sábado, 6 de diciembre de 2008

Elogio de las fuentes antiguas sobre Tarsis o Tarteso

Hoy vamos a denunciar el desprecio con el que los modernos arqueólogos e historiadores tratan las fuentes bíblicas, grecolatinas, etc. referidas a Tartessos, Tarshish, y en general nuestro Tercio sur peninsular. Están tan mal consideradas que hoy un autor corre graves riesgos en su credibilidad si abusa de citarlas, y en general son vistas con superioridad y con sospecha. La moda ahora es pensar que todos aquellos hebreos, griegos, latinos, cananeos, etc. eran mentirosos compulsivos, imbéciles de baba y manipuladores natos. No es ya que dichas fuentes sean consideradas escasas o poco explícitas, ni siquiera nulas para el conocimiento de nuestro pasado, sino que se les ha llegado a atribuir un poder negativo con la capacidad de des-instruirnos y confundirnos sobre lo ya afianzado como verdadero. España practica la lógica excluyente del “o”, donde cada cosa ocupa un lugar y no otro, y ninguna cosa puede ocupar el lugar de otra. Como ahora pita idolatrar la Arqueología, los textos clásicos deben salir totalmente de nuestro análisis. “O Arqueología o fuentes” pasa por ser otra forma de decir “o progreso o estancamiento”, “o ciencia o leyenda”, etc.

 

Yo no creo que tal dicotomía sea ineludible, y ni siquiera la veo positiva para conocer nuestro pasado. Disfruto mucho con Estrabón o Herodoto, y tengo el suficiente grado de madurez para leerlos en su contexto histórico y más o menos adivinar qué de lo que dicen es valioso para el investigador, qué es flagrante exageración, cuándo se ponen etnocentristas o cuándo pierden toda la imparcialidad al describir al peor de sus enemigos. Pero ni siquiera necesito defenderlas como fuente de verdad histórica, sino que me basta acometer el asunto desde una perspectiva mucho más general, que tiene la ventaja de ser fácilmente comprendida por aquellos que ni siquiera se sienten atraídos por nuestro pasado. El argumento que yo empleo sirve indistintamente para un gran número de eventos en nuestra vida cotidiana, porque habla de usurpación de la identidad, de uso indebido de un original, de cosas que nos irritan y apenan de forma instintiva cuando nos toca padecerlas.

 

Primero necesitamos acercarnos a una serie de ejemplos sobre realidades arqueológicas distintas de Tarsis-Tarteso. Son casos en los que la Arqueología descubre un grupo cultural, lo caracteriza y, por supuesto, le da un nombre. En estos casos el nombre suele ser el del yacimiento que primero se encontró o el de alguno de sus elementos más característicos. Del primer caso, yacimiento “epónimo”, tenemos Los Millares, Las Cogotas, Natufiense y un largo etcétera bastante conocido. Del segundo caso, el que se basa en un “fósil guía”, podemos encontrar las culturas del Vaso Campaniforme, de los Campos de Urnas, Nurághica, de la Cerámica Cardial, Dolménica, etc. Este tipo de denominaciones nos están indicando que nada deben a la Historia, que no se basan en ninguna referencia de los antiguos a un pueblo conocido de ellos, sino que son realidades totalmente independientes, puramente arqueológicas. No hay razonar mucho para entender que bajo estos dos métodos se ha bautizado al total de culturas prehistóricas. Por otra parte, existen una serie de culturas protohistóricas e históricas que habiendo sido constatadas por los arqueólogos pueden ser a la vez emparejadas con un equivalente histórico conocido, como en el caso de Cultura ibérica, céltica, babilónica o escita. Este es el grupo al que pertenece Tarsis-Tarteso.

 

Estamos justo en el meollo del asunto, así que iremos muy secuencialmente para no perder el hilo de mi defensa. Tenemos un arqueólogo que encuentra unos restos y pronto cae en la cuenta de que, en esa comarca y con la datación que le atribuye, bien pudiera pertenecer a uno de esos pueblos descritos por los clásicos. Si han leído mis artículos sobre el mundo académico adivinarán que opino que esa es una tentación muy fuerte de cara a promocionar el yacimiento (lo que se traduce en subvenciones y en protagonismo mediático). Nadie va a bautizar a su cultura zx-31 pudiéndola llamar celtíbera o escita. Más aún, la Arqueología se ha dedicado hasta al menos la mitad del sXX precisamente a buscar dichos pueblos antiguos. La Arqueología nació como disciplina auxiliar de la Historia, y los arqueólogos sólo podían concebir su trabajo como la búsqueda y demostración de que los iberos, tartesios o númidas de los clásicos estaban en tal o cual emplazamiento, así como expoliar para museos sus riquezas materiales. Por mucho que ahora se quiera demostrar que tal época está superada, por mucho que el arqueólogo actual incluso llegue a jactarse de trabajar de espaldas a la información histórica, su herencia formativa y las ventajas de promoción antes mencionadas hacen difícil que eso sea creíble.

 

Pues bien, mi razonamiento es que si un arqueólogo dice que la cultura material descubierta es “tartésica”, “celta” o “hebrea”, lo justo es que se supedite a la idea histórica de ese pueblo clásico en cuyo honor bautiza su hallazgo. Hay que decir que en la mayoría de los casos se respeta esta norma. Si un arqueólogo de Israel descubre un poblado del Hierro que está lleno de huesos de cerdo, templetes a Dagon y frescos estilo egeo nunca lo califica como “hebreo” sino probablemente como “filisteo”. Y si lo hace así es porque se basa en los tabúes dietéticos, creencias monoteístas y prohibición de hacer arte figurativo de los hebreos. Pero toda esta información la conoce ni más ni menos que a través de la Biblia, obra más que polémica en su valor histórico. Siempre podía haberse quedado en lo de “cultura zx-31” y así no se mojaba. De hecho, cuando conviene sí que usan esas nomenclaturas alfanuméricas, como la Cultura X (sic.) de Nubia, y me refiero cuando hay que disimular en lo posible las glorias ajenas, principalmente africanas. Pero una vez que bautizas tu yacimiento con el nombre de un pueblo histórico, el que tienes que demostrar que tu hallazgo merece el apelativo eres tú.

 

Muchos pensarán que me estoy poniendo pesado con el argumento, de puro obvio que es. Pero al llegar a la Península Ibérica no se qué ocurre que comienzan a darse extraños fenómenos paranormales entre nuestros especialistas. En cualquier país del mundo y por muy modernizada que esté su Arqueología, el arqueólogo necesita del placet del historiador si es que quiere colgarle a su yacimiento una etiqueta de pueblo antiguo. Como digo, también se dan aquellos que no se pringan y dejan que sean otros quienes digan si lo hallado pertenecía a tirios o a troyanos. Ese es el caso de las culturas del Hallstatt y La Tene, de las cuales se dice que pertenecen al pueblo celta de  los textos grecolatinos. Siempre podremos obviar lo de “celta” y ceñirnos a las realidades puramente arqueológicas, hasta el punto de decir, por ejemplo, que Hallstatt es más bien proto-celta o que no es celta en absoluto. El día que se descubra que lo de los celtas es una patraña y una exageración, La Tene y Hallstatt sobrevivirán porque simplemente describen un paquete de elementos materiales que aparece recurrentemente en yacimientos de una región y cronología definidas. Pero en España, siempre different, el arqueólogo ha acabado por decirle al historiador, y de paso a Estrabón o Plinio, en qué consistía realmente un ibero, un lusitano o un callaico. El caso de Tarsis-Tarteso es el paradigma de esta aberración.

 

Para entenderlo hay que abordar previamente cuestiones tratadas en otras entradas de este blog. Digamos muy sintéticamente que las fuentes clásicas no nos ayudan demasiado en nuestro fuerte complejo (de superioridad) eurocentrista. Los grecolatinos y bíblicos nos pintan demasiado poco europeos para el plan de integración que ahora afrontamos, así que estamos acostumbrados desde hace décadas a negar o minimizar el impacto de dicho afroasiatismo ancestral. Pero este tipo de fuentes también abundan en una cuestión complementaria, a saber, nos retratan mucho más evolucionados culturalmente que el resto de Europa. En muchos sentidos esto es inevitable pues todos sabemos que el Mediterráneo antiguo poco o nada admiraba a la Europa continental, a la que consideraban de lo más bárbaro. Nos vemos en la tesitura de que si aceptamos la descripción que de nuestros ancestros hacen los clásicos, no sólo pretendemos entrar en Europa como medio afroasiáticos, sino que encima lo hacemos presumiendo de más antiguos y civilizados que la mayoría de hermanos en la Union Europea. No creo necesario argumentar por qué mientras más de europeos vayamos y más humilditos nos mostremos, más posibilidades tendremos de mamar en la ubre nórdica. Resultado: somos la única nación del mundo cuyos arqueólogos y demás implicados pelean por tener un pasado lo más reciente y modesto posible. Si los ingleses o los alemanes critican las fuentes antiguas, es porque ponen a los britones o germanos demasiado bestias para su gusto, pero los españoles desacreditan a Plinio o a Mela por todo lo contrario.

 

Estamos por tanto acostumbrados a leer los clásicos con kilómetros de notas a pie de página advirtiéndonos de las imprecisiones, exageraciones, ignorancias y tergiversaciones del geógrafo o historiador de turno. Pensemos que todo empezó para borrar pistas cada vez que se decía que éramos muy cananeos, muy africanos, o muy modernos y prósperos para nuestra época y entorno. La veda para la libre interpretación se abrió entonces, y al final se ve perfectamente decente el que cada uno se invente lo que quiera a partir de los textos antiguos. “Total, –dirán- si son unos mentirosos y unos ignorantes, casi les damos un poco de dignidad con nuestras rectificaciones…” Pero en realidad los arqueólogos no tienen ningún derecho a hacerlo. Tienen derecho a trabajar de espaldas a la historiografía, y en no pocos casos yo les alabo el gusto, pero entonces que bauticen sus culturas y yacimientos por los otros métodos mencionados al principio. Tienen también derecho a decretar que Tartessos o Celtiberia no existieron porque su registro arqueológico de la zona y época no coincide con lo descrito por los arteros clásicos. Lo que en ningún caso tienen derecho es a decir que el pueblo antiguo en cuestión se corresponde realmente con su conjunto arqueológico y no con lo dicho por los antiguos.

 

Y eso es exactamente lo que se hace con Tarsis-Tarteso. Mejor deberíamos reducirlo a Tarteso, pues en otra entrada veremos que lo de Tarsis ha sido injustamente desacreditado y hoy es virtualmente imposible que te permitan identificar el término hebreo con el griego. Lo canónico hoy es decir que la cultura tartésica se constriñe al triángulo Cádiz-Sevilla-Huelva (capitales), los siglos VIII-VI, y que se define por dos tipos de cerámica: retícula bruñida y bicroma, así como defender que todo lo que los grecolatinos nos hayan transmitido sobre Tartessos y no coincida con esa “cultura tartésica” arqueológica debe ser desestimado. En definitiva se nos dice que el Tartessos real es el de los arqueólogos y no el de los antiguos. Parecen no entender que precisamente de esos antiguos, tan tontos y exagerados, es de donde proviene el nombre con el que decidieron bautizar su objeto de estudio. Podían haberla llamado cultura marismeña-IIb o cualquier otro nombre ingenioso, al tiempo que se comprometían en solemne juramento a no volver a mencionar la palabra Tarteso. Pero no. Para el titular de prensa o el nuevo manual que editan bien que optan por usar “tartésico” como trademark. Y cuando ese público les compra el producto atraído por la etiqueta, el contenido que encuentra se parece a un “tonto el que lo lea”, pues su labor consiste en lo que ellos denominan “desmitificar” todo sobre el asunto, en la mayor parte de los casos con saña pero sin fundamento. Simples mentiras repetidas por muchos constantemente. Nada que pueda resistir dos o tres siglos.

 

En nuestra Península los antiguos sólo acertaron, según parece, al describir a las comunidades célticas. Quizás se quedaron cortos, pensarán los especialistas, cuando fechaban su arribada a la Península, pues todos deberíamos saber a estas alturas que lo céltico tiene que ser y es el sustrato principal y más antiguo de los iberopeninsulares. Ironías aparte, es patético encontrarse esos mapas de etnias perromanas donde llegan a intitular “celtici” en la Serranía de Ronda, pero bien que omiten los libios residentes en la costa española del Estrecho, atestiguados por los autores grecolatinos más dedicados a la Península. Existe también un caso que me parece especialmente cachondo y significativo: la del escritor Marcial, bilbilitano que dice en varias ocasiones que es celtíbero y que esto significa “proveniente de celtas e iberos”. ¿Qué más queremos? Ante nosotros un testimonio en primera persona, lo único que hoy acepta la Antropología para definir una identidad, en este caso étnica. No es la cultura material como quieren los arqueólogos, ni la lengua como quieren los indoeuropeístas, ni mucho menos la descripción de un extranjero, sino elementos más subjetivos lo que hacía a un celtíbero ser tal. El único modo de acercarnos a la verdad, ridículo en probabilidades, sería encontrar el testimonio de alguien como Marcial, un celtíbero explicando qué es un celtíbero. Y aquí estamos ante tal tesoro informativo replicando que el pobre Marcial era un ignorante o un pelota de los íberos. ¿Por qué? Porque todos los académicos aún piensan (con la honrosa salvedad de A. M. Canto y alguno más), o mejor dicho tratan de imponer, que un celtíbero es un celta puro  (y por tanto indoeuropeo racial aunque no lo reconozcan) con alfabeto y torno alfarero adquirido de los iberos.

 

Volvamos con Tarteso diciendo que debemos aceptarlo o rechazarlo tal y como lo trasmiten los antiguos. Y si decidimos aceptar dichas fuentes, lo cual incluye usar los nombres y tramas que allí figuran,  eso no nos exime de detectar errores y exageraciones, no cabe duda. Como también somos libres de asociarlo o no con la Tarsis bíblica. De hecho la comprensión de los clásicos sólo comienza a fraguarse tras años comparando fuentes y buscando un denominador común, pues como es natural se contradicen entre ellas. Mi receta es que los testimonios antiguos priman sobre los nuevos, los abundantes sobre los escasos, los de vecinos sobre los de extraños totales, los originales más que las citas de otras citas, las lecturas más obvias sobre las más retorcidas, etc., lo que se dice echarle un poco de sentido común. Y si la mayoría de textos alude a un Tartessos mucho más extenso que el estricto Doñana, mucho más próspero que los fondos de cabaña pre-orientalizantes, y mucho más personal que un simple conjunto de colonias cananeas, eso es Tartessos y no lo que los arqueólogos quieran vender. Si no les gusta, que nieguen y combatan el mito tartésico como ya se hizo con el de la isla atlántica de Platón, y de hecho alguno ya ha dado el primer paso. Además, a Tartessos no se la modifica sino que simplemente se la reduce: se la reduce en su duración cronológica, se la reduce en su extensión geográfica, se la reduce en su unidad identitaria y capacidad de coordinación, etc. Tiene que ser una parodia minúscula de lo que los antiguos dicen que fue, y el eurocentrismo no es un agente menor en este asunto. Desde mi punto de vista esto es mucho más sangrante que la mera negación de Tarteso como realidad histórica y arqueológica.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Complejos identitarios 4. El hombre de color, el “negro propiamente dicho” y la “one drop rule”

Para la presente blog-entrada hemos de remitirnos a los antiguos libros de Antropología Física, entonces llamada Raciología. Pese a que la “raza” es un concepto totalmente acientífico, también es cierto que aunque lo sabemos seguimos dotando a las razas de un innegable significado social. No hay científicamente razas pero sí existe una percepción social de las mismas y, dado que esta última puede y suele desembocar en racismo, se trata de un tema que nos atañe seriamente. Qué casualidad, son los blancos los únicos que hoy quieren dar por zanjado el asunto racial y los que cínicamente acusan de racistas a los negros o amarillos que quieren volver al tema para sacarse las espinas de la pasada y presente discriminación. Dado que la negación de nuestro africanismo tiene mucho de racismo encubierto, este blog pasará una y otra vez por el asunto racial. Y lo hará sin complejos, orgulloso de aspirar a ser de los primeros portales de opinión anti-eurocéntrica de España. A las personas de color nos ha quedado además la sensación de que el blanco, o el que se tiene por tal, ha conseguido la jugada perfecta: tras siglos proclamando nuestra inferioridad, ahora se presenta como el que nos perdona la vida, como aquel que inundado de buenismo da por zanjado un debate justo cuando se le ponía en contra.

 

Y es que el debate racial no está perdido por el blanco solamente porque el propio asunto haya prescrito en su cientificidad, que también, sino que ya estaba condenado al fracaso usando sus propios argumentos. Quiero decir que no existía una teoría racialista perfectamente entramada que daba la victoria al hombre blanco, sino una serie de teorías débiles cuando no claramente fraudulentas que sólo seguían en pie porque el hombre de color tenía vetado intervenir en el debate. Apenas pudimos gozar de los primeros pasos de teóricos no-blancos al respecto y de inmediato el blanco se apresuró a dar por terminada la discusión. Hoy los sabios de color prefieren no detenerse demasiado en la cuestión racial por miedo a ser tachados de racistas inversos. Se estudia mucho el racismo, es cierto, pero si para ello escogemos ignorar la raza estamos condenados a fracasar. Se estudia a los racistas como se estudia a los psicópatas asesinos, y en gran medida es algo que aplaudo, pero olvidamos que para ellos existe todo un argumentario que los “progres” dan por zanjado en aras de la corrección política y el tener la fiesta en paz. Debemos entender que los racistas creen tener la razón, una verdad demasiado dura para las tragaderas de los vendidos al moro y a la masonería. A la postre esa creencia en estar participando de “la” verdad, por dura y políticamente incorrecta que suene, es lo que les proporciona un mayor placer y protagonismo. Se sienten una minoría despierta entre una multitud que prefiere mirar a otro lado e hipnotizarse con la “race blindness”. Mientras este casi mesianismo persista no podremos acabar con el racismo, y la única manera que encuentro para sofocarlo es combatirlo en su propio terreno.

 

Mi postura es por tanto la de retomar aquellos tiempos lejanos en que Anta Diop o Ki-Zerbo le subían los colores a la plana eurocentrista, y que recientemente sólo encuentran testimoniales ecos (Martin Bernal y Ferrán Iniesta son ejemplos al alcance de todos). Quiero usar los mismos datos históricos, arqueológicos y antropológicos para demostrar de largo que el eurocentrismo es tan absurdo como contraproducente. Desgraciadamente, esto supone hoy día cargar con tres enemigos. El primero, claro está, es el eurocentrismo militante y los supremacistas blancos. El segundo, también mencionado, la “race blindness” para la que hablar de razas es ser racista. El tercer grupo de adversarios, en este caso más bien obstáculos, lo forman los autodenominados afrocentristas, a los que confieso que un día pertenecí con pasión. El afrocentrismo es el eurocentrismo al otro lado del espejo, es una especie de borrachera rencorosa que nos entra a las personas de color cuando descubrimos el gran timo historiográfico montado en loor al rostro pálido. Pero cuando llega el rigor y se marcha el rencor acabas por rechazar todos los “x-centrismos”. El problema de los afrocentristas es que dan pie para que los argumentos que yo y la tradición que humildemente represento sean tenidos a guasa. Las obras afrocéntricas actuales se repiten demasiado en los datos, suelen tender a la exageración y al parcialismo, no son ya más que un producto de consumo para afroamericanos de cultura media-baja y tratan de estimular más los intestinos y el corazón que el cerebro y el alma. Por eso creo imprescindible desmarcarme de sus argumentos y orientar el objetivo de mi lucha por otros derroteros bien distintos.

 

¿Por qué importa saber el color o el pelo de determinados personajes y pueblos que participan de nuestra Historia y Prehistoria?, ¿no es eso racismo? Todo lo contrario. “Imaginemos” que no me dan un trabajo por ser muy moreno, o que tal suegra no me quiere para su hija, o que determinados nazis me dan una paliza en un callejón, y yo necesito saber si en el pasado existieron culturas en que tal cosa era inimaginable o al menos practicada con cuentagotas. Entonces necesitaría saber si tal pueblo era o no racista, y no tengo modo de saberlo que no sea conocer cómo reaccionaba éste ante etnias vecinas y lejanas. Pero si no me permiten describir que un griego se las topó con un negro, ¿cómo puedo descubrir si en aquellos tiempos los helenos eran racistas? Más aún, imaginemos que tengo base para decidir que tal o cual personaje relevante del mundo griego era no-blanco, y que sin embargo tenemos constancia que llegó a ser famoso fabulista, notable general o próspero comerciante, ¿no debería ser una prueba sumamente codiciada para aquellos que queremos demostrar que el racismo eurocentrista actual es algo antinatural y antihistórico? A diferencia de los afrocentristas, que necesitan que todo un pueblo o toda una casta sea de color, yo sólo necesito constatar la presencia de un hombre no-blanco en tal sociedad o cultura que haya sido tolerado e incluso querido y admirado por ella. Esto debería acallar uno de los pilares básicos del racista y el supremacista blanco actual: la creencia de que los “grandes” (Grecia, Roma, etc.) eran racistas como ellos, además de absolutamente caucásicos en su aspecto. Y luego está también un sano deseo de identificación no sólo por parte de negros sino también por parte de homosexuales, mujeres, adictos, y en general todo tipo de personas que sufren vejaciones apriorísticas. Saber que Leonardo era una loca, que Freud se metía rayas o que tal Papa era en realidad Papisa supone un subidón de legitimidad para muchos que viven constantemente privados de ella por la sociedad. En mi caso particular se traduce por ejemplo en que de niño me encantaba Murieron con las botas puestas, única peli donde los morenos vencían a los rubios, tan harto como estaba de identificarme con los malos, los salvajes, los cómicos y los perdedores del universo cinematográfico. Otro ejemplo más genérico: a los gitanos les encanta saber que Jesús se parecía más a ellos que a los gachós. Y este es un dato que merecen disfrutar ellos y reconocer los payos porque es la verdad. Así, la próxima vez que un meapilas rechace a un trabajador por ser calé debería pensarse que lo mismo habría hecho si el Nazareno se lo hubiera pedido. Esto y no otra cosa es lo que deberían considerar aquellos que persisten en proferir cosas como “¿qué importa la raza de Jesús? Jesús era de todos los colores como su mensaje de amor”, y otras memeces. Por supuesto el alcance del tema es tan profundo que no podré resumirlo en una entrada, ni en diez del diario, así que por ahora nos vamos a aproximar a él a través de tres conceptos que me parecen fundamentales no sólo para comprender sino para valorar mis opiniones: “hombre de color”, “negro propiamente dicho” y “one drop rule”.

 

En una Historia Universal de Espasa Calpe (tomo I, 1962) F. Hertz facilita un dato que me ha acompañado como argumento durante años. Decía textualmente que “un gobernador europeo en África promulgó una orden acerca de lo que ‘los negros, los árabes, los hindús, los portugueses, los griegos, y demás gentes de color’ debían hacer al tropezarse con un ‘blanco’”. Ante tal frase los españoles deberían estremecerse, pues para nosotros “hombre de color” es un modo educado de referirnos a los negros, pero aquí seríamos nosotros incluidos en el lote, a no ser que nuestra esquizofrenia racial nos haga suponernos más blancos que portugueses o griegos. Desde luego el “gobernador europeo” no era ni portugués ni griego, y de ahí suponemos con toda plausibilidad que tampoco era español ni italiano, ni  probablemente francés, sino que posiblemente fuera inglés, alemán, belga u holandés. Para todos ellos los euromediterráneos somos, al menos antes lo reconocían, hombres de color, y es este uno de los mayores puntos de confusión racial que existen actualmente. Porque el digamos “latino” se cree invitado al gran festín del hombre blanco cuando es meramente utilizado como profiláctico. Así, cuando gente como yo decimos que el hombre blanco tal y cual, los primeros en saltar a nuestra yugular son compatriotas que según ese bando municipal deberían seguir las normas del hombre de color. El euromediterráneo actúa muchas veces como perro guardián de intereses que le son absolutamente ajenos y que de paso libran al nórdico de defenderse por sí mismo. Porque en la mentada colonia, y según el bando de aquel gobernador, el español se sentaría en el banco y comería en el plato para negros y árabes, para indios y portugueses, no en reservado para el hombre blanco, esto es europeo central y septentrional.

 

Toda esta ambigüedad entre lo que es un hombre blanco y otro de color fue reforzada desde la Antropología a través de un ardid conocido como “negro propiamente dicho” (NPD desde ahora). En la terminología antropológica no hay tal cosa como un “blanco propiamente dicho” o un “amarillo propiamente dicho”, lo cual ya debería bastar para sospechar de que sí usen y abusen del tal NPD. En resumen el NPD representa la antítesis de lo blanco: el pelo más crespo entre los posibles, la piel más oscura, la nariz más chata, los labios más gruesos, etc. En primer lugar, tal concepto es inútil porque no tiene constatación en África ni en ninguna otra parte. Hay negros de piel muy oscura, pero quizás sus rasgos faciales no son los más NPD, y el pelo más crespo, llamado “grano de pimienta”, lo tienen los amarillentos bosquimanos, mientras que las bembas más carnosas las suelen ostentar los congoleños que a la sazón son braquicéfalos (algo contrario al NPD). Pero además plantea un problema para los eurocentristas aún mayor que el que trataba de resolver. Porque la finalidad del NPD simplemente es la de procurarse un elemento para negar la negritud de determinados pueblos actuales y pretéritos, sobre todo esto último. Basta que la arqueología arroje una imaginería con mentones, o pelos ondulados, o pieles marrón-rojizo para que se determine que ese pueblo no puede ser catalogado como “negro propiamente dicho”. Sin embargo, si tal maniobra es posible, a la par deberíamos crear un BPD (“blanco propiamente dicho”) al que exigiéramos pelo rubio, ojos claros, piel de cera, labios finos, nariz de Pinocho, mentón de bruja, y con más vello que en un yeti. Me he limitado a citar algunas de las características por las que al parecer más nos distinguimos los “blancos”, y desde luego son aquellas por las que la Arqueología y la Historia del Arte diagnostican presencias “caucasoides” en la India Prevédica o en el Corazón de África. Sin embargo, si nos tiramos a las calles de Europa y su Diáspora a localizar los BPD, ¿qué proporción representarían? Menos del 1%, y hablo de un muestreo donde todos son lo que un burgalés entiende por “blancos”. Por el contrario, lo que encontramos en los clásicos raciológicos como Vallois o Marquer es que el blanco es el único tipo racial que se puede permitir una característica y la contraria: pieles del rosa al chocolate, pelos del lacio al crespo, narices de águila o de mono, etc. La consecuencia más directa es que para ser negro propiamente dicho has de mostrar absolutamente todos los extremos fisionómicos de la negritud, pero que para ser “blanco” o “caucásico” basta con que cuatro antropólogos subrayen uno sólo de tus rasgos.

 

Pero que no exista ese “blanco propiamente dicho” en los manuales de Raciología no implica que no exista socialmente. El BPD es el “nórdico”, el “ario-germánico” y demás denominaciones, el cual o bien se tiene por origen de los blancos, o bien por su perfecta culminación racial. Llegamos por tanto a mito de la pureza racial, pues ese doble plano integrador-segregador del concepto blanco sirve para servirse de nosotros, “medio blancos” o, curiosa fórmula, “blancos de color” para asegurársela. Se crean una serie de sub-razas caucásicas entendidas como mestizadas (mediterránea, indoirania, alpina, lapona, dinárica, etc.) por estar en contacto geográfico con los africanos y asiáticos. A estos el nórdico nos dice: “sois blancos pero menos que yo, un día fuisteis como yo pero os mestizasteis con los inferiores” o “un día seréis tan puros, sabios y bellos como yo si dejáis de mestizaros con los inferiores”. En sí carecemos de características propias, pues la mitad del rostro la tomamos del nórdico-germano o blanco propiamente dicho y la otra mitad es o bien muy mora, o bien demasiado turca, o mongólida de más. La asociación entre la teórica pureza nórdica y la actual bonanza política y económica de los países digamos “blancos” hace que los mediterráneos, caucásicos y bálticos perdamos el trasero por alardear del poco germanismo que seamos capaces de rastrearnos. De hecho nos lo tomamos de una manera más visceral que el propio noreuropeo, que incluso juega a mostrar un trato más calmado y dialogante con las demás razas.

 

Y de la mano de la pureza racial desembocamos en los modos para conservarla en un mundo cada vez más globalizado. Dependiendo del racismo de cada cultura, así es su política racial, y en este caso se vuelve a demostrar que la diferencia entre los blancos de verdad y los blancos de pegote (nosotros) es bien real. De todos es conocida la diferencia entre el colonialismo germánico (anglosajón, alemán, holandés, etc.) respecto al latino (francés, portugués y español). Conste que en absoluto pretendo minimizar nuestro negativo impacto colonialista, nuestras matanzas y abusos, pero estadísticamente es un hecho que en Latinoamérica y en zonas franco-caribeñas el mestizaje con indios y negros ha sido mayor. A veces fue fruto del amor y otras de violaciones o de la prostitución. A veces se produjo un fuerte mestizaje en los primeros siglos y luego se dedicaron a jugar al racismo. Pero las cifras están ahí. La ley de una sola gota de sangre, “one drop rule”, viene que ni pintada para ampliar más el alcance de esta diferencia. Para los anglosajones se establecía un racismo radical, por el cual bastaba una gota de sangre negra o india para ser catalogado como negro o indio, sin matices de por medio. Sin embargo, en la España o el Portugal coloniales floreció una pormenorizada nomenclatura de estados del mestizaje, algunos nombres tan cómicos como “tentenelarie” y “tornatrás”. Lo mejor de todo es que tales conceptos se representaban artísticamente con una clara función divulgativa. El mentado tornatrás ponía en aviso de que los genes del tatarabuelo negro podían aparecer total o parcialmente en algún lejano descendiente, y de ese modo se evitaban sospechas de adulterio en casas que se tenían por “blancas”. Abundando en estas clasificaciones hay que decir también que a través de ellas deducimos que existe una especie de “redención racial” pues llegaba el momento en que a base de selección sexual tus bisnietos podían ser de nuevo tenidos por blancos de pleno derecho. Así, negro más blanca da mulato, mulato con blanca morisco, este con blanca castizo, que con blanca albino, que de ahí a veces tornatrás, pero la descendencia de éste último volvía a ser catalogada simplemente como “blanco”. Una gota de sangre negra acababa totalmente diluida tras ininterrumpido blanqueamiento.

 

Y esta es precisamente la gota que los anglo-germanos pretenden tener en cuenta por los siglos de los siglos y sin redención posible. Siempre, claro está, que hayamos entendido que lo de la gota sólo les funciona respecto a sí mismos. Es decir, que jamás una gota de sangre blanca, ni diez, ni cien, te van a convertir en blanco. La “one drop rule” establece que cuando un blanco se mezcla con alguien pongamos negro su descendencia no es considerada mulata sino directamente negra. Al ser el mulato convertido en negro, la ley de la gota continúa sin cambios cuando tiene hijos, de tal modo que todos aquellos castizos, albinos y tornatrás de las colonias latinas habrían sido reducidos a meros negros en las inglesas y holandesas. Hay que tener además muy presente que el apelativo de ley (rule) no es metafórico sino que estaba como tal contemplado en la legislación colonial y luego estatal de Jamaica, Estados Unidos o Guayana Holandesa. Dichas leyes han ido suavizándose con el tiempo de tal modo que hoy, según estados, en USA se te considera ya blanco si tu porcentaje africano no supera 1/8, o 1/12 de tu composición genética total, pero existen casos (sobre todo en los racistas estados sureños) donde se establece una proporción (1/32) que de facto equivale a la “one drop rule”, por lo demás absolutamente viva a nivel social. Por supuesto el final de tan aberrante criterio es que rubios con ojos azules y nariz picuda sean caracterizados como “afroamericanos” en el registro censal, así como el que muchos de ellos, y hablo de miles, se camuflen cada año en las filas de los blancos o de su antesala latina en un fenómeno conocido como passing. Pero la mayor consecuencia que esto tiene para nuestros estudios es que si aceptamos que los USA son motor y musa del paradigma occidental hemos de aceptar que la “one drop rule” impregne sus análisis históricos y prehistóricos. Cuando por ejemplo los afroamericanos más forofos dicen que nuestro Al-Andalus fue poblado mayoritariamente por “black men” debemos recordar que lo hacen bajo el criterio que han padecido en sus carnes, sea “one drop rule” o sus ridículas adaptaciones a 1/16 o 1/32 de sangre negra. Cuando un norteamericano nos diga que Cervantes, o los Medici, o Agamenón, o Cristo eran negros debemos traducirlo por “personas con la más mínima traza de sangre africana”. Y entonces no podremos sino darles la razón.

 

Como vemos el terreno que pisamos es absolutamente contradictorio. Si tomamos los manuales raciológicos sólo el NPD es un negro verdadero y el resto somos blancos más o menos puros, mientras que según las leyes y la sociedad sólo el “blanco propiamente dicho”, “nórdico” o “anglo-germánico” es un blanco verdadero y el resto no somos sino chusma de color. El eurocentrismo consigue así una perfecta carambola pues el racismo persiste en lo actual y social, mientras que para el pasado remoto se aplica la erudita fórmula integradora de los racialistas teóricos. No puedo pasar la anécdota atribuida creo a Cheik Anta Diop en pleno debate sobre la negritud de los egipcios faraónicos bajo el palio de la UNESCO. Cansado de tanto rollo craneológico y de tanta ambigüedad lanzó la pregunta clave: ¿Habría sido aceptado Ramsés II en un club elitista de un estado sureño tipo la Virginia en los años 40s? Esa y no otra es la prueba definitiva de que el faraón era sin matices un hombre de color. Mi teoría es que junto a Ramsés deberíamos adscribirnos todos los mediterráneos, también los de sus costas europeas y asiáticas. Trasplantados al Estados Unidos anterior a los hippies, muy probablemente habríamos tenido que rellenar la casilla del “black”, “sepia”, “coloured” o “latino” en el censo. Ante esto, poco importa si nos consideramos blancos, o si incluso tenemos francamente aspecto de tales. Si volviera el racismo nazi, o la “one drop rule”, o cualquier otro engendro fabricado por el supremacismo blanco y el eurocentrismo, tal apariencia importaría bien poco, y seríamos las primeras víctimas de una paranoica caza de posibles ancestros impuros. Esta entrada del diario no da para más, pero aconsejo que cualquiera teclee “passing” en Google, la entrada de wikipedia basta, y se empape del tema si sabe inglés o que al menos se contente con las fotos de ejemplares de tantos “afroamericanos” que por una calle española serían indistinguibles, entre ellos George Herriman, autor del entrañable y afamado comic Krazy Kat.

 

Para acabar, un apunte anecdótico. Me revientan aquellos que cuestionan el uso de “negro” para describir físicamente determinados pueblos y personas, pues se trata de una moda de lo políticamente correcto importada del extranjero. Dejándonos llevar por lo fonético, es muy fácil asimilar negro, nigger y negre, tan fácil que lleva a conclusiones ramplonas. Los franceses usan “noir” para definir una silla o un abrigo negro, mientras que los angloparlantes emplean “black”, pero luego usan respectivamente “negre” y “nigger” para hablar con desprecio de los negros, términos que por lo demás nunca se emplean para objetos o seres de ese color. Cuando los españoles llamamos “negros” a los subsaharianos los llamamos realmente “noirs” y “blacks” (entiéndase su equivalente español), que son los adjetivos empleados para definir cualquier realidad de ese espectro cromático, y que son voces tenidas por respetuosas por esos mundos. Si fonéticamente suena más a los insultantes nigger y negre, si incluso puede que los haya parido etimológicamente, ese no es nuestro problema. ¿O vamos a dejar también de decir que el abrigo o la silla son negros? Recuerdo un bochornoso día en que un amigo, chupi-guay para más señas, me invitó a llamar “morenos” a los subsaharianos en aras del respeto y las formas. “Pero –le dije- si ellos son los morenos, ¿qué somos la gente como yo,  como los gitanos o los argelinos?” Él sólo quería ser lo más moderno y tolerante posible, pero había destapado una cuestión de difícil ajuste. En general no nos damos cuenta que la búsqueda de sustitutivos como “moreno” o “de color” vienen a invadir categorías raciales ya definidas a las que sí es cierto que el negro pertenece pero que no abarca: un negro es un hombre de color o un moreno pero no todos los morenos, aún menos los hombres de color, son negros. En segundo lugar no es lo que los propios negros quieren para sí. Cuando Martin Luther King se dirigía a su ‘black people’, cuando cantaba su majestad James Brown: Say it loud, I´m black & proud!, cuando sobre un puño aparece escrito “Black Power”, ¿cree alguien que los negros están dispuestos a que yo lo traduzca respectivamente por “pueblo moreno”, “soy de color y orgulloso” o “Poder atezado”? Otra cosa es que una vez arribados a Madrid, Málaga o Barcelona les moleste que les llamen negros, y esto sólo les viene de que su formación colonialista británica o francesa les ha hecho aborrecer lo que fonéticamente suene a nigger o a negre. Cuando piden que esto sea modificado e incluso piden ser llamados “morenos” muestran a mi pesar una rotunda ignorancia de lo que es nuestra lengua y realidad social. Pero hay más, porque con su actitud sólo tiran piedras sobre su tejado, y me explico. España es de los únicos países occidentales que carecen de esa bicefalia cromático-racial para lo negro, así que no existe un término que como tal sólo describa a los negros, aunque lo de “subsahariano” pegue hoy con fuerza (habría que preguntarse si los boers, malgaches o khoisan entran también en su canon subsahariano). Si forzamos, aunque sea con la mejor de las intenciones y la más inmaculada corrección política, la aparición de dicho término, ¿no estamos promoviendo en sí el racismo? Que los negros piensen bien que cuando un español lo llama así la realidad que proyecta, ayudado por su lengua, es que en el fondo lo considera un ser humano como él pero con la piel del color de su coche negro, su bufanda negra o su estilográfica negra. Si nos fuerzan a emplear un término específico para personas de esa raza el uso será a la postre racista como está demostrado en el constante cambio de apelativos raciales en USA (creo que ahora vamos por “american of african descend”).