma. A este respecto resulta muy interesante la cuestión de la paidomorfía o aspecto aniñado del H. sapiens moderno y cómo afecta a la interpretación de aquellos marcadores moleculares, el mitocondrial a la cabeza, basados en genes de transmisión exclusivamente matrilineal. Es más viable una atracción entre un neandertal (macho de pelo en pecho) con una moderna (muñequita), que entre macho moderno (enclenque) y hembra neandertal (olímpica testosteronizada), por lo que sería muy improbable la presencia en los análisis de otro ADN mitocondrial que no fuera moderno. Otras razones implican diferencias en la densidad de población, sobre todo entre zonas climáticas muy distintas. En las zonas periglaciares la población hubo de ser necesariamente escasa, mientras que en África, y con los nuevos atributos psico-sociales de sus humanos, la demografía vivió un más que probable incremento, así como el aumento de individuos por cada grupo. Por eso limitarse a decir que un grupo neandertal se encontró con otro grupo de modernos es engañoso, porque el primero podía estar formado por 50 individuos y el segundo por 200.

 

Pero sin duda el elemento que más ha podido favorecer la imposición de los genes africanos proviene de la propia divergencia de fechas y linajes entre los distintos marcadores genéticos, porque apunta a varias expansiones y no a una sola. Si entráramos en un casino con 60.000€, ¿cómo pensamos que tardaríamos menos en perderlo, apostando todo a una jugada o jugando mucho con cantidades pequeñas? Algo similar ocurre con esa expansión prorrateada de la nueva versión africana de hombre, que así tuvo más papeletas de sobrevivir que si hubiera salido de golpe. Para entenderlo vamos a recrear un ejemplo en base a un puñadito de marcadores. Pongamos que alrededor de 300kybp surge el ADN mitocondrial compartido por toda la humanidad actual. A lo primero que vamos a asistir es a una expansión intra-continental de tal modo que, cuando le toca poblar Eurasia, casi todos los africanos están al día en materia mitocondrial. Esto se repite en la mayoría de marcadores estudiados y es de suma importancia porque implica que los marcadores no sólo se expanden mundialmente de una vez sino también en cada una de las expansiones posteriores. Significa por ejemplo que las mitocondrias modernas y las de los “presapiens” se hibridaron en una primera expansión que sí podríamos llamar “mitocondrial”, pero también cuando posteriormente se dispersaron planetariamente los genes Y, los haplotipos de histocompatibilidad, los STRW, etc., porque los portadores de todos ellos tenían a su vez mitocondrias de moderno. El resultado evidente es que los genes presapiens serían con cada envite más y más minoritarios hasta desaparecer, sin matanzas ni epidemias, sin asquitos estéticos ni racistas.

 

Mi conclusión es totalmente consecuente con el esquema aplicado a las entradas 3 y 4 de esta serie sobre hominización, aunque adaptado a este corto período y la poca singularidad genético-morfológica que representa. La revolución genética que se produce en África entre 560-75kybp, siendo importante, no merece ser considerada la aparición de una nueva especie y, aunque lo fuera no sería óbice para la hibridación con otros Homo durante cientos de miles de años, o incluso hasta el día de hoy si hubiesen sobrevivido.  Como consecuencia, no podemos hablar de una expansión de H. sapiens  como tales sino de genes comunes a todos los humanos actuales. A este respecto la versión académica pinta una ridícula escena con poquísimos H. sapiens modernos (“cuello de botella”) que esperan ordenadamente en su solar africano hasta completar todo el ciclo de mutaciones, algo así como: “espera compadre, todavía no exploraremos Eurasia porque nos falta el gen Y”. Nuestra base es el estudio de unos pocos y facilones marcadores genéticos que evidencian empíricamente una común cuna africana pero una multitud de fechas, vías de expansión y linajes. Cuando digo “un neandertal se topa con un moderno” debe quedar claro que se trata de una simplificación, porque es más que probable que el supuesto moderno no contara aún con todo el paquete de mutaciones que nos caracterizan hoy, pero también es muy posible que el neandertal portase una minoría de estas innovaciones africanas fruto de expansiones anteriores. Aún es precipitado determinar si los presapiens y nosotros éramos especies distintas, subespecies hibridables o meras “razas”. Todo lo visto en esta serie de entradas hace absurda la creencia en especies que aparecen de la noche a la mañana y con un instantáneo cierre al mestizaje. Tampoco podemos asegurar una correspondencia entre morfologías óseas y haplotipos, de forma que es totalmente plausible que individuos con anatomías bastante neandertal o erectus fueran molecularmente muy modernos y viceversa. Pero sí es cierto que un modo africano de humanidad fue paulatinamente imponiéndose a otros genes y morfologías hoy extintas, de tal modo que para mí somos mayoritariamente un conglomerado de aquellas innovaciones mutantes africanas, pero sin desdeñar la parte presapiens o, mejor dicho, “alter-sapiens” que también nos compone aunque no la mostremos en los rasgos o los haplotipos. La próxima vez que contemplemos fotos de los “neandertales” de Gibraltar o Píñar, o que leamos sobre Venta Micena y Orce, tendremos la ocasión de escoger entre el viejo paradigma y sus cajones perfectamente etiquetados o la realidad, tan multifacética y compleja como la verdadera ciencia nos permite vislumbrar. ¿Fueron o no parientes del moderno afroibérico? Hoy por hoy y con lo que sabemos lo más prudente es callar, pero pienso que se comete más agravio si fueron nuestros ancestros y se lo negamos que si los invitamos a serlo por error.